Marcela Nochebuena · 16 de abril de 2026
Las historias de Maribel y Carolina coinciden en varios momentos: se enamoraron de un hombre que las acercó al crimen organizado, en algún punto pensaron en autoinculparse “por amor”, y hoy ambas están privadas de la libertad en reclusorios capitalinos.
Maribel cuenta —con la aspereza que ahora la caracteriza, enmarcada por sus gruesas cejas negras, ojos penetrantes y labios rojos—, sin drama ni rodeos, que la primera vez que mató tenía 14 años. Lo hizo porque un vecino quiso abusar sexualmente de ella.
Lo que parecía una salvación —a sus 40 años sigue convencida de que lo fue— se convirtió en el principio de una larga trayectoria en el crimen organizado, y un paso por reclusorios locales y federales donde brinda protección a “gente de los muchachos”.

Maribel no conoció a su padre, y su mamá se fue a Estados Unidos con la esperanza de conseguir dinero para sus cuatro hijos. Con violencia, su abuela la levantaba a las 6 de la mañana para hacer quehaceres, hasta que un día decidió huir. A los 13 años terminó viviendo en la calle; ahí conoció a César, quien le ofreció comida y un techo.
Hoy sostiene, aun desde el reclusorio, que él y otros integrantes del crimen organizado le enseñaron su valor como mujer. “Nunca me tocaron”, apunta. Tampoco César, aunque ella lo ha amado toda la vida. Luego, cuando la retó a matar al hombre que había querido abusar de ella, no le pareció un entrenamiento, sino simple supervivencia. Mirando hacia atrás, hoy lo ve como su maestro, para matar, robar e involucrarse con el narco.
Desde adolescente la detuvieron y pasó tres años en un tutelar de menores. Salió, regresó solo un día a su casa y volvió a buscar a César. Al poco tiempo, terminaron detenidos otra vez. Maribel asegura que él estaba dispuesto a inculparse por ella, pero de alguna manera terminó siendo al revés. Dice que se “aventó la bronca” por gratitud, amor, lealtad y humildad, y porque él siempre le dedicaba la canción Sueña, de Intocable.
Ya recluida, terminó haciendo sus propios vínculos adentro con otras mujeres involucradas con el narco: Ofelia Fonseca, Daisy Baeza, Zulema Hernández, Nayeli Arizmendi… Eso lo cuenta de viva voz igual que como lo escribió en un relato para un concurso de literatura penitenciaria. Así aprendió a ofrecer protección. Con los años, llegó a planear, junto con otras, un motín solo para recuperar la droga que una de ellas tenía escondida en el cuerpo al morir por una sobredosis.
En dos reclusorios federales, de Monterrey y Morelos, y en dos capitalinos, se ha repetido la misma historia: “Me contactan los muchachos de diferentes cárteles, algunas organizaciones y distintas bandas delictivas. Mi chamba es brindar protección y cuidar a la gente de todos los muchachos”, relata Maribel.
En algún punto de sus años en reclusión, supo que César se suicidó: prefirió darse un tiro antes que volver a la cárcel. “Me hice todo esto porque me quería morir con él”, dice mientras se sube la manga de su sudadera azul y muestra las rayas encimadas de las cicatrices que se ha hecho en el brazo, corte tras corte. Repite que fue y sigue siendo, hasta la fecha, el amor de su vida.
Historias como la de Maribel cada vez se multiplican más en nuestro país: no solo crece significativamente el encarcelamiento de mujeres –más de un 50 % entre 2020 y 2024—, sino la detención de las más jóvenes por delitos posiblemente vinculados al crimen organizado, sobre todo en Chihuahua, Nuevo León, San Luis Potosí y Querétaro, de acuerdo con datos obtenidos mediante solicitudes de información pública.
Por ejemplo, en el caso de Chihuahua, entre 2019 y 2024, durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, las detenciones de mujeres de 19 a 29 años fueron casi el triple con respecto al periodo anterior, al pasar de mil 017 a 2 mil 973, tomando en cuenta narcomenudeo, portación de arma, homicidio y lesiones dolosas; en su mayoría por el primero, que incrementó 343 %.
En Nuevo León, el número de mujeres jóvenes detenidas por ese tipo de delitos se duplicó, al pasar de 1,002 a 2,065; por narcomenudeo, específicamente, creció en un 156 %. El pico de esta cifra se dio en 2022 y 2024: cada vez más mujeres jóvenes fueron detenidas por delitos de bajo nivel en el mercado criminal. Otros estados, como San Luis Potosí o Querétaro –incluso con tasas menores de criminalidad— dan cuenta de la misma tendencia.
En tanto, un informe de la organización EQUIS Justicia para las Mujeres documenta que a nivel nacional, 7 de cada 10 mujeres en reclusión tiene 39 años o menos: los denominadores comunes más frecuentes entre ellas son la juventud, la no heterosexualidad, las fuertes cargas de cuidados, y la situación de pobreza o vulnerabilidad por carencias sociales o ingresos. El punto más alto de encarcelamientos se alcanzó en 2023, con un 56 % más respecto a 2020, muy por encima del de hombres, que creció un 25 % en el mismo periodo.
El sentido de pertenencia y reconocimiento, el acceso a recursos, la protección frente a la violencia o el deseo de venganza —como en el caso de Maribel— están entre las razones más comunes por las que las mujeres se unen al crimen organizado.
Para algunas representa, al mismo tiempo, una vía de escape de la violencia de género o de determinadas normas patriarcales, pero al final terminan en un mundo donde, otra vez, son condicionadas a líderes masculinos y nuevas dinámicas machistas se reproducen, advierte en entrevista Angélica Ospina-Escobar, investigadora en la Universidad Nacional Autónoma de México; por parte de quienes delinquen, o de las propias autoridades.

Desde otro reclusorio capitalino, Carolina, originaria de Poza Rica, Veracruz, relata que ella se unió al crimen organizado a los 19 años. Todo empezó por una relación sentimental con un hombre hoy también recluido. Las carencias de todo tipo la orillaron a acercarse a él, así como la falta de conocimiento y seguridad en ella misma.
De por sí había crecido en un ambiente tocado por la criminalidad: “Conocí muchas cosas, viví muchas cosas a una edad que no me correspondía”. Su padrastro se encargaba de administrar el dinero de grupos organizados independientes en Poza Rica, que todavía no se conocían como cárteles. Les robó y se fue. El resto de la familia heredó la deuda.
Para que no se llevaran a su hermano, tres años más chico que ella, su carácter fuerte —al que nada tumba, dice— la hizo defenderlo y ofrecerse ella misma para saldarla. Se salió de la escuela y empezó a trabajar ocasionalmente para ellos. Entonces conoció a quien solo nombra como “su causa”, un supuesto taxista que para entonces le llevaba 13 años de edad; él ya tenía 32 y “conocimiento de algunas cosas”, cuenta Carolina.
A los 15 días se hicieron novios, y un mes y medio después los detuvieron por privación ilegal de la libertad y portación de armas. Más tarde, Carolina promovería una queja formal por la violación que vivió, tras su detención, por elementos de la Marina en Nayarit, a quienes acusa de transmitirle VIH. El propio juez de su caso pidió investigar la tortura, y dos veces resultó positivo el protocolo de Estambul, un manual internacional para la investigación y documentación de esa práctica.
“Creo que era tanta mi soledad, mi miedo a la soledad, que por eso se me hizo demasiado linda la situación, y ya cuando empecé a ser su novia, días después me dice él que estaba con cierta organización y que, por ende, si yo podía apoyarlo, estaría mejor”, relata.
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También le ofreció dinero. En ese momento, ella ya tenía un hijo de tres años, que hoy tiene 18, sin el apoyo del papá. Se sentía la única responsable de su mamá, su hermano y su hijo. Hoy no se le haría tan fácil, admite, y lo pensaría muchas veces, pero en aquel momento de alguna manera lo fue: rápido y accesible para cubrir las necesidades más apremiantes.
“Es cuando yo me adentro un poquito más, y no pasa mucho tiempo cuando me detienen”, añade. Los trabajos que había tenido hasta entonces eran mal pagados y con horarios excesivos. Por eso, cuando su pareja le empezó a hablar, se sintió, por primera vez, vista, cuidada, protegida, que importaba: “Yo sentí que era como mi salvador”.
“De aquí soy”, se dijo a sí misma cuando llegó toda esa atención. Pero una vez detenida, lo que más le dolió fue su hijo. Su pareja le pidió que ella se echara la culpa, y a cambio él se haría cargo del pequeño y de su abuela. Confiesa que estuvo a punto de hacerlo, pero lo pensó bien y dejó de hablarle cuando supo más sobre sus conductas.
“En realidad yo no quería una vida así; nunca me he visto con un hombre, a mí me gustan las mujeres, tengo mi pareja”, cuenta. Su idea era tener varios hijos y vivir en una cabañita, un sueño hoy prácticamente nulo. Ahora ni siquiera sabe si de verdad quiere salir de prisión. “¿A qué?”, se pregunta constantemente. No quiere ser un “dolor de cabeza” para un hijo adulto y para su mamá. Adentro, se ha adaptado a la forma de vida. Entró y dejó la adicción; aprendió a bailar y cantar. Afuera, las violencias solo se sumaban una tras otra: en casa, con la pareja y durante su detención.

Ya no confía en la autoridad, ni siquiera en la psicóloga, con la que solo habla “por encima y por pasar la lista”. Se volvió enemiga de las injusticias, asegura. Hoy que su hijo también consume, sabe que la necesita, pero no está segura de si realmente podría ayudarlo estando afuera, después de 15 años: “Me dicen ‘te ves bien joven’, pero si supieran cómo traigo el alma…”
Visto a la distancia, piensa que de ella hacia ‘su causa’ había cariño —se estaba enamorando— y un profundo agradecimiento: “De tantas personas, él me volteó a ver”. Pero está convencida de que él solo la utilizó, quizá para distraerse, especula: “Hoy, en este día, sé que no me quería, que solo era por utilizarme, porque él necesitaba a alguien que lo cuidara”.
Una pregunta que le hace “mucho ruido” es qué haría si tuviera la oportunidad de elegir o no esa misma vida, porque de lo malo han salido cosas buenas, pero cuando le habla a esa joven de 19 años, le dice que se valore más, ella y lo que la rodea, que se cuide más, que no confíe tanto en la gente, y que no se pelee con ella misma. “Es la pelea más dura que he tenido; recuerdo ese hoyo en el que viví, y ya no”, afirma tras 15 intentos de suicidio.
Aprender a cantar incluso la llevó a participar en concursos penitenciarios. La canción que más ha significado para ella poder presentar es Ellas soy yo, de Gloria Trevi, por su trasfondo y mensaje, pues “hay muchos estigmas hacia las mujeres, y siempre es más fácil juzgar y criticar a una mujer que a un hombre”: “Y tú la encadenas al dolor, y borras de golpe todo su valor, y todas son ellas, y ellas soy yo”, dice la letra que refiere.
Según el informe de EQUIS, en nuestro país varios factores influyen en la criminalización de mujeres y profundizan su vulnerabilidad, exclusión y discriminación antes de ser recluidas: la falta de oportunidades económicas, la ausencia de prevención y protección ante la violencia en relaciones afectivas y familiares, y la carencia de un sistema nacional de cuidados.
Por ejemplo, 62 de cada 100 mujeres privadas de la libertad estudió solo la primaria o la secundaria; el motivo más común entre quienes dejaron sus estudios fue embarazarse. En tanto, 34 de cada 100 mujeres percibía menos de 3 mil pesos al mes antes de su reclusión, y una tercera parte menos del salario mínimo. Por otro lado, 25 de cada 100 no tenía suficiente dinero para ropa y calzado antes de ser detenidas.
En cuanto a la violencia, 24 de cada 100 mujeres hoy recluidas la vivieron antes de los 15 años de edad, 5 de cada 100 violencia sexual, mientras que 17 de cada 100 experimentaron violencia familiar o de pareja; los niveles más altos en Durango, Aguascalientes y Tlaxcala. Además, 10 de cada 100 mujeres ingresaron a prisión junto con sus parejas, como Maribel y Carolina; en el caso de los hombres no llega a ser ni uno de cada 100.
Las tareas de cuidado son otra limitante: es más común que ellas no hayan trabajado antes de su reclusión aun cuando 3 de cada 10 tenía dependientes económicos, y 8 de cada 10 son madres. “La distribución desigual de los cuidados —sumada a la precariedad económica y al estereotipo de que ‘deben’ hacerse cargo del cuidado de otras personas— se encuentra en el origen mismo de muchos delitos por los que son criminalizadas”, apunta el documento.
De acuerdo con los datos de detenciones de mujeres entre 19 y 29 años, en San Luis Potosí el incremento entre 2019 y 2024 alcanzó un 165 %, principalmente por el delito de narcomenudeo, que pasó de 40 detenciones en el sexenio previo (2013-2018) a 430. El caso de Querétaro es también significativo, con un crecimiento de 151 % solo por narcomenudeo: la criminalización de mujeres jóvenes no es exclusiva de estados con violencia letal.

Para Ospina-Escobar, la realidad de las mujeres jóvenes reclutadas por el crimen organizado es mucho más compleja que una dicotomía “agencia versus coacción”, pues son diversas las circunstancias que condicionan. Luego, dentro de la estructura criminal se reproducen las desigualdades sociales —por el papel que desempeñan— y las de género.
“No necesariamente es que haya más involucradas, pero sí más expuestas. Como ocupan lugares inferiores, están más expuestas a la acción policial, por ejemplo en las casas de seguridad: quien cuida a los secuestrados casi siempre son mujeres, quien renta las casas también, porque damos más confianza; es más fácil hacerte una investigación y que eventualmente caigas”, explica.
Mientras hay mujeres que entran engañadas por la pareja, hay otras cuyo ingreso obedece a su circunstancia económica, “y los grupos criminales siempre están ahí para apoyarte, obviamente no gratis”, señala la investigadora. Comúnmente, se trata de mujeres con redes de apoyo muy erosionadas.
Otras veces es el solo hecho de vivir en lugares donde es fácil relacionarse, incluso desde edades muy tempranas, con el crimen; la probabilidad de terminar en pareja es alta: “Es muy complejo el asunto cuando pensamos que los actores criminales están en el tejido social, son tus amiguitos de la escuela, por eso esa vía, la pareja, es bastante frecuente”.
Ahí no necesariamente existe manipulación, sino sencillamente una vida, actividades y trabajos compartidos o en compañía de la pareja. Eso se cruza también con la construcción del amor romántico que idealiza a los “tipos malos”. Sin darse cuenta, una tarea o encargo que parece pequeño poco a poco se vuelve cotidiano.
En una investigación donde documenta los testimonios de 20 mujeres, Ospina-Escobar detectó otro fenómeno: cuando ellas están parcialmente involucradas y su pareja es detenida, los líderes criminales suelen contactarlas directamente para reclutarlas a cambio de apoyo, dinero o abogados para el hombre, en un contexto en el que la mayoría son madres.
“Es mucho más complejo que ‘te manipularon’, o decir ‘bueno, tú voluntariamente accediste a hacer tales trabajos’, sino que se va tejiendo esto de la reciprocidad, relaciones que son difíciles de romper, sobre todo porque es gente del barrio con quien tú tienes un vínculo, y porque no tienes otras redes de apoyo, que es muy grave”, apunta.

Las mujeres jóvenes en barrios, a pesar de los programas que hay, no conocen instituciones a donde acudir en busca de apoyo. A eso se suma el consumo de sustancias, los estigmas y todo un mecanismo de exclusión que va cerrando sus posibilidades. “La otra parte es que son jóvenes, niñas incluso, que han vivido mucha violencia; no todas, pero muchas sí, y es una violencia que empieza muy temprano”, añade.
Dependiendo de la estructura familiar, terminan siendo responsables de la casa, los hermanos y los cuidados, un sistema que “está muy roto también”. En casos de violencia sexual, están expuestas y no tienen a quién acudir. Ospina describe cómo en un contexto donde son percibidas sin valor o poder, “el grupo criminal les ofrece una plataforma para ser las protagonistas de sus historias”.
Cuando han sido violadas, ante una tasa de impunidad del 91 %, el crimen organizado cumple para ellas funciones que el Estado no. Ninguna pensó en acudir a una institución pública, mientras sus “amigos” criminales las escucharon, contuvieron y ofrecieron alternativas para castigar al agresor. “A través de la venganza de sus agresores, algunas de las participantes asumieron el ejercicio de la violencia como algo personal”, añade la investigadora.
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Para ella, los relatos muestran que los grupos criminales son al mismo tiempo fuente de victimización y de empoderamiento: “Cuando escuchas el nivel de violencia que viven en sus casas para que ellas conciban esos espacios como espacios seguros… El reconocimiento parece menor, pero tenemos pocos lugares de reconocimiento; muchas me decían esto de que nadie las tocaba, y estos criminales horribles tienen esa sensibilidad, de hacerlas sentir importantes”.
Aunque los niños y las niñas que son reclutados comúnmente vienen de experiencias muy fuertes de violencia, sobre todo las mujeres son orilladas a desarrollar una hipervigilancia, una cualidad muy valorada en el mundo criminal. La violencia sexual es otro punto de quiebre en la biografía de las niñas y adolescentes, además de la percepción del amor romántico.
Esa diferencia principal, añade, se refleja en que desde niñas son educadas para entregar y hacer todo por amor, por lo que tampoco hay un cuestionamiento dentro del grupo criminal cuando se convierten en la inculpada o utilizada, además de ser vigiladas hasta en su elección de pareja. “De todas maneras, no son bienvenidas en el mundo criminal; tienen que hacer un esfuerzo por ganarse un lugar, y ese ganarse un lugar es a través de la violencia”, concluye.
Eso aprendió Maribel: a defenderse, y luego a usar la violencia para proteger y dejar de ser la desprotegida. A los 14 años.
*Con información de Manu Ureste