Verónica Fajardo · 25 de octubre de 2026
Cancún.- En la historia de Quintana Roo dos ciclones tropicales han marcado un antes y un después en la configuración urbana, la economía y la gestión de riesgos en la entidad: Gilberto (1988) y Wilma (2005). Ambos fenómenos no solo redefinieron la infraestructura turística del estado, sino que forjaron una sólida cultura de protección civil y resiliencia entre sus habitantes.
El primer gran coloso fue el huracán Gilberto, considerado el fenómeno meteorológico más devastador del siglo XX en la región. Impactó en septiembre de 1988 como categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, cuando Cancún tenía apenas 18 años de fundado. En ese momento, la localidad carecía de una cultura de prevención consolidada y la población no dimensionó la magnitud de la amenaza. Permaneció 12 horas en tierra y sus ráfagas de viento, que alcanzaron entre 280 y 360 kilómetros por hora, destruyeron construcciones ligeras e infraestructura básica.
Apenas 17 años después, en octubre de 2005, el huracán Wilma tocó tierra como categoría 4. Para entonces, Cancún ya se había consolidado como un polo turístico internacional con una masiva infraestructura hotelera. A diferencia de Gilberto, Wilma permaneció más de 60 horas frente al territorio quintanarroense, descargando precipitaciones récord y vientos extremos que ocasionaron una severa erosión de las playas en Cancún y Playa del Carmen, además de millonarias pérdidas materiales.
A pesar de que las autoridades locales no suelen realizar actos protocolarios para conmemorar el paso de Gilberto —como sí ha ocurrido con los aniversarios de Wilma—, la ciudadanía que vivió ambos eventos coincide en que representan los dos hitos fundamentales de la memoria colectiva y la capacidad de recuperación del norte de Quintana Roo. Gilberto tocó tierra el 14 de septiembre de 1988. Fernando Martí, cronista de la ciudad de Cancún y autor de diversas obras sobre la historia local, destaca en su testimonio que este ciclón fue la primera gran prueba comunitaria para los habitantes del joven municipio: «Gilberto es considerado el primer huracán que enfrentó la población de Cancún y, por ende, una de las primeras pruebas de organización y resistencia que sus habitantes debieron superar».
Lino Amado Sarmiento, experiodista radicado en la ciudad, recuerda la falta de alerta previa: «Nadie sabía nada del huracán porque no estaba lloviendo y hacía mucho calor; no había emisoras de radio locales dando información continua y todo se transmitía por rumores, hasta que el viento comenzó a intensificarse abruptamente».
Desde los satélites se pudo dimensionar el poder de Gilberto que golpeó durante 12 horas a Quintana Roo. Foto: Especial.
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A diferencia de otros sistemas climáticos, Gilberto se caracterizó por la fuerza desmedida de sus rachas de viento sobre la precipitación pluvial, impactando a una comunidad que aún no disponía de alguna red de refugios anticiclónicos ni sistemas formales de alerta temprana.
El cronista de Cancún enfatiza además las repercusiones económicas del evento: «Debido a la escasa cultura de seguros en el Cancún de los años ochenta, la mayoría de los propietarios de hoteles y viviendas tuvo que asumir íntegramente los costos de la reconstrucción. Fue un fenómeno sumamente costoso que afectó el patrimonio de miles de familias».
Asimismo, el proceso de recuperación posterior se tornó complejo debido al desabasto de materiales de construcción y a la escasez de mano de obra especializada para la reparación de daños estructurales en toda la zona costera.
Para Martí, la devastación de 1988 sentó las bases para el diseño institucional de los primeros protocolos de Protección Civil, obligando a las autoridades y a la sociedad a estructurar un plan de preparación permanente ante la temporada de ciclones tropicales.
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El huracán Wilma se desarrolló a mediados de octubre de 2005 en la cuenca del Atlántico. Entre el 17 y el 19 de octubre, su trayectoria hacia el norte del estado activó las alertas máximas en los centros meteorológicos de México y Miami.
Ante la inminencia del impacto, las autoridades estatales y municipales coordinaron evacuaciones masivas en la Zona Hotelera de Cancún para trasladar a miles de turistas hacia refugios y ciudades vecinas como Mérida. El entonces gobernador Félix González Canto definió la contingencia como «una prueba extrema de supervivencia institucional y coordinación para atender los municipios más afectados: Cozumel, Benito Juárez e Isla Mujeres».
Wilma destacó por sus dimensiones astronómicas: alcanzó más de 800 kilómetros de diámetro total. Aunque en mar abierto registró un ojo de apenas 3.7 kilómetros —el más pequeño del que se tenga registro histórico—, al acercarse a la Península de Yucatán experimentó un ciclo de reemplazo de la pared del ojo que expandió su centro a más de 70 kilómetros, ralentizando su desplazamiento sobre tierra firme.
El 20 de octubre de 2005, la población permaneció resguardada mientras las primeras bandas nubosas cubrían la costa del Caribe Mexicano. El ciclón se estacionó sobre la zona durante 63 horas continuas, algo atìpico.
Durante las primeras horas del impacto, los vientos reventaron el suministro eléctrico y las líneas de comunicación telefónica en toda la franja costera. En ese entonces el celular no era tan común como ahora.
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Medios locales de radiodifusión, como la emisora oficial del Ayuntamiento, mantuvieron transmisiones de emergencia mientras las condiciones técnicas lo permitieron, informando a la ciudadanía sobre las medidas de resguardo. Los cuerpos de rescate y centros hospitalarios operaron con plantas auxiliares de energía eléctrica. Previo al cierre total de operaciones aéreas, el Aeropuerto Internacional de Cancún gestionó la salida de los últimos vuelos de repatriación de visitantes extranjeros.
El núcleo de Wilma tocó tierra el 21 de octubre con vientos sostenidos de entre 275 y 295 kilómetros por hora, asignándole la categoría 5 por la intensidad máxima y ráfagas superiores a los 300 kilómetros por hora, acompañadas de lluvias torrenciales ininterrumpidas.
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Aura Sarmiento Flores, quien era una niña en aquel momento, evoca la experiencia del fenómeno: «Recuerdo el dolor en los oídos generado por la drástica caída de la presión atmosférica durante las ráfagas más intensas, y cómo en mi familia buscábamos dinámicas para mantener la calma dentro del confinamiento».
El saldo en la infraestructura urbana fue devastador: colapsaron más de 80 torres y postes de alta tensión, ventanales de complejos hoteleros y comerciales quedaron destruidos, y múltiples avenidas principales registraron severas inundaciones.
La marejada de tempestad y las intensas lluvias provocaron el desbordamiento del sistema lagunar Nichupté, propiciando el desplazamiento de fauna silvestre, como cocodrilos, hacia zonas urbanas del centro de Cancún.
Aquileo Cervantes Álvarez, exencargado del Heroico Cuerpos de Bomberos de Cancún, relata las maniobras de auxilio: «Trabajamos en jornadas ininterrumpidas con un contingente limitado. El tránsito por las vialidades era inaccesible por la acumulación de árboles, tendido eléctrico y escombros, lo que obligó a realizar las labores de rescate y traslado a refugios en condiciones de extrema precariedad».
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Tras la salida del sistema ciclónico de la región, el cierre del comercio y la interrupción en las cadenas de suministro desencadenaron brotes de saqueo y rapiña en distintos puntos de la ciudad, un aspecto poco abordado en las narrativas oficiales del desastre.
Los altercados iniciaron en establecimientos de víveres e insumos básicos y posteriormente se extendieron hacia tiendas departamentales y plazas comerciales en zonas urbanas de Cancún.
La fuerza de seguridad pública municipal se vio rebasada en diversos puntos de la ciudad, durante la contingencia posterior al huracán, registrándose patrullas dañadas y agentes policiales lesionados en los enfrentamientos por el control del orden público.
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En algunos autoservicios, la administración intentó normar el acceso a productos alimenticios de primera necesidad, pero la muchedumbre sobrepasó los accesos, derivando en la sustracción de enseres no prioritarios y mobiliario.
En la zona centro de la ciudad se registraron conatos de incendio en comercios locales, mientras que en áreas de la Zona Hotelera se reportaron incursiones en locales comerciales de cadenas internacionales.
Pese a la severidad de los daños materiales y los retos en materia de orden público, la experiencia acumulada tras Gilberto y Wilma transformó el tejido social de Quintana Roo. Autoridades y cronistas locales coinciden en que la respuesta comunitaria durante los procesos de reconstrucción fortaleció el sentido de pertenencia e identidad entre la población de Cancún y los municipios vecinos.
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