Del jale a la reta: el Mundial 2026 también se juega en la Central de Abasto

Edgar Ledesma · 25 de junio de 2026

Del jale a la reta: el Mundial 2026 también se juega en la Central de Abasto

“Está chido no gastarte un varo y poder verlo o echar la reta”, dice Santiago, todavía agitado después de correr detrás del balón, con la ropa del trabajo encima. Ángel está a su lado. Ambos tienen prisa; saben que el descanso les durará poco.  

Acaban de terminar su jornada en un camión de recolección de residuos de la Central de Abasto. Vaciaron la unidad y se regalaron unos minutos en la cancha de pasto sintético instalada en el Parque Deportivo de la CEDA, ubicado en la periferia del mercado mayorista más grande del mundo en la alcaldía Iztapalapa.

Después vendría el partido de México contra Chequia y al final quizá, una vuelta por el Ángel de Independencia. En el parque una pantalla transmite los juegos del Mundial 2026. Alrededor hay familias comiendo, niños jugando y trabajadores, como ellos, en pausa antes de volver a la rutina.

El Mundial 2026 se siente lejos para muchas personas por los costos de los boletos
El Mundial 2026 se siente lejos para muchas personas por los costos de los boletos. Foto: Edgar Ledesma

El Mundial que se juega después del jale

El lugar no se entiende sólo por la pelota, también por su contexto, porque el parque donde se instaló este festival futbolero está junto a una zona de residuos y transferencia de la Central de Abasto. Ahí donde también se mueven camiones, envases, desperdicios y se realiza parte del trabajo que todos los días permite que este enorme mercado de la ciudad funcione. Para Santiago y Ángel, la zona no es sólo el fondo de la escena, sino el sitio de su jornada laboral cotidiana; el lugar donde terminan de vaciar el camión antes de intercambiar, por unos minutos, el trabajo por la reta.

Santiago y Ángel no llegaron desde una tribuna ni desde una zona de hospitalidad, llegaron desde el jale: uno con pantalón de mezclilla desgastado y otro con el pantalón naranja de faena. Corren detrás del balón como si esa cancha improvisada fuera suficiente para suspender un rato la rutina de recolectar, cargar, vaciar, caminar o esperar instrucciones. “Ya acabamos, aprovechamos que ya terminamos para venirnos a echar la reta un rato”, cuentan, aunque enseguida alguien les avisa que ya tienen que irse, como si el partido también estuviera medido por el reloj de la Central de Abasto.

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Santiago lleva seis años trabajando en la CEDA y para él jugar después de la jornada ayuda a distraerse, ver el partido, comer algo y olvidarse un rato de la rutina. “La reta terminando el jale se siente bien, es despejar el día desde temprano, trabajando. Está chido distraerse, ver el partido, una botana y al Ángel, ¿no?”, dice, porque el plan no acaba en la cancha.

Aun así, el Mundial 2026 se siente lejos para muchas personas por los costos de los boletos y por todo lo que implica entrar a un partido, aunque la ilusión sigue ahí, más todavía porque el torneo ocurre en México. “Claro que sí me gustaría ir, estando aquí en tu país, ¿a quién no le gustaría ir a un partido?”, dice uno de los jóvenes, antes de explicar que el ambiente mundialista mexicano se vive de otra manera.

El Mundial 2026 en la Central de Abasto, con cornetas, matracas, aguilitas, manitas aplaudidoras, espuma
El Mundial 2026 en la Central de Abasto, con cornetas, matracas, aguilitas, manitas aplaudidoras, espuma. Foto: Edgar Ledesma

 “Aquí, como es nuestro país y pues todos somos iguales, echamos despapaye y no nos importa quién sea ni de dónde vengan, simplemente convivimos”.

En la Central de Abasto el Mundial no necesita palco, asiento numerado ni camiseta original, porque alrededor de la cancha hay familias completas con playeras de la Selección Mexicana, algunas compradas en tienda y otras clonadas, de esas que también se han vuelto parte de la conversación por los altos precios de los jerseys oficiales, que rondan los 2 mil pesos en tiendas y pueden llegar a casi 3 mil en versiones de jugador. En ese parque nadie parece detenerse demasiado a revisar etiquetas, el uniforme se mide más por las ganas de gritar, mover una matraca o levantar una manita aplaudidora, que por el precio.

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El ambiente es familiar, sin alcohol a la vista, pero muy mexicano, con cornetas, matracas, aguilitas, manitas aplaudidoras, espuma, niños que entran y salen de la cancha, papás con mochilas, refrescos y botanas, trabajadores con ropa de faena y puestos de tacos de sirloin, cecina, hot dogs, papas, aguas de sabor y refrescos. Más que una zona de patrocinadores, el festival parece una feria popular montada entre el ritmo del mercado, la comida, el ruido de la gente y una pantalla que cada tanto ordena todas las miradas.

La contradicción está en todas partes: en el pasto sintético junto a las bodegas, en las porterías junto al movimiento de camiones, en los niños que corren detrás de una pelota mientras al fondo la Central de Abasto sigue trabajando como cualquier otro día. El Mundial bonito, el de la postal limpia, queda lejos; este es otro Mundial, uno armado junto a lo que se carga, se vende, se recicla, se tira y se recoge todos los días, pero también junto a quienes hacen ese trabajo sin aparecer casi nunca en la foto.

Activaciones deportivas, talleres, clínicas de futbol, servicios de salud y puestos de comida
Activaciones deportivas, talleres, clínicas de futbol, servicios de salud y puestos de comida. Foto: Edgar Ledesma

Un Mundial gratuito entre bodegas, comida y trabajo diario

Miguel Ángel García, gerente de Promoción y Difusión Comercial de la Central de Abasto de la Ciudad de México, dice que el Mundial se ha vivido ahí de una manera “muy sui generis”, una frase que alcanza para explicar el lugar, porque la CEDA no es una plaza turística ni un estadio, sino un mercado de más de 327 hectáreas, dividido en pasillos, bodegas, zonas de carga, descarga, envases vacíos y transferencia. Donde el comercio empieza antes de que amanezca y no se detiene aunque juegue México.

“La Central de Abasto es un espacio comercial, son 327 hectáreas en diferentes sectores y lo ha recibido muy bien la gente, la comunidad, los ocho barrios que conforman el entorno de la Central de Abasto”, cuenta García. La gente, dice, llega a disfrutar los partidos, las activaciones deportivas y culturales, además de los puestos de comida que ofrecen lo que él llama “la garnacha de la Central de Abasto de la Ciudad de México”.

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El funcionario cuenta que el festival fue pensado para la comunidad de la central y los barrios cercanos, no sólo con publicaciones en redes, sino con personal que se subió a microbuses, camiones y rutas del mercado para volantear, hablar con la gente e invitarla al parque. “Nos subíamos a los microbuses, a los camiones, invitamos a la gente en la ruta, en las paradas y en los estacionamientos de las plazas comerciales cercanas, para que vengan a vivir este festival futbolero que aparte es totalmente gratuito y estamos desde las 10 de la mañana hasta las 9 de la noche”, dice.

En los partidos de México, asegura, el espacio ha reunido a cientos de personas. En el encuentro contra Corea llegaron más de mil 650. “La verdad es que lo ha recibido muy bien la gente, es un ambiente completamente familiar, llegan familias completas a vivir el Mundial y hasta en las redes nos ponen, ‘oye, ¿hoy sí van a transmitir el partido?, ¿a qué hora puedo llegar?, ¿a qué hora empieza la comida, la batucada?’”, cuenta García.

Muchos se enteraron de que había actividades en el Parque Deportivo de la Central de Abasto y han vuelto para ver los partidos de México
Muchos se enteraron de que había actividades en el Parque Deportivo de la Central de Abasto y han vuelto para ver los partidos de México. Foto: Edgar Ledesma

La oferta incluye activaciones deportivas, talleres, clínicas de futbol, servicios de salud para prevenir deshidrataciones y alrededor de 20 puestos de comida. Además, módulos hechos con palés, madera reciclada del mercado de envases vacíos, como si incluso la escenografía mundialista tuviera que salir de la lógica propia de la CEDA, donde todo se usa, se repara, se mueve o se vuelve a vender.

Entre las familias está Anahí, de 41 años, quien no se define como futbolera, pero llegó al festival por su hijo Santiago, de 12 años, un niño que, dice, es “futbolero de corazón”. Se enteraron de que había actividades en el Parque Deportivo de la Central de Abasto y desde entonces han vuelto varias veces, sobre todo para ver los partidos de México, comer, jugar y pasar tiempo juntos.

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“Tengo un hijo adicto al futbol, es futbolero de corazón y pues qué mejor oportunidad que venir, realizar actividades, pasar tiempo con él y comer super rico”, cuenta Anahí, para quien el valor del espacio está en que su hijo puede vivir algo parecido a una fiesta mundialista sin tener que entrar a un estadio, en un lugar tranquilo, sin alcohol, donde juega, conoce a otros niños y mira los partidos en una pantalla grande.

“Mira, sí ha sido caro, pero ha sido una gran oportunidad de vivir el Mundial tan cerca”, dice Anahí, mientras explica que su hijo no había vivido una experiencia así. “Es una oportunidad de que vea los partidos, de que conozca más personas como estos niños que también les gusta mucho el futbol. Creo que este Mundial se ha vivido diferente, caro, pero los mexicanos tenemos el ambiente para el Mundial”.

Para muchas personas el Mundial es uno de los momentos más especiales cada cuatro años
Para muchas personas el Mundial es uno de los momentos más especiales cada cuatro años. Foto: Edgar Ledesma

La emoción, explica, no se parece a ver el partido en casa, porque en la pantalla de la central todos gritan gol al mismo tiempo, se miran las caras de angustia y felicidad, se escucha el ruido de la gente y se comparte algo que frente a una televisión familiar no siempre ocurre.

Santiago, su hijo, le va al América y al Barcelona, juega de defensa central porque, dice entre risas, es “la posición en la que soy menos malo”, y habla del torneo con la emoción de quien todavía cree que el futbol puede explicarlo todo. “Sí se siente la emoción, en especial porque somos locales, estamos en el país”, dice el niño de 12 años, quien ya hizo amigos en la cancha del festival y recomienda el lugar porque, asegura, “el ambiente es espectacular, la comida, las actividades, todo”.

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Para Santiago, el Mundial será especial por México, por Messi, por Cristiano Ronaldo y por las nuevas promesas. “Va a estar muy épico, en especial porque ya hay jóvenes promesas y también va a ser el último Mundial de Messi y Cristiano, la verdad que es muy especial”, cuenta. Luego resume lo que para él significa estar ahí: “el Mundial es para muchas personas, incluyéndome a mí, uno de los momentos más especiales de cada cuatro años”.

A unos metros, Daniel Reyes, de 39 años, prepara hot dogs en uno de los puestos del festival. Llegó por invitación de la propia CEDA, después de que su familia ha trabajado durante años en una tienda de materias primas. Sus hot dog cuestan 35 y 50 pesos, llevan tocino, cebolla, morrón y aderezos, y en los partidos de México, cuenta, la venta mejora porque el ambiente se vuelve una sola voz.

Las familias encontraron un lugar tranquilo para ver el partido de la Selección Mexicana
Las familias encontraron un lugar tranquilo para ver el partido de la Selección Mexicana. Foto: Edgar Ledesma

“La verdad muy bien, los días que juega México es una emoción ver a toda la gente gritar al mismo tiempo cuando festejan el gol”, dice Daniel, quien considera que estos espacios acercan un Mundial que de otra manera queda lejos para muchas personas. “Los precios de los boletos, los precios para ir a verlos, luego es muy caro y es mejor venir a este tipo de lugares y pasarla a gusto”, cuenta.

Para Daniel, el festival no sustituye al estadio, pero sí abre una puerta para quienes sólo pueden mirar desde afuera. “Para la gente que no tiene los recursos para ir al estadio, esto es muy factible, muy accesible, de hecho puedes ver todos los partidos del Mundial y no te cobran ningún peso”, dice, mientras explica que cada quien puede comer según su presupuesto, desde una botana hasta comida rápida.

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Es el Mundial que se vive en la CEDA, uno que no aparece en las postales más limpias del torneo, sino entre trabajadores que terminan su jornada, familias que buscan un lugar tranquilo para ver el partido, niños que sueñan con una pelota, camisetas originales y clonadas, tacos, hot dogs, matracas, espuma y el movimiento diario.

Un Mundial que por momentos parece lejos por los precios, los boletos y la distancia con el espectáculo global, pero que en este parque se vuelve cercano porque alguien puso una pantalla y una cancha junto al lugar donde todos los días se mueve la comida, el comercio, los residuos y el trabajo de la ciudad.

Antes de irse, Santiago y Ángel vuelven a tocar el balón, ya los llamaron, ya tienen que regresar o seguir su camino, pero todavía queda tiempo para una última jugada. En la pantalla sigue el partido, en los puestos se prende la comida, la Central de Abasto mantiene su ritmo de todos los días y los dos jóvenes corren detrás de la pelota como si ahí, después del jale y junto al trabajo que sostiene al mercado, también hubiera una forma propia de jugar el Mundial.