Paula Paredes · 2 de noviembre de 2026
Cada año, cuando se acerca Día de Muertos, la muerte ocupa un lugar particular en la conversación pública.
Entre las flores de cempasúchil, el papel picado, la comida y las fotografías de quienes ya no están vuelve a aparecer en casas, calles y espacios públicos.
Y aunque sí, en México existe una tradición de recordar y honrar a quienes ya no están, más alla de la fechas ¿qué tanto hablamos realmente de la muerte?
Conversamos con Tatiana Pineda, psicooncologa y acompañante en final de vida y con Silvia García, Tanatóloga y Doula de fin de vida. Ambas son facilitadoras de un Death Café, un espacio pensado para hablar de este tema que en gran medida sigue siendo tabú.

Desde febrero de 2025, Tatiana y Silvia llevan estos encuentros que definen como una franquicia social en el que el objetivo es, ya sea desde el miedo o la curiosidad, hablar de eso que muchas veces como sociedad evitamos.
Los Death Cafés entinces, son encuentros sociales en los que las personas se reúnen alrededor de una bebida y algo de comer para hablar de la muerte, sin una agenda temática establecida y sin la intención de ofrecer respuestas definitivas.
“Son encuentros de personas que nos interesa conversar sobre la muerte en un espacio más social, donde precisamente la conversación se acompaña de algo de comer, de algo de tomar. Y que, si no es exclusivo hacerlo en cafés, pues se busca o es uno de los lugares donde se suele hacer, como en cafeterías.
El objetivo de esos espacios es precisamente que conforme se habla de la muerte, eso permita honrar la vida a través de esas conversaciones” explica Tatiana.
Esto no es algo exclusivo de México, de hecho, tiene su origen en Europa. Los Death Cafés surgieron como una iniciativa impulsada por el británico Jon Underwood y su madre, Sue Barsky Reid, en 2011.
Su propuesta retomó experiencias previas de encuentros para conversar sobre la muerte, como los cafés de la muerte organizados por Bernard Crettaz en Francia.
Más que un espacio especializado en duelo, se trata de encuentros sociales en los que la conversación es el centro. No hay una conferencia, un tema que deba desarrollarse ni una persona que tenga que ofrecer explicaciones sobre cómo entender la muerte. La idea es reunirse, compartir y permitir que las inquietudes de quienes asisten vayan dando forma a la charla.
Aunque las conversaciones pueden tener un efecto reconfortante para quienes participan, el encuentro no tiene como propósito tratar una situación emocional ni ofrecer acompañamiento terapéutico.
“No es un grupo de duelo, no es un grupo de terapia, aunque estando ahí lo que se comparte, el ambiente en el que se da, pues lo convierte en un espacio sanador, digamos. No se hacen juicios, no se hacen recomendaciones tampoco, no se dan consejos. No se promociona ningún tipo de producto.
Las personas acuden sin temor a ser forzadas a hablar ni nada, sino que ponen en la mesa lo que en ese momento necesitan o quieren compartir. Y puedes asistir solo como oyente, no necesitas participar si es que no lo quieres hacer. Pero como oyente también te llevas mucho”
Así que si solo quieres asistir como oyente, también puedes hacerlo.
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Una de las particularidades de estos encuentros es que no requieren que quienes los facilitan tengan una formación profesional específica en psicología, tanatología o cuidados al final de la vida. Tatiana es psicóloga y Silvia es tanatóloga, pero durante las reuniones ambas procuran participar desde una condición que comparten con todas las personas presentes: la de ser mortales.
Como explica Silvia, la profesión no las coloca en un lugar distinto al del resto de los asistentes:
“Tatiana es psicóloga, yo soy tanatóloga, pero siempre estamos ahí como en esta misma calidad de mortales. Entonces, la profesión no nos quita esa condición, no nos exime de nuestra humanidad. Al hablar de la muerte justo en esta condición, no es necesaria una profesionalización, una profesión por tener”.
No existe un rango de edad establecido ni un requisito particular para asistir. En estos encuentros han participado desde jóvenes de 17 años hasta personas de más de 70. Aunque suelen acudir más mujeres que hombres, la convocatoria no está limitada por género.
Tampoco hay un único motivo para acercarse. Algunas personas llegan por curiosidad, otras porque sienten miedo de hablar de la muerte y quieren enfrentarlo, y algunas más porque llevan tiempo buscando un espacio donde conversar sobre el tema sin provocar incomodidad entre sus familiares o amistades.
Tatiana recuerda algunas de las razones que suelen escuchar:
“Uno de los motivos que más recuerdo por los cuales llegan es la curiosidad. Como: “Vi esto y quiero saber de qué va, de qué se trata”. O es que a mí me da mucho miedo hablar del tema y por eso vengo. Como alguien que dice: “A ver si se me quita el susto”.
Otra gente dice:
“A mí me interesa el tema, pero no encuentro dónde ni con quién hablarlo”. Porque si lo hablan en mi casa, me dicen: “Toque madera” o “no, no la llame, eso no se habla”. Entonces, qué bueno haber encontrado este lugar, porque aquí se viene a eso”, agrega.
También hay quienes llegan atravesando duelos recientes. Puede haber pasado apenas una semana desde la muerte de un familiar o varios meses desde el fallecimiento de una pareja. En ocasiones, el encuentro coincide con un aniversario o una fecha significativa para alguien que ya no está.
Lo que sucede durante las reuniones parece tener un efecto común entre experiencias tan distintas: la posibilidad de sentirse escuchado. Silvia describe el ambiente que se construye en estos encuentros como uno particularmente amoroso:
“Lo rico de estos espacios es que, de pronto, la gente que va sin expectativas siempre sale muy contenta, muy relajada, atreviéndose a hablar. Estos espacios son muy amorosos. Me refiero a que hay tanta empatía, tanta escucha mientras las personas están hablando, que se crea un ambiente muy sostenedor. La gente se siente escuchada, respetada.”
En los encuentros que han organizado en Ciudad de México han aparecido temas relacionados con la muerte de familiares, pero también conversaciones sobre eutanasia, cuidados paliativos, voluntades anticipadas, funerales y más.
No se trata únicamente de hablar de la muerte cuando ya ocurrió. También hay espacio para pensar en las decisiones que rodean el final de la vida, en cómo queremos ser cuidados y en qué nos gustaría que sucediera después de morir.
La experiencia de Tatiana y Silvia también ha cruzado fronteras. Desde que comenzaron a organizar estos encuentros en febrero de 2025, han mantenido una periodicidad mensual y han realizado reuniones presenciales, virtuales e incluso en casas particulares. Además, han organizado algunos encuentros en Vancouver, Canadá, dirigidos a integrantes de la comunidad latina que querían conversar en español.
La experiencia les permitió observar cómo el contexto puede abrir nuevas dimensiones de la conversación. Tatiana recuerda que, en uno de los encuentros que facilitó en Vancouver, apareció con fuerza un tema que no había identificado de la misma manera en las reuniones de Ciudad de México: los duelos relacionados con la identidad.
“Al ser en español y ser comunidad latina migrante, un tema que apareció mucho eran los duelos en relación con la identidad. Y eso a mí sí se me hizo muy llamativo porque eso no lo he visto en nuestros Dead Cafés acá en Ciudad de México. Como este tema de la identidad y diferentes cosas en relación con la identidad: identidad sexual, identidad como migrante, identidad como madre, identidad como mujer. Aquí se fue por otro lado”
La conversación sobre la muerte, entonces, también puede llevar a hablar de las transformaciones que atraviesan las personas, de las identidades que cambian y de las pérdidas que no necesariamente están relacionadas con un fallecimiento.

En México, la cercanía de estas fechas suele reforzar la idea de que existe una relación particular con la muerte. . Sin embargo, para Silvia, que estas expresiones culturales estén tan presentes no significa necesariamente que las personas hablen abiertamente de la muerte.
En su experiencia, ha observado un interés creciente por conocer el significado de los elementos que forman parte de las celebraciones, más allá de reproducirlos como una costumbre.
“Creo que en México tenemos estas costumbres, estas tradiciones. Y creo que últimamente ha tomado más conciencia.Antes era: “Ah, pues poner las flores, poner el papel picado, la comida”, etcétera, pero de una manera intuitiva. Ahora las personas han empezado a investigar de dónde vienen esas costumbres en México, qué significa, por ejemplo, el papel picado, qué significa la flor, qué significa poner la comida en los altares, qué significa poner las fotos de las personas que ya han trascendido”
Sin embargo, también cuestiona la idea de que los mexicanos tengan una relación necesariamente más cercana con la muerte que las personas de otros países.
“Somos los mexicanos reconocidos a nivel internacional por este tema de la muerte. ¿Creen que tenemos una relación con ella muy cercana o que está muy presente? Sin embargo, no es así. Creo que los mexicanos le tenemos miedo a la muerte como toda la gente”
La distinción es importante: recordar a quienes murieron y celebrar una tradición no necesariamente significa haber encontrado la manera de conversar sobre la propia mortalidad, los temores que despierta o las decisiones que implica.
En ese sentido, el Día de Muertos puede funcionar como un punto de partida para preguntarnos qué lugar le damos a la muerte durante el resto del año. ¿La recordamos solamente a través de nuestros rituales o también nos permitimos hablar de ella, incluso cuando la conversación resulta incómoda?
Para quienes facilitan estos encuentros, la experiencia no se limita a lo que las personas asistentes se llevan después de cada reunión. También ha transformado su propia manera de mirar la muerte y la vida.
Tatiana habla de la satisfacción y la esperanza que le produce sostener estos espacios. Para ella, conversar sobre la muerte permite ampliar la manera en que entendemos su presencia en nuestra existencia:
“Creo que una de las cosas es que hablar de la muerte te conecta con la vida. Me ha ido ampliando el lugar de la muerte en la vida. O sea, que no solamente está ya al final en un ataúd o en un crematorio. No, es que hace parte. Hace parte porque constantemente y sin darnos cuenta vivimos muchas muertes a lo largo de la vida, muchos finales de cosas. Entonces, a mí me ha ido ampliando la mirada de la muerte y de la vida. La muerte como parte de la vida, no como su opuesto, sino como la muerte, la vida la contiene”
Silvia coincide en que hablar del tema ha modificado su propia relación con la mortalidad. Reconoce que ser consciente de que la vida tiene un límite también puede cambiar la manera en que se experimenta el presente:
“Cuando más hablamos del tema, cuando más hablamos de la muerte, cuando yo me he hecho consciente de esta calidad de mortal que tengo, de verdad no es una frase trillada ni nada, sino de verdad disfruto el día a día, disfruto el momento. Porque pienso: “Bueno, ¿qué tal que este es el momento y no se vuelve a repetir y no lo vuelvo a ver?”
Tatiana y Silvia organizan estos espacios mensualmente, ya sea de manera presencial o a través de llamadas. Como te comentamos, no tienes que saber que vas a decir si quieres asistir, ni es necesario hablar.
Puedes encontrar más información sobre el siguiente encuentro en sus perfiles de Instagram: @nitao_oficial y @tatianapineda.psic.
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