Kaab, el cuento creado por niños de Campeche para reconciliar a sus comunidades con el jaguar

Astrid Arellano / Mongabay Latam · 17 de octubre de 2026

Kaab, el cuento creado por niños de Campeche para reconciliar a sus comunidades con el jaguar

Kaab despierta solo, rodeado por árboles y bejucos. La selva está llena de sonidos: búhos, ranas y cigarras se llaman entre el follaje, mientras otros animales lo observan sin dejarse ver. El pequeño jaguar no recuerda quién es ni por qué está allí. Cuando intenta acercarse, todos huyen. Sin comprender la razón, piensa que su apariencia debe ser la causa del miedo. Frente a una aguada descubre su reflejo: las orejas redondas, los colmillos, las garras y las manchas oscuras que cubren su pelaje. Allí, se reconoce bello.

Así comienza Kaab, el jaguar: una historia de la Selva Maya, un cuento infantil creado a partir de las voces y los dibujos de niñas y niños que viven en dos comunidades rurales colindantes con la Reserva de la Biosfera de Calakmul, en Campeche, uno de los territorios más importantes para la conservación del jaguar en México.

En el libro, Kaab aprende que sus manchas no son círculos desordenados, sino rosetas; que sus ojos le permiten moverse de noche y que sus garras se esconden mientras no las necesita. También descubre que los jaguares ayudan a mantener el equilibrio de la selva y que los seres humanos no forman parte de su dieta. Pero el paisaje que recorre el cachorro ha cambiado: debido a los humanos, faltan árboles, frutos y animales silvestres. Así se entera de que la escasez de presas puede llevar a algunos felinos a acercarse al ganado de las comunidades.

La sed de Kaab es intensa, así que sigue su camino hasta la aguada. Cuando por fin llega, se acerca para beber y se detiene al descubrir su reflejo en el agua. Ilustración: Mongabay Latam / Cortesía Ingrid Domínguez Lagunes
La sed de Kaab es intensa, así que sigue su camino hasta la aguada. Cuando por fin llega, se acerca para beber y se detiene al descubrir su reflejo en el agua. Ilustración: Mongabay Latam / Cortesía Ingrid Domínguez Lagunes

“Trabajando en comunidades con frecuencia de depredación, visitamos a un ganadero en su rancho. Su hijo nos dijo: ‘A mi papá le está depredando un jaguar, pero dice que ya lo va a matar con su escopeta’”, cuenta Isabel Serrano Mac-Gregor, bióloga e investigadora de El Colegio de la Frontera Sur (Ecosur). “A partir de eso empezamos a preguntarnos qué piensan los niños de esto, es decir, si los hijos de los ganaderos tienen actitudes o percepciones más negativas hacia el jaguar. Así visitamos las escuelas y empezamos con el proceso del proyecto”.

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La historia de Kaab surgió de una investigación realizada con 89 estudiantes de entre 9 y 13 años en dos escuelas primarias rurales de Calakmul. Como resultado del análisis de 356 dibujos, además del libro se publicó un estudio en la revista científica Oryx, que exploró cómo las niñas y los niños percibían al jaguar (Panthera onca), qué sabían sobre la especie y cuáles eran los miedos, dudas o ideas equivocadas que circulaban en un territorio donde existen conflictos entre las personas y los grandes felinos.

El trabajo reconoce a las niñas y los niños como participantes activos en la conservación, capaces de interpretar y comunicar lo que ocurre en sus territorios. Sus percepciones fueron llevadas a Kaab, que responde a sus dudas con información científica y busca apoyar la educación para la convivencia entre las comunidades y los felinos.

La historia de Kaab surgió de una investigación realizada con 89 estudiantes de entre 9 y 13 años en dos escuelas primarias rurales de Calakmul. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Estudio Listening to children, writing for coexistence
La historia de Kaab surgió de una investigación realizada con 89 estudiantes de entre 9 y 13 años en dos escuelas primarias rurales de Calakmul. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Estudio Listening to children, writing for coexistence

Un conflicto que llegó hasta la escuela

El municipio de Calakmul se extiende por cerca de 14 mil kilómetros cuadrados en el sureste de Campeche. Casi la mitad de ese territorio corresponde a la Reserva de la Biosfera Calakmul, que protege 7 mil 238 kilómetros cuadrados de selva. A su alrededor, en su zona de amortiguamiento, habitan 158 comunidades que viven de actividades como la agricultura, la apicultura y la ganadería.

Allí, coexisten con la selva baja inundable subperennifolia, la selva baja caducifolia y la vegetación secundaria que forman un paisaje que reúne más de mil 500 especies de plantas y 94 especies de mamíferos, como el tapir centroamericano (Tapirus bairdii), el pecarí de labios blancos (Tayassu pecari) y el jaguar (Panthera onca). Las comunidades comparten este territorio con los felinos, en una de las regiones prioritarias para su conservación en México.

Jaguar fotografiado por una cámara trampa en la Reserva de la Biosfera de Calakmul. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Estudio Listening to children, writing for coexistence
Jaguar fotografiado por una cámara trampa en la Reserva de la Biosfera de Calakmul. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Estudio Listening to children, writing for coexistence

La investigación comenzó con una preocupación expresada por habitantes de las comunidades cercanas a la Reserva de la Biosfera Calakmul: los ataques atribuidos a jaguares sobre ganado, particularmente sobre los borregos, una actividad que, según el estudio, ha crecido en los últimos años como resultado de programas estatales.

“En Calakmul no hay una ganadería de 100 cabezas de ganado o de 200 borregos; es una ganadería muy pequeña”, explica Serrano Mac-Gregor. “Por ejemplo, si tienen 20 borregos, pueden vender tres si su esposa se enfermó o matan cinco si su hija se va a casar. Son como un ahorro, no tanto para la comercialización de la carne, y les cuesta mucho trabajo mantenerlos por la falta de agua. Por eso duelen las pérdidas, es mucho trabajo”, agrega.

Isabel Serrano Mac-Gregor obsequiando el cuento de Kaab en una escuela primaria de Calakmul. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Saúl González
Isabel Serrano Mac-Gregor obsequiando el cuento de Kaab en una escuela primaria de Calakmul. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Saúl González

Estos reportes hechos por las comunidades a las autoridades del área protegida propiciaron el acercamiento con el equipo de investigación, quien observó que las niñas y los niños también escuchaban las conversaciones sobre los felinos, conocían los problemas de sus familias e incorporaban esas historias a su manera de entender la selva.

“En el caso de aquel ganadero que enfrentaba depredación constante y que pensaba que era un jaguar, él tenía un cerco eléctrico; se le había dado el equipo y funcionaba perfectamente bien”, agrega Serrano Mac-Gregor. Entonces, el equipo de investigación colocó cámaras para averiguar qué ocurría. Las imágenes mostraron que el animal señalado era un puma, capaz de evitar la protección eléctrica al desplazarse trepando de árbol en árbol.

“Si te pones del lado del ganadero —si te comen tus ahorros y ponen en riesgo la seguridad de tu familia y tus medios de vida—, puedes entender un poco; no está bien, pero se puede entender en ese contexto”, agrega Mariam Weston Flores, ingeniera en desarrollo sustentable y oficial de programa del Grupo de Especialistas en Conflicto y Coexistencia entre Humanos y Vida Silvestre de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

El cuento responde a las percepciones de las infancias con información científica sobre el felino más grande de América, su papel en la selva y la relación entre la pérdida de hábitat y presas, así como por los ataques al ganado y los conflictos con las comunidades. Ilustración: Mongabay Latam / Cortesía Ingrid Domínguez Lagunes
El cuento responde a las percepciones de las infancias con información científica sobre el felino más grande de América, su papel en la selva y la relación entre la pérdida de hábitat y presas, así como por los ataques al ganado y los conflictos con las comunidades. Ilustración: Mongabay Latam / Cortesía Ingrid Domínguez Lagunes

El jaguar ausente

En octubre de 2019, el equipo de investigación trabajó con 45 niñas y 44 niños de las escuelas Manuel Acuña, en la localidad de Nueva Vida, y Francisco I. Madero, en la comunidad Centauros del Norte. En lugar de comenzar con un cuestionario, les pidieron cuatro dibujos distintos: los animales que vivían cerca de ellos, los que les daban miedo, cómo imaginaban a un jaguar y qué creían que comía.

“Al platicar con las infancias se puede conocer mucha información, pero el dibujo es una herramienta súper cómoda”, explica Montserrat Franquesa Soler, investigadora del Instituto de Neuroetología de la Universidad Veracruzana. “De pequeños, la mayoría dibujamos de forma natural porque nos nace. Además, el dibujo borra todas las barreras lingüísticas y se puede expresar libremente”.

En los trazos de los niños y niñas aparecieron serpientes, mariposas, tucanes, abejas y aves. En total, los estudiantes representaron 59 especies. Sin embargo, cuando dibujaron libremente a los animales de su entorno, solamente el 13 % incluyó al jaguar.

Dibujos con los que las infancias respondieron a las preguntas sobre los jaguares. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Estudio Listening to children, writing for coexistence
Dibujos con los que las infancias respondieron a las preguntas sobre los jaguares. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Estudio Listening to children, writing for coexistence

La ausencia sorprendió a las investigadoras por tratarse de uno de los lugares del país con mayores posibilidades de conservar poblaciones de la especie.

“Estos niños son posiblemente los únicos en todo el país que podrían ver un jaguar o un tapir con facilidad en su jardín o su huertito, una posibilidad que los demás niños en México no tienen y, aún así, aunque tienen la probabilidad más alta, no los conocen”, dice Weston Flores, quien notó que en los libros a los que estas infancias tenían acceso contenían historias e ilustraciones de animales que no habitan en ese territorio, como las jirafas o los tigres.

Cuando las investigadoras les pidieron dibujar aquello que les causaba miedo, el jaguar apareció con mayor frecuencia: estuvo presente en el 31 % de los dibujos, sólo detrás de las serpientes, representadas por el 70 %.

Los dibujos de jaguares hechos por niños y niñas fueron incorporados en la tapa del libro. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Estudio Listening to children, writing for coexistence
Los dibujos de jaguares hechos por niños y niñas fueron incorporados en la tapa del libro. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Estudio Listening to children, writing for coexistence

Los jaguares de los dibujos eran distintos entre sí. Al pedirles que los retrataran, poco más de la mitad de las infancias indicó que tenía manchas redondas, mientras que otros los dibujaron sin orejas. Algunos mostraban los dientes o parecían agresivos, aunque eran más comunes los rostros sonrientes o tranquilos. Al dibujar su comida, las niñas y los niños incluyeron principalmente venados, seguidos de borregos y vacas. Un 7 % de los estudiantes dibujó personas como alimento del felino.

Estos resultados no significan que las infancias de Calakmul rechacen al jaguar. Los dibujos muestran percepciones diversas, en las que se mezclan el conocimiento de la fauna, las experiencias familiares, las historias que circulan en las comunidades y factores como la edad y el género. Aunque los hijos e hijas de agricultores o ganaderos representaron con mayor frecuencia al jaguar comiendo animales domésticos o personas, esta relación no fue estadísticamente significativa. Por ello, el estudio no permite concluir que la actividad económica de la familia determine por sí sola la manera en que las infancias perciben al felino.

Otras tendencias fueron que las niñas dibujaron menos rasgos agresivos que los niños y esos atributos aumentaron entre los estudiantes de mayor edad. Para las autoras, esto plantea nuevas preguntas sobre la construcción social del miedo y sobre los mensajes que reciben niñas y niños conforme crecen.

Montserrat Franquesa Soler haciendo trabajo de campo. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Fernando Ocampo Saure
Montserrat Franquesa Soler haciendo trabajo de campo. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Fernando Ocampo Saure

De los dibujos al personaje

Las investigadoras no querían que la participación terminara cuando recogieran las hojas con los dibujos. Los hallazgos fueron convertidos en una historia que respondiera a las dudas, temores y vacíos observados por los niños y niñas. De allí nació Kaab, nombre que, en lengua maya, puede significar “miel” —haciendo alusión al color de su pelaje—, pero también “universo”.

“Queríamos contar una historia linda a través del viaje de Kaab —que es un jaguar muy tierno—, que pudiera no solamente ir contestando las preguntas, sino que además vaya presentando elementos y especies de la Selva Maya que son poco visibilizados, como el zopilote rey, los tapires o los monos aulladores, así como hablar un poco de la cultura y la arqueología de Calakmul”, dice Weston Flores.

La fauna de la Selva Maya protagoniza el cuento Kaab, el jaguar. Ilustración: Mongabay Latam / Cortesía Ingrid Domínguez Lagunes
La fauna de la Selva Maya protagoniza el cuento Kaab, el jaguar. Ilustración: Mongabay Latam / Cortesía Ingrid Domínguez Lagunes

Para convertir los hallazgos de la investigación en un relato infantil, Celeste Zohé trabajó en la escritura del cuento junto con Mariam Weston Flores e Isabel Serrano Mac-Gregor. El proceso visual también fue colectivo: Diana Aranda realizó los fondos del libro e Ingrid Domínguez Lagunes ilustró los personajes. Además, los dibujos de jaguares hechos por los niños y niñas fueron incorporados en las cubiertas del libro.

En su caminar por la selva, el cachorro conoce a Candela, una zopilote rey que al principio también le teme. Poco a poco, ella le explica para qué sirven sus colmillos, cómo funcionan sus garras y qué animales puede cazar. Más adelante, el Gran Tapir le cuenta que el jaguar regula las poblaciones de otras especies y contribuye al equilibrio de la selva.

El relato no convierte al felino en una criatura inofensiva ni oculta el conflicto con el ganado. Explica que la transformación del bosque y la disminución de las presas pueden empujarlo hacia los animales domésticos. También muestra el otro lado: Kaab se separó de su madre mientras ambos escapaban de personas que intentaban cazarlos.

El cuento explica cómo la actividad humana ha impactado a la Selva Maya y desplazado a la fauna. Ilustración: Mongabay Latam / Cortesía Ingrid Domínguez Lagunes
El cuento explica cómo la actividad humana ha impactado a la Selva Maya y desplazado a la fauna. Ilustración: Mongabay Latam / Cortesía Ingrid Domínguez Lagunes

Para María del Socorro Aguilar Cucurachi, bióloga y directora de Comunicación de la Ciencia de la Universidad Veracruzana —quien no participó en el estudio—, uno de los aportes del proyecto consiste en reconocer a las infancias como interlocutoras actuales. Con frecuencia, explica, la educación ambiental las presenta únicamente como futuras personas adultas o tomadoras de decisiones.

“No los consideran como sujetos de derechos en el momento”, dice la investigadora. “A mí me parece muy valioso que se estén ampliando cada vez más los horizontes expresivos de las infancias, en este caso, desde los dibujos que fueron los elementos base para que el libro naciera. Es una deuda que tenemos con las infancias: visibilizar su voz activa y sus conocimientos locales como niñeces, no como personas que en el futuro van a cambiar el mundo”.

Aguilar Cucurachi sostiene que el hecho de encontrar que los niños y niñas que vienen de familias ganaderas dibujan jaguares comiendo ganado es una evidencia importante para mirar con empatía la situación y “poder emprender acciones para evitar que esto siga sucediendo y que los jaguares terminen siendo los malos de la historia”.

Kaan descubre que los jaguares ayudan a mantener el equilibrio de la selva y que los seres humanos no forman parte de su dieta. Ilustración: Mongabay Latam / Cortesía Ingrid Domínguez Lagunes
Kaan descubre que los jaguares ayudan a mantener el equilibrio de la selva y que los seres humanos no forman parte de su dieta. Ilustración: Mongabay Latam / Cortesía Ingrid Domínguez Lagunes

Un libro que volvió a la selva

La primera edición de Kaab se imprimió en 2023. Se produjeron mil ejemplares, distribuidos en 12 escuelas primarias de Calakmul, además de algunos destinados a un grupo de madres lectoras en Zoh Laguna para incorporarlos en sus sesiones con niños pequeños.

El cierre de las escuelas por la pandemia del Covid-19 y la falta de financiamiento impidieron que las autoras realizaran una evaluación formal con entrevistas y observaciones en las aulas sobre el impacto educativo del libro posterior a su publicación. Las investigadoras señalan que, aunque docentes e infancias lo recibieron con entusiasmo, todavía no existen datos que permitan determinar si su lectura modificó las percepciones sobre el jaguar o contribuyó a reducir los conflictos con el felino.

Mariam Weston Flores, una de las coautoras de Kaab, el jaguar. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Estudio Listening to children, writing for coexistence
Mariam Weston Flores, una de las coautoras de Kaab, el jaguar. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Estudio Listening to children, writing for coexistence

Ese límite también deja una lección. Las propias autoras advierten que un recurso educativo aislado no basta para construir la coexistencia. El cuento debe acompañarse de medidas para prevenir los ataques al ganado, atender las pérdidas de las familias y enfrentar la deforestación y la disminución de fauna silvestre. Su aporte está en abrir esas conversaciones desde la información, la empatía y la escucha, sin imponer respuestas a las comunidades.

“Lo único que quieren es sentir que sus pérdidas importan”, concluye Weston-Flores. “No es que odien a los jaguares, al puma o al ocelote, sino que a veces solamente necesitan ser escuchados con empatía y, genuinamente, querer ayudarles a hacer las cosas más fáciles para que puedan también vivir en paz con estas especies”.

El equipo de investigación trabajó con 45 niñas y 44 niños de las escuelas Manuel Acuña, en la localidad de Nueva Vida, y Francisco I. Madero, en la comunidad Centauros del Norte. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Estudio Listening to children, writing for coexistence
El equipo de investigación trabajó con 45 niñas y 44 niños de las escuelas Manuel Acuña, en la localidad de Nueva Vida, y Francisco I. Madero, en la comunidad Centauros del Norte. Foto: Mongabay Latam / Cortesía Estudio Listening to children, writing for coexistence

Antes de que te vayas: Hasta 7 jaguares mueren atropellados cada año en Calakmul; obras y deforestación amenazan a esta especie

 

Este contenido fue publicado originalmente en Mongabay Latam.