La CNTE aumenta la presión y toca la puerta del Mundial; el Estadio Azteca permanece blindado

Israel Fuguemann · 10 de junio de 2026

La CNTE aumenta la presión y toca la puerta del Mundial; el Estadio Azteca permanece blindado

A dos días de que el balón vuelva a rodar en el Estadio Azteca, miles de integrantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) trasladaron la protesta magisterial hasta el sur de la Ciudad de México. Lo que comenzó como una marcha más dentro de las movilizaciones que el gremio mantiene desde hace semanas se convirtió  en el primer intento de llevar sus demandas hasta las puertas del estadio donde se inaugurará la Copa Mundial de la FIFA 2026.

Desde temprano, contingentes de maestros abandonaron el plantón instalado en el Centro Histórico de la Ciudad de México y comenzaron una operación hormiga para desplazarse hacia Taxqueña. Utilizaron el Metro, autobuses y transporte público para llegar al punto de reunión. Conforme avanzaba la mañana, los carriles centrales de la avenida Tlalpan comenzaron a llenarse de manifestantes, transformando una de las principales vías de acceso al estadio en un corredor de protesta.

La escena era poco habitual. Durante semanas las movilizaciones se habían concentrado alrededor del Zócalo, las oficinas gubernamentales y el centro político de la ciudad. Esta vez la protesta se desplazó hacia el lugar donde en unas horas comenzará el Mundial 2026, la principal fiesta deportiva del planeta. La intención era clara: acercar las demandas del magisterio al escenario que concentrará la atención de millones de personas dentro y fuera del país.

La marcha de la CNTE recorrió varios kilómetros de Tlalpan
La marcha de la CNTE recorrió varios kilómetros de Tlalpan. Foto: Israel Fuguemann

Alrededor de 6 mil maestros comenzaron a avanzar rumbo al estadio. Entre consignas, banderas y megáfonos, la marcha recorrió lentamente varios kilómetros de Tlalpan. Sin embargo, conforme se acercaban a su objetivo, también aumentaba la tensión. Apenas unos días antes, durante una movilización en el Centro Histórico, se habían registrado enfrentamientos entre manifestantes y cuerpos de seguridad.

Uno de los episodios que más ha marcado al movimiento fue el de Proceso Columbo González, profesor originario de Guerrero que perdió la vista tras recibir el impacto de un proyectil durante aquellos disturbios. Desde entonces, el caso se ha convertido en uno de los principales reclamos de la CNTE y en símbolo de lo que los docentes consideran una política de represión contra el movimiento.

La marcha avanzó hasta el cruce de Tlalpan y División del Norte. Ahí terminó el recorrido.

Un amplio operativo desplegado por el Gobierno de la Ciudad de México bloqueaba completamente el acceso hacia el Estadio Azteca. Vehículos pesados atravesados sobre la avenida, bloques de concreto y un numeroso contingente policial formaban una barrera que impedía cualquier posibilidad de avanzar. Detrás del dispositivo se encontraba el secretario de Gobierno, César Cravioto, supervisando el operativo.

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La imagen tenía algo de frontera. De un lado, miles de maestros intentando acercarse al estadio; del otro, un muro improvisado de concreto, acero y uniformes que marcaba el límite de la movilización.

La frustración no tardó en aparecer. Después de varias horas de marcha, los manifestantes entendieron que no llegarían a su destino. Algunos comenzaron a increpar a los policías. Otros realizaron pintas sobre la maquinaria utilizada para bloquear la avenida y desinflaron los neumáticos de varios de los vehículos colocados para impedirles el paso. Durante varios minutos el ambiente se tensó y la posibilidad de un enfrentamiento parecía cercana. Sin embargo, la dirigencia de la CNTE decidió contener a los grupos más molestos y convertir el bloqueo en un mitin político.

Desde ahí, los dirigentes insistieron en que su intención era manifestarse de manera pacífica frente al estadio y exigieron al gobierno de la Ciudad de México transparentar quién coordinó el operativo del 1 de junio. También reclamaron justicia para Proceso Columbo González y denunciaron lo que consideran una estrategia para impedir que sus demandas alcancen visibilidad durante el Mundial 2026.

Aunque el choque no ocurrió, las consecuencias de la movilización se extendieron mucho más allá del cerco policial.

César Cravioto, secretario de Gobierno, supervisó el operativo
César Cravioto, secretario de Gobierno, supervisó el operativo. Foto: Israel Fuguemann

Del otro lado del cerco al Azteca

Kilómetros atrás, miles de personas quedaron atrapadas entre cierres viales, estaciones saturadas y rutas improvisadas. Una de ellas fue María de Jesús, quien caminó buena parte del trayecto después de combinar distintos medios de transporte para llegar a su destino. Primero tomó el trolebús, después un pesero, luego el Metro hasta Tasqueña y finalmente continuó a pie.

Su balance de la jornada fue inmediato.

“Pésimo”, respondió.

Para ella, el conflicto entre autoridades y maestros termina afectando principalmente a quienes dependen de la movilidad cotidiana para trabajar, acudir a una consulta médica o simplemente regresar a casa. Mientras observaba el bloqueo, recordó el Mundial de 1986 y aseguró que entonces la ciudad se preparó de una forma muy distinta. “No cerraron calles. No, nada. Era totalmente diferente”, dijo.

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Pero si para María de Jesús el bloqueo representaba una nueva complicación en medio de semanas de protestas, para otros la situación era apenas un obstáculo menor.

A poco más de dos kilómetros de distancia, Javier Labrador sostenía una réplica de la Copa del Mundo frente al estadio. Vestido con los colores de Colombia y acompañado únicamente por su entusiasmo futbolero, el aficionado había caminado más de dos horas para cumplir un sueño que perseguía desde hace años: conocer el Estadio Azteca.

Originario de Cúcuta, Labrador asegura haber seguido a su selección por cinco Copas América y cinco mundiales. La de México será la quinta Copa del Mundo de su vida. Nada de lo que ocurría en Tlalpan parecía capaz de modificar esa experiencia.

Mientras unos hablan de futbol, turismo y celebración, otros reclaman salarios, condiciones laborales y justicia
Mientras unos hablan de futbol, turismo y celebración, otros reclaman salarios, condiciones laborales y justicia. Foto: Israel Fuguemann

“Así sea a pie o gateando, llegaré a conocer el Estadio Azteca”, dijo.

La escena alrededor del estadio resultaba extraña. A diferencia del ambiente festivo que suele acompañar la cuenta regresiva de un Mundial, los alrededores lucían semivacíos. Patrullas, vehículos oficiales y elementos de seguridad ocupaban gran parte del espacio. El transporte funcionaba con dificultades y la presencia policial era constante.

Entre ese paisaje aparecían también decenas de creadores de contenido y youtubers que grababan videos para audiencias internacionales. Algunos utilizaban mariachis como telón de fondo, recreaban escenas para la cámara o buscaban condensar en unos cuantos segundos una imagen reconocible de México. Era la versión exportable del Mundial: color, fiesta y folclor.

A unos kilómetros de distancia, detrás de un cerco policial, la ciudad mostraba otra cara.

Mientras unos hablaban de futbol, turismo y celebración, otros reclamaban salarios, condiciones laborales y justicia para un profesor que perdió la vista durante una protesta. Mientras unos intentaban acercarse al Estadio Azteca para manifestarse, otros caminaban horas para fotografiarse frente a él.

Después de las dos de la tarde los maestros regresaron al centro de la ciudad sin haber alcanzado su objetivo. El cerco permaneció intacto. El estadio también.

Pero por primera vez desde que comenzó el conflicto magisterial, la disputa logró acercarse hasta las puertas del Mundial. Y con ello dejó al descubierto dos relatos que durante las próximas semanas compartirán el mismo espacio: la fiesta global que México quiere mostrar al mundo y las inconformidades que una parte de sus habitantes se niega a dejar fuera de cuadro.