Joel Aguirre · 9 de junio de 2026
Ya llegó, al fin está aquí! El jueves 11 a las 11 de la mañana tendremos cita con el mundo para iniciar una nueva edición del Mundial de Futbol; sin embargo, no vamos a llegar todos (o todas). Claudia Sheinbaum anunció con antelación que no asistirá al partido inaugural. En su infinita benevolencia, decidió sortear los boletos para que cuatro mujeres asistan en su representación, el pueblo por ella ungido.
Pero no se confundan: este noble acto de la presidenta no nace de su buen corazón y voluntad política popular. Más bien, es una precaución deliberada de su parte. Como el oficialismo pregona una y otra vez, hagamos memoria: la inauguración del mundial nunca ha sido generosa con el presidente en turno. Así como el mundial es una vitrina para exponer a México ante el mundo, la inauguración expone al poder ante el pueblo.
Recordemos quiénes fueron los presidentes que han inaugurado mundiales en México: Gustavo Díaz Ordaz y Miguel de la Madrid en 1970 y 1986, respectivamente. Son dos de los presidentes más impopulares del México posrevolucionario y así se los hizo saber el pueblo aficionado, por distintas causas. Al primero lo abuchearon en recuerdo de la masacre de Tlatelolco en 1968; al segundo, por el desastre económico del país y el pésimo manejo del temblor de 1985 en la Ciudad de México.
El partido inaugural ofrece una oportunidad para el pueblo porque es un espacio fuera del control del poder en turno. Ahí no se convocan a acarreados, ni el acceso está controlado por el partido o el gobierno. Sin duda es un momento protagónico para la presidencia, que representa al país ante el mundo en el evento deportivo más importante, pero también lo es para el pueblo que puede hacerse escuchar sin represalias ni reservas.
Por eso la ausencia de Sheinbaum no es un acto de buena voluntad, sino una forma de cuidar su imagen pública, no la investidura presidencial. Y eso también es importante: por no dar la cara ante un pueblo que tiene mucho qué reclamarle, hace daño a la investidura presidencial. Es inconcebible que la jefa de Estado y de Gobierno no encabece una ceremonia de un evento que, más allá de críticas y denuncias, es un reconocimiento al país.
Incluso Andrés Manuel López Obrador dio la cara ante abucheos cuando inauguraron el estadio de beisbol de los Diablos Rojos al inicio de su mandato. En una muestra de su arte político, supo dar un giro a su favor a los abucheos calificándolos de una porra fifí. Pero Sheinbaum, en lugar de demostrar destreza, decidió evadir el momento y encerrarse ante el pueblo para protegerse de su escarnio.
En un momento donde nuestro país requiere y demanda de un liderazgo claro, de la responsabilidad política para ofrecer un mensaje de unidad, es un error que la presidenta no participe en la inauguración. Además de demostrar temor e insensibilidad, solo servirá para alebrestar las ya turbias aguas de las emociones políticas. Y vamos, sobra decir la incongruencia de asumirse como la presidenta del pueblo, pero negarse a celebrar con él.
México enfrenta un momento crítico nacional e internacionalmente. Los problemas internos derivados de la arbitrariedad del poder económico y político causan molestia y desencanto. La amenaza de Estados Unidos y el cerco de la derecha reaccionaria en los países de América Latina deja cada vez más solo al gobierno mexicano. Y en lugar de acercarse al pueblo, el mundo solo verá a una presidenta sola y desconectada, incapaz de dar la cara a un pueblo que hará del mundial su tribuna popular. ♦