Manu Ureste y Joel Aguirre · 21 de julio de 2026
Durante casi cuatro años Ken Salazar fue mucho más que el embajador de Estados Unidos en México. Con su inseparable sombrero vaquero, un español casi perfecto y una agenda que lo llevó desde Palacio Nacional hasta comunidades indígenas, minas, parques industriales y pueblos fronterizos, construyó una imagen poco habitual para un representante de Washington en México.
Lejos del diplomático distante que limita su actividad a los salones de la embajada, cultivó una cercanía inédita con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Ese estilo lo convirtió, para especialistas y observadores de la relación bilateral, en uno de los personajes más influyentes de la diplomacia entre ambos países.

Hoy, sin embargo, ocupa un lugar muy distinto.
A unos días de cumplirse dos años del secuestro y traslado de Ismael “El Mayo” Zambada a Estados Unidos el 25 de julio, que derivó este lunes en su sentencia a cadena perpetua por una corte federal en Brooklyn, el papel que desempeñó Ken Salazar en esa trama sigue siendo objeto de controversia.
En las últimas semanas, el gobierno mexicano endureció sus señalamientos contra el exembajador y la Fiscalía General de la República (FGR) lo acusó de haberse conducido “con falsedad” al negar durante casi dos años la participación de autoridades estadounidenses en el operativo. Las críticas se intensificaron después de que el FBI exhibiera públicamente la avioneta utilizada para trasladar a Zambada a Estados Unidos.
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La polémica alrededor del caso sintetiza una llamativa paradoja: el diplomático, considerado durante buena parte del sexenio de López Obrador como un facilitador clave del diálogo bilateral, es hoy cuestionado por la misma administración —ahora con Sheinbaum a la cabeza— con la que construyó un nivel de interlocución inédito.
Pero ¿cómo llegó un abogado y ranchero de Colorado, descendiente de una familia de origen mexicano asentada en el suroeste estadounidense desde antes de la delimitación de la frontera moderna, a convertirse en una de las figuras más influyentes de la relación entre México y Estados Unidos? ¿Y cómo terminó ocupando un lugar central en uno de los episodios más delicados de esa misma relación?
Responder esas preguntas implica recorrer la trayectoria de Ken Salazar, pero también entender cómo la relación entre México y Estados Unidos llegó, en apenas unos años, a uno de los momentos de mayor tensión diplomática en la historia reciente.

A diferencia de muchos embajadores estadounidenses enviados a México, Ken Salazar no llegó desde el servicio exterior ni hizo carrera en la diplomacia. Cuando el presidente Joe Biden lo nominó en junio de 2021 para ocupar la embajada en México era, ante todo, un veterano del Partido Demócrata.
Nacido en Alamosa, Colorado, en 1955, Salazar creció en el Valle de San Luis, una extensa región agrícola del sur del estado donde su familia llevaba generaciones dedicadas a la ganadería y al cultivo de la tierra.
Sus raíces familiares en el actual suroeste de Estados Unidos se remontan varios siglos atrás, mucho antes de que existiera la frontera surgida tras el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848. Esa historia ha marcado buena parte de su identidad política. “Mi familia no cruzó la frontera; la frontera nos cruzó a nosotros”, suele decir para explicar que sus antepasados ya habitaban ese territorio cuando pasó de México a Estados Unidos.
Abogado de profesión, inició su carrera en la administración pública de Colorado antes de convertirse en fiscal general del estado y posteriormente, en senador federal entre 2005 y 2009. Ese año, el presidente Barack Obama lo incorporó a su gabinete como secretario del Interior, uno de los cargos más relevantes del gobierno estadounidense, responsable de administrar millones de hectáreas de tierras federales, parques nacionales, recursos naturales y territorios indígenas.
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Tras dejar el gabinete de Obama, Salazar regresó al ejercicio privado como socio de la firma internacional de abogados WilmerHale, donde encabezó la apertura de la oficina de Denver antes de ser designado embajador en México por Joe Biden en 2021. Al concluir su misión diplomática en mayo de 2025, volvió nuevamente al despacho como Senior Counsel, cargo que ocupa actualmente.
Durante más de dos décadas construyó la reputación de un demócrata moderado, capaz de dialogar con sectores empresariales, agrícolas y republicanos sin romper con el ala progresista de su partido. Esa combinación de experiencia política, raíces hispanas y conocimiento del oeste estadounidense terminó convirtiéndolo en una figura singular dentro del Partido Demócrata.
Para el politólogo Víctor Manuel Alarcón Olguín, ese perfil explica por qué la administración Biden se fijó en él para representar a Estados Unidos en México.
“Era un integrante muy destacado del partido, de esa corriente moderada que respaldó tanto a Joe Biden como antes a Barack Obama”, explica el investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana.
Más que un diplomático de carrera, concluye Alarcón, Washington apostó por un operador político con experiencia suficiente para conducir una de las relaciones bilaterales más complejas para Estados Unidos.

La visibilidad que Ken Salazar construyó desde su llegada a México no era un fin en sí mismo. Era la herramienta con la que buscaba fortalecer el principal activo de su gestión: la interlocución con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.
Durante casi cuatro años mantuvo reuniones periódicas con el presidente mexicano y con integrantes del gabinete para abordar algunos de los asuntos más sensibles de la agenda bilateral: migración, seguridad, combate al tráfico de fentanilo, comercio, inversiones y política energética.
Para Alarcón Olguín, esa capacidad de interlocución fue el rasgo que distinguió su gestión de la de otros embajadores estadounidenses.
“Logró generar un nivel de confianza muy importante con el presidente y con su círculo cercano”, sostiene el académico. Esa cercanía —afirma— le permitió desempeñar un papel que iba mucho más allá de las funciones diplomáticas tradicionales y convertirse en un interlocutor político permanente entre dos gobiernos obligados a entenderse.
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Ese cambio de enfoque también marcó una diferencia respecto a Christopher Landau, su antecesor en la embajada. “Landau era un embajador, digamos, de vieja escuela, con una visión mucho más dura, más cercana a una lógica imperialista, que exigía resultados y mantenía una relación mucho más ríspida con el gobierno mexicano”, explica José Alberto Moreno Chávez, profesor del Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana.
“En contraste, Ken Salazar fue un embajador mucho más conciliador con la política mexicana. Incluso mostró una actitud más abierta hacia la Cuarta Transformación y López Obrador, lo que le valió numerosas críticas en Estados Unidos. Su apuesta fue encontrar mecanismos para recomponer algunos de los puentes que se habían roto, especialmente en materia de seguridad”, añade el académico.
Ese estilo quedó a prueba en asuntos particularmente sensibles, como las diferencias por la política energética del gobierno de López Obrador, la reforma eléctrica o la agenda de seguridad. En lugar de escalar públicamente los desacuerdos, Salazar optó por mantener un tono conciliador y privilegiar las negociaciones discretas. Para Alarcón, esa estrategia respondía también a una necesidad política de Washington: preservar la cooperación con México en temas estratégicos como la migración, el comercio y la seguridad.
Sin embargo, esa misma cercanía comenzó a convertirse en un arma de doble filo. En México crecieron las voces que cuestionaban el peso que parecía tener en asuntos de política interna. En Estados Unidos, las dudas empezaron a hacerse públicas desde mediados de su gestión.

En julio de 2022, The New York Times publicó un reportaje basado en entrevistas con más de una decena de funcionarios y exfuncionarios estadounidenses, además de analistas, en el que señalaba que dentro de la administración de Joe Biden existía preocupación por la estrecha relación que Salazar había construido con López Obrador. Según esas fuentes, privilegiar la interlocución personal con el presidente mexicano podía terminar comprometiendo los intereses que Washington buscaba defender en la relación bilateral.
Entre los episodios que alimentaban esa percepción figuraba una reunión con el entonces presidente del Instituto Nacional Electoral (INE), Lorenzo Córdova.
De acuerdo con The New York Times, en lugar de respaldar la postura histórica de Washington sobre la legitimidad de los comicios de 2006, Salazar preguntó si en aquella elección —en la que López Obrador perdió frente a Felipe Calderón, según los datos oficiales, por un margen mínimo— había existido fraude.
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El diario señaló que el entonces embajador dijo no estar convencido de que esos comicios hubieran sido completamente limpios, una posición que se apartaba de la sostenida durante años por el propio gobierno de Estados Unidos, el Tribunal Electoral mexicano y los observadores internacionales.
El reportaje también retomaba la postura que Salazar adoptó frente a la reforma eléctrica impulsada por López Obrador. En los primeros meses del debate, el embajador llegó a describir la iniciativa como un esfuerzo del gobierno mexicano por modernizar el sector energético y fortalecer la soberanía nacional, declaraciones que algunos funcionarios estadounidenses y representantes del sector privado interpretaron como un respaldo a una reforma que Washington cuestionaba por considerar que afectaba las inversiones extranjeras y podía vulnerar los compromisos asumidos por México en el T-MEC.
Aunque posteriormente endureció su discurso y expresó preocupación por el impacto de la reforma sobre las empresas estadounidenses, el episodio reforzó las dudas sobre la cercanía que mantenía con el gobierno mexicano.
La estrategia de cercanía que distinguió la gestión de Ken Salazar había comenzado a mostrar sus límites. Lo que durante años le permitió convertirse en uno de los principales interlocutores entre Washington y Palacio Nacional empezaba también a generar crecientes cuestionamientos dentro y fuera de Estados Unidos.

Las primeras fisuras aparecieron hacia el final del sexenio de Andrés Manuel López Obrador.
Salazar mantuvo su estrategia de diálogo y cercanía, pero comenzaron a multiplicarse los desacuerdos públicos con el gobierno mexicano. Las diferencias por la política energética, las consultas del T-MEC y algunos temas de seguridad evidenciaron los límites de una diplomacia basada casi exclusivamente en la interlocución política.
El cambio de gobierno en México tampoco modificó esa dinámica. Con la llegada de Claudia Sheinbaum, Salazar continuó defendiendo la cooperación bilateral, aunque ya en un contexto mucho más complejo, marcado por el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y por un endurecimiento de la agenda estadounidense en materia migratoria y de seguridad.
El punto de quiebre llegó con la reactivación del caso del secuestro y traslado de Ismael “El Mayo” Zambada a Estados Unidos.
Las acusaciones de la FGR sobre una presunta participación de agencias estadounidenses, las críticas del gobierno mexicano a la actuación del FBI y la respuesta pública del propio Salazar terminaron colocando al embajador en el centro de una de las mayores crisis diplomáticas de los últimos años entre ambos países.
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Para el internacionalista José Alberto Moreno, esa controversia terminó alterando la percepción que durante años se había construido alrededor del diplomático.
“La narrativa cambió por completo”, resume el especialista; quien durante buena parte de su gestión fue visto como un puente entre ambos gobiernos pasó a convertirse en una de las figuras más cuestionadas dentro de la relación bilateral.
Para Víctor Manuel Alarcón Olguín, el episodio también puso de manifiesto las limitaciones del modelo que Salazar había representado desde su llegada a México. La interlocución personal y la cercanía política podían facilitar el diálogo, pero no bastaban para contener conflictos cuando los intereses estratégicos de ambos gobiernos comenzaban a divergir.
A casi cinco años de su llegada a México, el legado de Ken Salazar sigue dividiendo opiniones. Para unos, fue el embajador estadounidense que mejor entendió la lógica política del obradorismo. Para otros, terminó demasiado cerca del poder al que debía observar con mayor distancia.
En cualquier caso, pocas figuras diplomáticas recientes concentraron tanta influencia —y terminaron generando tanta controversia— en la relación entre México y Estados Unidos.