Necropatologías del capital o el negocio de la salud mental

Joel Aguirre · 15 de julio de 2026

Necropatologías del capital o el negocio de la salud mental

Por José Eduardo Lazo Vela*

La salud mental ya no es solo un asunto clínico. Se ha convertido en un terreno estratégico de acumulación económica. Más de mil millones de personas en el mundo viven con algún trastorno mental, principalmente depresión y ansiedad, que figuran entre las principales causas de discapacidad a nivel global. Mientras tanto, la inversión pública en salud mental sigue estancada —apenas alrededor de 2 % de los presupuestos sanitarios en promedio—, y el mercado privado de aplicaciones digitales, plataformas de bienestar y psicofármacos crece a doble dígito

No es un accidente. Es un régimen que tolera —e incluso rentabiliza— el sufrimiento, siempre que este permanezca funcional para el mercado.

Extrapolando la necropolítica de Achille Mbembe —el poder soberano de decidir quién puede vivir plenamente y quién debe quedar expuesto a una muerte lenta o a una “vida como muerte”— y el capitalismo gore de Sayak Valencia —esa fase del capitalismo donde la violencia deja de ser un efecto colateral y se vuelve herramienta directa de acumulación—, surge un concepto útil para comprender el malestar psíquico contemporáneo: las necropatologías del capital.

La necropolítica ya no opera únicamente en fronteras, campos de refugiados o territorios de guerra. Se ha desplazado al interior del ánimo. Produce “mundos de muerte” psíquicos: existencias suspendidas entre la vida y la nada social, donde el agotamiento, la ansiedad crónica y la depresión no se erradican, sino que se administran para que el sujeto siga produciendo y consumiendo. 

El “sujeto endriago” descrito por Valencia —aquel que en contextos de precariedad extrema convierte la violencia en forma de supervivencia y ascenso— muta hoy en el sujeto agotado: un individuo cuya tristeza, ansiedad y burnout se convierten en combustible para industrias extractivas.

A este proceso lo denomino extractivismo psíquico: la extracción sistemática de valor económico directamente del dolor emocional y de los datos que ese dolor genera.

El dolor como mercancía

La respuesta dominante a la crisis de salud mental continúa siendo profundamente individualizante, aunque informes de la Organización Mundial de la Salud y de la OCDE vinculan de manera clara los trastornos mentales con determinantes sociales como la pobreza, la precariedad laboral, la desigualdad de género y la exclusión estructural. ¿Es acaso que las circunstancias y el contexto no importan?

La solución que se ofrece con mayor fuerza sigue siendo la pastilla, la aplicación digital o el coaching de productividad. La psicofarmacología, legítima como herramienta clínica, se transforma así en un peaje: permite seguir funcionando sin intervenir en las causas estructurales del sufrimiento. El malestar se reduce a un desajuste químico en el cerebro y se invisibiliza el contexto social y económico violento que lo produce.

El negocio más dinámico en este escenario es la economía de la atención aplicada al bienestar. El mercado global de aplicaciones de salud mental fue valuado, en 2025, en 7.48 mil millones de dólares, y se proyecta que alcance los 35.29 mil millones para 2034, con tasas de crecimiento anual superiores a 19  %. Estas plataformas monetizan el malestar de dos formas principales: mediante suscripciones continuas que convierten el alivio en un servicio que nunca se completa del todo, y mediante la extracción de datos del usuario. El sufrimiento no se cura, se convierte en flujo de información valiosa para la segmentación de consumo. El capitalismo gore se traduce aquí en extractivismo psíquico: la subjetividad misma se convierte en el nuevo yacimiento.

La depresión funcional: psicoextractivismo gore

En términos de Mbembe, la necropolítica fabrica “vidas que no importan”. En el plano mental, esta lógica se expresa como depresión funcional: el sistema permite —e incluso normaliza— que los sujetos estén deprimidos, ansiosos o exhaustos, siempre que sigan trabajando, produciendo y consumiendo. La depresión es hoy la principal causa de discapacidad a nivel mundial, con pérdidas económicas estimadas en alrededor de un billón de dólares anuales por disminución de la productividad.

Esta asimetría no responde únicamente a la escasez de recursos, constituye una decisión política: se tolera una “muerte en vida” psíquica porque resulta dócil, administrable y útil. El sujeto no es expulsado del sistema; se le mantiene en un umbral de apatía operativa. Aquí emerge un dilema bioético central: ¿es ético tratar la depresión exclusivamente como una patología individual cuando, en muchos casos, constituye una respuesta racional a un entorno estructuralmente dañino? La focalización exclusiva en la química cerebral o en la autorregulación digital corre el riesgo de profundizar la injusticia epistémica y reproducir desigualdades sociales preexistentes.

Hacia una bioética que salga del hospital

Frente a este panorama, resulta urgente una bioética que abandone el encierro clínico y se proyecte hacia lo social. Pueden proponerse al menos tres ejes de intervención:

  1. Justicia distributiva ampliada: no basta con garantizar acceso a antidepresivos o plataformas digitales de bienestar. Es indispensable intervenir en las condiciones materiales que producen la necropatología: vivienda digna, trabajo decente, reducción de desigualdades y desarticulación de la violencia estructural.
  2. Crítica al solucionismo individual y al mercado del bienestar: las plataformas digitales y los modelos de negocio que lucran con la cronicidad del sufrimiento deben someterse a un escrutinio ético riguroso en términos de privacidad, eficacia clínica real, riesgos de dependencia y sustitución de cuidados profesionales.
  3. Reivindicación de la vulnerabilidad: frente al imperativo de eficiencia y reparación productiva del capitalismo gore, se requiere una ética del cuidado que no busque “arreglar lo roto” para devolverlo rápidamente a la máquina, sino que acompañe al sujeto de forma integral, reconociendo la vulnerabilidad como una condición humana y política, no como un fallo individual.

Conclusión

El sistema contemporáneo no fracasa al producir sufrimiento psíquico masivo; funciona precisamente gracias a él. La depresión, la ansiedad y el agotamiento crónico no son anomalías del modelo, sino subproductos rentables normalizados. Nombrar estas dinámicas como necropatologías del capital constituye un acto de resistencia conceptual y bioética. Implica reconocer que la salud mental no puede pensarse al margen de la economía política de la infelicidad. No se puede ignorar la producción de seres humanos enfermos para mantener una salubridad económica. No es ético justificar y normalizar el malestar humano en beneficio del bienestar económico más cuando es a expensas de la vida.

La tarea urgente —teórica, clínica y política— consiste en desactivar la rentabilidad del sufrimiento y reorientar el cuidado hacia la justicia social, la dignidad humana y la posibilidad de una vida verdaderamente vivible en condiciones y circunstancias que procuren y resguarden su valor intrínseco.

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*José Eduardo Lazo Vela es licenciado en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; maestro en Bioética por el Centro de Investigación Social Avanzada; divulgador filosófico en la plataforma digital Filosofía en Red. Está diplomado en Bioética por el Programa Universitario de Bioética y en Teórica Crítica del Derecho. Redes: @lazo_vel y @bioeticaunam

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