“Cerrar los ojos para volver a imaginar”: Sonia Rangel y el cine como resistencia

Amiel Martínez · 18 de octubre de 2026

“Cerrar los ojos para volver a imaginar”: Sonia Rangel y el cine como resistencia

“Creo en un cine que nos haga cerrar los ojos para volver a imaginar”, dice Sonia Rangel. La frase contiene una paradoja: ¿cómo puede el cine, un arte que depende de las imágenes, invitarnos a cerrar los ojos? Para la filósofa, esa contradicción abre una posibilidad política: interrumpir las formas dominantes de mirar el mundo, que también moldean nuestros deseos, afectos y maneras de entender la realidad, para imaginar aquello que el orden existente presenta como imposible.

Cerrar los ojos no significa dejar de ver, sino resistir las imágenes que normalizan la desigualdad, la violencia y la idea de que no hay alternativas al presente. Significa recuperar la capacidad de imaginar otros mundos y, con ella, la posibilidad de cuestionar y transformar las condiciones en que vivimos.

Esta reflexión atraviesa Cine/máquinas de guerra (Ediciones Metales Pesados, 2026), el más reciente libro de Rangel, filósofa, investigadora y docente. En él, el cine aparece como un terreno de disputa política: las imágenes pueden reproducir el orden social o abrir una grieta en las formas establecidas de percibirlo.

“Creo en un cine que nos haga cerrar los ojos”: la filósofa Sonia Rangel contra las imágenes del poder

Doctora en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Rangel trabaja en el cruce entre la estética, la filosofía de la cultura y el pensamiento francés contemporáneo. En entrevista con Animal Político, explica por qué es necesario cuestionar las imágenes que consumimos y explorar aquellas que nos permitan pensar y sentir de otra manera.

Cuando entretenerse también es estar de acuerdo

Estamos acostumbrados a que la crítica cinematográfica nos ayude a decidir si una película merece nuestro tiempo. Una reseña o una calificación parecen suficientes para determinar si una historia nos divertirá. Rangel propone recuperar una concepción de la crítica que no se limite a orientar el consumo, sino que examine qué ideas expresa una obra y cómo interviene en nuestra manera de entender el mundo.

Al referirse a la tradición de la estética filosófica, Rangel alude a los pensadores del romanticismo alemán de finales del siglo XVIII, quienes concibieron el arte como una forma de conocimiento. Para ellos, explica, “el arte era una forma de pensamiento: la más elevada”.

Desde esa perspectiva, la crítica debe hacer visibles las ideas expresadas a través de las imágenes, los sonidos y el montaje. Como señala Rangel, “la tarea de la crítica es hacer inteligible algo que está de manera sensible en las obras”.

La filósofa considera que buena parte de lo que hoy llamamos crítica cinematográfica se ha alejado de esa tarea. “Lo que hoy llamamos crítica […] son más bien reseñas o comentarios”, señala. Muchas de esas valoraciones, añade, se dirigen a un cine cuyo propósito principal es entretener y que puede llegar a “cancelar, las más de las veces, la posibilidad de pensar”.

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Para explicar por qué la diversión no es necesariamente inocente, Rangel recupera una frase de Theodor W. Adorno: “Adorno, el filósofo, decía que ‘divertirse es estar de acuerdo’”.

La afirmación no significa que quien ve una película apruebe conscientemente las injusticias del mundo. Apunta a que ciertas formas de entretenimiento presentan las condiciones sociales y políticas como naturales o inevitables, contribuyendo a normalizarlas.

“Creo que de alguna manera estamos avalando el estado de cosas del mundo. Estamos avalando que haya guerra, estamos avalando que haya desigualdad, estamos avalando que haya hambre”, dice Rangel.

“Pareciera que nos estamos divirtiendo y ya, porque necesitas distraerte, pero al final, ese aparente acto despolitizado lo que está haciendo es afirmar el estado del mundo”, sostiene.

La pregunta no es si tenemos derecho a divertirnos, sino qué imágenes consumimos, cómo organizan nuestra experiencia y qué dejan fuera de nuestra imaginación. La crítica puede ayudar a reconocer que la manera de representar el mundo también influye en cómo nos relacionamos con él.

“Creo en un cine que nos haga cerrar los ojos”: la filósofa Sonia Rangel contra las imágenes del poder
Foto: José Paz

Las imágenes que organizan nuestra percepción

La influencia del cine no se limita a los mensajes explícitos de una película. También opera a través de sus formas de representación: cómo muestra un cuerpo, construye un conflicto, presenta la violencia o determina qué merece nuestra atención.

Rangel advierte que el cine hegemónico, vinculado con el espectáculo, puede construir un sentido común perceptivo y hacer que una manera particular de organizar el mundo parezca la única posible.

“Lo que hace esta forma hegemónica, lo que es esta forma clásica, es generar un sentido común en términos perceptivos, pero también en términos de pensamiento”, explica.

Ese proceso rebasa las salas de cine. Las convenciones visuales y narrativas reaparecen en series, telenovelas, redes sociales y plataformas digitales, donde participan en la construcción de nuestros deseos y expectativas.

Rangel relaciona este proceso con la noción de realismo capitalista de Mark Fisher: la dificultad para imaginar alternativas a las condiciones existentes. El problema no es únicamente que ciertas películas defiendan explícitamente un orden social, sino que contribuyan a consolidar la impresión de que no hay otros posibles.

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“Eso se vuelve epidérmico y se vuelve una forma del deseo, de los afectos, de la imaginación en general”, señala.

Esta organización de la sensibilidad tiene consecuencias en la representación de la violencia. En un entorno saturado de imágenes, las guerras, las masacres y las tragedias pueden consumirse junto con cualquier otro contenido, hasta perder su capacidad de conmovernos.

“Al no tener esa distinción estética, podemos ver una masacre, podemos ver imágenes de la guerra en general y las consumimos como en un cúmulo de demás imágenes”, advierte.

Incluso una película que pretende denunciar una injusticia puede perder su fuerza crítica si reproduce las convenciones visuales dominantes. “Puedes hacer una imagen de la cosa más crítica, pero si la haces en la forma clásica […] seguramente lo que va a hacer es perderse en ese cúmulo de clichés en el cual estamos sumergidos todos los días cuando estamos, por ejemplo, en Instagram”, explica.

Por eso no basta con identificar las intenciones políticas de una obra. También hay que observar cómo construye sus imágenes y qué experiencia produce. Una película puede denunciar la violencia y representarla de una manera que la vuelva familiar y consumible; otra puede alterar nuestras expectativas y obligarnos a mirar aquello que los hábitos de percepción suelen dejar fuera.

“Creo en un cine que nos haga cerrar los ojos”: la filósofa Sonia Rangel contra las imágenes del poder
Foto: José Paz

La máquina de guerra: imágenes que rompen con lo establecido

El título del libro condensa una de sus ideas centrales. ¿Cómo puede una película convertirse en una máquina de guerra? Rangel no se refiere a imágenes militares ni a la representación literal de un combate, sino a obras capaces de enfrentarse a los mecanismos que automatizan nuestra percepción y sensibilidad.

“Una máquina de guerra más bien es la que rompería con esa automatización de la percepción y de la sensibilidad que generan estas otras imágenes espectaculares”, explica.

Una película puede funcionar como máquina de guerra cuando desarma nuestras expectativas y nos enfrenta a una experiencia que no sabemos de antemano cómo interpretar.

“Experimentar algo que te genera asombro y curiosidad, que activa tu imaginación”, dice Rangel. Se trata de una experiencia que “te hace pensar y sentir de otra forma”.

El pensamiento no aparece solamente después de ver una película, cuando intentamos explicar su argumento. También puede surgir en el encuentro con las imágenes, sus silencios, sus ritmos y sus formas de relacionar lo visible con aquello que permanece oculto.

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Rangel explora en Cine/máquinas de guerra esta potencia a través de autores cinematográficos como Guy Debord, Alexander Kluge, Harun Farocki, Werner Schroeter, Pedro Costa, los hermanos Quay y David Cronenberg. Sus obras permiten examinar distintas maneras de cuestionar las convenciones del cine dominante.

La filósofa resume la importancia política de esta disputa con una afirmación: “El mundo se está jugando en las imágenes”.

Producir otras imágenes no constituye, por tanto, un gesto meramente estético. Significa disputar las formas de percibir el presente y ampliar aquello que podemos imaginar.

“Si no empezamos a hacer otras imágenes que más bien nos hagan pensar, imaginar y sentir de otra forma, vamos a la catástrofe”, advierte.

La máquina de guerra no necesita contener un mensaje político explícito. Su potencia reside en crear una experiencia capaz de interrumpir los clichés y cuestionar aquello que se presenta como natural.

La videncia apasionada: aprender a ver de otra manera

Otro concepto importante del libro es la videncia apasionada, que da título al ensayo dedicado a Werner Schroeter y a los ecos de una conversación entre el cineasta y Michel Foucault.

La idea permite preguntar qué significa ver cuando mirar ya no consiste en recibir pasivamente imágenes, sino en experimentar una transformación de nuestra sensibilidad. La videncia se relaciona con la posibilidad de descubrir dimensiones que la percepción habitual no consigue registrar; la pasión introduce la intensidad de esa experiencia.

El cine que interesa a Rangel puede modificar nuestra relación con lo visible y exigirnos detenernos ante imágenes que no sabemos interpretar de inmediato. Esa búsqueda tiene una dimensión política: si las imágenes dominantes organizan nuestra sensibilidad, otras formas de representación pueden alterarla.

La videncia apasionada no propone escapar de la realidad mediante la contemplación estética. Busca recuperar la capacidad de percibir aquello que la repetición vuelve invisible y reconocer como problemático lo que la familiaridad nos ha llevado a aceptar sin cuestionamientos.

La distopía y la imaginación de otros futuros

Rangel también examina el potencial de las imágenes distópicas. No propone descartar las películas que representan el desastre, sino distinguir entre aquellas que lo convierten en espectáculo y las que permiten cuestionar las condiciones que podrían hacerlo posible.

La distopía pierde fuerza crítica cuando presenta el futuro como una sucesión de desgracias inevitables. En cambio, puede mostrar las consecuencias de las condiciones existentes y ayudarnos a reconsiderar el rumbo que seguimos.

Al hablar de esta tradición, Rangel menciona la ciencia ficción de J. G. Ballard y Philip K. Dick, así como el cine de David Cronenberg. En estas obras encuentra posibilidades para pensar las contradicciones de un modelo de civilización y reconocer que aquello que parece pertenecer a un futuro remoto puede estar presente en nuestras formas de vida.

La imaginación del futuro se convierte así en una manera de interrogar el presente. No se trata de aceptar que el desastre sea nuestro destino, sino de reconocer los procesos que podrían conducir a él.

Esta capacidad de imaginar alternativas se enfrenta a la influencia de los algoritmos y las plataformas digitales. Cuando se le pregunta si el arte puede ayudarnos a recuperar el control de nuestra mirada, Rangel responde: “No, ya la tomaron, o sea, ya llegamos tarde, ya lo tomaron”.

La captura de la percepción y el deseo no comenzó con las tecnologías recientes, aunque las plataformas hayan sofisticado ese proceso. Los sistemas de recomendación pueden reforzar los gustos existentes y hacer que una oferta aparentemente ilimitada termine encerrándonos en lo familiar.

“Ya nos está programando para actuar de cierta manera”, dice Rangel, quien advierte sobre el riesgo de volvernos “incapaces de imaginar otros mundos”.

Frente a esa situación, otras imágenes pueden abrir una posibilidad distinta, al permitirnos experimentar formas de sensibilidad que no coinciden con aquello que acostumbramos consumir.

“Quizás nos hagan muchas veces volver a ver y escuchar el mundo”, dice la filósofa.

Cerrar los ojos para volver a imaginar

La reflexión de Rangel vuelve a la paradoja inicial. Si las imágenes pueden capturar nuestra atención y organizar nuestra experiencia, cerrar los ojos puede ser un gesto para interrumpir aquello que vemos y recuperar la posibilidad de imaginar por cuenta propia.

“Cerrar los ojos para mí es una figura que resuelve muchas cosas, porque se cierran los ojos siempre en los momentos de éxtasis, de felicidad. Los momentos en los que más sentimos es con los ojos cerrados”, dice.

La frase “creo en un cine que nos haga cerrar los ojos para volver a imaginar” expresa una intuición de Rangel sobre la experiencia cinematográfica: ciertas películas pueden conducirnos más allá de lo que aparece en pantalla y activar recuerdos, sensaciones y posibilidades que no estaban contenidas de manera evidente en las imágenes.

El gesto también puede trasladarse a la vida cotidiana: interrumpir la sucesión de estímulos y dejar de responder automáticamente a lo que reclama nuestra atención. No es una solución individual a un problema estructural, sino una forma de reconocer que mirar también requiere detenerse.

Cuando se le pregunta qué puede hacer alguien que desea dejar de ser un espectador pasivo, Rangel recomienda buscar películas desconocidas, fuera de los circuitos habituales de recomendación, y acercarse a ellas sin leer previamente explicaciones que condicionen la experiencia.

“Pues lo primero quizás que vea algo que nunca ha visto, algo que no está en su algoritmo, algo que nunca vería”, propone.

No se trata de rechazar el cine comercial ni de sustituir unas preferencias por otras, sino de abandonar por un momento la seguridad de lo conocido. “Creo que más bien la experiencia del cine es ir a ver algo que te sorprenda y que no sepas qué es lo que vas a ver, no ver lo ya conocido”, dice.

La apuesta de Rangel es que el encuentro con otras imágenes puede abrir preguntas sobre el mundo y sobre las formas en que hemos aprendido a percibirlo. Imaginar otros futuros no garantiza su realización, pero cuestiona la idea de que el presente sea inevitable. En esa disputa por la sensibilidad y la imaginación, el cine puede convertirse en una forma de resistencia política.