Alfredo Maza · 26 de mayo de 2026
En una ciudad que se prepara para recibir la máxima fiesta del futbol, pobladores y deportistas de San Bernabé Ocotepec, en la alcaldía Magdalena Contreras, juegan el partido más duro de sus vidas para evitar ser despojados por completo de los Campos de Oyamel, las canchas que han sudado y mantenido con sus propias manos durante 40 años.
El gobierno de la Ciudad de México decidió construir una “Utopía” sobre algunas de esas canchas de futbol, que son un núcleo social primordial para la comunidad. Y el impacto no se queda ahí; como parte del mismo proyecto, la administración de Clara Brugada en la Ciudad de México planea edificar una estación de la nueva Línea 5 de Cablebús en un predio que solía ser el hogar de al menos 10 familias, que ahora atraviesan un conflicto legal.
Con todo, las personas que defienden los Campos de Futbol de Oyamel no buscan frenar las obras. Saben que “cuando el gobierno quiere algo, lo obtiene”. Lo que piden es que las autoridades cumplan los acuerdos previos, que consisten en rehabilitar espacios alternos y detener la destrucción de las áreas verdes que conforman la comunidad y son un pulmón en medio de la gran ciudad.

Enclavados en el cerro de Mazatepec o Mazatépetl —palabra que proviene del náhuatl y significa “cerro del venado”— también conocido como Cerro del Judío o Cerro de las Tres Cruces, los Campos de Futbol de Oyamel destacan en medio de una colina tupida de árboles, donde se observan casas de distintos colores.
La historia de esos campos, algunos de los cuales desaparecieron por la Utopía —un espacio público que paradójicamente busca contribuir socialmente con actividades deportivas, culturales y de cuidados— comenzó cuatro décadas atrás. En 1986, 17 colonias de la zona baja de la Magdalena Contreras decidieron unirse para transformar un potrero en cuatro canchas de futbol, que más tarde sumarían seis.
Mariano Gómez Surian y Maximino Tenorio, de 75 y 76 años, respectivamente, fueron de los “veteranos constructores” que la comunidad recuerda, pues a base de pala, pico y cooperaciones de 500 pesos, nivelaron la tierra suelta de la zona donde se establecieron las canchas.
El compañerismo entre ellos prevalece y se hace patente cuando don Mariano pregunta en voz baja si su amigo don Max estará también en la entrevista, entendiendo que un campo levantado en comunidad no puede defenderse de otra forma.

“Hicimos el campo uno, que es el más grande, que está ahí”, recuerda don Mariano en entrevista con Animal Político, señalando con el dedo índice una cancha de aproximadamente 30 por 50 metros cuadrados de tierra suelta, con dos arcos blancos sin red en cada extremo y las líneas blancas marcadas con cal.
En sus mejores tiempos —explica conmovido—, esta liga “llanera” albergó a 65 equipos de adultos, 40 de jóvenes y niños, 20 de veteranos y 20 de mujeres.
En su turno de indagar en la memoria y en la vida personal, don Maximino, albañil de oficio, reconoce que gracias al deporte, hace décadas que logró dejar el alcohol y el cigarro. Al igual que él —asegura— varios amigos suyos y también jóvenes se han alejado de los “vicios” y otras prácticas dañinas por espacios como éste.
Lo que comenta Maximino toma dimensión al considerar las cifras de la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT) 2025 que colocan a la Ciudad de México por arriba de las tendencias nacionales en consumo histórico de drogas, con un aumento que casi se duplicó en una década al pasar de de 10.6 a 19.8 %.

Respecto a bebidas alcohólicas, la capital del país también presenta niveles mayores a la prevalencia nacional, con un 81.4 % de la población de 12 a 65 años que ha consumido alcohol alguna vez y un 55 % que lo hizo en el último año.
Don Max, como le gusta que le digan sus amigos, presume que desde hace muchos años él es quien se encarga de levantarse todas las madrugadas cuando habrá partido, para “hacer las rayitas” de cal y que las canchas estén listas cuando lleguen los equipos. “El árbitro no marca, el que marca soy yo”, dice sonriente. “Yo tengo el tiempo que tienen estos campos, aquí he estado. Es casi la vida”, agrega.
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Debido a su oficio, Max pudo ayudar a construir las gradas, escaleras, el salón y hasta los baños públicos que se extendían por las canchas. Sus mejores amistades las hizo en las “faenas”, que se organizaban cada semana para mantener limpio el campo y sus alrededores, una práctica vecinal casi extinta en la capital del país.
La cadencia del relato de Mariano y Maximino contrasta con el ruido de los cinceles, martillos, picos, palas y unas máquinas enormes de construcción que dominan a la redonda durante toda la entrevista. Esos sonidos, emitidos por la edificación ya en marcha de una de las Utopías del gobierno capitalino, compiten con sus recuerdos, destruyendo ante sus ojos el trabajo que sostuvieron a lo largo de décadas.

Las llamadas “Utopías” son un proyecto impulsado por Clara Brugada, desde sus tiempos como alcaldesa en Iztapalapa, con el que busca construir espacios públicos diseñados para que todas las comunidades de la Ciudad de México puedan convivir y disfrutar de actividades deportivas, culturales y del sistema de cuidados.
De hecho, desde el inicio de su administración, anunció que su meta para los próximos 5 años era construir al menos 100 Utopías a lo largo de toda la capital, pero hasta la fecha ha inaugurado solo una, precisamente por problemas sociales y de territorio.
En medio de la entrevista, Mariano hace una pausa y señala a doña Socorro, una persona doblemente afectada por este proyecto en su conjunto. La señora solía vender sus productos los fines de semana en los Campos de Futbol de Oyamel y ahora ya no tiene ese ingreso. Por otro lado, hace nueve meses, Socorro fue despojada de su vivienda ubicada en los terrenos donde se construirá la Línea 5 del Cablebús, un megaproyecto de teleférico de 15.7 kilómetros de distancia, con 11 estaciones, pensado para convertirse en “el más largo del mundo”.

Para entender lo que está en juego hay que entrar a las oficinas de “La Liga”. Para ingresar hay que bajar unas escaleras de cemento, construidas con las manos de Mariano, Max y otros compañeros suyos. Luego, hay que abrir el candado oxidado de una puerta de malla.
El salón mide apenas cinco por dos metros. El espacio destinado a actividades administrativas de las canchas, ahora es una bodega que resguarda tubos de metal, lavabos viejos y tazas de baño que los propios vecinos desmontaron de los baños originales, cuando comenzó la construcción de la Utopía, protegiendo así lo que compraron con sus propios recursos.
Del lado izquierdo cuelga una gran pancarta con información de un proyecto integral propuesto por la comunidad, que incluía siete campos de futbol, gimnasio y áreas recreativas, pero que fue completamente ignorado por las autoridades.
—¿Y usted recibe un salario por este trabajo? —se le pregunta a Don Max.
—No, esto lo hago por amor al arte, porque a mí me gusta mucho el futbol y me gustaría que no se fuera, responde.
Afuera de este modesto “cuarto de máquinas”, la imposición del gran proyecto gubernamental avanza. Ya fue colocada la estructura de un avión que formará parte del complejo y de las casas de los habitantes de la zona, ya solo quedan los escombros.

Todo comenzó con una jugada silenciosa. “Llegaron con el presidente de La Liga […] y que iban a hacer unos hoyitos, trajeron una máquina […] vinieron a hacer mecánica de suelos”, relata don Max sobre cómo las autoridades comenzaron a perfilar la cancha a su favor.
Para evitar un “gol de vestidor”, el 5 de mayo de 2025, los representantes de La Liga firmaron una “Minuta de Acuerdos” con autoridades del gobierno de la CDMX y la alcaldía Magdalena Contreras.
En el documento, las autoridades se comprometieron a destinar la “Plataforma 1” para la práctica deportiva y a realizar su rehabilitación con nivelación e iluminación, a cambio de que se permitiera el avance de las obras de movilidad. Sin embargo, a más de un año de la firma, los deportistas acusan que no se ha cumplido con ninguna de las promesas.
“Nos prometieron dos canchas adicionales porque supuestamente nos iban a quitar dos; cosa que obviamente no se ve nada claro”, explica Ariel Castro, presidente de la Liga.
Mientras detalla el incumplimiento, Ariel señala con su dedo índice las dos canchas a sus espaldas, donde solían jugar los sábados y domingos mujeres, niños y hasta veteranos. Ahora, en este sitio, solo se ve tierra suelta, dos arcos blancos y escombros de lo que alguna vez fueron los mejores campos. “En vez de ayudarnos, nos perjudicaron; nos quitaron el pasto (sintético)… Todo ese montón de escombro que está ahí nos lo dejaron a media cancha y ya no pudimos jugar”, lamenta.

La tensión llegó al límite el pasado martes 23 de abril, cuando trabajadores de las obras irrumpieron rompiendo los candados de acceso a las canchas. Los ánimos se encendieron y la afición local salió a defender su terreno.
En los videos grabados por los vecinos, se documenta la expulsión de la maquinaria pesada: ”no hay permiso de que entren aquí, de que trabajen…”, dice un vecino en una de las grabaciones. “Se les dijo claramente de los acuerdos que tenemos firmados: que hasta que cumplieran, se les iba a dar el acceso, así que por favor retiramos la unidad”, exigió al conductor de un camión del gobierno capitalino.
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Mientras la multitud obligaba al vehículo a retroceder, los gritos de la comunidad dejaban clara su postura. “No queremos conflictos… por favor, señor, circule para afuera… ¡Sácalo, sácalo!”, se oye en otro de los videos.
En los diálogos posteriores con los ingenieros del Cablebús, la exigencia se mantuvo firme: respetar el juego limpio.
“Ahorita dejamos a todos los niños sin juegos ya por lo mismo… No se trata de choques, entiéndanlo. Se trata de que se cumplan acuerdos que anteceden a todo lo que estamos llevando”, se escucha decir a otra persona de la comunidad.

Ante la pérdida de la posesión, entre 300 y 400 personas acudieron a los tribunales federales promoviendo el amparo 1489/2025, sustentándose no solo como usuarios, sino como integrantes del pueblo originario de San Bernabé Ocotepec.
Sin embargo, el 15 de abril de 2026, el Juez Octavo de Distrito en Materia Administrativa, Martín Adolfo Santos Pérez, dio el silbatazo final en su contra al emitir una sentencia por la que desechó (sobreseyó) el juicio de amparo.
En su sentencia, el juzgador argumentó que las actas de nacimiento, credenciales y la Gaceta Oficial que los reconoce como pueblo originario no eran suficientes para acreditar el “interés jurídico” de los más de 300 demandantes. Es decir, que no demostraban un vínculo directo, exclusivo y diferenciado como usuarios de los campos que los afectara más que al resto de la colectividad.
El partido legal sufrió un último revés cuando los defensores de este territorio tramitaron un recurso de revisión (270/2026) ante un Tribunal Colegiado buscando darle la vuelta al marcador.
“El mundial es de la FIFA, son ellos los que se llevan los millones. Aquí no dejan nada”, dice don Max. Así, mientras la Ciudad de México se prepara para la inminente Copa del Mundo 2026, en los Campos de Futbol de Oyamel ya no se juega y el horizonte sigue siendo de escombros.