Batitas Naranjas: la empatía detrás de la arteterapia con mujeres en prisión

Marcela Nochebuena · 23 de mayo de 2026

Batitas Naranjas: la empatía detrás de la arteterapia con mujeres en prisión

Mariana ha aprendido mucho sobre el sistema penitenciario y sus impactos en las mujeres privadas de la libertad desde que decidió ponerse una “batita naranja” hace ocho años para dar sesiones de arteterapia en reclusorios capitalinos. 

En un contexto donde los colores opacos como el gris, el negro, el azul marino y el beige no son solo la cotidianidad, sino la norma penitenciaria, el uniforme y el nombre distinguen a las Batitas Naranjas como grupo de voluntarias. Esa diferencia ha ido más allá de un color: es, al mismo tiempo, la diferencia entre la represión y el desahogo, la tristeza y la alegría, o la negación y los sentimientos que salen a flote con una manualidad como pretexto.  

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Ni siquiera Mariana veía venir el surgimiento de Batitas Naranjas: una intervención aparentemente efímera se convirtió en un compromiso de vida que se materializa martes y jueves, cuando destina horas y jornadas completas –que a veces se extienden desde la mañana hasta las 5 o 6 de la tarde— a la vida que se encierra detrás de los muros.

–¿Para ti, qué son ellas?

—¡La pura banda!, grita con entusiasmo una interna en Santa Martha Acatitla. 

“Llenan un vacío en el momento que más las necesitamos”, “venimos emocionadas”, “es tiempo y esencia lo que dan”, dicen otras mujeres que comparten la mesa en el conocido como “módulo” en Santa Martha Acatitla, el lugar más recóndito de esa prisión. Reja tras reja, gruesos candados que solo pueden quitar las custodias deben abrirse para llegar hasta el pasillo que conduce a esa área.

Ahí generalmente no hay actividades. Algunas internas están sancionadas y otras fueron trasladadas por diferentes motivos desde el área de población general. El desánimo es evidente cuando salen, por primera vez en el día, casi como si se acabaran de despertar, a sentarse en bancos fríos, alrededor de dos mesas que conforman el único punto de convivencia. Poco a poco, su expresión irá cambiando, hasta convertirse en plática y camaradería.

“Pinches locas”, incluso se le escapa a alguna después de preguntarle a Mariana por qué regresa todas las semanas a las cárceles. Esa es la pregunta que amerita una respuesta más compleja. De entrada, siempre le han interesado los temas sociales. También está convencida de que la forma de tener un mundo mejor es interesándose por los demás, y compartiendo los dones y conocimientos que cada quien tiene. 

Quizá suena un poco romántico, admite, pero para ella se trata igualmente del amor incondicional entre seres humanos. Si existiera, dice, habría miles de situaciones resueltas. Cumplir con un taller la llevó a descubrir una gran necesidad. Ahora sostiene que la vocación de escucha, más que las manualidades, es uno de los requisitos indispensables cuando se busca restituir la dignidad que la cárcel arrebata casi de inmediato.

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Batitas Naranjas acude los martes y jueves para realizar manualidades con las mujeres privadas de su libertad. Foto: Especial

“Nunca pensé llegar a la cárcel”

Psicóloga de formación, con especialidad en psicoterapia de arte y logoterapia, Mariana había dedicado gran parte de su vida profesional al entorno hospitalario. Su trayectoria la llevó al hospital infantil de Tacubaya, Traumatología en Lindavista y, durante otros ocho años, al Instituto Nacional de Perinatología, en cuidados intensivos de bebés prematuros y la atención a sus padres. “Nunca pensé llegar a la cárcel”, confiesa.

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En junio de 2018 una fundación le solicitó apoyo para impartir un curso de verano de cuatro o cinco sesiones en el Centro Femenil de Readaptación Social de Tepepan. Al observar de primera mano las condiciones del lugar, la respuesta de las mujeres y el profundo abandono en el que se encontraban, Mariana y las personas que se han sumado a Batitas Naranjas desde entonces supieron que unas cuantas semanas no bastarían. 

“Decidí quedarme”, afirma. Fue entonces cuando el nombre del grupo nació de una manera tan práctica como la de marcar diferencia respecto a los colores más convencionales, que son también los más restrictivos para las visitas, en las cárceles de México. La tela naranja fue casi una casualidad, pero se convirtió en un símbolo.

Hoy, cuando ella y sus compañeras cruzan las rejas de las prisiones, o cuando alguna mujer privada de la libertad quiere participar en las actividades pero necesita autorización de las custodias, las saludan o gritan desde su ventana: “¡Ya llegaron las Batitas Naranjas!”, “¡Batita naranja, ¿me ayudas?”, “Batita Naranja, ¿a qué hora empieza el taller?”. El distintivo y el nombre se arraigaron de tal manera que incluso las custodias las conocen así, o bromean llamándolas “las mirindas”.

Aunque al principio la intención de la organización era aplicar psicoterapia de arte, el enfoque evolucionó hacia un modelo más orgánico y accesible: las manualidades. Mariana lo describe como un proceso: “No es el fin, es un proceso en donde ellas se relajan, pueden conocernos más, tener más confianza, se crea la plática, y a través de lo que ellas plasman en cualquier tipo de trabajo manual, en cualquier tipo de arte, experimentan todas sus vivencias”.

Las formas más sencillas de expresión son una vía, primero, para plasmar sus experiencias de una manera más amable, menos confrontativa. De ahí se construyen vínculos de confianza que se vuelven únicos o impensables de romper, con poblaciones que tienen heridas profundas de abandono. Estos saltan a la vista de inmediato cuando alguna de ellas se acerca a Mariana a contarle las novedades sobre algún episodio de su vida que ella ya conoce, o buscan apartarla para tener una conversación totalmente privada. 

Por eso, el principal requisito para ser parte del equipo, de ahora nueve voluntarias, es el compromiso absoluto: “No es hacer como falsas promesas, porque entonces empieza una desconfianza terrible, y yo creo que uno de los éxitos de Batitas Naranjas ha sido la constancia y la perseverancia”, advierte Mariana, pues las internas perciben de inmediato cuando alguien acude por morbo en lugar de por un interés genuino.

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Las formas más sencillas de expresión son una vía, primero, para plasmar sus experiencias de una manera más amable, menos confrontativa. Foto: Especial

“Es como si por ser mujer le debes más a la sociedad”: la doble condena

El trabajo de Batitas Naranjas ha llevado a Mariana a notar las diferencias de género radicales que existen dentro del sistema de justicia. Si la cárcel es de por sí un entorno hostil, para las mujeres lo es doblemente: “El abandono de los familiares es altísimo, de un 60, 70% que dejan de tener visita”, calcula. 

Las filas lo evidencian cualquier día de visita: en un centro varonil, la cantidad de personas es abrumadora, mientras que muchas mujeres enfrentan su sentencia en soledad. Animal Político documentó cómo el abandono es alto para las mujeres en prisión: de acuerdo con un informe de la organización EQUIS Justicia para las mujeres, 3 de cada 10 hombres reciben visitas de sus parejas, mientras que para ellas la cifra apenas llega al 10%.

Esa marginación no solo proviene de las familias, sino de las propias instituciones de justicia. Para Mariana, las mujeres son juzgadas con mayor dureza social y legalmente: “Aún cometiendo el mismo delito, los jueces y magistrados se ensañan más con las mujeres. Es como si de alguna manera por ser mujer le debes más a la sociedad, por ser mujer te castigan más cierto comportamiento, porque se espera otra cosa de ti”. 

Incluso en algún momento ni siquiera existían en los centros penitenciarios espacios diseñados para ellas, que representan apenas el 6% del total de población penitenciaria en México; al principio, solo se adaptaban los “sobrantes” en reclusorios varoniles. Ocho años transitando población general, módulos y áreas psiquiátricas de prisiones femeniles le han dado a Mariana una visión crítica sobre el sistema, sobre todo en términos de reinserción.

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Por eso, el principal requisito para ser parte del equipo, de ahora nueve voluntarias, es el compromiso absoluto. Foto: Especial

“Todo el sistema no funciona, los centros se han vuelto un gran negocio” 

El Estado mexicano, en lugar de apostar por una justicia restaurativa, ha perpetuado un modelo de “justicia punitiva”, basada en la venganza y el castigo, sostenido en deficiencias estructurales alarmantes, que ni siquiera consideran un programa de horarios estructurados para las internas, juzga Mariana.

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A esa falta de estructura se suma la imposibilidad de generar ingresos legítimos, porque quienes logran entrar a la nómina institucional son mínimas. La dificultad económica entonces las empuja a reincidir en delitos dentro del mismo penal para sobrevivir y mantener a sus familias en el exterior.

“Necesitan dinero para sobrevivir… Entonces se convierte esto en una gran desesperación porque lleva a meterte en el negocio de la droga, en el negocio de la prostitución… y eso es una constante”, lamenta. Las condiciones indignas llegan a niveles extremos, como los baños de Santa Martha, donde incluso se lidia con plagas de ratas.

“¿Qué tiene eso de reinserción?”, se pregunta después de todo lo que ha atestiguado. Ese fracaso de un sistema donde no existe la reinserción —que en México sigue planteándose como un asunto individual sin considerar a instituciones, familias y sociedad— culmina en el momento de la liberación, que suele ser “complicadísima y abrupta”, señala.

Como ejemplo narra el caso de una mujer que salió tras 18 años de condena y se encontró con un México irreconocible, dominado por celulares y redes de transporte que no sabía utilizar. A esto se le suma un estigma social que no se borra, donde la desconfianza proviene incluso de la propia familia. 

Cuando las mujeres carecen de redes de apoyo, casas de medio camino o empresas dispuestas a emplearlas, “muchas vuelven a robar intencionalmente para regresar a prisión, porque es su casa, es lo que conocen, es donde están seguras, y afuera ya no les espera nada”.

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Si la cárcel es de por sí un entorno hostil, para las mujeres lo es doblemente. Foto: Especial.

 

Comprender la raíz del delito sin justificarlo

Una sencilla mariposa de papel puede detonar confesiones sobre crímenes atroces, sostiene Mariana. Así es como ella ha aprendido a mirar más allá del acto delictivo. La clave, asegura, está en la empatía y la comprensión del contexto de las mujeres privadas de la libertad.

“Es casi casi matemático. O sea, cómo una niña o un niño que viven en una situación de violencia extrema en donde son abusados de muchas maneras, psicológica, emocional, física, sexualmente desde chiquititos, y además todo su contexto es violencia… es dificilísimo que vivan otra circunstancia”, reflexiona. 

Mariana hace énfasis en que el delito no puede justificarse, pero sí entenderse y prevenirse. “No es cierto que existe igualdad de oportunidades en México… Entonces, es muy fácil juzgar desde una perspectiva desde la que yo estoy, o donde yo crecí”, critica Mariana. La delincuencia y el crimen organizado, subraya, encuentran un caldo de cultivo perfecto en infancias que carecen de sentido de pertenencia.

Sostener las historias de mujeres marcadas por dolores profundos también tiene un costo emocional alto. Para lidiar con eso, Mariana recurre a la contención grupal con su equipo de voluntarias, y a la terapia y supervisión personal. Pero su mejor blindaje, dice, es la humanidad misma: lograr ver el lado luminoso incluso en aquellas personas que han cometido crímenes terribles le permite encontrar esperanza.

Mariana cuenta cómo incluso con internas que llegan a estar engrilletadas y en estados de alteración, el acercamiento humano rinde frutos: “Nos deja acercarnos, lavarle la cara, darle de comer en la boca, se desahoga, y baja un poco la tensión y esta agresión de ese momento… Creo que es esto, el que las volteas a ver, el que saben que genuinamente les tienes aprecio, que genuinamente las ves como seres humanos, que no se sienten juzgadas, atacadas”.

Para ella, no se trata de filantropía o de tomarse la fotografía, sino de un trabajo social verdadero que requiere “ensuciarse las manos”, compartir el mismo espacio, comprar una torta, comer jícamas juntas en el patio y, sencillamente, reconocer a la otra como una igual. Eso llega a sorprender hasta a las propias internas, sobre todo cuando notan el contexto social, más acomodado, del que proviene Mariana.

Después de ocho años de llegar, a través de mucha gestión e insistencia con las autoridades penitenciarias, a los rincones más inaccesibles de Tepepan y Santa Marta, su visión sobre las cárceles ha cambiado. Para ella, se trata de mini ciudades habitadas por personas que, separadas solo por sus circunstancias, aman, ríen, trabajan y sufren igual. 

“El amor es un arma que destruye muchísimas cosas. Cuando ellas se sienten aceptadas, queridas, comprendidas o que empatizas con ellas… bajan totalmente los mecanismos de defensa”, asegura. Por eso, su convicción se mantiene clara y realista: tampoco reposa en ilusiones inalcanzables. Ella sabe que no va a salvar al mundo ni a reconstruir el tejido social de un país entero, pero llegar cada martes y jueves a un reclusorio es una apuesta por hacer una diferencia en lo individual. Una diferencia tan llamativa como el color de sus batas.

“Con una persona vale la pena hacer la diferencia… porque tú no sabes lo que puede impactar en estas personas, en algún momento, el sentirse vistas, escuchadas”, añade. Batitas Naranjas va más allá de los pedazos de papel, abatelenguas y pintura con la que una interna arma una “casita” llena de ositos y corazones, para luego contar cómo creció entre secuestradores y se unió al crimen organizado, y después volver a esa infancia rota que la conmueve hasta las lágrimas.

Mariana planea seguir frente a historias como esa cada martes y jueves, “hasta donde me dé la vida”, solo porque lo considera un acto profundamente humano. “Batitas Naranjas lo que quiere lograr con las mujeres privadas de la libertad es que recuperen esta dignidad, que recuperen el sentirse seres humanos… el que no son un número más, el que siguen siendo importantes, el que siguen ejerciendo el papel de hermanas, de mamás, de tías, que no son únicamente el delito que cometieron, sino que tienen todo un abanico de posibilidades… redignificar, y esto se me hace lo más importante”, concluye.