Edgar Ledesma y Dalila Sarabia · 30 de junio de 2026
En la calle Aztecas, entre puestos de carnitas, chelerías abiertas antes del mediodía, motocicletas que se abren paso entre la gente y diablitos que obligan a caminar con vista periférica, el Mundial 2026 tiene su propio Fan Fest.
No hay patrocinadores oficiales y no oficiales, tampoco filtros de seguridad ni boletos caros, solo una pantalla enorme a media calle y vendedores que no dejan de trabajar mientras ven el partido Brasil contra Japón.

La narración del partido sortea su propia batalla frente a la música —salsa— que predomina frente al barullo de la gente, mientras en improvisados aparadores las playeras de México se dejan ver por todos lados. También hay gorras, shorts, mandiles verdes, ropa para perro con marca “Adidog” y jerseys de casi cualquier equipo o leyenda que uno pueda pedir, de Maldini a Cristiano Ronaldo, de Kaká en el Milán a Beckham en el Real Madrid.
“La verdadera afición está fuera, porque en los estadios está la gente con dinero, pero si tú te das cuenta del ambiente, está aquí. Aquí tienes al verdadero aficionado”, dice Edith, vestida con una playera clon de la Selección Mexicana que le costó 350 pesos.
No lo dice con pena ni intenta hacer pasar su camiseta como original, la trae puesta porque quiere apoyar a México, porque el Mundial no se vive todos los días y porque, para ella, la diferencia entre una playera oficial y una clon no cambia lo que siente y grita cuando juega la selección.
Claro que pensó en comprar una playera original, pero no había forma de que pudiera costearla. “Pregunté y estaba en 2 mil 700”, subraya.
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La playera de México es, al mismo tiempo, un éxito mundial para Adidas y una prenda demasiado cara para muchos bolsillos mexicanos. Reuters reportó que la marca dio a conocer que el jersey mexicano era el más vendido de su catálogo global durante el Mundial, mientras que en la tienda oficial de Adidas México la versión jugador aparece en 2 mil 999 pesos, frente a un salario mínimo general de 315.04 pesos diarios para 2026.
En la calle, la cuenta se hace distinto: si una familia quiere llevar la verde, la blanca o la negra para varios integrantes, comprar las originales puede significar gastar 10 mil, 15 mil o hasta 20 mil pesos, dice Edith, por eso su conclusión es simple: cuando se apoya de corazón no importa tanto el precio, porque hay gente que no puede pagar 3 mil pesos por una playera, menos si tiene que comprarles también a sus hijos.
“Mejor te gastas mil 500, le compras tres o cuatro, y lo demás te lo gastas en unas cervecitas”, resuelve entre risas.

El recorrido empieza sobre Eje 1, dobla por República de Argentina, sigue hasta Apartado y vuelve por Aztecas, la calle donde las playeras parecen colgar de todos lados.
Tepito se camina con una advertencia aprendida desde niño, “no te metas”, “no te confíes”, “no llegues hasta las vecindades”, pero también con una curiosidad construida durante años por películas, series, noticias, documentales, reportajes e influencers que han convertido al Barrio Bravo en mito urbano, mercado inmenso y personaje de la Ciudad de México.
Al entrar, el mito no desaparece, se mezcla con otra cosa: edificios viejos que parecen bodegas a punto de vencerse, cortinas metálicas, pasillos estrechos, lonas, puestos de comida, cables, pantallas, mercancía apilada, vendedores serios, vendedores amables y voces que preguntan a cada paso, “¿qué busca, güero?”, “con confianza”, “¿qué playera quiere?”, “¿de qué equipo?”.
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Y así, en medio del aparente caos, el orden se hace presente al respetar una regla básica: hay que caminar en un solo sentido para no entorpecer la circulación ni ser atropellados por una bicicleta, motocicleta o un “diablero” o vendedor de agua que van y vienen, como si estuvieran en una competencia contra el tiempo. No importa si es la primera vez que se visita el Barrio Bravo, si se es cliente frecuente o si ahí se nació: es simple.
En los pasillos se ofrece casi todo, perfumes que prometen oler como los originales, celulares de alta gama a precios que levantan sospechas, toallas con rostros de artistas, gorras, tenis, ropa deportiva, souvenirs, mandiles, camisetas de caricaturas y playeras en todos los tonos posibles, aunque durante estos días por la que más se pregunta, se toca y se compara es la camiseta de México.
Al inicio del recorrido, en los puestos que no están en las entrañas de Tepito, las clon pueden costar 480 o 550 pesos, pero conforme uno se adentra los precios bajan o cambian, aparecen otras calidades, otras telas, otras versiones. Hay playeras de 100 pesos colgadas, otras de 350, 450 o 480; algunas de manga larga, otras negras, blancas o verdes, algunas se ven corrientes desde lejos, otras obligan a acercarse, tocar la tela, revisar el cuello, ver el escudo, buscar la etiqueta y aun así quedarse con la duda.

En un puesto, la compra se decide con las manos, alguien estira una playera blanca, pregunta por una de manga larga, compara la verde con la negra. “La que se está vendiendo, ¿eh? 480”, dice un vendedor, “la negra sí salió muy bonita, está muy vendible”. Después explica que ya casi no hay “versión jugador”, pero que algunas se parecen tanto que, “si no sabes”, puedes creer que traes una.
La playera clon ya no es una sola prenda, tiene categorías, jerarquías y lenguaje propio, está “la buena”, “la de manga larga”, “la versión jugador”, “la que salió bonita”, “la que no le pide nada a la original”, porque en Tepito la piratería también tiene catálogo.
Jorge Sánchez, que viene de Toluca, compró una playera clon en Correo Mayor por 450 pesos, dice que no le ve mucho problema, porque la original está cara y porque, a simple vista, algunas copias ya no se distinguen tanto. “No le pide nada a la original”, sostiene.
Luego suelta una frase que resume parte del ánimo de la calle, “el futbol es para el pueblo. Y la verdad, la que está yendo a los partidos es la gente pudiente que a lo mejor no sabe ni de futbol, pero bueno, ahí están ellos. El futbol es para el pueblo. Nos vemos ahorita aquí en la acera del Zócalo, que aquí estamos todos reunidos”.
Ricardo, un aficionado que vino desde Houston para ver a la Selección de México, trae playera original y boleto para entrar al partido, cuenta que su hijo le regaló la entrada y que costó 3 mil 500 dólares, aun así, no juzga a quien compra clon. “Cada quien compra lo que puede”, dice, y cuando se le pregunta si nota diferencia entre una playera original y una pirata, responde que no, que en realidad las mira igual, que no les encuentra mucha diferencia.
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Esa es parte de la fascinación de este Mundial de la playera clon, ya no sólo se compra porque es barata, también porque algunas sorprenden. En redes el fenómeno se volvió broma y consigna con el lema “yo apoyo a México, no a Adidas”, junto con burlas a playeras que traen errores en los parches, como las que dicen “CURP” en lugar de “Cup”, pero el chiste no cancela el consumo, lo alimenta, porque a veces el error vuelve más viral la prenda, más mexicana, más de calle.
En Tepito, además, la playera clon no se queda como playera, se expande y aparece convertida en mandil verde con el patrón de la Selección Mexicana, colgada sobre una silla roja o en una rejilla blanca, como si el Mundial también tuviera que ponerse para cocinar, vender o chambear; aparece en ropa para perros con marcas tipo “Adidog”, cuyos precios cambian según el tamaño de la mascota, en camisetas negras con un ajolote vestido de México y cargando la Copa del Mundo, o mezclada con Hello Kitty, My Melody, Kuromi y escudos mundialistas, como si el mercado hubiera hecho su propia versión pop, pirata y chilanga del torneo.
En la calle no sólo se copia el Mundial, se tropicaliza, se mezcla con caricaturas, equipos retro, penachos, ajolotes, mandiles, gorras, chelas, azulitos, caguamas y Boings con gomitas. Mientras el Mundial oficial se vende en tiendas y estadios, el Mundial popular se imprime, se cuelga y se revende en la banqueta.

La frontera entre fiesta y delito también está ahí, aunque la gente la camine con naturalidad, el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) informó que realizó un megaoperativo en Tepito y decomisó al menos 25 toneladas de mercancía apócrifa relacionada con el Mundial 2026, como parte de sus acciones contra la piratería.
Afuera, sobre Eje 1, se ven policías con armas largas colocados en esquinas, adentro, entre los pasillos, la economía sigue, la gente compra, pregunta, compara, regatea. Algunos vendedores dicen que guardaron playeras porque, si México le gana a Ecuador y avanza, los precios van a subir. La camiseta también se mueve con el marcador, si gana la Selección Mexicana, gana la calle.
En otro puesto, mientras se juega Brasil contra Japón, unos jóvenes ven el partido sentados frente a una pantalla, alrededor tienen playeras de México listas para vender, no paran de trabajar por el Mundial, trabajan dentro del Mundial, cada jugada convive con una pregunta por tallas, cada gol con una bolsa que se abre, cada resultado con una posibilidad de subir precios.
En Aztecas, la calle de las playeras, el futbol aparece como archivo pirata, hay jerseys de todas las épocas, equipos europeos, selecciones, jugadores retirados, clubes mexicanos y modelos imposibles. Se puede encontrar casi todo, menos algunas rarezas, la camiseta roja de Toros Neza, por ejemplo, no aparece, la blanca sí, porque en Tepito, incluso en Tepito, también hay playeras difíciles.
Cirilo Rosales dijo que su playera es original y que le costó mil pesos en La Lagunilla, pero tampoco condena a quien compra clon. “Entiendo su presupuesto y el chiste es portar la playera, apoyar”, sentencia. Para él, hay opciones para todos, y el Mundial hay que aprovecharlo mientras dura, porque luego se acaba.
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Esa idea se repite entre compradores, portar la playera, apoyar, estar en la fiesta, aunque la etiqueta no sea la oficial, para muchos la clon funciona como un boleto simbólico, no alcanza para entrar al estadio, pero sí para estar vestido de Mundial. No alcanza para pagar 2 mil o 3 mil pesos por una camiseta, pero sí para traer la verde en el pecho, tomarse fotos con turistas, ir al Fan Fest, caminar por el Zócalo o sentarse en una chelería a ver el partido.
Edith lo vive así: es de Cruz Azul por herencia de su papá, habla del futbol como algo que se sufre, se goza y se vive en familia, para ella el futbol no es marca, es memoria, por eso cuando habla de la Selección Mexicana habla también de su familia, de su equipo, del Zócalo, de las fotos con turistas, de alemanes, brasileños, españoles y colombianos, de la pena que se deja a un lado durante el Mundial.
“Aquí no hay pena”, suelta, luego se ríe y remata que los mexicanos también tienen “buen producto”. Su pronóstico es que México le gana a Ecuador, aunque cueste, “mañana nos va a costar, pero yo digo que sí nos vamos con un tres”, dice. No importa si la playera es clon, si costó 350 pesos o si Adidas vende más que nunca, para Edith, “el punto es apoyar a la selección”.
En Tepito, esa frase se multiplica en cada puesto, se vuelve playera verde, blanca, negra, de manga larga, de 100, de 350, de 450, de 550, se vuelve mandil, gorra, ropa para perro, ajolote, Hello Kitty, parche mal escrito, regateo y pantalla en la calle. La camiseta oficial puede ser la más vendida del mundo, pero en el Barrio Bravo la Selección Mexicana también juega otro partido, el de quienes no quieren quedarse fuera del Mundial sólo porque no les alcanza para comprarlo original.