Andro Aguilar y Marcela Nochebuena · 11 de septiembre de 2026
José Alberto Vázquez Azmitia recuerda con precisión el día que cambió su vida: el 3 de enero de 2018, entró a su casa y halló el cuerpo de su hermano David, de quien se hacía cargo. Ocho años menor que José Alberto, se quitó la vida a los 19 años de edad.
Impactado, José Alberto tuvo que salir de la vivienda, darse unos minutos para tomar aire y recuperar la calma. No lo sabía, pero David había sido diagnosticado en la escuela con un cuadro depresivo.
José Alberto relata que en su duelo transitó por la tristeza, la ira y la depresión. Sin más familia en Mérida, Yucatán, a donde llegaron desde Chiapas, José Alberto narra que se sentía responsable por la muerte de su hermano. Desde niños le tocó cuidarlo, darle leche, lavar sus pañales, bañarlo.

Apoyado por su esposa, que es psicóloga, comenzó a escribir notas para sobrellevar su proceso y buscar respuestas. “Tú no eras el papá, tú fuiste el hermano que estaba ahí, que cubrió esa ausencia, pero no, no eras el papá”, se decía a sí mismo.
Cuando especialistas del sector salud visitaron su casa para dar seguimiento a su pérdida, José Alberto les compartió los primeros bocetos de sus notas. La propuesta fue presentada en el Día Internacional de la Prevención del Suicidio en Mérida, y se convirtió en la ponencia “Una vida de alto voltaje”, con la que inició su participación en foros universitarios y comunitarios. En ellos, explica, invita a jóvenes y adultos a reflexionar sobre sus pasiones y el sentido de vida, y promueve el cuidado integral.
El arquitecto de 36 años de edad comparte tres aprendizajes para cuidar a las personas: consultarles cómo están o si son felices y no dar por sentado que todo está bien; escuchar con atención y empatía, sin juzgar, incluso cuando la otra persona expresa verdades incómodas o tristes, y ofrecer una presencia real, con la conciencia de que muchas veces quien sufre no busca consejos, sino saber que no está solo.
José Alberto también coordina grupos pastorales con jóvenes de 12 a 20 años. Les habla sobre la resiliencia y la fortaleza emocional. Con una metáfora, busca recordarles los altibajos que implica estar vivo.
“Vivir no es fácil. Va a tener altas, va a tener bajas, como un ritmo cardíaco. Si ese ritmo cardíaco no sube y no baja, indica que el paciente está muerto. Sentir tristeza no está mal, sentir enojo tampoco, sentir alegría mucho menos. Ese subir y bajar existe. Es un síntoma de que estamos vivos y de que estamos viviendo. Detrás del miedo está lo mejor de la vida. A veces nos da miedo enfrentar esas bajas, pero detrás de ese miedo siempre va a haber una razón más para seguir avanzando”, sostiene.
Igual que José Alberto, frente a los vacíos institucionales, víctimas y sobrevivientes de suicidio confían en el trabajo colectivo para ayudar a otras personas: Marilú Ancona perdió a su hijo mayor por suicidio y fundó una asociación para guiar a familias en duelo. Michelle Judd sobrevivió a múltiples intentos de quitarse la vida y se enfocó en la investigación y el activismo comunitario. Luz Milagros vivió la pérdida de su hija y se formó como “guardiana”, con la capacitación para auxiliar a otras personas.

La falta de presupuesto gubernamental, el insuficiente acceso a servicios y el trato deshumanizante en hospitales públicos son barreras cotidianas para quienes han transitado la ideación suicida en México o la pérdida de un ser querido,. Ante ello, grupos autogestivos de sobrevivientes y redes comunitarias buscan prevenir que las personas sufran en el aislamiento del estigma. Como en otras causas, las víctimas dan pasos hacia el activismo para impulsar políticas públicas inexistentes.
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Instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) han implementado programas de atención al suicidio que privilegian la ayuda entre estudiantes mediante la figura de “guardianes” que cuidan a sus compañeros en riesgo.
Hace 14 años, Marilú Ancona perdió a su hijo mayor por suicidio. En la conmoción, descubrió que el duelo por una muerte así es complejo, solitario y lleno de juicios que orillan a las familias al aislamiento.
Marilú explica en entrevista que el suicidio no es un tema del que se hable comúnmente, y nadie piensa que en algún momento va a llegar a experimentarlo.
Al notar que es un duelo diferente y requiere atención especializada, creó primero un grupo para acompañar a las familias tras su pérdida. Poco después, constituyó la Asociación Yucateca de Suicidología, dedicada a capacitar sobre señales de alerta de suicidio, dar contención escolar y promover una ley que exija presupuestos para salud mental.
“Es una responsabilidad de todos prevenirlo”, sostiene. Con poco más de tres años de labor, la asociación busca extender la empatía, la capacitación y la comunidad.

Ya forma parte de la Mesa Estatal de Salud Mental en Yucatán, la cuarta entidad con mayor tasa de suicidios en México. Se enfoca principalmente en la prevención, la sensibilización y la posvención.
Uno de sus ejes centrales es la capacitación para derribar los tabúes y prejuicios sociales o religiosos que rodean al tema. “Hablar del suicidio ayuda a prevenirlo”, insiste la suicidóloga y enfatiza que la apertura es el primer paso.
En las escuelas y comunidades donde se registran casos, la asociación realiza intervenciones de contención; sensibiliza a directivos, docentes, padres y estudiantes, e impulsa la formación de comités escolares y de alumnado “guardián”, capaz de detectar señales de alerta y canalizar a sus pares.
La activista destaca que el acompañamiento en el duelo —la posvención— es fundamental. Por eso la asociación ofrece apoyo presencial a grupos y de forma virtual a personas de otros municipios cercanos a Mérida.
“A los sobrevivientes a veces les cuesta trabajo buscar ayuda, y prefieren muchas veces encerrarse y llorar en silencio esta pérdida”, señala.
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Otra de las actividades de la asociación es impulsar una propuesta de ley para profesionalizar al personal de salud y capacitar a primeros respondientes, como policías.
Cada 10 de septiembre, en el Día Internacional de la Prevención del Suicidio, organiza una marcha en la capital yucateca, y en noviembre un memorial con encendido de velas por las víctimas de suicidio.
La difícil situación de perder a un compañero o compañera de banca que decide quitarse la vida, así como el incremento de las necesidades de salud mental documentado en la UNAM, sobre todo pospandemia de covid, llevaron a parte de la comunidad, liderada por la doctora Carolina Santillán, a crear un programa de atención al suicidio que privilegia la ayuda entre pares.
“Hemos tenido experiencias tan dolorosas como después de las vacaciones llegar y encontrarte a tu compañera que se ahorcó, y esos estudiantes tienen un riesgo altísimo de estrés postraumático. Hay que atender tanto a los compañeros que vivían con ese estudiante como a los de su salón, que tal vez la vieron el viernes, el jueves o dejó de venir a las clases, y también tenemos intentos de suicidio en el campus”, explica en entrevista.
En la FES Iztacala, la estrategia Guardianes, que dio origen al programa CREAS, se retomó a partir de 2017. En el mundo existe desde hace 22 años, y la OMS la plasmó formalmente en 2014. Consiste en entrenar a primeros respondientes: personal de salud, estudiantes y profesorado. Como todas las personas jóvenes recurren a un servicio de salud en el año, es ahí donde debería detectarse la sintomatología.

Las y los guardianes tienen un entrenamiento específico con tres componentes: conocer sobre salud mental de manera general —no son especialistas—, una actitud positiva hacia la psicoterapia, y habilidad conductual para ofrecer ayuda ante señales tempranas, preguntar y establecer el nivel de riesgo. Hoy el programa se está extendiendo a otras facultades y universidades.
“Es muy noble porque los estudiantes pueden cuidarse a sí mismos, pero también son los mejores cuidadores de compañeros con los que conviven muchas horas”, sostiene la académica. El año pasado el progama se llevó incluso a profesores de secundaria a nivel nacional —en ese contexto, son los mejores guardianes de adolescencias—, ante el crecimiento de los datos de suicidio a edades más tempranas.
Santillán enfatiza que la psicoterapia enfocada en suicidio debe especializarse en tres momentos: prevención, intervención y posvención. “Es un duelo diferente a otros; es sorpresivo, pero la culpa del sobreviviente… y esa sensación que los estudios han demostrado: que cuando alguien muere por suicidio había dado una pequeña señal: empezó a heredar sus cosas en vida, posteó algo, se despidió”, explica.
Esas pequeñas acciones, cuando ocurre un suicidio en un joven estudiante, son profundamente dolorosas para sus pares, que sienten que pudieron haber hecho algo. Atender a las personas que sobreviven a un intento o consumación puede prevenir una tragedia, pues llega a activarse en ellas la desesperanza, la no pertenencia, la culpa del sobreviviente o síntomas de estrés postraumático.
A eso contribuye Alonso Guerra, uno de los voluntarios, desde hace un año, en el programa CREAS. Brinda atención psicológica a los estudiantes que solicitan ayuda. Para él, la labor de la iniciativa es muy noble porque se acerca a estudiantes que no necesariamente tienen el ingreso o la estabilidad económica para costear una terapia.
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“Poder recibir este apoyo psicológico y seguimiento la verdad es muy bueno, porque aparte te capacitan, te supervisan, es todo muy profesional, y los problemas que llegan a tener los estudiantes son muy comunes, de universitarios: no me estoy adaptando a la carrera, quiero cambiarme, las cosas no están bien con mi familia…”, cuenta.
Comparte que ha atendido casos con un alto riesgo de suicidio, aunque no en el momento de máxima crisis. Siempre es importante identificar el o los motivos de consulta; él, por ejemplo, evalúa si antes habían recibido ayuda, cómo llegan y cómo expresan sus problemas. Cuando se detecta el riesgo de suicidio, se canaliza a la atención necesaria. El programa no sustituye a una terapia psicológica.
Guerra notó que durante la pandemia la atención psicológica tuvo un boom y se empezó a hablar mucho más de ella, pero el tema del suicidio se ve aún con mucho escepticismo y tabú: “todavía no lo hablamos de forma tan natural, tan libre, pero creo que con el paso del tiempo eso puede cambiar”.
Desde que él estudiaba, recuerda casos de intentos o intenciones de suicidio, así como crisis de depresión y ansiedad en una etapa desafiante. A eso se suma, en carreras como Medicina, la exigencia de los estudios. Dar contención es indispensable.
Santillán y Guerra hablan en entrevista un día en que los patios del campus Iztacala de la UNAM invitan a cuidar la salud mental en comunidad, con el grupo terapéutico “FESI”. En mesas protegidas por carpas, hay rotafolios con dibujos de “frascos de las emociones”, donde las y los estudiantes pegan notas adhesivas con sus miedos, alegrías o enojos. En torno a ellas, se difunden diversas herramientas.
El concepto Guardianes, de estar siempre vigilantes, es importante porque “nunca sabes a quién le pueda ocurrir”. “El suicidio es un fenómeno tan misterioso, muchas veces, que en cualquier lugar en donde lo puedan abordar el programa Guardianes seguramente va a provocar algún cambio”, sostiene el joven.
Añade que importa mucho cómo se genera la idea del suicidio; muchas veces es por un caso familiar, por ejemplo, pero desde que se inserta, queda latente: “no siempre se expresa, hay etapas en la vida críticas que pueden detonarlo”. Problemas familiares, de rendimiento académico, de sobrecarga y factores externos son frecuentes en la comunidad universitaria.
“Es una experiencia maravillosa en términos de que todos y todas podemos aprender a ser guardianes, que no tenemos suficientes servicios de psiquiatría y psicología, pero que nos cuidemos entre todos, es decir, que no se vea como que la depresión es un tema individual y que cada quien haga lo que quiera, sino que nos acompañamos”, resume Santillán.
La misma invitación hace Luz Milagros, quien perdió a su hija Abril, de 11 años, en 2024, cuando se quitó la vida. A partir de ese momento, ella se volcó a estudiar el suicidio, ha tenido procesos formativos y se volvió guardiana mediante el modelo de replicadores ESPERA, una capacitación de siete semanas en línea que permite reconocer factores de riesgo, de protección y señales de alerta.
“A mí eso me hizo entender: entenderla a ella, al entorno y lo que me estaba pasando a mí. No todo mundo va a tener la cabeza para ponerse a estudiar, pero eso es lo único que me ha ayudado a entender, y a perdonarme por lo que no pude hacer”, dice ahora.
Especialistas, guardianes y sobrevivientes coinciden en aspectos fundamentales: hablar de suicidio es necesario, al igual que reconocerlo como un tema social, que puede tocar a todas las personas, y contribuir a desestigmatizarlo.
“Siempre va a ser bueno porque desmitifica, desmonta todo el miedo que le tenemos como sociedad. Ha habido épocas en la historia en las que se habla mucho y se ve como un acto heroico, otros como un acto de cobardía. Hablar de este tema es bueno, y movimientos como CREAS siempre van a ser bien recibidos”, plantea Guerra.
Las comunidades desempeñan una función crucial en la prevención del suicidio. Pueden prestar apoyo social y ocuparse del seguimiento, luchar contra la estigmatización y apoyar a quienes han perdido a seres queridos que se han suicidado, apunta la OMS en su documento “Prevención del suicidio, un imperativo global”.
Rosario Valdez, especialista del Instituto Nacional de Salud Pública, está convencida de que persiste una amplia desinformación y estigma, fundados en la idea errónea de que es mejor no hablar para no fomentar. Pero prevenirlo es responsabilidad colectiva, no solo de la persona y su familia: de la sociedad, de las instituciones y de las escuelas.
“Hay mucho estigma cuando dicen que es una persona valiente o que es una persona cobarde, que ninguna de las dos situaciones es. Simplemente es una persona que en ese momento perdió el control de sus propias decisiones, de las situaciones que le rodeaban, de lo que sentía que podía controlar en su vida, y sentía que nada era suficiente para solucionar nada”, subraya Luz Milagros.
