Marcela Nochebuena · 14 de octubre de 2026
“La cárcel de mujeres, el castigo no es para nosotras, el castigo es para nuestros hijos y para nuestras familias”, resume una Anti-Princesa que, junto con otras nueve compañeras privada de la libertad en el centro penitenciario Neza-Bordo, en Ecatepec, dio vida a una obra de teatro que inspiró un documental que lleva el mismo nombre.
En la pieza audiovisual, 10 mujeres que desarrollaron sus personajes en un taller de teatro, salen de ellos para contar las historias de su vida real: cargadas de violencias familiares, señalamientos sin pruebas, abusos policiales, prisión sin sentencia, y en todas ellas un hombre al centro que, como en la mayoría de los casos de mujeres en prisión, las llevó hasta ahí.
El primer acto, El Telón, documenta la preparación de la puesta en escena, junto con imágenes de su vida cotidiana: la comida diaria, las estancias, las colchonetas a veces en el suelo, las tareas a medio patio, entre las que el arte termina colándose y buscando su propia luz, como lo refiere Arantxa Oliver, una de las productoras del documental y una de las directoras del taller de teatro impulsado por La Cana, que cumple cinco años en esa prisión.

“Aquí hay mucha gente inocente. Nosotras necesitamos a alguien que se mueva realmente en nuestro caso, porque en realidad es violación de derechos todo el tiempo. Todo el tiempo nos violaron derechos a mí, a mi hermano lo golpearon infinidad, y vienen aquí después de 17 años a hacernos la prueba de Estambul, o sea a 17 años, ¿cómo vas a tener las huellas de los golpes que te dieron, de todo lo que hicieron?”, cuestiona una.
“¿Cómo voy a venir a pagar aquí 50 años de mi vida por algo que yo no hice?”, pregunta otra entre relatos de juicios diferidos, golpes al momento de la detención, prisión preventiva mucho más allá del límite constitucional de dos años, carpetas de investigación fabricadas e indolencia en los procesos.
Pero las violencias se iniciaron mucho antes: Jessica narra que con su pareja había muchos maltratos y golpes, con consecuencias permanentes en la nariz, quemaduras en las manos y la columna en forma de ese después de que una vez casi la deja inmovilizada. Gheisel se dio cuenta de que el maltrato no estaba bien un día que terminó tirada sangrando en el piso. Eva recuerda cómo su mamá normalizaba que su hermano la “corrigiera” a golpes.
Las escenas del documental Anti-Princesas son, todo el tiempo, un contraste que lleva al espectador y a las protagonistas de la risa al llanto en una sola escena, como cuando Vilchis relata que compró un vibrador y el cable se le rompió, y cómo terminó diciéndoselo a su marido, para después reconocer, con un tono mucho más sombrío, cómo alguna vez vivió abuso sexual.
Entre sus historias de la vida real, se intercala la preparación del telón y de los personajes, las canciones que cantan las Anti-Princesas, y empieza a entreverse el argumento de la obra de teatro que presentaron varias veces en Neza-Bordo: abre en el instituto de la buena esposa con las 11 reglas de la buena esposa.
Ese mandato patriarcal se desarrolla hasta que una noticia irrumpe en el escenario: la muerte de Kimberly, por quien las protagonistas piden un minuto de silencio, y también por todas aquellas que han muerto. Pronto se organizan para protestar afuera del Palacio Real, se convencen de usar la potencia de su voz y prometen no volver a quedarse calladas.
“Vamos a hacer justicia por la princesa infeliz y a elegir por nuestros derechos. No usaremos la violencia, nuestras armas serán la unión y la potencia de nuestra voz”, dicen al unísono.
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“Gracias a todas las anti princesas, por no callar más”, subrayará, de hecho, la dedicatoria del director, Alejandro de Icaza en los créditos finales. En el primer acto, el mensaje de la prisión se encaminaba hacia allá: “desde radio Neza-Bordo les mando un saludo enorme a todas esas mujeres que son fuertes, que se han puesto los pantalones y están decididas a luchar contra todo, que ya no se van a quedar calladas, que ya no van a ser sumisas… vamos a luchar por ser iguales, por tener los mismos derechos”.
Y Gheisel, Vera, Anita, Vilchis, Eva, Ofelia, Yesenia y Yessica ya no se quedan calladas. Una más narra cómo su pareja la agredía verbalmente, le bajaba mucho la autoestima y en ese camino iba arrastrando a personas a su alrededor, sobre todo a sus hijos. “Yo no quiero que con mis hijas se cometa lo mismo, que se repita lo mismo; entonces, pues yo decidí alejarme de esa persona, me costó muchísimo trabajo, pero fue más el amor hacia mis hijos”, dice ahora.
“Yo no me sentía una princesa, yo me sentía la princesa más fea, por lo que me decía él, pero aquí me di cuenta de que soy una princesa hermosa, y que esa princesa no es para que esté en el mundo del machismo”, relata Jessica.
En otro caso, la violencia venía desde la familia: el papá de una de las internas golpeaba a su mamá hasta dejarla ensangrentada en el piso. A los 16 se casó con tal de salirse de su casa, solo para vivir lo mismo: “puros golpes”. Él y su alcoholismo la golpeaban. En tanto, la violencia extrema que vivió Jessica escaló hasta perder a sus gemelas: ya de nueve meses de embarazo, al descubrir y reclamar la infidelidad, su marido la golpeó y la pateó en el piso hasta hacerla perder a las bebés.

“Yo no creo ni en los cuentos de hadas ni en los príncipes azules —se escucha en otro relato—, nomás me junté y de ahí salió una princesa; tiene 15, va a cumplir 16 y ya se juntó. Cuando la dejé era una princesa, ya ha de ser una reina”, especula una de las Anti-Princesas. No lo sabe de cierto, porque no ha vuelto a verla desde hace 1 año y 10 meses que está en la prisión.
El abandono ha marcado la vida de las Anti-Princesas. Muchas quedan olvidadas porque nadie las defiende, pero los más culpables —sostienen— son los que están libres porque cuentan con el dinero para hacerlo. El final de la obra de teatro es un principio: las princesas ya se liberaron, para decidir y nunca más guardarse el dolor. Pero en otros casos solo queda la resignación: “toda mi vida va a ser un encierro para mí”, dice una de ellas.
Casi hacia el final, la pantalla queda en negro total, replicando uno de los ejercicios del taller de teatro: las Anti-Princesas cierran los ojos, inhalan, exhalan, imaginan que es el día del estreno de la obra que estuvieron ensayando… abren los ojos, la luz vuelve a la pantalla y los muros siguen ahí.
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Los muros que saben que 9 de cada 10 mujeres privadas de la libertad vivieron violencia doméstica, de género o abuso sexual, antes de entrar a prisión; en el 70 % de los casos el agresor fue la pareja o un familiar, y todas las mujeres que participaron en la obra fueron encarceladas por detenciones relacionadas con un hombre de su entorno.
Anti-Princesas, dicen sus creadores y productores, busca que las historias de estas diez mujeres trasciendan los muros de la prisión. Muchas han vivido violencia y largos procesos judiciales que han marcado sus vidas y las de sus familias. “La película quiere contribuir a que sus voces sean escuchadas y generar conversación pública sobre la necesidad de aplicar plenamente la perspectiva de género en el sistema de justicia mexicano”, recuerdan.
Para Lucía Ferreyra, la otra directora del taller, uno de los mayores aprendizajes ha sido la empatía, y saber adaptarse a lo que pasa dentro de un reclusorio, escuchar a las otras, y entender que las cosas no siempre van a ser como se esperaban. “La cárcel tiene eso, es muy impredecible, pasan cosas todo el tiempo, hemos aprendido a resolver problemas y a adaptarnos a las circunstancias, y después, agradecer y valorar la vida”.

Oliver remarca la inteligencia que se desarrolla para poder ver lo invisible. Ahí se decanta también lo que es necesario agradecer, reflejarse y reaprender. Y en ese espacio entre muros, es mucho más tangible cómo el arte se cuela y busca, como una plantita, la luz para nutrirse y generar cambios. Ellas son las Anti-Princesas que los han generado:
Vera: 19 años privada de la libertad sin sentencia. Fue detenida por un crimen relacionado con sus hermanos, del cual se declara inocente. Su hija tenía tres años cuando fueron separadas.
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Anita: cinco años privada de la libertad sin sentencia. Fue encarcelada junto con su madre y sus tíos, tras el arresto de su hermano. La autoridad no ha presentado pruebas en su contra. Es madre de tres adolescentes y una niña de nueve años.
Vilchis: sentenciada a 50 años de prisión. Su primo dice haber sido secuestrado por ella; la acusación se sostuvo únicamente en su señalamiento. Pasó cinco años privada de la libertad sin sentencia. Tiene dos hijas adolescentes.
Gheisel: en libertad después de seis años en prisión. Fue víctima de violencia física por parte de su expareja. Presionada por él, accedió a robar cervezas de una tienda de abarrotes. Es madre de dos niños.

Eva: seis años privada de la libertad sin sentencia. Tras el arresto de su hermano, fue detenida en su casa mientras cuidaba a sus dos hijas. Las autoridades habían llegado buscando a su cuñada. Tiene siete hijos.
Yesenia: tres años privada de la libertad sin sentencia. Mientras un agente apuntaba una pistola a la cabeza de su hija, fue obligada a confesar un secuestro que niega haber cometido. Está presa junto con su madre y varios familiares. Es madre de una adolescente.
Ofelia: 18 años privada de la libertad sin sentencia. Ahora cumple otros 18 años de condena por delitos relacionados con la actividad criminal de su marido. Ella afirma que desconocía esa actividad.
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Jessica: cuatro años privada de la libertad sin sentencia. Fue víctima de violencia extrema por parte de su exesposo. Involucrado en secuestros, él le decía que trabajaba haciendo pozos de agua. Tiene dos hijos menores y otro de 17 años, concebido a raíz del abuso sexual de un familiar.
El documental se presenta el 20 de octubre a las 19:00 horas en Cinépolis Centro de Morelia en el contexto del Festival Internacional de Cine de Morelia, y el lunes 26 y martes 27 de octubre, como parte de DocsMX, a las 20:00 horas y 15:00 horas, respectivamente, en la Cineteca de las Artes en Ciudad de México.