Woody Allen: del cine político al silencio conveniente

Animal MX · 4 de octubre de 2026

Woody Allen: del cine político al silencio conveniente

 

Por Gonzalo Lira Galván

Woody Allen eligió nuevamente a España para hacer una película, ahora sobre Madrid, y terminó protagonizando un episodio bastante más interesante. Porque el cineasta que alguna vez convirtió la política en materia de su obra ahora parece haber descubierto las ventajas de no tener opinión.

La escena es difícil de ignorar. Allen presentó su película número 51 junto a los conservadores Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez-Almeida mientras la Puerta del Sol, a unos pasos de ahí, estaba ocupada por una protesta contra la crisis de vivienda. La Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid, que representan ambos políticos, pondrán tres millones de euros en la producción.

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Cuando le preguntaron por el problema, Woody respondió que era “la persona equivocada”, que nunca había sido un cineasta político y que su cine trataba sobre relaciones humanas y cuestiones existenciales.

Resulta curioso escuchar a Allen marcar distancia sabiendo que dirigió títulos como Bananas, El dormilón, La última noche de Boris Grushenko o Crímenes y pecados, que difícilmente pueden considerarse ejercicios de indiferencia política.

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Allen podía decir que hablaba de individuos, pero esos individuos vivían rodeados de guerra, poder, ideología, religión, capitalismo y corrupción. Pero ahora, justo cuando la ciudad que está financiando y protagonizando su próxima película atraviesa una crisis social evidente, Allen decide que la política no es asunto suyo. Qué conveniente.

Pero lo más revelador es que esa neutralidad tiene límites. Porque inmediatamente después el neoyorquino sí encontró algo que decir, pronunciándose respecto al auge del fascismo en el mundo actual.

Y es así que su presencia junto a Ayuso, su agradecimiento institucional y su silencio sobre la vivienda producen una imagen política especialmente contradictoria. Porque la persona que está a su lado representa precisamente al Gobierno regional con las ideas más radicales de la derecha europea.

Ayuso ha protagonizado recientemente polémicas por sus declaraciones sobre México y la Conquista. Y aunque Allen no tiene por qué responder por ella, tampoco puede pretender que una fotografía política deja de ser política porque él no quiera comentarla.

¿En qué momento Woody Allen abandonó su compromiso social?

¿Acaso ese abandono podría ser anterior a las acusaciones que han marcado su vida pública? ¿O podría ser, al menos parcialmente, una consecuencia de ellas?

Las denuncias de abuso sexual formuladas en su contra por Dylan Farrow, que Allen siempre ha negado y por las que nunca fue condenado, transformaron radicalmente su relación con Hollywood. Durante el #MeToo, actores se distanciaron de él, Amazon rompió su acuerdo y su película A Rainy Day in New York terminó encontrando una distribución limitada.

Pero Allen no desapareció. Europa se convirtió en su refugio cinematográfico: rodó Rifkin’s Festival en España, hizo en Francia Coup de Chance y ahora recibe financiamiento público para volver a filmar en Madrid.

Y aquí surge otra pregunta. ¿Por qué Allen pudo continuar trabajando mientras figuras como Roman Polanski o Harvey Weinstein fueron apartadas de la industria estadounidense?

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Las diferencias jurídicas entre sus casos son enormes y no deben ignorarse. Polanski fue condenado por un delito sexual contra una menor; Weinstein ha sido condenado por delitos sexuales y cumple un castigo en prisión. Pero Allen, en cambio, nunca fue condenado y niega las acusaciones.

Precisamente por eso el asunto no es establecer equivalencias, sino preguntar quién decide qué figuras pueden seguir siendo culturalmente aceptables.

Quizá Woody Allen simplemente envejeció. Quizá dejó de interesarle la política. Quizá las controversias lo hicieron más precavido. Pero también cabe preguntarse si su prudencia terminó convirtiéndose en indiferencia.

Porque resulta difícil reconciliar al joven Allen, capaz de burlarse del poder desde la pantalla, con el Allen de 2026, dispuesto a denunciar el fascismo en abstracto, pero incapaz de decir una sola palabra sobre miles de personas que protestan por no poder pagar un techo sobre sus cabezas.

Es verdad que el arte no tiene obligación de militar. Pero cuando un artista recibe dinero público, comparte escenario con el poder y presta su figura pública a una determinada imagen, su silencio también es un acto político.

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Y quizá ésa sea la parte más incómoda de esta historia. Porque el artista que alguna vez utilizó el cine para cuestionar al poder parece haber descubierto que también se puede ser útil al poder desde la tibieza ideológica, estirando la mano y volteando la mirada sin decir absolutamente nada.