Gonzalo Lira Galván · 12 de octubre de 2026
Por: Gonzalo Lira Galván
Alejandro González Iñárritu acaba de regalarle a la nueva maquinaria corporativa de Hollywood una lección de economía bastante costosa. Demostró que se pueden gastar más de cien millones de dólares en una película que incomode al poder y terminar incomodando, sobre todo, a los contadores.
La nueva alianza empresarial entre Warner y Paramount, empeñada en consolidar su lugar en una industria donde cada dólar debe justificar su existencia, difícilmente necesitaba que un director mexicano convirtiera una superproducción protagonizada por Tom Cruise en un experimento de sátira política. Iñárritu, sin embargo, decidió correr el riesgo.
¿Quieres estar al día con Animal MX? Dale clic a nuestros canales gratuitos en Whatsapp y en Instagram.
El mal desempeño en taquilla ha sido brutal. Y sí, quizá simplemente la película no gustó. Pero es curioso observar la reacción alrededor de Digger. Porque se percibe algo casi festivo en ciertos sectores del Norte Global ante el fracaso de una película dirigida por un mexicano que cuestiona las estructuras de poder de ese mismo mundo.
Particularmente en Estados Unidos parece haber cierta satisfacción en demostrar que la película no funcionó. Y, ahí sí, no hace falta imaginar una conspiración para reconocer la ironía.
Hollywood lleva años diciéndole al resto del planeta qué debe pensar sobre el poder, el dinero, el capitalismo, la desigualdad y la moral. Pero cuando un foráneo entra en su propio patio y utiliza sus millones, sus estudios y a su mayor estrella para devolverle el espejo, el entusiasmo disminuye.
Desde su estreno Digger ha acumulado 32.82 millones de pesos entre 348 mil espectadores en México.
Lee más: ‘Digger’ logra recaudar 8 MDD en su primer fin de semana en Estados Unidos
Pero aquí es donde conviene recordar algo que Hollywood suele olvidar: la taquilla no es un tribunal de la historia.
En 1971 La Naranja Mecánica provocó un enorme escándalo por su representación de la violencia en pantalla. Taxi Driver de 1976 incomodó con su retrato de la alienación y la decadencia urbana. 2001: Odisea del espacio desconcertó a quienes esperaban una aventura espacial convencional y Blade Runner fue un fracaso comercial antes de convertirse en una de las grandes películas de ciencia ficción.
Algo similar ocurrió con El resplandor, que dividió a la crítica e incluso enfadó a Stephen King, autor de la novela original. Mulholland Drive, por igual, dejó a medio mundo preguntándose qué demonios acababa de ver. Y así podemos mencionar más títulos como El árbol de la vida de Malick, The Night of the Hunter, que prácticamente terminó con la carrera de Charles Laughton como director o L’Avventura, que fue abucheada en Cannes.
Ninguna de estas películas fue rechazada exactamente por las mismas razones. Pero muchas tenían algo en común: no confirmaban cómodamente lo que su época quería escuchar.
Sus directores estaban, en distintos sentidos, adelantados a su tiempo.
Renoir cuestionó las reglas sociales. Lang convirtió la desigualdad industrial en pesadilla. Kubrick desarmó las certezas morales de Occidente. Scorsese mostró una sociedad mucho menos complaciente. Lynch convirtió el sueño americano en una pesadilla. Y ahora aparece Iñárritu.
Mira esto: ¿Qué es el litmus test en el cine y por qué ‘Digger’ es un gran ejemplo?
En un momento en que el conservadurismo vuelve a ganar terreno y las viejas certezas culturales de Hollywood empiezan a resquebrajarse, un mexicano llega con Tom Cruise y una superproducción para preguntar quién está cavando el agujero en el que todos estamos metidos.
Quizá el público simplemente no quiso escuchar. O quizá, como tantas veces en la historia del cine, todavía es demasiado pronto para saber qué estamos viendo.
Porque el cine tiene la maravillosa costumbre de primero abuchear al hereje, después redescubrirlo y después organizarle retrospectivas que expliquen el verdadero valor de sus obras incomprendidas.
Pero el verdadero peligro del fracaso de Digger no son los millones perdidos, sino el argumento que esos millones proporcionan a los ejecutivos para justificar todavía más secuelas, franquicias y películas diseñadas por comités. En el contexto de la venta de Warner a Paramount, la pregunta es inevitable: ¿qué espacio quedará para los cineastas dispuestos a arriesgar una fortuna en ideas originales, incómodas y difíciles de vender?
Hollywood no necesita censurar la originalidad. Basta con convertir cada fracaso en una advertencia para que ningún productor vuelva a correr riesgos. Quizá el destino más inquietante de Digger no sea pasar a la historia como una película incomprendida, sino servir de excusa para impedir que la siguiente película como Digger llegue siquiera a filmarse.
Y así, mientras los ejecutivos celebran fusiones, sinergias y balances financieros, Hollywood corre el riesgo de convertirse en una oficina de contabilidad con efectos especiales.