Carlos E. Martínez · 25 de junio de 2026
Desde el integrante más chico hasta el más grande. Las familias mexicanas se vistieron de verde. En mercados y tortillerías, Metro y Metrobús, los capitalinos portaron con orgullo la playera del equipo nacional. El espíritu mundialista inundó las calles de una “ciudad deshecha, gris, monstruosa”, como la describió José Emilio Pacheco. Un aficionado en cada hijo —y en cada rincón— te dio.
Día festivo y con todas las de la ley. Escuelas vacías y algunas oficinas también —por decreto—, pero las calles se llenan. Unos niños por allá intercambian estampas. “Te cambio las que me sobran por tu Lamine Yamal”, le dice uno al otro; los dos con el uniforme de México, como si fueran parte del banquillo. El trueque ancestral vuelve al gran valle, pero para llenar el álbum del Mundial.
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El norte de la CDMX también fue tomado: pantallas gigantes, gradas improvisadas, puestos de comida amontonados y una feria itinerante y de dudosa seguridad. El olor en el ambiente invitaba a los amantes del balompié a probar los antojitos y las chucherías. Flautas en vaso, con la crema y la salsa chorreando; palomitas de sabores, alitas al carbón, elotes con mayonesa, tacos de bistec y chilaquiles.
Dos vendedores se acercan a las gradas de la explanada de la alcaldía Gustavo A. Madero acondicionada para el partido, el “Estadio GAM”. De a 35 pesos la rebanada, se lee en un letrero improvisado. “Dame tres”, dice un espectador hambriento. De futbol y de pizza en plato de cartoncillo, que comienza a pasar de mano en mano. El cambio de un billete de 200 igual llega al comprador. Trabajo en equipo. Esfuerzo colectivo.
Tampoco faltaron empujones, pisotones y una que otra mentada. En esa grada ya inició la bronca… la “rebambaramba”, diría “El Perro Bermúdez”. Todo por los asientos: que “yo estaba primero”, que “yo llegué antes”. El partido todavía no empieza y el ambiente ya está calientito. Tres policías se acercan, se sienten los árbitros. “Amonestan” a los inconformes. Y sin tener que ver el VAR.
El Himno Nacional resuena, como en primaria pública a las 8 de la mañana. La afición se pone de pie y lo entona. Las banderas tricolores se levantan hacia un cielo amenazante. Después del “al sonoro rugir del cañón”, nadie se quiere sentar, pero comienzan los gritos: “¡No dejan ver!”, “¡Bajen las banderas!”. No cabe un alma más en la plaza. Los aficionados siguen llegando. En el tumulto se asoma un Spider-Man chilango y en la grada un Pikachu gigante.

Los primeros minutos del partido —que se asume ganado antes de empezar— son de nerviosismo. Julián Quiñones falla una oportunidad clara frente a la portería de Chequia. Un hincha nacional se lleva las manos a la cabeza, se desespera. Los checos presionan: un remate y el balón pasa rozando el poste, otro tiro y se va apenas por un lado del portero. Los fantasmas, por momentos, se aparecen en el Azteca. La plaza abuchea, pero al poco no deja de animar: “¡Sí se puede, sí se puede!”. Dos señoras analizan el encuentro y una atina a concluir con visión estratega: “Nos quieren chingar los pinches güeros”. Todos en la plaza son directores técnicos, árbitros y hasta comentaristas.
Una niña duerme acurrucada sobre la mochila de su papá en el mediotiempo. Estará soñando: con un gol o con el estadio o con el quinto partido. El que parece estar cada vez más cerca. Al menos en los sueños. Otro niño, el que vende brochetas de carne, también se angustia… no por el juego, sino porque no puede pasar. Las ventas no se hacen solas.
Los mexicanos saben sufrir en el amor, en la vida y en el futbol. Han pasado 55 minutos para “romper el hielo” entre la Selección y su afición. Un tiro cruzado de Mateo Chávez hace saltar a todos de sus asientos. Las gradas vibran… y no solo de emoción; por un momento, parece que se van a caer. “No brinquen tanto”, gritó una mujer preocupada abrazando a un niño. Nadie hace caso.
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“Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, Cielito Lindo, los corazones”. Ahora sí, con esa confianza que da el gol a los mexicanos, se escuchan los cánticos y el grito de “¡México, México, México!” no para en la plaza. La pelota en la red parece quitar ese hechizo de todo aficionado. El que espera siempre lo peor, aunque “estemos jugando mejor”.
Silbatazo final y el cielo se cae a cántaros. Entre las luces de una feria itinerante —como una lluvia colorida— y la música, los y las miles “de a pie” que no tienen acceso al estadio… los desplazados del Azteca, corren y se mojan el pelo, se empapan los pies, contentos. Todos ríen. No hay quejas. Las parejas de la mano y las familias amontonadas en los paraguas. El equipo tricolor hoy no es la “decepción nacional”. Parece que no es un buen momento para cantar aquella de Chava Flores… “¿A qué le tiras cuando sueñas mexicano?”…
