Marcela Nochebuena · 22 de septiembre de 2026
Ana no tiene acceso a una computadora en casa. Vive en la colonia Jalalpa de la alcaldía Álvaro Obregón en la Ciudad de México. A sus 13 años está convencida de que los límites en el uso de celulares para personas de su edad son necesarios. Conoce los riesgos, pero también las ventajas de aprender a usar el internet de forma segura y controlada.
Entender eso le ha abierto nuevas posibilidades. Van tres veces que asiste a una comunidad digital donde se prestan computadoras portátiles con la guía y vigilancia de personas adultas con experiencia en tecnología e infancias. Ciertos días también se organizan actividades lúdicas para educarlos sobre sus derechos, incluyendo la protección y privacidad de sus datos.
Este lunes, la presidenta Claudia Sheinbaum hizo oficial la restricción de celulares y tabletas en escuelas de educación básica a partir del próximo 3 de noviembre; salvo excepciones justificadas, los dispositivos no podrán utilizarse durante las clases ni en el recreo.

En esa misma línea y sumándose a una discusión viva a nivel internacional más allá de las instituciones educativas, algunas voces siguen alertando con fuerza sobre los riesgos del consumo problemático de dispositivos digitales y redes sociales. Al mismo tiempo, iniciativas novedosas se enfocan en procurar usos más conscientes y educados entre las infancias en lugar de apostar por una prohibición total.
La actividad comienza un viernes por la tarde en el centro comunitario al que asiste Ana en el centro de la colonia Jalalpa, conocida por su alta vulnerabilidad y su índice de criminalidad. Desde los dibujos en las paredes, los mensajes son claros: “navego con conciencia, para disfrutar la experiencia”, “aquí tus ideas se vuelven digitales”, “explora, crea, comparte”.
Esa tarde, entre juegos sobre lucha libre, diseño de máscaras propias y trivias sobre los derechos de las infancias, una decena de niñas y niños tendrá acceso a experiencias que casi nunca viven en sus hogares. La gran mayoría no cuenta con una computadora en casa, pero sí usan celulares. Aunque no a todos les gusta, confiesan que Roblox es popular entre ellas y ellos.
Ana cursa la secundaria en la Técnica 100. Le gusta estudiar matemáticas, español, ciencias, geografía e inglés, pero no puede hacerlo en una computadora: “nada más tengo puro celular”, explica. En el teléfono móvil suele acceder a plataformas como YouTube, Facebook, TikTok, Instagram y Google, pero la última es la que más llama su atención.
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Su primer acercamiento con la comunidad digital ocurrió tras una invitación directa a su familia: “mis papás tomaron la decisión cuando vino una señora a decirnos que si yo podía utilizar la computadora, que si sabía. Entonces, bajaron por mí y me subieron acá, y me dijeron que si ya sabía hacer lo de las computadoras y les dije que no, todavía no sabía. Entonces, me subieron y ya me empezaron a enseñar a manejar la compu”.
Ana utiliza las computadoras portátiles para sus tareas y como complemento a sus estudios, lo que le permite profundizar en temas que no comprende del todo en el aula: “como no sé los continentes americano, los del sur, ni los países de Europa, entonces allí en la computadora voy a ir poco a poco investigando, y si me dejan tarea o si me dejan trabajos, me dijeron que los puedo terminar aquí”, cuenta.
A partir de esa experiencia, está motivada para adquirir mayores destrezas tecnológicas: “a mí lo que me gustaría aprender de las computadoras es enseñarme a manejarlas, ver hartas cosas, como videos, juegos, características, así, cosas, investigar”. Asegura que conoce los riesgos, porque su familia ha enfrentado intentos de estafa vía celular.
Cree que el uso del celular entre infancias y adolescencias debería tener límites de tiempo, aunque sabe que hay cosas que no debe hacer en internet. Durante la actividad, entre todos los derechos de las infancias, se reiteró a las y los participantes que su identidad y datos deben protegerse, y que no es conveniente compartirlos con personas desconocidas.
En su participación en la conferencia mañanera de este lunes para anunciar la prohibición de celulares y tabletas en primarias y secundarias, el secretario de Educación, Mario Delgado, refirió que la decisión se tomó tras el diálogo con expertos y secretarios de Educación de entidades federativas, además de una encuesta entre más de medio millón de docentes, de los cuales 81 por ciento estuvo de acuerdo. No hizo mención a ningún mecanismo que hubiera recogido las perspectivas de infancias y adolescencias.
Animal Político documentó hace unas semanas la necesidad de que la discusión sobre la restricción a teléfonos inteligentes, redes sociales y pantallas en las aulas colocara en el foco los riesgos reales para la salud mental y física, sin ignorar las voces de infancias y adolescencias, además de evitar enfoques con mayor énfasis en la responsabilidad personal que en la empresarial.
“Yo quisiera seguir viniendo más aquí, al aula digital, porque me gusta mucho aprender en las computadoras, el arte, cómo hacer pulseras, cómo hacer máscaras… Todos tenemos derecho a la libertad, a la justicia, y también tenemos derecho a jugar y a estar con los amigos”, concluye Ana luego de su participación en la actividad.
La iniciativa de comunidades digitales, en Jalalpa y otras zonas vulneradas de la capital, forma parte de un modelo coordinado por la organización Save the Children. El proyecto surgió para responder colaborativamente a las necesidades tecnológicas de diversas zonas urbanas.
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Mediante ese esquema, la alcaldía facilita los espacios físicos, la empresa American Tower funge como donante de equipos —computadoras, proyectores, mesas y sillas— y Save the Children otorga el acompañamiento pedagógico, la vinculación escolar y la difusión comunitaria.
“De repente nosotros lo que vemos es que está muy libre el uso de las tecnologías en casa, en la escuela, incluso en las calles. Entonces creo que hay muchos riesgos a los que se están enfrentando ahora niños, niñas, adolescentes, y adultos incluso”, comenta Fabián Mendoza, promotor en la organización.
Él y sus compañeras Karina Olvera y Valeria Ramírez cuestionan la efectividad de una prohibición total de los dispositivos, cuando no existe una formación previa. “Lejos de que no se pueda hacer, es más bien cómo podemos utilizar estos medios con conciencia, el saber qué va a pasar o qué puede pasar si damos información de más, por ejemplo, o si de repente empezamos a interactuar con gente que no conocemos”, señala Mendoza.
En las escuelas, por ejemplo, se repiten constantemente advertencias generales, pero suelen ser ineficaces si no se acompañan de ejercicios prácticos. “El poder hacer un poco de conciencia sobre eso, sobre los riesgos, sobre lo que puede pasar… ayuda mucho a poderlo vivir y sentir más por parte de ellos”, afirma, pues muchas niñas, niños y adolescentes asumen que “no pasa nada” o desconocen quién interactúa del otro lado de la pantalla.

Olvera, jefa de oficina de Save the Children en la Ciudad de México, detalla que la organización cuenta con un plan estatal focalizado en demarcaciones con localidades caracterizadas por índices altos de vulnerabilidad, como Álvaro Obregón, Iztapalapa, Gustavo A. Madero y Miguel Hidalgo.
En las comunidades digitales, la prioridad es dotar a la niñez de habilidades digitales para “navegar de forma segura, no caer como en algunos fraudes o en el ciberacoso”. El modelo incluye un programa curricular de ocho sesiones que abarca conocimientos básicos de software y hardware, finanzas, robótica, así como conceptos de autocuidado y salvaguarda.
Para Olvera, las políticas que se basan únicamente en la prohibición resultan contraproducentes: “cuando empezamos a prohibir, ellos empiezan a ocultar cosas también. Una manera de garantizar que más allá de tenerle miedo, porque también a veces los adultos tenemos miedo de meterlos al internet, es podernos preparar para también acompañar a niñas y niños a lo largo de la vida en general”.
“Un acceso cuidado y acompañado es cuando todas y todos tenemos las herramientas para identificar estos riesgos digitales. En este momento hay muchos riesgos que atraviesan principalmente a niños y niñas en la digitalidad, como extorsiones, algunas cuestiones como robo de información, etcétera”, agrega Valeria Ramírez, también promotora.
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Por ello, consideran que el acompañamiento debe proporcionar herramientas para que puedan identificar cuál es un acceso y cuáles páginas son seguras, de qué forma pueden cuidar sus datos y algunas otras con las que no solo puedan reconocer los riesgos, sino también conocer cuáles son sus derechos en torno al mundo digital. Además, el personal a cargo de las salas recibe capacitación previa en materia de derechos de la infancia y programas de salvaguarda.
La iniciativa tiende, al mismo tiempo, a reducir la brecha digital en poblaciones desfavorecidas: “muchos dicen que en el internet encuentras todo, pero de qué forma hacemos que ellos tengan acceso a ese todo, o cómo le podemos decir ‘en el internet está todo’ a un niño o una niña que no ha tenido la oportunidad de tener estos medios digitales, que los agarra con miedo, o no sabe cómo”, dice Ramírez.
“Creemos que podemos en estos momentos ir formando a personas conscientes con el uso del internet y que también puedan ver que hay una amplia posibilidad de uso, que no solamente se reduce a ver juegos, escuchar música y ver videos, sino que también puedan utilizarlo a su favor, y con ello ejercer algunos otros derechos como la participación”, añade.
Regina Alatriste, hoy emprendedora social, artista y escritora de 30 años, perteneció a la primera generación de adolescencias que crecieron con un acceso permanente a las redes sociales y la tecnología. Después de la experiencia que vivió mediante ellas en torno a la ideación y el intento suicida, considera que a veces los entornos controlados son insuficientes.
“Yo empecé a los 10 años en computadora, porque todavía no salían los smartphones”, relata. A partir de esa vivencia, reflexiona sobre el impacto del consumo no guiado durante esa etapa del desarrollo: “ha sido la primera generación que en su adolescencia creció con redes, y mi generación calla mucho. Las de ahora son un poco más así, colapsan y te enteras de cosas, pero mi generación se quedó calladita y están teniendo temas de salud mental”.

Durante su juventud, atravesó por periodos críticos exacerbados por la información disponible en buscadores y plataformas digitales, narra. “Yo ya tenía ideación suicida recurrente, y me acuerdo que busqué en Google así de ‘cómo suicidarse’, y me apareció en WikiHow, me apareció en Google, te salían mil cosas… en un ataque de desesperación sí fue como que simplemente ya quería poder dormir, estaba muy mal, me sentía muy incomprendida, y seguí los métodos que te recomendaban las páginas”.
Tras ese episodio, su familia intervino directamente y le retiró el uso de dispositivos telefónicos, además de que recibió tratamiento de especialistas. “Fue muy difícil sanar eso, muy muy difícil”, remarca al relatar que requirió años de acompañamiento de psiquiatras y psicólogos, así como una red de apoyo familiar constante.
A partir de esa experiencia y del desarrollo de su tesis de maestría sobre las afectaciones de salud mental en adolescentes derivadas de las redes sociales, Regina ha profundizado en investigar los patrones de diseño de las plataformas digitales. Sostiene que el consumo problemático no responde solo a decisiones individuales, sino a mecanismos de retención que son parte del código de las aplicaciones: “las plataformas están diseñadas para eso, y la inteligencia artificial empezó a personalizar más y más la experiencia, y más rápido. Es mucho más difícil que tú puedas parar conscientemente”.
Además, señala que los algoritmos tienden a amplificar contenidos nocivos en personas usuarias que ya se encuentran en vulnerabilidad emocional: el contenido no solo agrava la sensación y refuerza esas actitudes, sino que la experiencia en las redes hace crecer el enojo, el sentimiento de inconformidad con uno mismo y al mismo tiempo, la necesidad de pasar más tiempo ahí.
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Durante sus investigaciones, ha documentado otros casos en los que menores de edad recibieron recomendaciones algorítmicas relativas a trastornos de la conducta alimentaria, autolesiones y restricciones severas de ingesta calórica. Ante ello, advierte sobre los vacíos normativos e institucionales en la materia, además de que en los manuales de diagnóstico clínicos actuales no se encuentra tipificado el consumo problemático —comúnmente llamado adicción— de redes sociales o teléfonos inteligentes.
En su análisis de los impactos del uso intensivo de tecnologías digitales en la infancia, Regina resalta las alteraciones en el desarrollo cognitivo, el incremento de diagnósticos de ansiedad, el sedentarismo y los riesgos derivados del cibercrimen. En el contexto mexicano, la exposición a celulares con acceso irrestricto a internet incrementa la vulnerabilidad en torno a la trata de personas o el acoso, sobre todo mediante el contacto con desconocidos en videojuegos.
Luego de transitar lo que en su caso sí considera fue un consumo problemático, Regina trabaja hoy en la producción de un documental, el libro Baby Scrollers y el impulso a iniciativas de regulación tecnológica que obliguen a las empresas desarrolladoras a modificar el diseño de sus productos antes de ponerlos a disposición de personas menores de edad. Como estrategias individuales de autocuidado digital subraya el monitoreo estricto del tiempo en pantalla y el uso de aplicaciones de bloqueo de tiempo.
“El tiempo de uso es súper importante: así como traqueamos cuánto tiempo hacemos ejercicio, también intentemos generar un hábito”, concluye al señalar la necesidad de combinar la autorregulación con medidas legislativas que protejan de manera prioritaria el bienestar de las infancias y las adolescencias.