Ensayo de una inauguración… y de una protesta. “Que no se juegue con nuestro dolor”

Dalila Sarabia · 29 de marzo de 2026

Ensayo de una inauguración… y de una protesta. “Que no se juegue con nuestro dolor”

El otrora Estadio Azteca, al que nadie dejará de nombrarlo igual, abre sus puertas tras 100 semanas… remodelación profunda para recibir por tercera ocasión un Mundial.  A las afueras no hay cánticos ni porras, ni música ni claxons con los que automovilistas muestran su apoyo a la Selección Nacional. El gentío va y viene, pero casi en silencio.

La porra “Cielito querido” intenta poner ambiente. Tambores y trompetas. Bailan y ondean sus banderas, pero no corean. Otra porra veracruzana, sí, un poco: “¡Dale, dale, dale, México!” mientras saltan e impregnan el ambiente con humo naranja; ningún asistente cercano se contagia. Todos llegan a la entrada del estadio. Unos entran, otros bajan sus tambores y se van por el mismo camino por el que llegaron.

Quizá fue lo majestuoso del estadio lo que dejó sin palabras a los asistentes… quizá fue la imponente presencia de elementos de seguridad a caballo… quizá fue que el ánimo ya venía bajo desde la cancelación de Cristiano Ronaldo a la cita. Algo pasa o no pasa. Pero no es como siempre.

Estadio Azteca inaiguración
Foto: Dalila Sarabia

A marchas forzadas las obras en las inmediaciones fueron concluidas. La Guardia Nacional vigila agazapada entre las calles aledañas. No hay venta de playeras, de banderas, de gorros o algún recuerdito…  ni de refrescos ni de tacos de canasta. Nada. Las inmediaciones, libres de comercio informal y de vehículos. Por momentos parecía que había más policías y trabajadores del gobierno capitalino con sus chalecos caqui y morado, que asistentes a este simulacro de la inauguración del Mundial para el cada vez más próximo 11 de junio.

Salvo los invitados especiales que arribaron en helicóptero o camioneta blindada, los demás lo hicieron a pie. Prohibida la circulación vehicular a un kilómetro a la redonda del estadio. Tren Ligero hasta las 17:30 horas, cuando las autoridades también cerraron la estación “Estadio Azteca”.

A darle desde más lejos. En la estación “El Vergel”, elementos de la SSC batallan con una decena de vendedores informales que ofrecen playeras, banderas y hasta “patitos” caracterizados como Cristiano Ronaldo. “Escójale, el que le guste a 20 pesitos”, ofrece un joven que ignora a los uniformados.

“Yo la verdad que sí compré por ver a (Cristiano) Ronaldo, estaba muy contento, pero, pues, ¿qué le hacemos?”, compartió un vecino de Tlalnepantla.  “Sí pensé en venderlo, pero al final decidimos sí venir a ver cómo quedó el estadio (…) mejor venimos ahorita porque está imposible agarrar un boleto ya en el mero Mundial”.

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La entrada al hoy Estadio Banorte fue ágil durante la mayor parte de la tarde, sin embargo, una hora antes del silbatazo de arranque todo se complicó. Quienes llegaban de último momento insistían en entrar con rapidez, mientras que los encargados de la puerta hacían malabares para controlarlos. Adentro ya había comenzado un juego de luces.

Ensayo de una inauguración… y de una protesta
Foto: Dalila Sarabia

Comienza a circular en los teléfonos información sobre un chavo de 26 años que ha muerto al interior del estadio, al caer 14 metros desde el segundo piso. Drama adentro.  Afuera, también. Un clamor rompe la parsimonia banquetera de la jornada: “¡México, campeón en desaparición… México, campeón en desaparición!”, consigna que unas 25 madres buscadoras gritan portando mantas con las fichas de búsqueda de sus hijas, de sus hijos, de sus hermanos.

En la misma acera, hombres y mujeres vistiendo en su mayoría la camiseta verde de la Selección Mexicana, tomando fotos de recuerdo y buscando atajos para recortar el trayecto, pisando, incluso, las plantas recién colocadas en el camellón. Caminan indiferentes. “Claro que les vamos a ganar… 2-1”, dice brevemente uno de los asistentes, quien aprieta el paso.

No hay trabas para que se manifiesten aquellas mujeres. Policías y personal del gobierno capitalino, mejor se apresuran a abrir las vallas colocadas para darles el paso. “¡Señor, señora, no sea indiferente… secuestran a nuestros hijos en la cara de la gente!”, otra de las consignas “a los aficionados que viven la intensidad del futbol”. Y que pasan por ahí.

Echando mano de un megáfono, frente a la entrada principal del que siempre será “el coloso de Santa Úrsula”, las mujeres piden sensibilidad y señalan a las autoridades de todos los niveles de no actuar, de apatía.

“Que no se juegue con nuestro dolor, porque mientras adentro celebran, afuera lloramos la ausencia de uno de nuestros hijos y queremos decirles que cerca de este estadio -motivo de alegría y celebración- han desaparecido más de 300 personas a menos de 15 kilómetros de aquí, en la montaña del Ajusco”, denuncia Vanessa Gámez, madre de Ana Amelí de 16 años, quien desapareció en el Ajusco el 12 de julio pasado.

Con la voz, elevó una manta. Quince rostros que no aparecen. A las puertas de un estadio espectacular que pronto habrá de recibir a las visitas.

Ensayo de una inauguración… y de una protesta
Foto: Dalila Sarabia

Sospechan la atención mediática por la reinauguración. Que se muestre la fiesta mexicana, pero también el otro lado de la moneda. Al contingente, plantado frente a la policía montada, se suma Brenda María Valenzuela, madre de Carlos Emiliano -el chavo de 21 años desaparecido hace seis meses de un restaurante en Mazatlán, Sinaloa-. Ella no trae camiseta de ningún equipo. Está vestida de luto. No necesita megáfono para que su voz resuene “desde la indignación… cuando quieren desaparecer a nuestros desaparecidos”.

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Aunque las buscadoras de acá o de allá no se conocían, comparten. Lucha y dolor. Se funden en un abrazo que parece y es infinito. Ahora en silencio. El estadio ruge y ruge en cada conato de gol. Portugal y México empatan a cero.

Adentro, nada para nadie. Afuera, lo mismo.