El laberinto de la marihuana: el estigma de la mota… con a

Israel Fuguemann · 4 de mayo de 2026

El laberinto de la marihuana: el estigma de la mota… con a

(Segunda parte)

Rodeada de plantas en el jardín de un espacio cultural en Tlalpan, Ariadna Galván revisa sus notas. Copiosamente. No puede equivocarse al hablar de una escena del movimiento cannábico que hace algunos años le habría parecido improbable: “donde antes predominaban los hombres, hoy veo una comunidad más amplia y diversa, atravesada por discusiones más urgentes: cuidados, reducción de riesgos, disidencias y participación política”.

El cambio no fue únicamente numérico. Nuevas voces cuestionan exclusiones persistentes dentro del propio movimiento: espacios hostiles para mujeres, prejuicios normalizados y una agenda centrada casi exclusivamente en la legalización. Cuando hay tanto más. Algo se transformó en la última década. No se trata sólo de la visibilidad del consumo, sino también del sentido en el activismo.

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Foto: Israel Fuguemann

La apertura no alcanza a desmantelar todos los prejuicios. Dice Ariadna que para las consumidoras, al estigma que pesa sobre cualquier persona usuaria, se suma otro más. Antiguo como la prehistoria: el mandato social que exige a las mujeres ser “cuidadoras permanentes, responsables impecables y moralmente intachables.”

En su experiencia, la primera barrera estuvo en casa. Con estudios, sin antecedentes penales y económicamente independiente, pero a su familia le costó trabajo aceptar su relación con la marihuana. Y los temas que la rodean. Ariadna es del Estado de México. Cuenta que allá el asunto se vive… con mayor reserva, digamos. Miradas en el transporte público, juicios en la calle, comentarios incómodos.

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Falta sumar otras barreras normalizadas, que persisten. Especialmente en espacios de trabajo: un antidoping pesa más que una década de experiencia profesional. Mientras la regulación se pospone, los vacíos también producen desigualdad, señala. Sin reglas claras sobre acceso, cultivo o calidad, quienes consumen quedan expuestas a mercados informales y decisiones arbitrarias.

En otro lugar, bajo el mismo humo, la historia de Abigail desplaza esa discusión hacia otro terreno un viernes por la tarde. “Hora pico” . Esquina de Insurgentes y Reforma. Está sentada dentro de una carpa de dos metros de largo por uno de profundidad. A su alrededor, miles de personas y autos, sin pausa. La calma es sólo de ella.

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Foto: Israel Fuguemann

Madre e integrante de la comisión de mujeres de la Comuna 4:20. Lleva cuatro años en el activismo. Orgullosa de haber impulsado junto a otras compañeras, espacios exclusivos de mujeres y áreas pensadas para maternidades cannábicas: donde las asistentes están acompañadas de sus hijas e hijos, sin consumo directo alrededor y lejos del hostigamiento que suele repetirse en espacios mixtos.

Abigail viaja cada día en transporte público —muchas veces con su hija de dos años— desde la periferia oriente de la ciudad. Su presencia constante hace visible una discusión que durante años permaneció escondida: la de mujeres que maternan y también forman parte de la cultura cannábica.

La chica de cabellos teñidos violeta no ofrece una postal idealizada. Habla de cuidados concretos, límites y decisiones cotidianas, en un contexto donde el juicio social ataca antes de cualquier escucha que acompañe a la razón. El miedo no empieza con la policía. Sí con la posibilidad de que alguien “nos señale como malas madres, sólo por consumir”. La ley no las castiga de forma diferenciada por maternar. El juicio duro viene de otro lado: familias, empleadores, instituciones o desconocidos, convencidos del ideal al que toda madre “debe responder”: control y pureza.

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Foto: Israel Fuguemann

El prejuicio llega a escalar a conflictos familiares donde el consumo se usa para cuestionar su capacidad de cuidado… para afectar arreglos de custodia y convivencia. En México no existen estadísticas públicas representativas que permitan dimensionar cuántas madres consumidoras de cannabis hay. Ausencia de datos… igual a invisibilización institucional… igual a maternidades usuarias en estado de indefensión jurídica y social.

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En sus espacios, el problema no ha sido solo pronunciarse contra el estigma asociado a la planta… el que les pone una M de marihuana en la frente. Sino la de enfrentar a una estructura patriarcal con otra M… la M de machos, donde el acoso se acompaña del prejuicio: mujeres sexualizadas, insistencias no deseadas y desconfianza para quienes solo quieren reunirse y ejercer un derecho. Sin ser molestadas. Sólo quieren “poder estar”.

Ariadna y Abigail no se conocen. Provienen de trayectorias diversas, habitan geografías lejanas y llegaron al movimiento por caminos tan distintos como propios. Para que sus historias converjan en un mismo punto:  la lucha por el cannabis en México no termina en la ley. Ni con la planta. Mota con A.