Israel Fuguemann · 18 de mayo de 2026
En medio de un socavón oscuro, debajo de una montaña, está Gerardo. El aire en torno a él es caliente y espeso; respirarlo exige un esfuerzo siempre insuficiente para llenar los pulmones. A sus pies, una pila de rocas negras refleja destellos apenas visibles bajo la luz de una linterna. Es un hombre menudo, más bien bajo. La penumbra de la mina en donde trabaja apenas deja ver la silueta de su rostro. De su cabeza cuelga una luz blanca que, a más de quinientos metros bajo tierra, es probablemente la única herramienta con la que podrá encontrar la salida por el mismo agujero por el que entró.
El sonido de sus manos al mover las herramientas se expande en un eco que llena el breve espacio. Gerardo suda. En su rostro se forma una capa fina de polvo negro que se acumula en las comisuras; su cara resume la fatiga. Afuera es casi mediodía, pero aquí abajo no hay forma de saberlo. Pica la roca con insistencia. Los fragmentos se desprenden de los muros y caen a sus pies. Luego los junta y carga con una pala hasta una malla improvisada, donde separa las piedras del polvo que más tarde será fundido durante horas, hasta encontrar mercurio, el metal que sostiene económicamente —y en silencio— esta sierra de Querétaro.

Mientras habla, Gerardo intenta no dejar de golpear la roca.
—El mercurio es lo más “pagadito” que hay. Te vas a otro lado y ganas menos.
Cuenta que ha probado otras suertes: la agricultura, trabajos temporales, la construcción en otros municipios. Pero aquí en la mina gana más. En tres o cuatro días de trabajo —en jornadas que se extienden hasta por ocho o diez horas, en medio de un agujero entre las montañas— puede sacar entre cuatro y cinco kilos de este preciado metal.
Si le va bien, eso se traduce en unos 15 mil pesos. Si no, alcanza apenas a ganar unos 5 o 6 mil. Un monto que, en ocasiones, se reparte entre los demás mineros que trabajan con él.
Sin seguro, sin atención médica y sin ninguna garantía de que podrá salir de la mina si algo pasa, Gerardo se aferra como la roca a la montaña a seguir con este trabajo en la oscuridad. Nadie habla demasiado de eso, pero lo asumen por necesidad: en estas minas se labora sin registro, sin contratos y bajo esquemas que escapan a cualquier registro y conteo oficial.
La minería informal —difícil de medir, precarizada y a menudo, abiertamente ilegal—, sostiene buena parte de la actividad económica en la región, aunque casi no aparezca en las cifras oficiales.
Parte de esa producción, según investigaciones de la Environmental Investigation Agency (EIA), ha salido del territorio en volúmenes difíciles de rastrear y se ha vinculado con circuitos de comercio internacional operados por organizaciones criminales y, desde luego, fuera de controles institucionales.
El mercurio que buscan —ese metal que luego se separa con fuego—, libera vapores invisibles que terminan en el aire y en el cuerpo. Con el tiempo, ese aire deja estragos: manos que tiemblan, palabras que se enredan, cuerpos que pierden equilibrio, pulmones que ya no respiran igual. Hay quienes hablan de dolores constantes, de un cansancio que no se va, de un sabor metálico que aparece sin razón. Pero aquí, eso no se nombra; se aprende a vivir con ello.
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El mayor de los hijos de Gerardo ya trabaja. Tiene 16 años. Empezó hace poco más de un año en otro socavón a unos minutos de aquí.
—Ya no quiso estudiar; mejor se vino a trabajar.
El minero lo dice en tono de resignación, como quien acepta el destino. En la sierra queretana, la escuela suele abandonarse pronto. En muchas comunidades, como en la de Gerardo, solo hay primaria. Para seguir estudiando hay que moverse a otro pueblo, por caminos que se complican debido a la accidentada geografía de la región. No todos lo pueden hacer. Algunos lo intentan por un tiempo y finalmente desertan. Las opciones se cierran poco a poco, casi sin que se note: el campo, la mina o definitivamente migrar.
Casi a la misma edad que su hijo, Gerardo aprendió el oficio de su padre, quien también trabajó en la minería durante muchos años. Nunca se hizo rico —afirma—, pero trabajó duro. Sus recuerdos se avivan al volver atrás, a ese momento en el que se convirtió en minero y aprendió el oficio mirando, ayudando, entrando poco a poco. “Conforme uno toma confianza se va metiendo más y más”, rememora.
Muchas de esas minas parecen no pertenecer a nadie. Son huecos que quedaron después de la bonanza; túneles abiertos que otros abandonaron cuando el mercurio dejó de ser negocio para quienes tenían las concesiones. Pero no están vacías.
Después de las remesas que llegan desde Estados Unidos, la minería es la fuente de empleo más rentable de la región. En la práctica, buena parte de esta actividad ocurre fuera de un marco legal; muchas concesiones han vencido o dejaron de operar ante las autoridades. Sin embargo, la extracción continúa, ahora sostenida por redes locales que funcionan al margen de la regulación.
Todo esto ocurre en una región que forma parte de la Reserva de la Biosfera Sierra Gorda —un área natural protegida que abarca aproximadamente el 32 % del territorio estatal (383 mil 567 hectáreas)—, donde la minería persiste a pesar de que, en teoría, no debería.
A los socavones siguen entrando hombres como Gerardo —o más jóvenes, como su hijo— a buscar lo que queda. Aquí les llaman “gambusinos”.

Hubo un tiempo en que la mina no era la única opción, sino la promesa.
J. Guadalupe Torres Martínez lo recuerda sentado en el patio de su hogar, a los pies de un imponente árbol que da sombra a la pequeña construcción azul celeste, levantada por encima del resto del pueblo, como si a propósito intentara dominar el paisaje. Tiene 86 años y dice que nació “entre las piedras”, aquí en San Joaquín, cuando el pueblo todavía era apenas un puñado de viviendas salpicadas entre cerros y veredas.
—Éramos muy pobres. Pobres, pobres… La tortilla se comía sola, con sal si acaso. El café era un lujo ocasional.
San Joaquín, era entonces un lugar aislado, metido entre montañas que parecían cerrarse sobre la neblina. No había camino, no había luz, no había nada, dice. Solo cerros, tierra y una vida que se sostenía con lo poco que daba la milpa. En esos años, en buena parte del país, la mayoría de la población vivía en el campo —más de 12 millones de personas en localidades rurales, según el censo de 1940—, en condiciones similares a las de este pueblo. Pero debajo de esos cerros y montañas, aunque nadie supiera exactamente dónde ni cuánto, había algo más.
Lo que había era mercurio, un metal plateado que se obtiene del cinabrio y que durante décadas colocó a México entre los principales productores del mundo. Este elemento —utilizado en la medicina, la industria y, sobre todo, en la minería para separar metales—, empezó a aparecer en estos cerros como una posibilidad concreta de cambiar esa vida de pobreza.
Torres Martínez no recuerda en qué año exactamente ocurrió. Eran tiempos de guerra. “Primero fue un rumor, un runrún”, afirma. Comenzaron a decir que en los cerros había mercurio, que ese metal podía tener valor, que tal vez ahí había algo que cambiaría la vida de quienes se atrevieran a buscarlo. Durante un tiempo nadie sabía bien cuánto había ni hasta dónde alcanzaba, pero bastaba con que alguien encontrara un poco para que otros fueran detrás.
Y entonces empezó a aparecer. Los huecos se hicieron más profundos, comenzaron a multiplicarse por toda la región y los caminos se volvieron más transitados. Cada vez eran más los hombres que dejaban lo que tenían para meterse a la sierra a buscar en la piedra lo que el campo no podía darles.
Con el tiempo, la sierra empezó a cambiar. El dinero comenzó a circular. No mucho al principio, pero lo suficiente para que la vida dejara de ser únicamente escasez.
“Ya se ganaba más”, recuerda. Y con eso bastó. Pero ese dinero también tenía otra forma de quedarse.
Durante las décadas de 1960 y principios de los años 70, esta región de la Sierra Gorda —municipios como San Joaquín, Pinal de Amoles y Peñamiller— llegó a concentrar una parte importante de la producción nacional de mercurio. Querétaro se convirtió, entonces, en el principal productor del país, con miles de frascos saliendo cada mes de estas montañas.
Pero ese impulso no duró más allá de una década. Pronto, el precio del mercurio cayó de forma abrupta y la demanda se desplomó. La fiebre terminó.
Las minas no desaparecieron. Cambiaron. Lo que había sido una industria activa se fue fragmentando en trabajos más pequeños, más aislados, cada vez más inciertos. La extracción continuó durante las décadas siguientes, pero ya no bajo el mismo ritmo ni las mismas condiciones.

No todos lo cuentan igual, pero hay hechos en los que coinciden. Manuel fue uno de los tantos hombres que llegaron arrastrados por ese rumor de la época. Originario de la Ciudad de México, arribó hace más de 70 años a San Joaquín.
Comenzó trabajando en los socavones como peón y terminó siendo dueño de algunas de las concesiones más importantes de la zona, pero dice con tristeza que fue ese mismo trabajo el que lo enfermó. “Fue mi vida y mi enfermedad, y eso me llevó a la quiebra”, recuerda, sentado en un pequeño expendio de pulque en el centro de San Joaquín.
—En la mina no había pausas. Se entraba a trabajar y se salía cuando el cuerpo ya no aguantaba. Se respiraba lo que había en el aire, se cargaba lo que se pudiera en el lomo y se seguía. Así fue siempre.
A su edad, después de tantos años en la mina, lo que sorprende no es lo que cuenta, sino que siga aquí para contarlo. El mercurio, al calentarse, libera vapores imperceptibles que pueden quedarse en el cuerpo durante años y provocar daños irreversibles, como han documentado organismos internacionales de la salud. Según Manuel, a muchos de sus colegas y empleados “se les caían los dientes… se ponían malos… muchos murieron jóvenes, pero la mayoría seguía trabajando”. En aquella época ese negocio era una oportunidad que casi nadie quería desaprovechar.
Durante los años en que el mercurio empezó a salir con más facilidad, el dinero circuló como nunca antes. Llegaba rápido, había quienes podían llenar maletines de billetes, pero también, sin experiencia para administrarlo, en muchos casos se fue a la misma velocidad. Hubo “quienes compraron carros, quienes viajaron, quienes gastaron sin medida en fiestas y puteros”.
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En un lugar donde durante tanto tiempo no hubo casi nada, la abundancia no siempre se tradujo en estabilidad, sino en una forma distinta de desgaste y despilfarre.“Ganaron mucho dinero… pero se fueron al derroche, muchos de esos ya no existen”, rememora Manuel, mientras sujeta una con otra sus manos temblorosas.
Con el tiempo, lo que había sostenido ese ritmo e hizo crecer al pueblo empezó a cambiar. Los huecos seguían ahí, pero ya no respondían igual; cada vez era necesario internarse más, insistir más, invertir más para obtener menos. Muchos hombres y mujeres fueron perdiendo poco a poco el interés, y aquella fiebre comenzó a descender. Las minas, en teoría, dejaron de garantizar una vida posible.
Fue entonces cuando la salida comenzó a dibujarse en otra dirección. No como una decisión clara, sino como una suma de ausencias que se fueron acumulando con el tiempo: hombres que dejaron la mina, familias que empezaron a fragmentarse, destinos que comenzaron a repartirse más allá de la sierra.
—Mucha gente se fue —dice Manuel.
Y, sin embargo, el mercurio siguió saliendo de estos cerros.
Después de la bonanza minera, muchos se fueron. Primero, hacia Estados Unidos. Luego, a ciudades como México o Guadalajara. Familias enteras dejaron la Sierra Gorda obligadas por la crisis que dejó el fin de una era. Los pocos mineros que alcanzaron a crear un capital se mantuvieron en el pueblo y hoy forman parte de esa pequeña burbuja de familias acomodadas, pero muchos otros no tuvieron la misma suerte.
No era un fenómeno aislado. A partir de los años setenta, la migración mexicana hacia Estados Unidos entró en una fase de expansión acelerada: en apenas una década, la población nacida en México y que vivía en ese país vecino, pasó de menos de un millón a más de dos millones de personas, y continúo creciendo en los años siguientes. Lo que antes era un ir y venir temporal comenzó a convertirse en una salida más definitiva.

Las casas comenzaron a quedarse vacías. Algunas cerraron con llave y nunca volvieron a abrirse; otras se quedaron a medio habitar, como si quienes se fueron pensaran regresar pronto. Con el tiempo, el silencio empezó a ocupar esos espacios. San Joaquín siguió ahí, rodeado de montañas, pero con menos gente, con menos ruido, con un futuro menos visible y una vida menos próspera.
En ese contexto muchos se fueron. Y también en ese movimiento —lento, constante, casi inevitable— la migración dejó de ser una opción y se convirtió en una salida.
Ciro fue uno de ellos. Se fue, como tantos otros, cuando la mina dejó de dar lo que prometía. Viajó hacia el norte, atravesó el desierto y llegó a Nueva York. Trabajó en lo que encontró; fue lavaplatos, ayudante de construcción, se sostuvo como pudo durante poco más de una década. Pero finalmente regresó.
—Me cansé de esa vida, me hacían falta los cerros, los animales y los árboles.
Dice eso, mientras contempla uno de los imponentes paisajes de la Sierra Gorda. Ciro no es muy alto, tampoco muy delgado; no habla mucho, solo lo necesario, que a veces es suficiente, pero se mueve con bastante destreza mientras desciende a la mina donde ha trabajado los últimos meses. Esa figura rechoncha de pronto se confunde entre la maleza. Usa ropa táctica camuflada, el tipo de vestimenta que solo puede comprarse en un mall gringo.
—Esta ropa es muy cómoda —asegura.
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Ya sentado sobre las ruinas de un antiguo campamento minero, con la bocamina a sus espaldas, queda rodeado de herramientas, costales y restos de piedra. A un lado, los hornos de fundición —donde el mineral se calienta durante horas hasta liberar el mercurio— aún desprenden un leve olor a quemado.
Ciro se toma unos segundos antes de compartir parte de su historia.
Dice que volvió con la idea de rehacer su vida en el mismo lugar del que había salido, pero su pueblo ya no es el mismo porque no queda casi nadie, apenas un centenar de personas, la mayoría viejas y mujeres solas. A pesar de ello se enamoró de una maestra de la comunidad y decidieron casarse a los tres meses de haberse conocido.
—Desgraciadamente, después de dos años todo cambió. Mi esposa murió de forma repentina.
Desde entonces, dice Ciro, algo en él se ha vuelto más silencioso. Habla poco. Mide las palabras. Quizás en la soledad de la mina y el bosque encontró un sitio donde sentirse seguro, protegido, o al menos aislado del mundo exterior.
A sus 52 años, Ciro volvió a lo que conocía. Pero la mina que encontró ya no era la misma.

Las concesiones que durante años sostuvieron la actividad dejaron de operar. Muchas vencieron, otras quedaron en el abandono, pero la extracción no desapareció. Se dispersó. Se volvió más incierta, más difícil de seguir. Muchos pobladores de las comunidades aledañas aprovecharon ese abandono para trabajar por su cuenta sobre los restos de aquella época de bonanza. Los gambusinos crecieron en silencio.
Hoy, en estos cerros, el mercurio sigue saliendo, pero casi nadie habla de ello porque aprendieron a hacerlo al mismo sigilo de las minas, cuyo acceso es complicado y en el que la presencia de organizaciones criminales se ha intensificado en los últimos años.
Cuando le pregunto si sabe en qué se utiliza el mercurio que extraen, Ciro no duda, pero es porque no lo sabe, al menos no con certeza.
—Creo, he escuchado que el mercurio se usa para el oro —dice—. Para separar el oro de otras materias.
Hace una pausa.
—Dicen que se lo llevan para países sudamericanos… para ese lado donde trabajan más eso. No sé exactamente a dónde.
Pero Ciro no es el único. Ni él, ni Gerardo, ni muchos de los que trabajan aquí tienen idea de en dónde termina ese metal que extraen durante horas, a costa de su salud, metidos en esas cavernas oscuras de ambiente asfixiante. Saben lo que sacan, pero no hasta dónde llega. El negocio, para ellos, termina en San Joaquín o con algún intermediario en Querétaro, la capital del estado, ahí se corta la línea para ellos. Sin embargo, el camino del mineral aún es largo.
El mercurio que sale de estos cerros forma parte de una cadena más amplia y difícil de rastrear que se extiende más allá de la sierra y del país. Este tráfico es impulsado por una red de complicidades oficiales que opera en distintas escalas hasta alcanzar un impacto internacional. De este modo, en diversos puntos de Sudamérica, especialmente en las regiones amazónicas, su uso sigue siendo fundamental para la extracción de oro en minas artesanales e informales.
Ahí, el metal que sacan mineros como Gerardo o Ciro se mezcla con la tierra de la selva para separar el oro y después se evapora. Este proceso provoca impactos profundos en el medio ambiente y en la salud de comunidades locales que, a miles de kilómetros de origen, también están atrapadas en el círculo vicioso y millonario de la minería ilegal.
Investigaciones ambientales han documentado que, en lugares como Madre de Dios, en Perú, esta práctica ha contribuido a una degradación acelerada de la selva. De acuerdo con reportes de Mongabay y monitoreos satelitales, más de 100,000 hectáreas de bosque amazónico han sido afectadas por la minería de oro en esa región en las últimas décadas, gran parte de ella vinculada con el uso intensivo de mercurio.
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Pero aquí, en la sierra, esa historia no alcanza a dimensionarse. Para quienes trabajan en estas minas el proceso termina mucho antes. Ellos entran. Extraen. Venden. Y el resto ocurre más allá de estos paisajes de ensueño.
El tiempo de la mina, de su forma de vida y de sobrevivencia en las últimas décadas, finalmente parece tener un límite. México firmó en 2017 el Convenio de Minamata, un acuerdo internacional que busca reducir y eliminar el uso del mercurio por sus graves efectos en la salud humana y el medio ambiente, documentados durante décadas en distintos países. El tratado —impulsado tras casos de intoxicación masiva como el ocurrido en la bahía de Minamata, en Japón— establece compromisos para cerrar progresivamente la minería de este metal y limitar su comercio.
Bajo este marco, el país se ha obligado a prohibir la apertura de nuevos yacimientos y a gestionar la clausura definitiva de las excavaciones actuales. No se trata solo de sellar la tierra, sino de encontrar el modo de que quienes dependen de ella no queden a la deriva, impulsando proyectos de reconversión económica que sustituyan el brillo tóxico del metal por alternativas de sustento dignas.
En comunidades como esta, ese horizonte tiene fecha: 2032. Y Ciro lo sabe.
Dice que han venido funcionarios, que han hablado de proyectos, de alternativas: ganado, huertos, otras formas de trabajo. Opciones que todavía no terminan de tomar forma. Aunque México se comprometió a eliminar la minería de mercurio en los próximos años, no existe hasta ahora un plan público que establezca cómo se hará esa transición en comunidades como esta. No hay nada definido ni ningún proyecto serio; solo dichos y promesas que no saben si se van a cumplir.
—Ojalá nos den algo —dice— para cuando ya no se pueda trabajar en la mina.
A veces Ciro imagina otra vida. Una fuera del socavón. Le gustaría dedicarse a la cría de borregos, vender barbacoa, trabajar la tierra de otra forma. Habla de pie de cría, de vacunas, de aprender a cuidar a los animales. Lo plantea como quien empieza a imaginar una nueva posibilidad, aunque todavía no exista del todo. Para eso haría falta apoyo, animales, tiempo.
Por ahora, ese futuro sigue siendo apenas una pequeña luz al final del túnel.