Lideresas de México, Perú y Colombia desafían el cambio climático

Astrid Arellano | Mongabay Latam · 5 de septiembre de 2026

Lideresas de México, Perú y Colombia desafían el cambio climático

En distintos territorios de América Latina, prepararse para un clima cada vez más extremo puede significar cosas tan concretas como proteger una semilla, recuperar una planta medicinal o conseguir que el agua vuelva a llegar hasta una comunidad. Frente a sequías prolongadas, temperaturas más altas, lluvias cada vez menos predecibles y fenómenos climáticos como El Niño, las mujeres indígenas están impulsando respuestas que combinan conocimientos transmitidos durante generaciones con nuevas herramientas para cuidar sus territorios y sostener la vida de sus pueblos.

Este 5 de septiembre, Día Internacional de las Mujeres Indígenas, sus experiencias también permiten mirar el cambio climático desde quienes enfrentan sus consecuencias. En sus comunidades, las mujeres participan en la producción de alimentos, el cuidado del agua y la conservación de los ecosistemas, pero también ocupan cada vez más espacios de organización y toma de decisiones desde los que proponen cómo prepararse frente a un futuro climático incierto.

En Mongabay Latam compartimos las historias de tres lideresas indígenas en México, Perú y Colombia. Aunque sus territorios y experiencias son distintos, las tres trabajan para mantener vivos conocimientos y prácticas que fortalecen la capacidad de sus comunidades para decidir cómo cuidar a la naturaleza y sus culturas.

Cada 5 de septiembre se conmemora el Día Internacional de las Mujeres Indígenas. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) visibiliza esta fecha para impulsar acciones que reduzcan la desigualdad y protejan el liderazgo de las mujeres indígenas en todo el mundo. Foto: cortesía María Taimal. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía María Taimal)
Cada 5 de septiembre se conmemora el Día Internacional de las Mujeres Indígenas. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) visibiliza esta fecha para impulsar acciones que reduzcan la desigualdad y protejan el liderazgo de las mujeres indígenas en todo el mundo. Foto: cortesía María Taimal. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía María Taimal)

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México: sembrar conocimientos para defender el territorio

En las milpas del Valle de Tehuacán, en Puebla, existen terrazas agrícolas construidas con piedras sobre las laderas de los cerros. Desde tiempos antiguos, estos sistemas han permitido aprovechar el agua en un territorio donde las lluvias son escasas. Allí, Xananine Calvillo camina con niñas y niños: recorren los cultivos de maíz, buscan quelites, reconocen distintas plantas y escogen mazorcas. Después, utilizan hojas y semillas para pintar y conversar sobre el territorio: cómo era antes, qué crece en él y cómo imaginan su futuro.

“Cada vez que llega la época de lluvias, los cerros cambian de color; es como si tuvieran otra piel”, describe Calvillo sobre este paisaje donde el semidesierto se mezcla con el bosque tropical seco. “Entender las estaciones es lo que nos puede hacer más conscientes de nuestra dependencia de la naturaleza y de los ciclos de la tierra”.

Para Calvillo, recuperar las dietas tradicionales también forma parte de la respuesta frente al cambio climático. Esto implica reducir la dependencia de la agricultura industrial y volver a alimentos y prácticas vinculados con el territorio, desde los cultivos de la milpa hasta las plantas que crecen en los cerros.

“Nuestras dietas tradicionales —que aportan incluso mejores nutrientes que las dietas occidentales— no solo nos pueden hacer sobrevivir al cambio climático, sino también nos pueden hacer reconocer de dónde venimos y qué es lo mejor para la tierra de la que dependemos”, agrega.

Calvillo es una joven del pueblo ngiwa y activista por la justicia climática. Originaria de la comunidad de San Mateo Zoyamazalco, creció en el Valle de Tehuacán y estudió Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Su interés por estos temas comenzó desde niña, al observar a sus abuelos sembrar y conservar semillas y, al mismo tiempo, los cambios que ocurrían alrededor de las comunidades con la expansión de la agricultura industrial.

Años después, tras participar en movimientos climáticos, decidió regresar parte de esas discusiones y herramientas a su propio territorio.

Junto con otras jóvenes ngiwa creó el Colectivo Jna Tsjo —“Cerro de la flor”—, que trabaja para recuperar conocimientos vinculados con la milpa, las plantas comestibles y medicinales y las semillas nativas. Una de sus preocupaciones es que estos saberes puedan seguir siendo transmitidos a las nuevas generaciones y, al mismo tiempo, convertirse en herramientas para enfrentar un clima cambiante.

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“Es necesario formarnos en qué podemos hacer desde las comunidades, desde los hogares y con las infancias, de crear estas habilidades para sostener la vida, pero a la vez defender las condiciones que ya sostienen la vida”, dice la lideresa. “Tradicionalmente, nuestra alimentación proviene de los cultivos de la milpa: de las calabazas, los frijoles, los chiles y el maíz, que se complementan con las hierbas silvestres que crecen en la misma milpa, pero también en los cerros”.

Las infancias de la comunidad de San Marcos Tlacoyalco junto a las maestras comunitarias durante el primer Semillero de Saberes, tomando clase sobre la importancia del cuidado del maíz nativo.(Foto: Mongabay Latam | Amos Trust)
Las infancias de la comunidad de San Marcos Tlacoyalco junto a las maestras comunitarias durante el primer Semillero de Saberes, tomando clase sobre la importancia del cuidado del maíz nativo.(Foto: Mongabay Latam | Amos Trust)

En un territorio semiárido, explica Calvillo, las semillas conservadas y seleccionadas durante generaciones están adaptadas a condiciones de poca agua y temporadas cortas de lluvia. Por eso, protegerlas tiene también un sentido de autonomía y supervivencia. En los intercambios de semillas organizados por el colectivo han encontrado familias a las que ya les resulta difícil conseguir variedades nativas, mientras aumenta la dependencia de semillas comerciales. Para ella, recuperar las primeras significa que las comunidades puedan conservar una herramienta propia para responder ante escenarios de escasez de agua y alimentos.

El colectivo lleva esta conversación especialmente a niñas, niños y jóvenes mediante recorridos por las milpas, intercambios de semillas, talleres al aire libre, murales y actividades artísticas. No se trata solamente de enseñarles cómo sembrar. Calvillo busca que pregunten a sus madres, padres y abuelos qué se cultivaba antes, qué plantas se comían o utilizaban como medicina y qué historias existen alrededor de ellas. Así, la recuperación de conocimientos también fortalece una relación con el territorio que, sostiene, será necesaria para que una nueva generación quiera permanecer en él y defenderlo.

“Nosotros entendemos que mucho del conocimiento ancestral ya está incrustado en la lengua misma, en la forma en la que se dicen las cosas, en la forma en la que se habla de la vida misma”, describe.

Representación del maíz y escritura en ngiwa, hecho por infancias durante las Jornadas del Semillero de Saberes en las comunidades de San Marcos Tlacoyalco y San Mateo Zoyamazalco. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía Colectivo Jna Tsjo)
Representación del maíz y escritura en ngiwa, hecho por infancias durante las Jornadas del Semillero de Saberes en las comunidades de San Marcos Tlacoyalco y San Mateo Zoyamazalco. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía Colectivo Jna Tsjo)

El agua atraviesa buena parte de esas preocupaciones. Calvillo cuenta que los agricultores ya enfrentan mayores dificultades para anticipar las temporadas a partir de las primeras lluvias y que los ciclos que antes servían para decidir cuándo sembrar o cosechar son cada vez menos predecibles. A ello se suma la presión que ejerce la extracción industrial de agua en una región donde los manantiales, ríos y acuíferos son fundamentales para las comunidades.

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“Nuestras semillas se han adaptado a eso, pero ahora hay una dependencia de las semillas transgénicas, del agronegocio, de las industrias que al final están haciendo que nuestro pueblo pierda la soberanía alimentaria y su capacidad de sobrevivir a la escasez de comida y de agua, por toda esta extracción que las industrias han hecho al punto de secar pozos y manantiales”, explica Calvillo. “Solo la organización comunitaria es capaz de detener todos estos proyectos extractivos”.

Frente a las sequías y temperaturas más altas que podrían intensificarse con fenómenos climáticos como El Niño, plantea que las respuestas deben combinar prácticas tradicionales —como la captación de lluvia y el cuidado de los sitios vinculados al agua— con nuevas tecnologías y, sobre todo, con la defensa territorial.

Protesta simbólica de mujeres del pueblo ngiwa frente a una planta productora de pollo en San Marcos, Puebla, durante el Día Global de Acción convocado por la Coalición Alto al Financiamiento de las Granjas Industriales. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía Colectivo Jna Tsjo)
Protesta simbólica de mujeres del pueblo ngiwa frente a una planta productora de pollo en San Marcos, Puebla, durante el Día Global de Acción convocado por la Coalición Alto al Financiamiento de las Granjas Industriales. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía Colectivo Jna Tsjo)

“El movimiento de defensa del territorio está liderado por personas más grandes y nosotras decíamos: cuando ellos no estén, ¿quién va a seguir esta lucha?”, cuestiona Calvillo. “Esas mismas personas nos han respondido que se necesita involucrar a los jóvenes. Nosotras veíamos que podíamos usar lo que sabemos, no solo lo que hemos estudiado, pero también lo que los abuelos nos han contado, para transmitírselo a otras generaciones, a las infancias, e ir creando conciencia, y después en la capacidad de liderar estas luchas”.

Esa defensa intenta ahora trascender a cada comunidad. El Consejo Regional Ngiwa reúne a autoridades tradicionales, comuneros, colectivos y habitantes de 12 comunidades del Valle de Tehuacán para intercambiar conocimientos y organizarse frente a amenazas sobre el territorio. Algunas comunidades, explica Calvillo, conservan mejor sus semillas. Otras mantienen conocimientos sobre lugares sagrados o formas de cuidar el agua. Compartirlos puede fortalecer su capacidad colectiva para enfrentar periodos de sequía y calor.

El Colectivo Jna Tsjo conversando junto a abuelas e infancias de la comunidad de San Marcos Tlacoyalco sobre la diversidad de plantas medicinales durante el Trueque de Plantas y Semillas (Foto: Mongabay Latam | Cortesía Colectivo Jna Tsjo)
El Colectivo Jna Tsjo conversando junto a abuelas e infancias de la comunidad de San Marcos Tlacoyalco sobre la diversidad de plantas medicinales durante el Trueque de Plantas y Semillas. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía Colectivo Jna Tsjo)

Para Calvillo, la adaptación climática no puede reducirse a aprender a soportar condiciones cada vez más difíciles. “Uno tampoco se puede adaptar a perder la lengua, a perder lo que nos hace nosotros, a perder la cultura, a perder el territorio, a perder la vida misma”, sostiene.

Integrantes del colectivo Jna Tsjo, frente al mural comunitario realizado con las infancias y juventudes de la comunidad de San Mateo Zoyamazalco, con la leyenda "gracias a nuestra tierra" en lengua ngiwa. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía Colectivo Jna Tsjo)
Integrantes del colectivo Jna Tsjo, frente al mural comunitario realizado con las infancias y juventudes de la comunidad de San Mateo Zoyamazalco, con la leyenda “gracias a nuestra tierra” en lengua ngiwa. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía Colectivo Jna Tsjo)

Perú: agua, organización y liderazgo frente a la sequía

Cuando el nivel de los ríos baja en la cuenca del Ampiyacu, en la Amazonía peruana, las distancias se hacen más largas. Las lanchas ya no pueden llegar hasta algunas comunidades y dejan a sus pasajeros en las playas, mientras que transportar alimentos y mercancías se vuelve más difícil y costoso.

Río arriba, donde algunas comunidades todavía no cuentan con sistemas de abastecimiento de agua, la sequía también puede traer problemas de salud. Mayra Collantes conoce bien estas dificultades. Hace unos tres años, recuerda, una fuerte sequía se prolongó durante casi seis meses.

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“Este ha sido uno de los cambios climáticos más fuertes que hemos tenido”, cuenta. Durante aquel periodo, dice, aumentaron los precios, murieron peces en las cabeceras de los ríos y el agua de las quebradas se deterioró. Incluso encontraron animales silvestres muertos por falta de agua. “Sí nos vimos afectados totalmente, tanto nosotros como los animales”, recuerda.

Mayra Collantes asume el rol de Mujer Líder de la Federación de Comunidades Nativas del Ampiyacu (Fecona), que tiene como decreto contar con un 50 % de mujeres en su directiva. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía CI Perú)
Mayra Collantes asume el rol de Mujer Líder de la Federación de Comunidades Nativas del Ampiyacu (Fecona), que tiene como decreto contar con un 50 % de mujeres en su directiva. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía CI Perú)

Collantes tiene el cargo de Mujer Líder de la Federación de Comunidades Nativas de la Cuenca del Río Ampiyacu (FECONA) y representa a las mujeres de 14 comunidades. Desde joven comenzó a participar en reuniones y capacitaciones comunitarias, hasta asumir responsabilidades dentro de su comunidad y, posteriormente, en la Federación. Hoy forma parte de una junta directiva integrada por seis mujeres y seis hombres, donde, explica, las decisiones se toman de manera conjunta.

Esa participación ha sido clave para definir algunas de las respuestas frente a los cambios del clima. Una de ellas fue mejorar los sistemas de abastecimiento de agua utilizando energía solar.

En la comunidad de Collantes ya existía un sistema instalado por el Estado, pero funcionaba con gasolina. El costo del combustible fluctuaba y las familias pagaban entre 15 y 20 soles mensuales sin garantizar que el sistema pudiera operar todo el mes. Con la incorporación de paneles fotovoltaicos, el gasto de mantenimiento bajó a unos cinco soles mensuales y el bombeo se volvió más constante. “Desde que se hizo con el sistema fotovoltaico, ha mejorado el sistema de agua para las familias”, explica.

Una de las bombas de agua con paneles fotovoltáicos instaladas en las comunidades que representa Mayra Collantes a través de la Fecona. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía CI Perú)
Una de las bombas de agua con paneles fotovoltáicos instaladas en las comunidades que representa Mayra Collantes a través de la Fecona. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía CI Perú)

Conservación Internacional Perú, organización que ha acompañado y financiado parte de estas iniciativas, señala que actualmente unas 250 familias de cinco comunidades cuentan con sistemas mejorados. En algunos casos se rehabilitó infraestructura que había quedado fuera de funcionamiento y se sustituyó el bombeo con combustible por energía solar.

En otros casos se implementaron sistemas utilizando infraestructura comunitaria. El agua es entubada, no potable, y las federaciones han buscado coordinación con gobiernos locales para su tratamiento.

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Para las mujeres, el efecto va más allá de disponer de agua. En muchas familias son ellas quienes recorren las distancias necesarias para conseguirla y quienes asumen buena parte del cuidado cuando niñas y niños enferman por problemas asociados a su calidad o escasez. Por eso, explica Conservación Internacional, su participación en los espacios donde se deciden las prioridades climáticas permite incorporar necesidades que de otra manera pueden quedar fuera.

Capacitación a asociaciones gestionadas por Mayra Collantes. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía CI Perú)
Capacitación a asociaciones gestionadas por Mayra Collantes. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía CI Perú)

“Desde Conservación Internacional, hemos venido impulsando las Guarderías de Conservación”, explica Bibi Gutiérrez, coordinadora intercultural de esta organización. “Muchas veces, las mujeres no asisten a reuniones, talleres, convocatorias ni asambleas de la comunidad, por lo que no expresan sus necesidades, porque tienen que quedarse en la casa con toda la carga familiar”.

Al contar con guarderías durante las actividades comunitarias y organizativas, las mujeres pueden participar sin tener que asumir al mismo tiempo el cuidado de sus hijas e hijos. Conservación Internacional contrata a personas para atenderlos y acompañarlos mientras ellas intervienen en estos espacios, expresan sus preocupaciones y participan en las decisiones. “Al final, las mujeres son las que acarrean el agua y las que hacen los cultivos. Ellas son las que más viven las amenazas del cambio climático”, sostiene Gutiérrez.

Panel solar instalado en otra de las comunidades del Ampiyacu. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía CI Perú)
Panel solar instalado en otra de las comunidades del Ampiyacu. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía CI Perú)

Para Collantes, la adaptación también pasa por fortalecer la autonomía y organización de las mujeres. Como becaria del Programa Mujer Indígena de Conservación Internacional, impulsó la formalización de seis asociaciones de productoras y artesanas para que pudieran inscribirse en registros públicos y acceder a fondos concursables; algunas ya han comenzado a hacerlo. Esta también es una forma de resiliencia frente al cambio climático, sostiene.

“Porque si dependen de un solo producto o cultivo, por las condiciones climáticas que son tan impredecibles, se enfrentan a diversos riesgos y sus ingresos pueden disminuir”, coincide Yadira Díaz, gerente del programa Loreto de Conservación Internacional Perú. Diversificar sus actividades, explica, permite a las familias contar con distintas fuentes de ingresos frente a esas variaciones y, al mismo tiempo, reducir las presiones sobre el bosque. “Es decir, podrían recurrir a actividades ilícitas como tala ilegal o minería para poder tener un ingreso, pero no lo hacen porque ven el valor que hay en el bosque en pie”, sostiene Díaz.

Mayra Collantes también es artesana, por lo que reconoce la importancia que esta actividad tiene para las madres de familia y la estabilidad económica del hogar. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía CI Perú)
Mayra Collantes también es artesana, por lo que reconoce la importancia que esta actividad tiene para las madres de familia y la estabilidad económica del hogar. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía CI Perú)

Mayra Collantes sabe, sin embargo, que prepararse no significa tener todas las respuestas. “Adaptarnos al cambio climático es muy complejo todavía para nosotros”, reconoce. Por eso insiste en continuar gestionando recursos, fortaleciendo capacidades y compartiendo lo aprendido entre mujeres antes de que llegue el siguiente fenómeno extremo.

“Hay que seguir trabajando, preparándonos y seguir gestionando, tocando puertas en las instituciones”, concluye Collantes. “Las mujeres líderes que conocen mucho más de este tema deben compartir con más mujeres el mensaje sobre la adaptación al cambio climático para estar preparadas todas y poder enfrentarlo”.

Colombia: restaurar el bosque para que permanezca la medicina

Bajo la sombra de un árbol, María Taimal dice que el clima se siente distinto. En la hectárea que las mujeres Cofán han venido restaurando en el Putumayo, Colombia, también han comenzado a observar otros cambios: plantas que producen frutos atraen abejas y aves, o algunos animales que vuelven a acercarse al área. Para ellas, recuperar ese espacio no significa únicamente volver a tener árboles. Allí también están intentando recuperar plantas medicinales, fuentes de agua y conocimientos que sus mayores han transmitido durante generaciones como una herramienta para enfrentar los cambios del clima.

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“Donde sembramos una planta estamos sembrando vida”, afirma Taimal. “Esto es lo que nos motiva a seguir en la reforestación de muchas especies”.

Taimal pertenece al pueblo cofán, vive en el resguardo Santa Rosa del Guamuez, en el municipio de Valle del Guamuez, y representa al grupo Abuelas y Seguidoras de la Medicina Tradicional Cofán. Son 70 mujeres: 35 abuelas —la mayor tiene unos 98 años— y 35 seguidoras más jóvenes, además de niñas y niños que participan en el proceso.

María Taimal es representante del grupo Abuelas y Seguidoras de la Medicina Tradicional Cofán. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía María Taimal)
María Taimal es representante del grupo Abuelas y Seguidoras de la Medicina Tradicional Cofán. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía María Taimal)

El proyecto nació frente a una pérdida concreta. La deforestación había reducido la presencia de plantas medicinales vinculadas con la cultura del yagé, explica Taimal. Las mujeres decidieron entonces conservarlas y llevar a niñas y jóvenes a esos espacios para que pudieran aprender directamente de las mayores. “Nuestras abuelas y seguidoras de la medicina tradicional son conocedoras, son artesanas y también médicas; transmiten el conocimiento de generación en generación”, dice.

Con apoyo del programa Mujer Indígena de la Amazonía de Conservación Internacional Colombia, el grupo comenzó a restaurar terrenos que habían sido afectados por cultivos ilícitos. La propuesta consistía precisamente en utilizar plantas medicinales para recuperar esas áreas y, a la vez, fortalecer la medicina tradicional dentro de las comunidades.

“A raíz de la deforestación que hemos tenido en el Putumayo hemos creado chagras medicinales —en un encierro de 15 por 20 metros— y también una hectárea de tierra que queríamos conservar y en ella tener muchas plantas medicinales, maderables y artesanales que hacen parte de nuestra cultura”, explica Taimal.

Las mujeres cofán han hecho frente a la deforestación y a los impactos del cambio climático con la restauración de territorios. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía María Taimal Colombia)
Las mujeres cofán han hecho frente a la deforestación y a los impactos del cambio climático con la restauración de territorios. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía María Taimal)

Pero el deterioro ambiental se cruza con otros cambios que las mujeres perciben en el territorio. Taimal recuerda que antes podían regresar a trabajar a la chagra después del almuerzo. Ahora, asegura, el calor puede ser demasiado intenso. También ha visto disminuir el tamaño de ríos y quebradas que conoció durante su infancia.

Frente a los impactos del cambio climático, la restauración se ha convertido también en una forma de responder. Las mujeres plantan especies captadoras de agua alrededor de nacederos y quebradas y han comenzado a identificar lugares que consideran importantes para recuperar el agua, como las lagunas y sus sitios sagrados.

Las mujeres cofán siembran plantas como el nacedero, el achapo y la guagua, reconocidas por su pueblo por su capacidad de evitar la erosión de las orillas de los ríos. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía María Taimal)
Las mujeres cofán siembran plantas como el nacedero, el achapo y la guagua, reconocidas por su pueblo por su capacidad de evitar la erosión de las orillas de los ríos. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía María Taimal)

“Con el apoyo de Conservación Internacional pudimos reforestar con 300 plantas medicinales, artesanales y maderables, con las cuales también estamos fortaleciendo las fuentes hídricas que son primordiales para nosotros y para el mundo entero, porque el agua va a desembocar a los ríos y los ríos van a bañar a todo Colombia y hasta donde tengan que llegar”.

Lo que comenzó principalmente como restauración ahora incluye la transformación de plantas en cremas, champús y otros preparados a partir de conocimientos de medicina tradicional. Las mujeres recibieron capacitación para elaborar productos que puedan vender y generar ingresos.

Las Abuelas y Seguidoras de la Medicina Tradicional Cofán son 70 mujeres, además de niñas y niños que participan en el proceso. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía María Taimal)
Las Abuelas y Seguidoras de la Medicina Tradicional Cofán son 70 mujeres, además de niñas y niños que participan en el proceso. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía María Taimal)

Sin embargo, para Taimal el centro del proyecto sigue siendo la continuidad del conocimiento. En la cultura cofán, explica, el yagé ocupa un lugar central. “Es la planta mayor —como le decimos— y la planta guardiana de nuestro territorio”. Alrededor de ella existen otras plantas asociadas a su cultura que las mujeres buscan cuidar y propagar, pero son cada vez más las y los jóvenes que comienzan a acercarse a esos conocimientos para replicarlos.

“Aunque el área que ellas están influyendo para mitigar o para realizar acciones en contra el cambio climático no sea tan grande, el impacto que están generando sí lo es, porque es escalable”, explica Ana Vieco, coordinadora de proyectos de Conservación Internacional Colombia. “No se mantiene solo con lo que ellas están haciendo en el presente, sino que es un impacto que se va transmitiendo a las nuevas generaciones que ya están interesadas en participar en el proyecto. Invertir en la mujer de la Amazonía es invertir en la conservación de la Amazonía”, sostiene.

Uno de los principales objetivos de las mujeres cofán es la transmisión de conocimientos tradicionales a las nuevas generaciones. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía María Taimal)
Uno de los principales objetivos de las mujeres cofán es la transmisión de conocimientos tradicionales a las nuevas generaciones. (Foto: Mongabay Latam | Cortesía María Taimal)

Esa transmisión es una forma de asegurar que la cultura cofán continúe. Por ello, las abuelas y abuelos cofán crearon un santuario de plantas medicinales: Orito Ingi–Ande, un lugar que los mayores “visionaron como una universidad”, dice Taimal. Allí, como en las áreas que hoy restauran, sembrar significa algo más que recuperar vegetación: es dejar a quienes vienen detrás un territorio donde todavía puedan aprender de las plantas, del agua y de quienes las cuidaron antes.

“Para el futuro, creo que desde ya debemos empezar a entregarles —como dicen nuestras abuelas— la rienda a nuestros jóvenes para que también vayan transmitiendo ese conocimiento de aquí a mañana a sus hijos y a sus familiares”, concluye Taimal. “Lo que queremos es que sigan y valoren lo que hoy en día estamos trabajando con nuestras abuelas sobre ese conocimiento tan grande”.

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