Israel Fuguemann · 1 de noviembre de 2026
En el viejo Foro A de los Estudios Churubusco, donde se han filmado algunas de las escenas más importantes del cine mexicano, un numeroso grupo de asistentes espera la proyección de un documental cuyo protagonista es un hombre encapuchado que alguna vez se definió a sí mismo como un personaje de ficción, un truco de magia, una “botarga”.
En aquel viejo cascarón de metal y cemento, una mezcla variopinta de periodistas, activistas, integrantes de la academia y personas vinculadas con las artes visuales están, sin saberlo, a punto de emprender un viaje por una memoria que, a 33 años del levantamiento zapatista, se ha vuelto colectiva y atraviesa a quienes, de distintas maneras, han sido interpelados por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).
Marcos. Otro mundo es posible, el documental más reciente del director Diego Osorno, se proyectó en la Ciudad de México en el marco del festival 21 DOCS MX y su llegada a las pantallas coincide con el anuncio en fechas recientes de una nueva visita del EZLN a la capital, esta vez para encontrarse con familias buscadoras de personas desaparecidas.

Sentada en medio de ese mar de miradas atentas a la pantalla está Blanche Petrich, una mujer de cuerpo sutil y una larga trayectoria como reportera. Desde la década de 1970 ha ejercido el periodismo y ha cubierto conflictos armados en Centroamérica y otros países de la región. En 1994 llegó a la Selva Lacandona para realizar una de las primeras entrevistas a profundidad con integrantes de la comandancia zapatista.
Su presencia en el Foro A no es casual. Su voz es parte fundamental de la polifonía que reconstruye la historia de la irrupción zapatista en el filme. Al volver a ver las imágenes de archivo —rescatadas por el equipo de producción tras dos años de investigación—, Petrich encuentra un reflejo vivo y no un simple registro de los acontecimientos que cubrió durante años.
—No sé si utilizaría la palabra visceral, pero de lo que sí estoy segura es de que la película es un viaje emocional. Muy de sentimientos, a través de esos momentos que como periodista vi y que, como yo, muchos compañeros vivieron intensamente—.
La secuencia de imágenes la lleva de vuelta a los primeros días del levantamiento en Chiapas, un estado del país apartado y olvidado históricamente, a las conversaciones de paz en San Andrés, a las comunidades desplazadas y a los encuentros que marcaron el recorrido político del movimiento armado indígena más importante del país en las últimas décadas. Son recuerdos de una etapa que considera entre las experiencias más intensas de su carrera.
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—Yo estuve en el momento de los bombardeos de los alrededores de San Cristóbal. Estuve en los diálogos de San Andrés Larráinzar. También estuve en el momento previo a la masacre de Acteal, cuando se da el desplazamiento de los pueblos por la contraofensiva de Ernesto Zedillo. En las comunidades de desplazados.
Cada una de las escenas que enumera la emocionan porque estuvo allí. A través de su libreta siguió el pulso de los primeros años, atestiguando cómo la insurrección indígena alteró la conversación política de México y despertó interés más allá de sus fronteras.
Al hablar de aquellos días recuerda la sorpresa que provocó la aparición de una rebelión armada cuando el país, en vísperas de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio, parecía sumido en una inercia donde ya no había espacio para los grandes cambios estructurales.
—Llevábamos toda nuestra vida bajo la losa del priismo, de esa cultura política gris y opresiva, y el primero de enero de 1994 sucedía esto: una insurrección—.
Poco más de tres décadas después, las imágenes también le devuelven una historia que, a su juicio, no puede contarse únicamente a través de Marcos. Entre los recuerdos que más la conmueven está el de la comandanta Ramona, a quien conoció durante una de las primeras entrevistas a la comandancia zapatista. En aquel encuentro, mientras la mayoría de los reporteros concentraba su atención en el subcomandante, Petrich reparó en una mujer cuya importancia para la historia del movimiento todavía estaba lejos de ser evidente para el mundo exterior.

—Marcos acaparaba todas las miradas e, instintivamente, yo volteé a ver a una pequeña figura que parecía insignificante y, sin embargo, para mí fue lo más significativo de todo: Ramona —recuerda.
Con la distancia, aquella primera impresión adquirió otro peso. Ramona no era una presencia secundaria en la historia que los periodistas habían ido a cubrir. Su trayectoria y la participación de las mujeres en la organización zapatista permitían ver una dimensión del movimiento que la atención puesta en Marcos podía dejar en segundo plano. Para Petrich, volver a encontrarla en la película es recordar también cuánto había por comprender sobre el papel de las mujeres indígenas en aquella insurrección.
—El camino de Ramona, para nosotras las mujeres, es mucho más importante de lo que podíamos dimensionar en ese momento.
Antes de viajar a la Ciudad de México, a unos mil kilómetros de su comunidad en Chiapas, José Alfredo Jiménez Pérez, comunicador comunitario tzotzil y fotógrafo, tuvo que consultar con Las Abejas de Acteal si podía participar en la proyección de Marcos. Otro mundo es posible. La decisión no dependía solo de él: según sus usos y costumbres, la organización discutió la invitación en una asamblea de representantes antes de dar su aprobación.
El mismo proceso comunitario ocurrió cuando Diego Enrique Osorno les propuso sumarse a la película. Las Abejas, nacidas en 1992, aceptaron compartir su memoria de aquellos años en que el levantamiento se dio y la respuesta militar sometió a las comunidades de los Altos de Chiapas, que respaldaban las demandas del EZLN, pero, a diferencia de ellos, manteniendo firmemente su determinación de una lucha por la vía pacífica.
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Para José Alfredo, que en su cuello porta una kufilla que recuerda la lucha palestina, la relación con el documental fue íntima porque además de aportar su testimonio, trabajó como intérprete y traductor de la lengua tzotzil al español, ayudando a interpretar voces como la de María Vázquez, sobreviviente de la masacre de Acteal que perdió a nueve familiares en 1997.
A pesar de su participación, aclara que no es zapatista y que no pretende hablar por el movimiento. Para él, la película escrita y dirigida por Diego Enrique Osorno es valiosa ante la historia y los hechos que han ocurrido en las montañas chiapanecas, pero según su interpretación la obra es sólo “una pequeña, una ventanita nomás” a una resistencia que tiene 532 años de existir.
Sin embargo, la realidad que se asoma por esa “ventana” sigue doliendo en el presente. Para evidenciar que la exclusión no se quedó en el pasado, José Alfredo cuenta una experiencia personal: “Hace no mucho mi esposa estaba muy enferma y, a pesar de su estado de salud, no recibió atención médica en un hospital del gobierno porque no había médicos ni tampoco camas”. Esas son cosas que siguen ocurriendo en los centros de salud, a varias horas de su comunidad, porque asegura que siguen faltando medicamentos.
“La violencia, la discriminación, el racismo siguen sucediendo contra nosotros, los pueblos originarios”, afirma. “Y no solo ocurría en los gobiernos del PRI; sigue pasando hoy”. Para el documentalista tzotzil, volver a ver las escenas del conflicto es recordar que Acteal fue un “crimen de Estado” que se mantiene impune, señalando directamente al expresidente Ernesto Zedillo como uno de los autores intelectuales que continúa en libertad.
Aun con el dolor de revivir el conflicto a través de las imágenes y los gritos que desgarran la pantalla, José Alfredo insiste en que la resistencia no es una pieza de museo. “Ya no nos avergüenza ser, como dicen, indios. Yo digo que soy de un pueblo originario, yo puedo hablar mi lengua tzotzil en cualquier parte de México, aunque me discriminen”, dejando claro que la dignidad se defiende en comunidad y bajo esa brújula que los zapatistas bautizaron para siempre como el caminar desde abajo y a la izquierda.

Antes de iniciar su discurso, Raúl Romero, sociólogo de la UNAM e integrante del colectivo Llegó la Hora de los Pueblos, hurga dentro de un pequeño bolso blanco de tela con motivos zapatistas que lleva consigo.
Antes de sacar una pequeña bolsa transparente, Raúl dice lo siguiente:
—Tengo que hacer honor a la demanda colectiva que me encomendaron antes de estar aquí. Estas son las “zapagalletas”, y fueron preparadas por un grupo de niñas y niños que, al enterarse de la próxima caravana zapatista, decidieron junto a sus padres cocinarlas y venderlas para reunir fondos destinados al viaje del encuentro entre las familias buscadoras. Las infancias exploraron con sus familias el dolor de tener a un familiar ausente y decidieron que todo el dinero recaudado va a ser para eso.
Esa pequeña, pero valiosa prueba de solidaridad es apenas una pieza de una red de iniciativas que la sociedad civil ya echó a andar ante la inminente llegada del EZLN a la Ciudad de México en la denominada “Gira por la vida, versión México”. Alrededor de las proyecciones en el festival de documentales también circulaban otras iniciativas como el café producido por comunidades zapatistas de las montañas de Chiapas, bolsas ilustradas por artistas y bonos solidarios de 100, 200 y 500 pesos impulsados por la comunidad otomí en la Ciudad de México; estos últimos servirán para remodelar la Casa de los Pueblos Samir Flores Soberanes (antiguo edificio del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas) e instalar baños, camas y colchonetas capaces de albergar a los 1 530 zapatistas que están por llegar en diciembre próximo.
Estas acciones demuestran que el zapatismo no quedó anclado en los años noventa, como asume la narrativa oficial. Para Raúl, el documental retrata con nitidez la “transtemporalidad” de un movimiento que derriba los mitos de la inactividad, evocando sus marchas históricas junto a las víctimas de la violencia nacional: su caminata con el Movimiento por la Paz en 2011, el reclamo por los 43 de Ayotzinapa en 2014, el impulso al Concejo Indígena de Gobierno con Marichuy en 2017 y la Travesía por la Vida hacia Europa en 2021.
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Al evocar el paso del movimiento por la historia, también recordó la transtemporalidad de los pueblos originarios: una cosmovisión que no es lineal, que habla con sus muertos y es capaz de construir un presente pensando en las generaciones del futuro. “El día de hoy, en la Selva Lacandona, se construye un quirófano con recursos propios, sin un peso del gobierno. Los zapatistas descansaron las armas para construir un quirófano en medio de la selva Lacandona. Esa es la transtemporalidad. No están luchando por ellos; están luchando por Démis, una niña que va a nacer en 120 años”.
La próxima visita tiene, por ello, un carácter particular. Raúl la describió como una iniciativa para acercarse a las familias buscadoras, cuya soledad considera profunda. “De ese abrazo, del abrazo de esas dos soledades, creo que nos corresponde a nosotros, a nosotras, ir a hacer que ese abrazo sea mucho más grande”.
Al agradecer al movimiento, Raúl habló de la esperanza y la poesía que el zapatismo ha compartido con quienes se han acercado a su historia. La película recupera una parte de ese recorrido, pero las galletas, el café y las colectas que circulaban alrededor de la proyección mostraban algo aún más grande: que las acciones de esa historia todavía impulsan cambios en el presente.
El archivo rescatado de aquellos años tiene una historia personal, la de Joaquín Fuentes, periodista mexicano que cubrió el conflicto zapatista para distintos medios como Radio UNAM y CNI Canal 40. De aquellos años de cobertura, Joaquín guardó fotografías, videos y grabaciones de una época en la que pasó largas jornadas siguiendo los pasos del movimiento zapatista. Entre esos materiales que resguardaba había un testimonio histórico: la entrevista más larga que se le hizo al subcomandante Marcos en diferentes momentos, una grabación de más de cuatro horas que hoy forma parte del documental.
Años después, la plataforma de investigación “Detective”, fundada por el mismo Osorno, lo contactó a través de la periodista Paola Olivares, integrante del equipo de investigación de Marcos. Otro mundo es posible, para preguntarle qué conservaba de aquellos días en que recorrió las montañas del sureste mexicano. Joaquín Fuentes le dijo que tenía fotografías y videos, aunque no sabía exactamente dónde estaban. Parte de aquellas imágenes terminó en la película que ahora volvió a mirar, esta vez desde una butaca y lejos de la grabadora.

—Es muy emocionante —contó después de la proyección. Para él, regresar a esas imágenes significó reencontrarse con momentos que había vivido de cerca—. Una de las grandes ventajas del periodismo es que tú eres el lápiz que escribe la historia del día de mañana y esto es lo que refleja. Recordó también la impresión que le causó el subcomandante Marcos cuando lo conoció, en 1994: —Era un personaje encantador, un personaje que te cautivaba. Entonces pensaba que podía cambiar el rumbo de las cosas.
El tiempo, dice, trajo desencantos. Su lectura del movimiento es hoy más crítica y considera que el zapatismo se ha transformado a lo largo de los años. No por eso cree que su historia haya perdido sentido.
—En un país desmembrado, sangrante y violentado que necesita esperanzas, recuperar esas imágenes permite recordar las promesas que despertó la rebelión, pero también preguntarse qué ocurrió con ellas y qué permanece de aquella experiencia. Si este país necesita algo es recordar su historia para no repetirla.
La película, que dura poco más de dos horas, reúne muchas más historias que la de Marcos, el subcomandante, hoy convertido en capitán, una vez muerto y una más resucitado, cuya poética y retórica hizo creer a miles de personas de distinto rostro, nombre y lengua que, mientras no muera la flor de la palabra, otro mundo es posible.
Según ha explicado Diego Enrique Osorno, su película es una narración visceral en la que alrededor de mil personas participaron directa o indirectamente en su realización. Sus voces, archivos y testimonios construyen una memoria que ningún protagonista podría contar por sí solo. También hay una dimensión colectiva detrás de las imágenes: personas que conservaron materiales durante décadas, quienes ayudaron a encontrarlos y quienes volvieron a compartir sus recuerdos para que esa historia pudiera contarse a nuevas generaciones. Incluso a aquellas que aún no han nacido, abrazando una vez más la transtemporalidad de los pueblos originarios de las montañas del sur de México.