Luis Baylón · 17 de agosto de 2026
Imagínate recibir un mensaje de texto de tu abuela, escuchar su risa en una nota de voz o ver su rostro en una videollamada… meses después de su funeral. Lo que antes pertenecía a la ciencia ficción o a un episodio de Black Mirror ya es una realidad comercial impulsada por la inteligencia artificial.
Conocidos bajo términos como griefbots, deathbots o generative ghosts, el concepto que ha ganado más terreno en la discusión tecnológica y científica es el de los thanabots (del griego Thanatos, “muerte”, y bot, “robot”). Esta tecnología recrea el carácter, el tono y la forma de hablar de una persona fallecida para permitir que sus seres queridos sigan interactuando con ella.
Pero, ¿qué impacto tiene distorsionar el concepto del adiós definitivo mediante un algoritmo?
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Para “resucitar” digitalmente a una persona, la inteligencia artificial requiere de un ingrediente clave: datos. Los thanabots se nutren de la huella digital que dejamos en vida:
Mensajes de texto y chats de WhatsApp.
Publicaciones e interacciones en redes sociales.
Correos electrónicos y notas de voz.
Con esta información, el modelo aprende los modismos, el sentido del humor y la sintaxis del usuario. Aunque la mayoría de estas plataformas comenzaron ofreciendo chatbots de texto, la tecnología ha evolucionado rápidamente hacia avatares hiperrealistas con clonación de voz.
Empresas dedicadas a este sector prometen que sus clientes “nunca tendrán que despedirse”. Michael Jung, director financiero de la firma tecnológica DeepBrain AI, señaló en entrevistas con la BBC que sus avatares alcanzan un 96.5% de parecido con las personas fallecidas, promoviendo el concepto de “morir bien”: preparar la partida digital con antelación.
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El origen de esta tendencia tiene nombres y apellidos. Uno de los casos pioneros fue el de James Vlahos, un residente de California que en 2016 comenzó a registrar minuciosamente audio y video de su padre, John, tras ser diagnosticado con un cáncer terminal.
Lo que inició como un archivo para conservar sus recuerdos terminó convirtiéndose en el “Dadbot”, un chatbot capaz de responder con la voz, el lenguaje y los matices de John. Tras la muerte de su padre en 2017, este proyecto sentó las bases de la industria actual de la “recreación digital”.
La posibilidad de mantener una “conversación continuada” con alguien que ya no está plantea serios dilemas para la psicología clínica y la ética tecnológica:
El bloqueo del proceso de duelo: El duelo es un proceso doloroso pero biológica y psicológicamente necesario para aceptar la pérdida. Crear la ilusión de que el ser querido sigue “disponible” en una pantalla puede encallar el proceso en la fase de negación.
El consentimiento de los datos: ¿Realmente la persona fallecida habría querido que sus conversaciones privadas alimentaran un modelo comercial de IA?
La privacidad del dolor: Las plataformas recopilan datos emocionales sumamente vulnerables de los usuarios en duelo.
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| Aspecto | Promesa de las empresas de IA | Riesgo señalado por especialistas |
| Pérdida | “Nunca tendrás que decir adiós” | Dificultad para aceptar la realidad de la muerte |
| Memoria | Conservación del legado en alta fidelidad | Espejismo algorítmico que reemplaza el recuerdo real |
| Acompañamiento | Consuelo inmediato ante la soledad | Dependencia emocional de un software |
La tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad para procesar sus consecuencias emocionales. Mientras los thanabots se afianzan como una opción en el mercado, la pregunta de fondo sigue abierta: ¿estamos listos para transformar la muerte en una suscripción mensual?