México como refugio: la posibilidad de volver a empezar con la protección internacional

Eréndira Aquino · 29 de octubre de 2026

México como refugio: la posibilidad de volver a empezar con la protección internacional

Para Gabriela Pérez Guerra, una comunicadora nicaragüense que llegó con su esposo a México huyendo de la persecución política en 2018, los primeros seis meses de estancia se resumen en una imagen: una maleta intacta en el rincón de su habitación. “No sacábamos la ropa porque no sabíamos qué iba a decidir el Estado mexicano. En esos meses no hay capacidad de planificar nada; la espera condiciona todos tus planes”.

Ese limbo terminó el día en que fue citada en las oficinas de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados(COMAR). Tras la lectura formal de su expediente, la funcionaria que la atendió apagó la cámara de registro, la miró y le dijo: “Gabi, ¿te puedo abrazar? Bienvenida a México”.

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Ese instante marcó el fin del terror del desplazamiento forzado y el inicio de la reconstrucción de su vida.  

De país de tránsito a lugar de destino

El caso de Gabriela no es aislado. De acuerdo con Chiara Cardoletti, representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en México, más de 160 mil  personas han solicitado asilo en el país desde 2019. En un panorama global donde más de 117 millones de personas han sido desplazadas por guerras, violencia y persecución, México ha dejado de ser únicamente un territorio de paso para convertirse, de forma acelerada, en un destino.

“El 65% de las personas refugiadas en el mundo se quedan en países limítrofes a los conflictos, países que ya manejan situaciones complicadas económicas y sociales”, explica Cardoletti. “En un momento histórico donde muchos países han decidido cerrar sus fronteras, México sigue siendo un país generoso y acogedor”.

Sin embargo, esta presión se traduce en un contexto complejo. “Consideramos que el tema del desplazamiento forzado está en un momento de crisis; las crisis políticas, los conflictos y la violencia estructural continúan en aumento, lo que ocasiona que las personas sigan buscando espacios para reconstruir sus proyectos de vida”, advierte Vania Crisóstomo, subdirectora del Programa Humanitario de Proyecto Casa Refugiados.

Resoluciones emitidas Comar
Gráfico: Miguel Ángel Zúñiga

A este panorama se suma la singularidad geográfica e institucional del país. “México es un país de origen, destino y tránsito, donde actualmente también vivimos un auge de personas mexicanas retornadas. Es un momento de mucho dinamismo e inestabilidad”, añade Crisóstomo.

En este escenario, la subdirectora señala que los tiempos administrativos para la resolución de trámites frenan la obtención de documentación migratoria, la cual funciona en la práctica como “la llave para el acceso efectivo a derechos”. La barrera del idioma, la ausencia de redes de apoyo, las dificultades para la inserción en el empleo formal y la exclusión de servicios financieros terminan por exacerbar las vulnerabilidades de quienes buscan reconstruir su vida. 

Entre la informalidad, el miedo y la espera

Antes de obtener la condición de refugiado, la cotidianidad está marcada por la precariedad y el miedo.

Stephanny Guaniquez, una médica venezolana de 32 años, recuerda haber llegado a México en 2016 con la urgencia de costear el tratamiento de su hermana enferma y apoyar a sus padres. En sus maletas apenas traía algo de ropa y su tesoro más preciado: libros de medicina comprados a base de sacrificios. Mientras su trámite ante la COMAR tardaba un año entero, tuvo que trabajar vendiendo artículos de cinco pesos en el metro hasta laborar en una purificadora de agua e impartir clases.

Un camino similar recorrió Jean Gubens, médico cirujano de 30 años originario de Haití. Tras huir de un país sumido en el colapso institucional y la violencia desbordada de las pandillas —que ha dejado a cerca de 1.5 millones de personas desplazadas dentro y fuera de sus fronteras—, Jean cruzó varios países en avión, autobús y a pie desde Tapachula hasta la Ciudad de México. Al no contar con documentos en un inicio, debió emplearse en la informalidad. “Para mí hay una eternidad de diferencia entre tener y no tener el papel”, reflexiona. “Sin un trabajo formal no puedes conseguir las oportunidades que te permitan crecer”.

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El cambio radical ocurrió cuando ambos obtuvieron la resolución positiva. Para Jean, el reconocimiento del refugio le abrió las puertas a la homologación de su título profesional en solo dos meses, el trámite de su cédula e incorporarse formalmente como promotor en la Secretaría de Salud.

Para Stephanny, recibir la tarjeta y contar por fin con un respaldo oficial cambió por completo su perspectiva. Al entregársela le aseguraron que con ese documento no tendría problemas con la policía y contaría con acompañamiento institucional. “Ahí dices: ‘Wow, ya puedo estar en un lugar de forma legal, verdaderamente ya puedo radicar aquí’”, relata. Contar con esa certeza jurídica no solo le devolvió la tranquilidad de transitar sin temor a ser retornada a Venezuela —país del que han salido más de 8 millones de personas por la crisis política y económica—, sino que le permitió abrir una cuenta bancaria e iniciar el largo proceso para revalidar sus estudios de medicina en México.

Gráfico: Miguel Ángel Zúñiga

Tejer redes: de la atención a la comunidad

El proceso de integración no ocurre en el aislamiento. Organizaciones de la sociedad civil como Proyecto Casa Refugiados, mediante espacios como La Casita del Telar Solidario en la colonia Roma, actúan como laboratorios comunitarios. En este espacio se imparten clases de español, asesoría legal, talleres culturales y deportivos que vinculan tanto a la población en movilidad como a los vecinos de la zona.

“Lo valioso es cómo este acompañamiento genera sentido de pertenencia”, destaca Vania Crisóstomo. “Muchas de las personas que pasaron por nuestra ruta de atención hoy son coordinadores de espacios, líderes comunitarios o voluntarios que regresan a apoyar a quienes van llegando”.

El impacto de estas redes también se traduce en lazos familiares y comunitarios profundos que redefinen el sentido de hogar. Para Stephany Michelle, la integración en México encontró una dimensión completamente nueva a través de su hijo —mexicano por nacimiento—, quien cursa la primaria, practica taekwondo y disfruta de un entorno seguro con acceso a servicios de salud y educación. Ese anclaje cotidiano, sumado a las redes de apoyo vecinal que la invitan a las posadas y la respaldan en los momentos difíciles, convirtió a México no sólo en un refugio legal, sino en el lugar donde su familia echó raíces definitivas.

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Ese mismo espíritu de perseverancia y construcción de comunidad se refleja en la historia de Jean Gubens. Tras superar los retos de la llegada y consolidar su empleo formal, mantiene vivo el vínculo con las redes que lo respaldaron: acude a visitar a otros compañeros migrantes en distintos puntos del Valle de México, asiste a las actividades y ferias de ACNUR, y encuentra en los fines de semana un espacio para explorar los pueblos mágicos y la arquitectura de estados vecinos como Puebla. Con la mirada puesta en el futuro, planea cursar una maestría en salud pública en México y devolver al país que lo acogió parte del crecimiento y las oportunidades que aquí encontró.

Asimismo, este tejido humano transforma la perspectiva emocional. Gabriela Pérez Guerra, quien huyó de la violencia en Nicaragua y ahora colabora activamente en La Casita del Telar Solidario, comparte que le tomó tres años dejar de sentir culpa por sonreír o disfrutar de la vida mientras en su país natal persistía la crisis. “El desplazamiento forzado es una experiencia de terror, pero recuperar la capacidad de reír y construir colectivamente es un ejercicio de resistencia. Esa mochila del dolor se la quité a mi vida y se la dejé a mis perseguidores”. 

Un futuro con raíces

Hoy, la vida de quienes han obtenido el reconocimiento del refugio se proyecta con certidumbre y gratitud. Stephany Guaniquez prepara su camino para iniciar la especialidad médica en un hospital público de la capital y consolidar la crianza de su hijo en un entorno seguro. Jean planea cursar una maestría en salud pública y sueña con llevar los aprendizajes adquiridos en México de vuelta a Haití en algún momento.

Para las organizaciones y agencias acompañantes, estas historias de éxito demuestran el potencial transformador de la protección internacional cuando se acompaña de procesos de integración eficientes, aún en la incertidumbre por el endurecimiento de las políticas de migración a nivel global. 

“México ha logrado algo único en la región: un verdadero sistema de integración en el que empresas, estados y sociedad civil se coordinan para que las personas no solo encuentren refugio, sino soluciones concretas para recomenzar sus vidas, empleo, escuela y salud”, destaca Chiara Cardoletti, representante de ACNUR en el país.

A su vez, este proceso exige ver a las personas refugiadas no como sujetos pasivos de asistencia, sino como actores centrales de su propia vida y de la comunidad que las acoge. “Para nosotros es fundamental que en este acompañamiento las personas sigan siendo sujetos activos y las dueñas de sus propias decisiones”, enfatiza Vania Crisóstomo, subdirectora de Proyecto Casa Refugiados. “Cuando se abren estos caminos, se generan líderes comunitarios cuyo impacto positivo beneficia tanto a la población en movilidad como a la sociedad mexicana”.

El reconocimiento de la condición de refugiado demuestra que, más allá de ser un sello en una hoja oficial, la protección internacional devuelve a las personas la posibilidad de volver a empezar.