Animal Político · 10 de agosto de 2026
A finales de la década de 1980, “Los Narcosatánicos” se convirtieron en uno de los grupos criminales que más conmocionaron a México. La organización llamó la atención de las autoridades por una serie de delitos relacionados con rituales y creencias religiosas.
Detrás del grupo se encontraba supuestamente Adolfo Constanzo, un hombre que logró reunir a varios seguidores y presuntamente establecer una organización en la que se mezclaban actividades delictivas con prácticas rituales. Con el paso del tiempo, el nombre de “Los Narcosatánicos” quedó ligado a una serie de hechos violentos que marcaron la historia criminal del país.
El caso llegó a uno de sus momentos más importantes en 1989, cuando el asesinato de un estudiante estadounidense llevó a las autoridades a profundizar en las actividades de la organización. La investigación permitió descubrir evidencias que revelaron la dimensión de los crímenes y pusieron al grupo en el centro de uno de los casos más perturbadores de México.

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Los presuntos líderes de la organización delictiva con tintes religiosos fueron Adolfo Constanzo, quien supuestamente era el dirigente, y Sara Aldrete.
Adolfo de Jesús Constanzo nació el 1 de noviembre de 1962. De acuerdo con información documental del caso, para los miembros de su culto era conocido como “El Padrino”, mientras que para el resto del mundo sería recordado como un supuesto asesino serial y líder de “Los Narcosatánicos”, nombre que fue dado por la prensa para hacer mención de este grupo delictivo.
Durante su infancia tuvo contacto con distintas prácticas religiosas, ya que fue bautizado en la religión católica y llegó a desempeñarse como monaguillo, pero también acompañaba a su madre en viajes a Haití, donde tuvo acercamiento con el vudú haitiano.
Su madre, Delia Aurora González, era practicante de Palo Mayombe, una tradición religiosa de origen africano desarrollada en Cuba. Constanzo creció familiarizado con esta doctrina y posteriormente comenzó a involucrarse en actividades delictivas, entre ellas vandalismo, robos y venta de drogas.
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Entre 1983 y 1984, Constanzo llegó a México. Algunos reportes documentales y medios de comunicación como The New York Times señalan que inicialmente habría viajado al país para trabajar como modelo. Sin embargo, en la Ciudad de México comenzó a ganar reputación como santero, médium y supuesto clarividente.
Poco a poco consiguió clientes entre personas adineradas y miembros de grupos vinculados con el narcotráfico, quienes acudían a él para realizar rituales y obtener supuesta protección.
Su actividad como líder espiritual terminó convirtiéndose en un negocio que también estaba supuestamente relacionado con el crimen organizado. En el libro Evil Serial Killers: In the Minds of Monsters, de Charlotte Greig, se señala que Constanzo cobraba por distintos rituales y que algunos incluían sacrificios de animales. Con el tiempo, supuestamente sus prácticas se volvieron cada vez más violentas y comenzó a buscar restos humanos para utilizarlos en sus ceremonias y, posteriormente, llegó a realizar sacrificios humanos.

Constanzo terminó convirtiéndose en el líder de “Los Narcosatánicos”, organización vinculada con asesinatos, sacrificios y rituales en Matamoros, Tamaulipas. Las autoridades llegaron hasta él tras la investigación por la desaparición y asesinato del estudiante estadounidense Mark Kilroy en 1989, la cual condujo al Rancho Santa Elena, supuesto centro de sus operaciones.
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Sara María Aldrete Villarreal nació en Matamoros, Tamaulipas, y antes de relacionarse con “Los Narcosatánicos” llevaba una vida como estudiante en Estados Unidos.
Constanzo la habría incorporado a su círculo y le dio el nombre de “La Madrina”. Dentro de la organización, Aldrete llegó a ocupar un lugar de importancia como segunda al mando y, según una publicación de The Washington Post, también se encargaba de reclutar nuevos integrantes y posibles víctimas. Su relación con el grupo se habría desarrollado mientras Constanzo combinaba sus actividades relacionadas con el narcotráfico con los rituales que practicaba.
En 1989, después de que las autoridades descubrieran los cuerpos enterrados en el Rancho Santa Elena, en Matamoros, supuestamente Aldrete huyó hacia la Ciudad de México junto con Constanzo y otros integrantes del grupo. Posteriormente, fue detenida durante un operativo realizado en la colonia Cuauhtémoc, en la Ciudad de México, donde, presuntamente, Constanzo murió después de ordenar a uno de sus seguidores que lo asesinara para evitar ser capturado.
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Aldrete fue procesada y recibió una sentencia de prisión por su presunta relación con los crímenes atribuidos a “Los Narcosatánicos”. Sin embargo, ella siempre ha negado haber participado en los asesinatos y haber conocido las actividades criminales del grupo. En su autobiografía Me dicen la narcosatánica, publicada años después, presentó su propia versión de lo ocurrido y sostuvo que fue víctima de las circunstancias y de la actuación de las autoridades.

De acuerdo con Aldrete, ella se acercó a Constanzo porque sabía de santería, pero asegura que este la secuestró, que intentó pedir ayuda y después resultó detenida e implicada en el caso.
Desde entonces, Sara Aldrete ha pasado casi cuatro décadas en prisión y continúa recluida en el penal femenil de Tepepan. Su caso sigue generando interés debido a la diferencia entre la versión sostenida por las autoridades y la que ella misma ha defendido durante años. En 2023, además, habló públicamente sobre presuntos actos de tortura que, según su relato, habría sufrido después de su detención.
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Uno de los casos que terminó por revelar las actividades de “Los Narcosatánicos” fue la desaparición de Mark Kilroy, un estudiante de 21 años de la Universidad de Texas que se encontraba en Matamoros durante las vacaciones de primavera de 1989. La madrugada del 14 de marzo, Kilroy se separó de sus amigos mientras se encontraban en la ciudad y desde entonces no volvió a ser visto.
La desaparición del joven estadounidense provocó una búsqueda que involucró a autoridades de ambos lados de la frontera. Semanas después, las investigaciones llevaron hasta un rancho ubicado en las inmediaciones de Matamoros, donde agentes encontraron indicios de que el lugar había sido utilizado para realizar sacrificios rituales, de acuerdo con información de The New York Times.
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En abril de 1989, las autoridades localizaron en el Rancho Santa Elena los restos de varias personas, entre ellos los de Kilroy. El hallazgo se produjo después de que integrantes del grupo fueran detenidos y proporcionaran información sobre las fosas del lugar. La identificación del estudiante confirmó que su desaparición estaba relacionada con las presuntas actividades delictivas de la organización encabezada por Adolfo Constanzo.
El caso de Kilroy se convirtió así en una pieza clave para descubrir la dimensión de los crímenes atribuidos a “Los Narcosatánicos”. El hallazgo de los cuerpos y las evidencias encontradas en el rancho permitieron a las autoridades reconstruir parte de las actividades del grupo y avanzar en la búsqueda de sus principales integrantes.