Israel Fuguemann · 2 de junio de 2026
La primera detonación sonó como un petardo de fiesta patronal.
Por un instante, entre el ruido de los tambores, las consignas y el murmullo de miles de maestros concentrados sobre la calle 20 de Noviembre, nadie pareció entender de dónde venía el estruendo. Algunas personas voltearon hacia el cielo. Otras buscaron con la mirada a sus compañeros. La segunda explosión llegó apenas unos segundos después. La tercera ya había transformado la incertidumbre en alarma.
El sonido rebotó contra las fachadas del Centro Histórico de la Ciudad de México y se expandió por toda la calle, como una onda de choque. Los gritos comenzaron a mezclarse con el humo. Algunos maestros corrieron instintivamente hacia atrás. Otros se agacharon detrás de las jardineras y los postes. Los vendedores ambulantes recogieron a toda prisa su mercancía. Incluso algunos peatones que observaban la protesta desde la distancia quedaron atrapados en medio del desconcierto.

Hasta ese momento, la movilización había transcurrido con la tensión habitual de una gran marcha de la Coordinadora, sin que nada hiciera prever lo que estaba por ocurrir.
Frente a los maestros se levantaba un muro de vallas metálicas azules, reforzadas con soldadura y custodiadas por decenas de policías. Detrás de ese cerco, se apreciaba el Zócalo, ya acondicionado para las actividades recreativas que acompañarán la inminente Copa del Mundo. Una plaza protegida al punto de ser inaccesible para los ciudadanos; el primer cuadro de la ciudad suma varios días blindado para impedir el paso de los manifestantes.
Fue ahí, a unos cuantos metros de esas vallas, donde Octavio Romero Jerónimo avanzaba en la primera línea del contingente de Guerrero cuando comenzaron las detonaciones.
🪧La movilización de la CNTE llegó al Centro Histórico de la CDMX, sin embargo los protestantes se encontraron con una valla metálica en la esquina de la avenida 20 de Noviembre y la calle Venustiano Carranza.
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La jornada no era una protesta más.
Durante semanas, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) había anunciado la fecha como la “hora cero”: el inicio de una huelga nacional indefinida después de una serie de paros escalonados de 24, 48 y 72 horas.
Miles de maestros provenientes de Guerrero, Oaxaca, Zacatecas, Michoacán y otros estados llegaron a la capital para exigir respuestas a una demanda que consideran histórica: la modificación de la Ley del ISSSTE y del sistema de pensiones administrado por las Afores.
La exigencia no es nueva. Desde hace años, la CNTE reclama revertir aspectos de la reforma que trasladó el sistema de retiro hacia cuentas individuales administradas por empresas privadas. Los docentes sostienen que las jubilaciones condenan a miles de trabajadores a pensiones insuficientes después de décadas de servicio.
Durante la campaña presidencial y en distintos momentos de su trayectoria política, Claudia Sheinbaum expresó reservas sobre ese modelo. Sin embargo, ya en el gobierno, la administración federal ha insistido en que un retorno al esquema anterior enfrenta limitaciones presupuestales considerables. La respuesta oficial ha sido mantener abiertas las mesas de negociación encabezadas por las secretarías de Gobernación y Educación.
Para los maestros, sin embargo, el tiempo de las mesas parece agotarse. Consideran que las conversaciones se han traducido en promesas, calendarios y nuevas reuniones, pero no en cambios de fondo. Por eso decidieron elevar la presión y declarar una huelga indefinida justo cuando el país entra en la cuenta regresiva hacia uno de los eventos más importantes de su historia reciente: el Mundial 2026.

Horas antes de que los primeros estallidos rompieran el aire sobre la calle 20 de Noviembre, el maestro Pedro Hernández Morales observaba a cientos de sus colegas congregados sobre Paseo de la Reforma. Algunos acababan de llegar después de viajar toda la noche desde Oaxaca, Guerrero o Zacatecas. Otros llevaban más de una semana durmiendo en casas de campaña instaladas en las inmediaciones del Centro Histórico.
El cansancio comenzaba a acumularse, pero también una sensación compartida de que las negociaciones habían llegado a un punto muerto. Fue entonces cuando el dirigente de la Sección 9 recurrió al lenguaje que durante estos días domina buena parte de la conversación pública en México: el futbol.
—A diez días del partido inicial, hoy damos el silbatazo inicial —dijo frente a cientos de maestros.
La frase provocó aplausos y gritos de respaldo. No era solamente una metáfora para animar la marcha. Era una declaración de intenciones.
Después de semanas de movilizaciones, la CNTE buscaba presentar el inicio de la huelga indefinida como el arranque de una campaña más amplia, una que pretende acompañar la cuenta regresiva hacia el Mundial 2026.

Durante varios minutos, Hernández construyó su discurso alrededor de esa idea. Habló de “robar el balón” y de mostrar al mundo conflictos que, según la CNTE, permanecen sin resolver. Pero detrás de las referencias futbolísticas aparecía un mensaje político mucho más concreto: el magisterio disidente ya no quiere pelear solo.
Por eso convocó públicamente a madres buscadoras, familiares de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, transportistas, campesinos, trabajadores en huelga y habitantes de las colonias cercanas al Estadio Azteca a construir un frente común.
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La apuesta consiste en aprovechar la atención internacional que atraerá el torneo para colocar sobre la agenda pública demandas que consideran ignoradas por el gobierno federal.
—Hoy robaremos el balón —insistió.
La expresión resumía la estrategia. No se trata únicamente de discutir pensiones o jubilaciones. Se trata de disputar el relato de un país que se prepara para recibir a millones de visitantes mientras distintos movimientos sociales denuncian problemas que siguen sin encontrar respuesta.

Mientras la CNTE iniciaba su huelga indefinida, la Ciudad de México acelera los preparativos para recibir el evento deportivo más importante de su historia reciente. De acuerdo con cifras oficiales, la administración capitalina ha comprometido más de 23 mil millones de pesos en obras de movilidad, infraestructura y espacio público relacionadas con la Copa Mundial de Futbol de 2026.
Para miles de capitalinos, sin embargo, el Mundial 2026 ya se traduce en una experiencia mucho más caótica: avenidas parcialmente cerradas, obras permanentes sobre algunos de los principales corredores viales, modificaciones al transporte público y una ciudad que poco a poco comienza a adaptarse a las exigencias de la FIFA.
Esa sensación apareció una y otra vez durante la marcha.
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Conforme los contingentes avanzaron hacia el Centro Histórico, la distancia entre las prioridades del gobierno y las demandas de los maestros parecía hacerse más evidente. Primero apareció la Torre del Bienestar, donde un grupo de manifestantes descargó golpes de mazo y tubo contra los cristales del inmueble. Más adelante comenzaron a multiplicarse los reportes sobre calles cerradas, accesos restringidos y cercos policiales desplegados alrededor del primer cuadro de la ciudad.
La sorpresa llegó cuando descubrieron que el Zócalo permanecía completamente sellado.
La ruta original tuvo que modificarse y los contingentes avanzaron por Eje Central, Izazaga y finalmente la calle 20 de Noviembre en busca de una entrada hacia la plaza. Desde la distancia alcanzaban a distinguir la enorme bandera mexicana ondeando sobre la explanada. Más allá, las primeras estructuras del FIFA Fan Fest y otras actividades vinculadas al Mundial 2026.
Era una imagen cargada de simbolismo: la plaza pública más importante del país preparándose para recibir una celebración global mientras miles de maestros permanecían fuera de ella.

La tensión que había acompañado a los contingentes durante buena parte de la marcha terminó por concentrarse frente a las vallas.
Los integrantes de la primera línea comenzaron a empujar las estructuras metálicas que cerraban el acceso al Zócalo. Algunos utilizaron tubos y herramientas improvisadas para intentar desprender los candados que reforzaban el cerco. Durante varios minutos lograron mover parcialmente algunas secciones y sacudir un dispositivo de seguridad que hasta entonces parecía inamovible.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Los primeros estallidos comenzaron a escucharse desde detrás de las vallas. El humo empezó a extenderse entre los manifestantes mientras los elementos de seguridad respondían con agentes irritantes y proyectiles lanzados desde el interior del cerco.
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Del otro lado, algunos grupos de maestros intentaron responder con cohetones, pero la diferencia entre ambos dispositivos era evidente. La confrontación escaló rápidamente y convirtió la entrada al Centro Histórico en el punto más tenso de toda la jornada.
Fue en medio de ese intercambio cuando Octavio Romero Jerónimo resultó herido en el rostro.
El profesor de la Sección 14 de Guerrero formaba parte del grupo que permanecía más cerca de las vallas cuando uno de los proyectiles impactó su cachete.
—No fue una bala perdida. Fue una agresión directa.

Para el maestro guerrerense, la lesión resumía semanas de movilización y negociaciones sin resultados.
—Nosotros estamos exigiendo solamente lo que la presidenta prometió en campaña. Creímos en su palabra.
A pesar de la herida, rechazó que el operativo hubiera logrado desmovilizar al movimiento.
—No hay desánimo. Nos tenemos que reorganizar y seguir luchando.
Poco después, los contingentes comenzaron a replegarse una cuadra atrás para atender a los heridos, reorganizar las columnas y evaluar lo ocurrido. El calor seguía siendo el mismo, pero el ánimo había cambiado. Donde horas antes predominaban las consignas y los cantos, ahora aparecían conversaciones sobre lesionados, proyectiles y estrategias para los días siguientes.
Desde ese punto todavía podía verse la enorme bandera mexicana ondeando sobre el Zócalo. Del otro lado permanecían las vallas, los policías y los preparativos para una fiesta deportiva que dentro de unos días colocará a México bajo los reflectores del mundo.
Los maestros habían llegado para la hora cero. La plaza, sin embargo, seguía cerrada. Entre ambos quedó el Zócalo. No como una plaza pública, sino como una frontera difícil de transitar.