Manu Ureste y Carlos Arrieta · 13 de abril de 2026
El Morro tiene una mirada aniñada de ojos rasgados. Su rostro lampiño, por el que se extiende un mar de pecas rojizas por los pómulos, aún no tiene rastro alguno de barba incipiente ni de acné juvenil, y su voz es frágil como su cuerpo enclenque de brazos y piernas alargadas.
Más que un adolescente, sigue siendo un niño de sonrisa tímida y esquiva. Un niño que creció fuera de la escuela y de cualquier red de protección —familiar e institucional— en una región donde la infancia no es sinónimo de resguardo. Quizá por eso, el contraste con la primera declaración que hará nada más bajar de una camioneta —que al abrir las puertas emana un fuerte olor a marihuana— es todavía más brutal.
—Tengo 15 años, me dicen El Morro y soy sicario.
La frase suena aprendida, incluso forzada; como si presentarse así fuera parte del uniforme que le impusieron vestir antes siquiera de entenderlo.
El joven —cuyo apodo fue modificado por uno ficticio para proteger su identidad— se sienta en el suelo, bajo una sombra que alivia algo el calor en este municipio de Michoacán, cuyo nombre se omite por seguridad, al igual que su identidad. Se recarga en una banqueta sucia y polvorosa, como los jeans negros que lleva cubiertos de barro seco.

A su izquierda hay una moto desguazada, sin ruedas. A su derecha, un par de llantas de carro desgastadas, ya inservibles. Tiene los codos apoyados en las rodillas huesudas que sobresalen de los pantalones rajados, y la espalda recargada sobre la puerta herrumbrosa de una vieja casa abandonada, como él: sus padres —explicará más adelante— están vivos, pero no sabe de ellos, ni de su hermano. Vive solo, a su suerte, en casas ruinosas o en la calle; ahí donde la noche lo alcance. Nadie lo busca. No hay escuela, ni autoridad, ni familia que registre su ausencia.
—Empecé en la malendreada con los jaliscos, a los 12.
A los 12, cuando otros niños apenas terminan la primaria, a él ya le ofrecían un arma.
Desde entonces, he matado como a unos diez por órdenes del señor Mencho —empieza a contar mientras se ajusta una gorra negra con una herradura. Luego baja la mirada a los tenis con manchas de pintura blanca.
Los “jaliscos” son el Cártel Jalisco Nueva Generación. Y “el señor Mencho” era Nemesio Oseguera, su líder abatido el 22 de febrero de este 2026 por fuerzas federales, apenas un par de semanas después de esta entrevista.
—¿Cómo te reclutaron? —le pregunta el periodista.
El Morro ladea la mirada para seguir a una moto ruidosa que pasa despacio por la calle desierta. Un viejo hábito de cuando, antes de ser reclutado como sicario, comenzó vigilando la entrada y salida de vehículos. Se atusa la playera blanca de fayuca de Hugo Boss, húmeda por el calor del mediodía, y entrelaza los dedos largos de sus manos.
—Pos me vieron en la calle y me dijeron: ‘¿qué onda, morro? ¿Quieres un rifle? Jálate con nosotros’. Yo les dije que sí y de volada me llevaron a un punto. Ahí empecé como ‘puntero’; me dedicaba a vigilar si llegaba ‘Gobierno’ a la zona.
No fue una excepción: en esta región, el reclutamiento de niños, niñas, adolescentes y jóvenes ocurre a plena luz del día, en calles donde la ausencia del Estado es la norma.
—¿Gobierno?
—Ajá, los militares. Si los veía tenía que avisar por el radio. Y si veía gente armada, pos más rápido tenía que dar el pitazo.
—¿A qué gente armada te refieres?
El Morro ladea de nuevo la cabeza, persiguiendo con la vista a la moto, ya lejana.
—Pos a los contras —responde seco, como si la pregunta fuera de lo más estúpida y estuviera a punto de perder la paciencia—. A los templas, pues.
Los ‘templas’ son Los Caballeros Templarios, una escisión del cártel La Familia Michoacana con fuerte presencia en la región de Tierra Caliente, donde disputan al Cártel Jalisco el control del territorio, las extorsiones a productores de limón y aguacate, y la venta de drogas sintéticas como el cristal.
—¿Cuánto te pagan?
—Unos tres mil pesos a la semana.
Un salario que, para un adulto, apenas alcanzaría; para un niño solo, sin embargo, es suficiente para retenerlo.
—¿Y te dan de comer?
—Sí, pero en veces me tratan mal.
El adolescente clava de nuevo la mirada en los tenis destrozados. Sólo dice que se “enfadó” con alguien dentro de la célula criminal y pidió “retirarse”. Ante la negativa del cártel, aprovechó un descuido durante un enfrentamiento y huyó hasta el municipio michoacano donde se encuentra refugiado desde hace unos meses.
—En un agarre con los contras me quedé solo, y pos ya no supe qué hacer. Tuve que pelarme. La miré muy cerquitas —se justifica, sin querer dar más detalles.
—¿Por qué te dicen El Morro? —intenta cambiar el tema el periodista, buscando relajar al adolescente tras la confesión de la huída.
Ante la pregunta, sonríe. Sus pecas se marcan más cuando se le arruga la nariz.
—Pos ha de ser porque me veo morrillo y flaco.
—¿En tu célula había otros chavos como tú?
—Sí, tres más —responde sin pensarlo—. Uno de 12 años. Otro de 13 y otro de 14.
—¿Cuándo fue tu primera vez?
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El Morro borra de golpe la expresión risueña. Se quita la gorra, se atusa el pelo castaño y ensortijado, y luego vuelve a colocarla sobre la frente. Deja escapar un suspiro cansado, como si supiera que esa pregunta llegaría tarde o temprano.
—Fue en un ‘agarre’. Yo tenía 12 años. Estábamos en un punto y varios contras llegaron de volada. Estábamos en la pendeja, la neta. Y pos empezó la tiracera. Yo usaba un ‘R’ (un rifle R-15). Empecé a tirarles y vi que me eché a uno.
—¿Te sentiste mal?
—No. Yo no tengo sentimiento de nada ni de nadie —alza la mirada y la sostiene durante varios segundos. No es desafiante; es solo una mirada lánguida. Lo dice sin énfasis, como quien repite una consigna aprendida en el entrenamiento.
—¿Y no tuviste miedo?
—No. Es lo que te enseñan en el jale, a no tener miedo.
—¿Qué hiciste luego de la primera vez?
—Nada. Me fui a fumar mota con mis compañeros —encoge los hombros.
—¿Ellos eran tus amigos?
—Yo no tengo amigos —niega con la cabeza.
Su mundo se reduce —explica— a compañeros de célula, armas y huidas. No hay pares ni amistades: sólo jerarquías.
—¿Por qué?
—Pos no sé. Yo digo que me tienen miedo porque soy sicario.
—¿No te gusta ningún deporte? ¿El futbol? ¿Basket? ¿Correr?
Al escuchar correr, El Morro sonríe con desgana.
—Yo solo corro en los agarres con los contras o cuando veo a los soldados.
—¿Y tus padres?
—Están vivos, pero casi no hablo con ellos, tampoco con mi carnal. Vivo solo.
—¿Te dedicas a otras cosas?
—Pos en veces trabajo en el campo. Y en veces me voy de albañil. Por eso vengo así, todo mugroso —se atusa el pantalón negro, del que sale una nube de polvo.
—¿Sabes que el gobierno da unas becas para jóvenes como tú para que aprendan un oficio? ¿No te gustaría aprender otro oficio o estudiar?
—No me gusta estudiar —corta en seco—. Me gusta andar con mi rifle —de nuevo, la frase suena aprendida.
—¿Recomendarías a otros chavos como tú entrar al crimen organizado?
El Morro baja ahora la mirada. La visera de la gorra le oculta el rostro.
—No… la mera verdad, no —balbucea, como si quisiera asegurarse de que nadie en la calle lo pueda escuchar.
—¿Qué les dirías?
Por unos segundos, el niño de rostro pecoso y sonrisa tímida vuelve a aparecer.
—No, pos que se alejen de esto. Esta vida es muy fea, no sirve para nada.
Lo dice un adolescente de 15 años que ya aprendió, demasiado pronto, lo que significa estar solo y no tener otra opción.
Para evitar que historias como la de El Morro siguieran repitiéndose, el gobierno de López Obrador apostó su narrativa de pacificación a programas sociales como Jóvenes Construyendo el Futuro, sintetizado en el famoso eslogan: ‘Becarios sí, sicarios no’.
La promesa fue arrebatar a los jóvenes de las garras del crimen mediante becas para aprender un oficio. Solo este programa implicó un desembolso de 120 mil millones de pesos en el sexenio pasado; y para el primer año de Claudia Sheinbaum se aprobaron otros 24 mil 200 millones, junto con un aumento en el monto del apoyo, que pasó de 6 mil pesos mensuales al inicio del sexenio anterior a 9 mil 500 en 2026.
El gobierno federal presume más de 3 millones de jóvenes becados y sostiene que la estrategia ha contribuido a contener el reclutamiento y la violencia: “A los cárteles ya les cuesta reclutar”, aseguró López Obrador en octubre de 2021. En la misma línea, Rosa Icela Rodríguez afirmó en enero de 2023, cuando era secretaria de Seguridad, que gracias a los programas sociales, los jóvenes “ya no son reclutados por el narco”. Mientras que el actual gobierno de Sheinbaum mantiene ese enfoque bajo el eje de ‘atención a las causas’.
Sin embargo, testimonios como el de El Morro, y casos recientes —como el del joven de 17 años que asesinó en noviembre de 2025 al alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, o el del joven de 18 que en octubre de ese año mató a tiros al abogado David Cohen en la Ciudad de México— muestran que la violencia y el reclutamiento no se detuvieron con las becas ni programas sociales.
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A esto se suma un problema de fondo: en México no existe una forma precisa de medir el reclutamiento de menores de edad y jóvenes por el crimen organizado, debido a que no está tipificado como delito. Esto implica la ausencia de registros oficiales, bases de datos o estadísticas que permitan dimensionar cuántos adolescentes están siendo incorporados a estas redes criminales, más allá de aproximaciones indirectas, explica en entrevista Juan Martín Pérez García, coordinador de Tejiendo Redes Infancia.
“Si no está tipificado, no existe: no hay datos, no hay obligación de rendir cuentas”, subraya.
También lo reflejan las cifras oficiales recabadas vía transparencia para esta investigación, en la que 23 fiscalías estatales reportaron datos sobre jóvenes detenidos por homicidio doloso, lesiones, portación de armas y delitos de narcomenudeo, mientras que entidades como Guanajuato, donde hay un problema grave de violencia, Veracruz o Morelos no transparentaron la información.
Ante esta ausencia de datos directos sobre reclutamiento, el análisis de la participación de jóvenes en delitos vinculados al crimen organizado se convierte en una de las pocas ventanas disponibles para aproximarse a la magnitud del fenómeno.

Entre los gobiernos de Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador, el número de jóvenes de 18 a 29 años detenidos por los delitos mencionados aumentó casi 150 %, pese a las becas: de 56 mil 502 detenciones se disparó hasta 140 mil 444.
El crecimiento se explica principalmente por el narcomenudeo, cuyas detenciones se incrementaron 243 %, hasta convertirse en casi 8 de cada 10 capturas de jóvenes.
Aunque el aumento no se limitó a delitos de mercado. Las detenciones por asesinato también crecieron de manera significativa: 86 % más jóvenes fueron detenidos: de 2 mil 415 casos, se pasó a 4 mil 500 con López Obrador.
Las lesiones dolosas —otra expresión directa de violencia— también registraron un incremento, aunque más moderado (12 mil 417 detenciones, 25 % más), mientras que la portación de armas se mantuvo prácticamente sin cambios con algo más de 9 mil casos registrados en ambos sexenios.
En conjunto, homicidios y lesiones —los indicadores más claros de violencia física— reflejan un aumento en el pasado sexenio muy cercano al 35 %.
Los primeros meses del gobierno de Sheinbaum no muestran una reversión de la tendencia.
De enero a mayo de 2025, las fiscalías estatales reportaron 9 mil 309 detenciones de jóvenes, un volumen que ya supera varios años completos de sexenios anteriores, como 2013, por ejemplo, cuando en 12 meses sumaron 5 mil 408 detenciones, un 72 % menos.
El promedio mensual —1 mil 862 jóvenes detenidos— resulta más de 300 % superior al registrado en el arranque del sexenio peñista.
Aunque ligeramente por debajo de los máximos observados en los últimos dos años del gobierno de López Obrador, el ritmo en la administración de Sheinbaum confirma que la dinámica de capturas masivas de jóvenes se mantiene.
En cuanto a jóvenes detenidos por estados, durante el sexenio peñista se concentraron principalmente en entidades del norte como Chihuahua, Baja California y Nuevo León. Con López Obrador, la dinámica se expandió y se urbanizó, con la Ciudad de México como epicentro absoluto: 47 mil 822 detenciones de jóvenes.
Después de la capital, los estados donde se detienen a más jóvenes por delitos vinculados al crimen organizado son Nuevo León (21 mil 172); Chihuahua (19 mil 530); Baja California (18 mil 362); y San Luis Potosí Potosí (11 mil 124).

Durante el sexenio de López Obrador, las detenciones de personas de menos de 18 años de edad (14 mil 068 casos) aumentaron cerca del 80 % en comparación con el periodo de Felipe Calderón (7 mil 906) y un 2.2 % más que con Peña Nieto (13 mil 761).
El narcomenudeo volvió a concentrar la mayoría de las detenciones: pasó de representar un fracción marginal en el sexenio calderonista (13 % de los detenidos) a superar el 80 % del total en la administración pasada con 11 mil 349 casos.
En cuanto a las detenciones por asesinatos cometidos por niños y adolescentes, en el sexenio de Calderón se registraron 554 casos. Con Peña Nieto hubo una disminución, 403; y con AMLO hubo un ligero repunte: 430, un 7 % al alza en comparación con Peña, pero manteniéndose por debajo del dato registrado con Calderón.
El experto en infancia Juan Martín Pérez García advierte que estos datos no deben leerse únicamente como un aumento en la criminalidad juvenil, sino como un indicador indirecto de contextos de alta vulnerabilidad y de captación por parte de grupos criminales que encuentran en los adolescentes una población disponible y sustituible.
En ese sentido —subraya—, el problema no es cuántos niños, niñas y jóvenes delinquen, sino cuántos están en condiciones de vulnerabilidad para ser captados por el crimen.
Jesús no se llama Jesús, pero pide que se le identifique así. Es jalisciense, aunque hoy se esconde en otro municipio de Michoacán, en el patio de una casita rodeada del canto de los gallos. Va vestido con jeans deslavados y rotos, una playera negra y una chamarra abierta tipo sudadera. Tiene 28 años y huyó del cártel; por eso el anonimato.
—Me invitaron a entrar a la maña a los 12 —comienza a narrar con una sonrisa nerviosa, que le deja a la vista una hilera de dientes blancos que contrastan con su piel morena. El grupo que lo reclutó, agrega, fue el de Los Viagras; que opera principalmente en Michoacán y mantiene vínculos con otras organizaciones como La Familia Michoacana o Cárteles Unidos.
—Cuando me invitaron, yo era muy morro y la neta no tenía idea de lo que hacía. Trabajaba como ayudante en un mercado de abastos, cargando camiones. Y pues un día llegaron, me ofrecieron 2 mil 500 pesos a la semana, me dieron un teléfono y me fui con ellos. Al principio, todo lo que hacía era avisar de quien pasara por el lugar: Gobierno, militares, o cualquier camioneta extraña. Era puntero.
—Pero eso fue al principio… —se lleva la mano derecha a la nuca—. Luego, como a los seis meses, me dieron un rifle y me pusieron a andar arriba de una camioneta. Me enseñaron a subir el tiro y a apuntar. Ahí tenía 13 años.
A los 13 años, todavía en plena adolescencia, ya cargaba un rifle y había sido incorporado a tareas de violencia.
—¿Cómo es la indicación de un cártel a un joven para que asesine?
Ante la pregunta, carraspea y agacha la mirada de ojos tan negros como su abundante cabello que peina para atrás. Un perro enorme, tipo Husky, se acurruca junto a él.
—Pues te dicen que hay que hacerlo, que es parte del jale, pues. Que no pasa nada y que te vas a acostumbrar.
Asegura que a él no le sucedió, pero conoció a chavos a quienes ponían una persona amarrada “para que se acostumbraran a matar”.
—¿Cómo eran los rondines en la camioneta?
—Eran por la noche. Íbamos por las zonas que peinábamos, hasta que escuchábamos por el radio que ya habían encontrado a tal persona, y entonces alguien ordenaba: ‘cáiganle’.
—¿Y qué pasaba entonces?
Jesús vuelve a sonreír tímido. Evita hablar en primera persona cuando describe la violencia.
—Si encuentran a la persona por la calle, la suben a la camioneta. Y si no, van a su casa y se la llevan delante de quien sea.

—¿Y la desaparecen?
—Pues sí, porque ya no se sabe más de esa persona. Muchas veces se llevan a raterillos, o a quienes andaban primero con ellos vendiendo droga y luego se van con los contras. También se llevan a los punteros rivales, que suelen ser morros.
—¿Veías a otros chavos en tu célula?
—Sí, claro. Había muchos morrillos. Pero no me llevaba con ellos.
—¿Crees que hay mucha diferencia en cómo se recluta ahora a los jóvenes?
Jesús se hace hacia adelante en la silla y reflexiona durante unos segundos.
—Ahora todo está más corrompido aún —responde—. Antes, de alguna forma el cartel veía por ti, te cuidaba. Pero ahora ya no. Ahora les dan droga a los morros y se los llevan a pelear la plaza. Ya ni siquiera les pagan, los llevan drogados todo el día.
El joven toma un sorbo de un vaso de refresco.
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—Los agarran como carne de cañón —añade—. Pero también es porque muchos entran pensando que van a hacer mucho dinero y que van a manejar trocotas grandes. Se van con la finta de que van a ser los grandes capos. Y por entrar así, precisamente, es que los mandan a ellos por delante. Y muchos no llegan a cobrar ni la segunda quincena. Los mandan siendo unos morros a pelear la plaza, y ya nunca regresan.
En su relato se repite una constante: adolescentes vulnerables sin redes de protección, incorporados rápidamente a dinámicas de violencia y expuestos a una alta probabilidad de morir o desaparecer en los primeros meses.
—¿Viste un mundo muy distinto al de los corridos de moda?
Jesús sonríe con desgana y niega con la cabeza.
—Los narcocorridos están hechos para avalar a las personas que están arriba, en el poder, o para venerar a los que ya murieron. Pero nada de ese mundo te da un beneficio. Cuando estás adentro te das cuenta y lo ves distinto. No vale la pena.
—¿Si pudieras regresar en el tiempo… volverías a entrar al cártel?
—No me arrepiento, pero no volvería a entrar. No hay futuro en eso, pues. Acá afuera tampoco —ríe amargo reclinándose en la silla—, pero al menos te libras de ver y de hacer cosas horribles.
Historias como las de Jesús y El Morro —como muestran los datos de esta investigación— no son excepcionales, sino representativas de una trayectoria que se repite en distintas regiones del país: incorporación temprana a dinámicas criminales, normalización de la violencia y una salida marcada por la huida, el miedo o la muerte, en un contexto donde las políticas públicas no han logrado contener el fenómeno, pese a las promesas.