Marcela Nochebuena · 2 de abril de 2026
“Luego vino lo indecible. No lo describo: no porque no lo recuerde, sino porque no pienso darle palabras que lo adornen. Recuerdo el cuarto con la televisión bajita, el murmullo de un programa que no importaba, el olor a cigarro viejo y jabón barato, la cama que se quejaba, el aire que se hacía cortito. Recuerdo la mano de ese tío, que no era familia, tapándome la boca y una amenaza que se quedó pegada al techo.
“Recuerdo el brillo del metal sobre la mesita de noche y la certeza de que cualquier ruido de mi parte podía estallar en mil desgracias. Y recuerdo, sobre todo, que la frase volvió como un cuchillo envainado en terciopelo: ‘Shhh, calladita te ves más bonita’. El cuerpo aprende rápido cuando la vida se va en ello”.

Este extracto forma parte de uno de los testimonios del Amurat —anagrama de la palabra Trauma— que, reunidos por Dafna Viniegra, cofundadora de ILAS A.C. (Infancia Libre de Abuso Sexual) en su libro Somos Tod@s, pretenden evidenciar que el trauma no es sólo el golpe inicial o el evento que rompe, sino también todo lo que lo rodea: un entorno que lo permite, un silencio que lo cubre, las miradas que se apartan y las excusas que lo justifican.
“El trauma es una red invisible que sostiene el dolor para que se normalice. Y esa red no desaparece, sigue acompañándonos en la adultez, disfrazada de miedo, de desconfianza, de impulsos de perfección, de la necesidad de agradar para no ser abandonados. Yo lo he sentido en mi cuerpo, en mi manera de relacionarme, en la voz interna que me repite que debo hacerlo mejor para merecer”, sostiene la autora.
Un sistema social y cultural que solo se preocupa por las apariencias y el juicio ajeno antes que por las infancias se evidencia mediante 12 relatos de diferentes tipos de abuso, no solo sexual, sino también emocional, psicológico o de negligencia, abandono e indiferencia. “No se trata de negar el pasado, sino de resignificarlo”, advierte en las primeras páginas.
“La infancia no es un tiempo que pasa, sino una sustancia que se queda en la sangre. Lo entendí al escuchar que el trauma no es lo que nos ocurre, sino lo que sucede dentro de nosotros como resultado de lo que nos ocurre. Y yo reconocí en esas palabras algo que nunca había sabido nombrar: lo que me dolía no era sólo lo que pasó, sino lo que no pasó”, apunta en referencia a la carencia de un abrazo o de una voz de empatía.
Algunas líneas que prologan el texto advierten, de entrada, que hablar de abuso a la niñez y de abuso sexual infantil en México, es hablar de un país que le falla a sus infancias todos los días al ser el primer productor de pornografía infantil en Latinoamérica y un territorio en el que 6 de cada 10 mujeres han sufrido algún tipo de violencia sexual, mientras se calcula que más del 60 % de los casos ocurren dentro del hogar.
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Viniegra quiere recuperar ese tipo de violencia, pero también las muchas otras, asociadas o no, que afectan a las infancias y a los adultos que seremos. “Todas estas cosas que, como lo dice el título, llevamos todos dentro. Entonces, escribir este libro fue brutalmente honesto sobre lo que la sociedad ha querido callar e insiste en mantener en secreto, escondido, o socialmente permitido”, afirma en entrevista con Animal Político.
A esto añade que las violencias en la infancia no persisten ni suceden por accidente, sino porque están sostenidas por un tejido social descompuesto, roto. Ese tejido ha dejado de cuidar a las infancias, porque valen más la pena las apariencias y “el qué dirán” a realmente protegerlas, cuidarlas y darles una estructura de confianza y cariño para ellas mismas, y para que se sientan vistas desde pequeñas.
En cambio, muchas veces se perciben como vidas que van solo al lado de las de los adultos, “en un adultocentrismo total”, donde no hay una pausa para mirar y generar esa conciencia de que los niños que fueron vulnerados de una forma u otra se convierten en adultos que expresan sus fracturas emocionales en ansiedad, depresión, hiperfuncionalidad, dificultad para relacionarse y otras condiciones de salud mental.
“Este libro viene a dar una oportunidad de encontrarnos en las historias de tantos, y también genera la oportunidad —inclusive tiene páginas en blanco— para que el lector escriba su propia historia, y pueda darse cuenta de cuáles son las cosas que vivió en su infancia y siguen marcando su presente”, explica.
A esas páginas libres anteceden los relatos de personas adultas que, de un modo u otro, han resignificado su infancia, lo cual no quiere decir —aclara la autora— éxito, triunfo o riquezas, sino simplemente ser conscientes de lo que pasó para no repetir ese patrón de violencia u otros. El rasgo que tienen en común es “la no mirada del otro”, el no haberse sentido vistos, sino desprotegidos y sin contención.

El año pasado finalmente una jornada de concientización sobre violencia sexual infantil llegó a la educación básica, luego de que varios casos documentados en el informe “Es un secreto” evidenciaran la ausencia de políticas de prevención, cuando —pese a un importante subregistro— se calcula que alrededor de un tercio de la violencia sexual infantil ocurre en el ámbito educativo.
Sin embargo, en todos los contextos de desarrollo de las infancias hay una importante estadística de casos no denunciados: se estima que son entre el 80 y 96 % de los ocurridos, además de que México sigue ocupando el primer lugar de recurrencia de los países que forman parte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).
Por otro lado, de acuerdo con la propia ILAS, la mayoría de los abusadores sexuales de las infancias —cerca de un 73 %— están al interior de las familias, por lo que durante las épocas que se reúnen, el riesgo de que vivan este tipo de agresiones puede aumentar hasta en un 40 %. En esos periodos, los tiempos de socialización se extienden, y se incrementa el consumo de alcohol y drogas.
“Cuando me tocaba hablar, decía lo mínimo.
—Me muerdo las uñas hasta sangrar.
—A veces me corto.
—A veces me duermo en el suelo porque la cama me da miedo.
Decía eso y ya. No añadía el resto. No añadía la palabra que me ahogaba. Nadie preguntaba demasiado. Nadie quería romper lo que se sostiene apenas con hilos invisibles.

Hasta que una tarde sucedió. Yo no lo planeé. No lo pensé. Salió de mi boca como si hubiera estado esperando desde siempre el momento de traicionarme:
—Me abusa mi tío, lo hace desde que tengo memoria, él robó el primer recuerdo de mi infancia, invadió todos los recuerdos que tengo —salió así, sin adorno, sin explicación”, cuenta otro de los relatos del libro.
Viniegra no le resta gravedad al problema y a la estadística, pero aclara que no quiso narrar las historias desde ninguna especialización, sino desde la empatía y la vivencia empírica, para que todos lo entendamos, sobre todo quienes también han pasado por ello. Para ella, además, fue una responsabilidad tremenda dejar de juzgar y de interpretar a los demás por lo que ella creía que estaban pasando o sintiendo.
“Es una responsabilidad enorme de honrar las historias de los demás, sus heridas y sus reacciones, porque yo también tengo heridas y reacciones”, apunta. Desde ahí subraya que los grandes pendientes en el tema siguen siendo la educación sexual, que el abuso sexual infantil siempre se vea como lo que es: un delito, y poner el acento como sociedad en la palabra para sopesarla como una violencia estructural que atraviesa a la familia, a la sociedad y a todos.
“No hemos logrado erradicarlo porque no queremos ver, porque sigue incomodando hablar siquiera de sexualidad. Si incomoda hablar de sexualidad, ¿cómo vamos a poder hablar de abuso sexual? ¿Cómo vamos a poder hablar de prevenir? Nosotros en ILAS apelamos mucho a que adultos y adolescentes en riesgo de convertirse en agresores, y que sepan que tienen una inclinación y un deseo sexual por infancias, se traten, busquen ayuda, realmente hagan algo para que no cometan este crimen, que les va a destrozar la vida en culpa, y a los infantes que agreden les va a costar la vida recuperarse”, señala.
Pese a ciertos avances en denuncia pública, y precedentes importantes, como la no prescripción del delito a partir del caso de Sasha Sokol, Viniegra considera que el abuso sexual infantil sigue siendo una de las causas más complejas para que las personas se acerquen ya sea en forma de donativos o de presencia, porque hasta hoy no puede medirse de una forma precisa. Por ello, ILAS apela, sobre todo, a que la gente denuncie, ante el 80 % de casos que quedan ocultos.
“Acaba siendo desgarrador enterarte de estos números, y enterarte de que tenemos una infinidad de casos sin resolver y lo peor es que la justicia no apoya a las víctimas. Pareciera que lo que intenta, a como fuese, es liberar al agresor y sin un solo tema de reinserción social”, añade. Hay un avance en la comunicación y socialización del tema, pero “nos falta muchísimo” porque persiste una completa impunidad.
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Ante esa realidad, recuerda que ILAS tiene comunidades para hombres y mujeres que son laboratorios de escucha y de palabra para personas adultas que vivieron abuso sexual infantil. Se trata de espacios seguros donde es posible hablar, resignificar a través de la conciencia de lo que se vivió y ponerle palabras por primera vez.
“Todas estas situaciones que nos callamos y que nos atraviesan la garganta, y que muchas veces no las podemos decir por prevenir a nuestra propia familia son gratuitas, están abiertas a todo público, basta entrar en ilas.mx y mandar un correo, o uno directamente a [email protected], pedir que te den los enlaces, y son espacios seguros y sanadores, como estas ollas de presión que le quitas la cosita y se libera la presión, y puedes andar un poco más libre por la vida”, explica.
El libro y sus historias responden también a su propia convicción de que la palabra y las letras tienen una capacidad de sanar y reestructurar el trauma “de una manera tremenda”. Para los mismos protagonistas de las historias, cuenta, ha sido una belleza poder verse completos, sin la historia fragmentada de la memoria, y mediante la posibilidad de ser vistos y reconocidos.

Para Viniegra el relato testimonial, en primera persona y sin hacerlo desde el lugar de una experta, sino desde la piel, es una forma muy íntima de invitar a una lectura en la que alguien pueda realmente encontrarse dentro.
“No es estar leyendo la historia de alguien más, sino cuando lo estás leyendo tú mismo en primera persona, se genera esta compasión, esta empatía, esta humildad de sentimientos, esta solidaridad de decir ‘encuentro un eco de su historia en la mía propia’, y desde ahí es este ánimo de decir ‘vayamos generando una nueva narrativa de nuestra propia historia’”, abunda.
Por eso el libro guarda hacia el final varias hojas vacías a rayas con algunas instrucciones breves, la primera y más general que invita a darse el permiso de narrarse, de contar la historia propia sin resguardo, sin vergüenza y sin máscaras que contengan aquello que se cree necesario sostener para sobrevivir. En las páginas subsecuentes se abren las preguntas ¿de dónde vienes?, ¿juventud, carácter, primeras experiencias y primeras decisiones? y ¿hoy quién soy?
“Creo que todo el mundo, en el momento en el que logramos generar nuestro pasado y todos estos nudos emocionales hacerlos una línea de tiempo, de vida, recta, podemos entender qué quedó detrás y qué está presente, porque si esa línea, si ese hilo conductor está revuelto, no sabemos ni siquiera en dónde termina, en dónde empieza, y en dónde estoy parado el día de hoy”, apunta la autora.
No solo su propia experiencia y entendimiento del Amurat contribuyen a esa visión, sino algunos guiños con los que busca dar una personalidad específica a la recopilación de los testimonios. El primero de ellos es la tinta morada, que “no es por adorno, sino por ética”, pues con ella —sostiene la autora—, la página deja de ser superficie y se vuelve plaza; cada línea es un pañuelo alzado, cada punto una respiración que escucha.
“La letra morada se me hace importante por apoyo a toda esta feminidad, a toda esta defensa de los derechos de las mujeres, que es indispensable, yo lo hago de manera tremendamente respetuosa, tremendamente solidaria, sororidad ante todo, porque todas estamos en esta lucha, en este camino, y como dice al inicio, todos y todas venimos de un vientre sí o sí”, apunta en entrevista.

En Somos tod@s llama a que su letra permanezca en morado para que la memoria tenga pulso y el futuro, dignidad. Al mismo tiempo, para que cada página sea un espacio seguro, que la consigna se vuelva práctica: nombrar sin violencia, reparar con verdad, y caminar junt@s. Y que al cerrar el libro —desea—, se conserve la certeza de haber sostenido una lámpara que defiende la infancia que nos fue dada y la justicia con que la protegemos.
La otra es una anotación musical que abre cada relato, lo que —aclara— no es un mero acompañamiento estético, sino la huella íntima de la persona que inspira la narración: “cada pieza ha sido elegida desde lo más hondo de su memoria, como si en esas melodías quedaran atrapadas las luces y las sombras de su vida. Son la antesala sensible de lo que está por contarse, un puente secreto entre la experiencia y la palabra escrita”.
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En entrevista, detalla que esas canciones son la música predilecta de cada uno de los protagonistas de las historias, es decir, la canción que más les recuerda, que más les abraza y que más les contiene. Ella misma es una persona “tremendamente auditiva”, que constantemente está escuchando música y para ella, es un referente muy claro de cómo poder llegar a los lugares que dolieron.
“Es un recordatorio maravilloso, y después de mucho tiempo, si la oías en tiempos, por ejemplo, de melancolía, si la vuelves a escuchar, tal vez le encuentras hasta otro significado”, añade.