Marcela Nochebuena y Andro Aguilar · 9 de septiembre de 2026
Antes de quitarse la vida, Abril comenzó a dar señales que no resultaban tan evidentes para su familia. No quería festejar su último cumpleaños, el número 11. Su mamá la convenció de reunirse sólo con algunas amistades y tocar el piano, una de las actividades que más le gustaba; pero cuando llegó el día tuvo una especie de shock.
“Yo no me di cuenta de cómo estaba experimentando la vergüenza con esos amiguitos de la escuela. Ella podía tocar delante de cualquiera, pero delante de ellos no quería”, relata Luz Milagros, su madre.
Horas más tarde, Abril le pidió a su mamá que no se preocupara: “todos vamos a morir y esto que pasó se les va a olvidar”, le dijo. Luz Milagros no sabía que hablar de la muerte en aquel momento era una de las alertas de su ideación suicida.

Una noche, Abril entró en silencio a la habitación de su madre para regresarle unas botas que le había regalado. Durante esa semana, le pidió que no gastara más dinero en ella y al irse a la escuela, prolongaba sus abrazos.
“Las personas empiezan a cerrar ciclos y empiezas a verlas incluso más tranquilas. Es inconsciente. La mente de la persona entra como en una tranquilidad, porque ya sabe que pronto va a haber una resolución”, describe Luz.
“Ven el acto como el momento en que se va a acabar el dolor. Empiezan a actuar como mostrando una sensación de alivio, pero realmente están soltando, abandonando”, añade.
Hablar del suicidio de manera informada ayuda a entender qué es, cuáles son los factores de riesgo y de protección, así como las señales de alerta, apunta Luz Milagros. Estudiarlo le ha permitido saber sus múltiples causas: Abril vivió su primer duelo —la pérdida de su papá— a los cinco años, era migrante brasileña en México, y como estudiante, aunque siempre fue sobresaliente, vivió un acoso escolar que llegó al grado de que sus compañeros la retaron a quitarse la vida.
Abril admiraba mucho a uno de sus compañeros y le importaba su opinión. Un día él le pidió un beso, ella lo rechazó y se lo confió a una amiga, quien difundió el rumor. El niño lo negó. A Abril la acusaron de mentirosa y el hostigamiento creció hasta un chat de WhatsApp, en el que ella llegó a exponer que ya no quería vivir.
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“Al principio no entiendes nada, es como un shock muy grande. Yo sólo me enteré de lo que le estaba pasando el día que eso pasó, porque ella fue a hablar conmigo, a contarme que le estaba pasando algo en la escuela que le incomodaba muchísimo, que estaba recibiendo insultos, la estaban aislando de su grupo”, relata su madre.
Luz Milagros y su hija más pequeña, de entonces cuatro años, encontraron a Abril aparentemente sin signos vitales el 27 de enero de 2024. A su madre le parecía inexplicable. Su último cumpleaños había sido justo un mes antes y en febrero iba a participar en un carnaval, incluso ya se había probado su traje.
“No puedes imaginar que para alguien que tiene planes a corto plazo, algo así pueda estar pasando por su cabeza. Es algo que no te puedes imaginar —repite Luz—, sobre todo si nunca hablas de eso con esa persona, si nunca te lo ha comentado, te ha dicho o ha intentado nada. Mi hija jamás se había lastimado; no se exponía ni hacía cosas de riesgo”.
Como Abril, en el último año, 280 niñas y niños entre 10 y 14 años se suicidaron en México. Un caso cada 31 horas en promedio, de acuerdo con datos del INEGI. Las autolesiones intencionales entre niñas, niños y adolescentes de 5 a 14 años de edad son la quinta causa de muerte.
A nivel general, cada hora una persona de cualquier edad se quita la vida en México. Tal frecuencia viene de un patrón de crecimiento que parecía obedecer sólo a la pandemia de Covid en 2020, pero que siguió aumentando.

En la última década, los suicidios en el país crecieron 38 por ciento, al pasar de 6 mil 370 en 2016 a 8 mil 846 en 2025. El peor año fue 2023, con 9 mil 72 registros. Para 2024 se frenó la tendencia creciente, pero los suicidios aún son más que los ocurridos durante la pandemia, con cifras hasta entonces inéditas, que derivaron en una alerta del propio gobierno federal.
Los datos de 2025 muestran que 8 mil 846 personas se quitaron la vida, es decir, un suicidio cada 59 minutos. El gobierno mexicano estima apenas una ligera tendencia a la baja respecto del año anterior, para diciembre de 2026 con un cálculo de 8 mil 511 casos. El problema, sin embargo, puede ser aún mayor de lo que los números dicen. Alejandro Molina López, de la Asociación Psiquiátrica Mexicana, explica que esas cifras son un subregistro.
“No se registran el 100 % de las muertes por suicidio. Es decir, no todas se registran en el Registro Civil o en el Ministerio Público o en el forense. Muchas veces se cambia por ‘accidente’ o por ‘causa natural’, o simple y sencillamente no hay un acta de defunción. Lo grave no son las muertes, lo grave son las conductas que no se ven en el INEGI”, señala.
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El especialista recuerda que la Organización Mundial de la Salud calcula que hay de 20 a 25 actos, que van de ideaciones a intentos, por cada suicidio consumado. “Si estamos hablando entonces, de aproximadamente 8 mil suicidios al año, que no es un número completo, si eso lo multiplicamos por 20 o 25, hay muchísimas personas que tienen pensamientos, conductas e ideación suicidas; que todavía no mueren, pero que están en un proceso de suicidio activo y no lo saben”.
Otro dato relevante es que quienes más se suicidan son hombres: en 2025, del promedio de 24 casos diarios registrados, al menos 19 correspondieron a varones. Además, la gran mayoría de quienes se quitan la vida son jóvenes: el grupo con más casos es el de personas entre 20 y 25 años de edad; 40 % del total tenían entre 20 y 34 años.
Adolescentes de 15 a 19 son el cuarto grupo con más suicidios. Es decir, que en 2025 cada nueve horas una persona de ese rango de edades se quitó la vida en México.

El 2.5 por ciento de la población entre 12 y 65 años ha tenido pensamientos o deseos recurrentes de quitarse la vida o de querer morir, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT, 2025), que dejó de realizarse durante más de ocho años, pero que ahora incluye aspectos importantes de salud mental.
Esa tendencia a la ideación y el intento suicida en el año más reciente de vida de las personas encuestadas es particularmente alta entre los 12 y los 17 años. En estas edades los intentos crecen respecto a la población general, de 0.7 % a 1.5 %.
Si bien en los hombres la ideación y el intento registran un leve incremento en el grupo de 12 a 17 años de edad respecto a la población en general, en mujeres el aumento en la adolescencia es de más del doble. La ideación suicida crece de 2.5 en mujeres de todas las edades a 5.1 en las que tienen de 12 a 17 años; lo mismo ocurre con el intento, que pasa de 0.8 a 2.3 en ese rango de edad.
El psiquiatra Julio César Oliveros Orozco, estudioso del intento de suicidio en pacientes del Hospital de Pediatría Silvestre Frenk Freund, explica “la paradoja del género”: si bien las mujeres llegan a hacer más intentos, los hombres son quienes más culminan. Sin embargo, en muchos casos las niñas y adolescentes desarrollan trastornos de ansiedad, depresión y una regulación de emociones diferente que puede llevar a múltiples intentos de suicidio.
A ello se suma el estigma que influye en que los hombres compartan menos lo que están viviendo, por lo que esas posibles ideaciones no se reflejan sino hasta la consumación del suicidio. Además, son quienes registran mayor consumo y abuso de sustancias.
El aumento general entre niñas, niños y adolescentes, sostiene Oliveros Orozco, corresponde tanto a un incremento en la población como a trastornos mentales, y a que paulatinamente hay menos estigma hacia la salud mental.
“Cada día, cada semana, cada mes, se está retirando más este estigma, pero hay algunas personas que todavía piensan que los trastornos mentales pueden llegar a ser un invento, que se pueden llegar a quitar con una frase de ‘échale ganas’, ‘tú puedes’, ‘anímate’, ‘hay personas que te quieren’, cuando tienen un sustento neurobiológico”, añade.

El suicidio nunca responde a una sola causa, aunque haya un detonante. En el caso de Abril fue el acoso escolar. Los especialistas destacan otros eventos recurrentes, como el abuso sexual infantil, el consumo de sustancias y de manera más reciente, el aislamiento y uso de las redes sociodigitales.
Rosario Valdez, especialista del Instituto Nacional de Salud Pública, explica que hay eventos que implican riesgo. Uno de los que se han medido en la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición desde 2018 es el abuso sexual en la infancia, que eleva hasta seis veces más el riesgo de intento de suicidio, sostiene.
El panorama empeora porque a veces ni la familia lo sabe o sabiéndolo lo desestima. La relación entre estos eventos y el suicidio se ha documentado en diversos artículos a partir de los resultados de la Ensanut.
La investigadora y otros especialistas coinciden en que el consumo de alcohol y drogas es otro riesgo. Por eso, una de las intervenciones que ha diseñado, junto con las doctoras Patricia Fuentes y Carolina Santillán, se titula “¿Qué pasa si te pasas?”, para dar herramientas a las personas adolescentes con el fin de que conozcan los riesgos del consumo de sustancias.
En esto coincide Marilú Ancona, suicidóloga en Yucatán, quien aclara que la persona que se quita la vida tiene un enorme sufrimiento emocional y no sabe cómo liberarse de él. En su estado —el cuarto con mayor incidencia después de Chihuahua, Quintana Roo y Aguascalientes—, uno de los principales problemas ligados al suicidio es el consumo de sustancias.
“En las autopsias psicológicas que se hacen en las personas que mueren por suicidio se ha detectado que un 70 % aproximadamente estaba bajo el influjo de alcohol o de alguna otra sustancia”, señala.
Subraya, sin embargo, que el suicidio es multifactorial, aunque las causas pueden estar asociadas a violencia, pobreza, maltrato, abuso infantil, bullying y ciberbullying, transtornos mentales no diagnosticados y otras circunstancias.
Para Oliveros, varios factores podrían estar desencadenando el incremento de suicidios: la dinámica y disfunciones familiares, el acoso escolar, la discriminación a minorías y diversidades. A eso se sumó la pandemia de Covid-19, en la que despuntó el incremento de casos, sin que haya regresado a niveles previos.
“Para los niños y adolescentes representó un desafío. A lo mejor en las primeras semanas no se vio tanto el impacto, pero fueron avanzando los días, las semanas y no se retiraba el aislamiento. Era evidente que se iban a desarrollar síntomas de ansiedad, depresión, enojo, irritabilidad, y se fue acumulando”, describe.
Amaya Ordorika, titular del Instituto para la Atención a la Salud Mental y las Adicciones (Iasama) en Ciudad de México, advierte en entrevista que el acceso a redes digitales a una edad más temprana ha generado, paradójicamente, una sensación de mayor soledad.
Después de múltiples intentos de suicidio desde los seis años, Michelle Judd se ha vuelto vocera del tema. Lo visibiliza a partir de todos los estigmas que lo rodean y que ella conoce muy bien.
Van desde la atención médica, donde a ella llegaron a maltratarla por “no valorar” su vida; personas que la juzgaron al ver cicatrices en sus brazos y que lo relacionaron siempre con consumo de sustancias; hasta quienes creen que solo las personas con cierta peligrosidad, vulnerabilidad o múltiples problemáticas pueden pensar en quitarse la vida.
“Lo más preocupante es pensar que cada vez personas más jóvenes están intentando suicidarse y no solamente lo intentan sino que lo logran; entonces estamos hablando de que las estrategias de salud mental no están funcionando y tampoco están bien focalizadas, no están llegando a los públicos que tienen que llegar porque vuelven a reproducir estos estigmas”, afirma.

Tras la muerte de su hija, Luz Milagros reclama que la atención institucional no fue la más adecuada: los paramédicos no agotaron todos los esfuerzos, no le permitieron llevarla a algún hospital cercano ni tuvo soporte o contención emocional en ese momento de crisis.
Luego, durante la investigación sobre el acoso escolar que vivió Abril, la policía cibernética no indagó a fondo los chats donde había recibido mensajes de instigación.
“Las autoridades no tienen un plan y el seguimiento es casi nulo. Al final, cuando estuvimos haciendo la autopsia psicológica, me dijeron ‘es que tú no conocías a tu hija’… ¿Cómo que no conocía a mi hija?”, cuestiona.
Luz insiste en que, tratándose de una pérdida de vida por incitación al suicidio, la rendición de cuentas debe ser obligatoria. Sin embargo, la carpeta se cerró sin atender la necesidad de entender las dinámicas de violencia digital y social, sobre todo para prevenir desenlaces similares.
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Un grupo de apoyo de familiares de víctimas y sus propios aprendizajes la han mantenido a flote tras dos años de su pérdida.
Después de una década de crecimiento agravado del suicidio y de que las propias autoridades lo alertaran desde la pandemia, apenas este año el gobierno federal hizo público un programa nacional para atender esta problemática.
La Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones (Conasama), creada en 2023, ha tardado en recabar datos y su presupuesto hasta este 2026 ha disminuido.
Un programa federal destinado a centros escolares sólo ha alcanzado a cinco de 32 entidades. En Ciudad de México, uno similar aún no es suficiente para cubrir la demanda por un déficit histórico, reconocen las autoridades.
El doctor Alejandro Molina López enfatiza la urgencia de espacios de prevención, atención y contención en torno al suicidio: “probablemente cuando el proceso suicida se manifieste en cualquiera de sus etapas, es muy posible que no tengan a dónde recurrir, que el sistema de salud, que es el primer lugar donde las personas suelen acudir cuando tienen alguna crisis de suicidio, no esté preparado, sensibilizado, para atender este tipo de crisis, y lo más probable es que las personas continúen con este proceso suicida en forma silenciosa hasta conseguirlo”.
