La prevención también se aprende: proteger a la niñez antes del desastre

Joel Aguirre · 16 de octubre de 2026

La prevención también se aprende: proteger a la niñez antes del desastre

Johan tiene nueve años y sabe que no todos los lugares de su escuela son seguros. Ha aprendido a identificar amenazas, reconocer zonas de riesgo y distinguir los espacios donde puede resguardarse ante una emergencia. Vive en una comunidad de Chiapas donde las lluvias intensas y los huracanes forman parte de las amenazas del entorno. Su escuela está cerca de un río que ya se ha desbordado y ha causado daños en las instalaciones.

Cuando le preguntan qué es lo más importante de lo que ha aprendido, su respuesta es contundente: “Lo importante es prevenir muertes y accidentes”.

Johan participa junto con su padre en el Club de Escuelas Seguras, una iniciativa que impulsamos junto con Volvo. A través de juegos y actividades participativas, hemos acompañado a niñas, niños y sus familias para fortalecer sus conocimientos sobre los riesgos de su entorno, reconocer zonas seguras y comprender cómo actuar ante distintas amenazas. Lo que podría parecer un ejercicio sencillo, como dibujar un mapa de la escuela, se convierte en una oportunidad para mirar el entorno de otra manera y reconocer riesgos que antes podían pasar inadvertidos.

Su experiencia nos recuerda algo fundamental: aunque no podemos anticipar todas las emergencias ni evitar todos los fenómenos naturales, sí podemos prepararnos para reducir sus consecuencias. Y esa preparación no debe comenzar cuando suenan las alarmas, sino mucho antes.

Más vale prevenir que lamentar

En México, más de 11 millones de niñas, niños y adolescentes viven en municipios con alto riesgo de inundaciones. El dato fue compartido durante el foro “Protección integral a la niñez y adolescencia en contexto de emergencias e impacto del cambio climático”, un espacio en el que participamos junto con instituciones como SIPINNA, CENAPRED y UNICEF para poner sobre la mesa la necesidad de fortalecer la prevención y la protección de la niñez frente a las emergencias.

Estar expuestos a una amenaza no significa que el desastre sea inevitable. Las consecuencias dependen también de las condiciones de los entornos, las vulnerabilidades existentes y las capacidades para prevenir y responder. Por eso, hablar de reducción del riesgo implica ir más allá de la reacción inmediata: requiere identificar peligros, preparar a las comunidades, fortalecer las capacidades locales y establecer medidas para proteger a quienes enfrentan mayores barreras para ponerse a salvo.

Esta conversación adquiere especial relevancia camino a la COP31, que se celebrará del 9 al 20 de noviembre de 2026 en Antalya, Turquía. Mientras los países discuten cómo avanzar en la acción climática, la adaptación y la resiliencia, debemos recordar que estos compromisos también tienen una dimensión cotidiana: qué tan preparadas están nuestras escuelas y comunidades para proteger a la niñez ante los riesgos que ya enfrentan.

Esta urgencia también se refleja en el ámbito educativo. Según el informe Learning Interrupted, publicado en enero de 2025, al menos 242 millones de estudiantes de 85 países y territorios tuvieron interrupciones en su escolarización debido a fenómenos climáticos extremos durante 2024, entre ellos olas de calor, ciclones, tormentas, inundaciones y sequías

No se trata únicamente de suspender clases por unos días. Los fenómenos extremos pueden dañar instalaciones, dificultar el traslado a las escuelas y comprometer las condiciones necesarias para aprender. Cuando una emergencia obliga a cerrar un plantel, el desafío consiste en proteger la integridad de las niñas y los niños y, al mismo tiempo, encontrar alternativas para que su educación continúe.

Por eso, la reducción del riesgo de desastres y la continuidad educativa deben pensarse de manera conjunta. La prevención no solo implica responder mejor: también significa proteger los derechos de niñas, niños y adolescentes antes, durante y después de una emergencia.

Prepararse también puede ser un juego

En Save the Children trabajamos para fortalecer la seguridad escolar desde una perspectiva participativa, en la que niñas, niños, docentes y familias puedan reconocer los riesgos de su entorno y desarrollar herramientas para afrontarlos. En el Club de Escuelas Seguras, el aprendizaje no se limita a transmitir información: buscamos que las personas participantes puedan relacionarla con situaciones concretas de su vida cotidiana.

Johan recuerda que una de sus primeras actividades consistió en elaborar un mapa de su escuela para identificar riesgos y zonas seguras. También ha participado en juegos como “El gato y el ratón”, en los que una persona representa una amenaza y otra debe encontrar un lugar seguro. A través de estas dinámicas, conceptos como peligro, vulnerabilidad y prevención dejan de ser palabras abstractas y adquieren sentido en la experiencia.

Este enfoque importa porque reconocer un riesgo exige observar, preguntar y tomar decisiones. Un punto de reunión no necesariamente es seguro si hay árboles u objetos que pueden caer. Un espacio conocido no siempre ofrece protección ante todas las amenazas. Aprender a distinguir estas situaciones permite desarrollar criterios que pueden aplicarse dentro y fuera de la escuela.

Pero la prevención no puede recaer exclusivamente en las niñas y los niños. Por eso, involucramos también a madres, padres, personas cuidadoras y docentes. Trabajamos en la identificación de riesgos, la preparación de planes escolares de emergencia y el desarrollo de herramientas para que las comunidades sepan cómo actuar y puedan organizarse ante una situación crítica. La coordinación con actores como Protección Civil también permite complementar los conocimientos disponibles en la comunidad.

La participación de las familias es especialmente importante. Herbert, el padre de Johan, ha compartido con nuestro equipo que estos aprendizajes le permiten reconocer peligros que antes podía pasar por alto y sentir mayor tranquilidad al dejar a su hijo en la escuela. También destaca que Johan podrá recurrir a lo aprendido incluso cuando él no esté presente.

Esa posibilidad revela uno de los alcances más valiosos de la educación para la prevención: el conocimiento puede circular entre la escuela, el hogar y la comunidad. Las niñas y los niños no son únicamente quienes necesitan protección; también pueden compartir lo aprendido, formular preguntas, identificar problemas y participar en las decisiones que afectan su seguridad.

Una emergencia no debería detener el aprendizaje

Preparar una comunidad escolar implica mucho más que saber dónde resguardarse durante una tormenta o un sismo. También requiere contar con planes que permitan organizar la respuesta, identificar responsabilidades y prever cómo continuar las actividades educativas si una emergencia impide utilizar las instalaciones habituales.

Desde Save the Children promovemos la preparación escolar y la participación de las comunidades para que la prevención y la continuidad educativa formen parte de la planificación. Esto supone reconocer que cada escuela enfrenta condiciones distintas y que las medidas deben considerar las amenazas de su entorno, las características de sus instalaciones y las necesidades de quienes estudian y trabajan en ellas.

La preparación también exige escuchar a niñas y niños. Su conocimiento de los espacios que habitan, sus observaciones y sus preguntas pueden contribuir a una mejor planificación de las medidas de seguridad. Incorporar sus voces no es un gesto simbólico: es reconocer su derecho a participar en las decisiones que les afectan y aprovechar su capacidad para contribuir a entornos más seguros.

Necesitamos que la conversación sobre adaptación climática y resiliencia se traduzca en acciones que alcancen a las comunidades escolares. Los compromisos internacionales son indispensables, pero su relevancia también debe reflejarse en la prevención cotidiana, la preparación ante emergencias y las condiciones para que niñas, niños y adolescentes puedan ejercer sus derechos incluso cuando ocurre un desastre.

La experiencia de Johan nos muestra que prepararse es un aprendizaje que puede comenzar desde la infancia y extenderse a toda una comunidad. Un mapa de riesgos, una conversación familiar, un plan de emergencia o un juego pueden parecer acciones pequeñas frente a la magnitud de los desafíos climáticos. Sin embargo, forman parte de una tarea colectiva mucho más amplia: construir entornos capaces de anticipar peligros y reducir vulnerabilidades.

No podemos prometer que una emergencia no ocurrirá. Pero sí podemos trabajar para que nos encuentre mejor preparados. Porque proteger a la niñez no consiste únicamente en responder cuando el daño ya está hecho: también significa actuar antes, escuchar sus voces y crear las condiciones para que su vida, su seguridad y su educación no queden a merced de una emergencia.♦ 

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