Joel Aguirre · 23 de septiembre de 2026
Por Miguel Canseco y Teresa Dávalos Navarro
En la discusión pública sobre mamíferos marinos en México se ha vuelto frecuente que los cambios a la Ley General de Vida Silvestre (LGVS) —que prohíben la reproducción de mamíferos marinos bajo cuidado profesional— sean usados como argumento para descalificar el trabajo de las Instituciones Zoológicas Especializadas en Mamíferos Marinos (IZEMM). Sin embargo, rara vez se menciona que los artículos transitorios de la propia reforma permiten que las instituciones existentes continúen operando conforme a sus planes de manejo autorizados. El debate suele simplificarse en una narrativa de “todo o nada”, cuando la realidad es mucho más compleja.
Una de las consignas más usadas por algunos grupos activistas es el hashtag #CautiverioMata, una frase contundente desde el punto de vista comunicacional, pero insuficiente desde cualquier análisis. Su premisa es que cualquier forma de cuidado humano de fauna silvestre, independientemente de su nivel de especialización, supervisión técnica o aportación científica, es inherentemente negativa y debe desaparecer. Bajo esa lógica, no solo se cuestiona a las instituciones de mamíferos marinos, sino también a zoológicos, acuarios, centros de rescate y programas de conservación acreditados alrededor del mundo. La ciencia, como lo hemos estado exponiendo en estas colaboraciones en Animal Político, cuenta otra historia.
A nivel global existe una amplia red de instituciones zoológicas agrupadas en organizaciones como la WAZA, AZA, la American Humane Society, así como asociaciones regionales como ALPZA, EAZA, SEAZA y especializadas de gran prestigio como Alliance of Marine Mammal Parks and Aquariums (AMMPA), la International Marine Animal Trainers’ Association (IMATA) y, en México, la AMHMAR. Estas organizaciones no existen únicamente para exhibir animales; destinan recursos, experiencia técnica y personal altamente capacitado a programas de investigación, rescate, educación ambiental y conservación.
Quizás uno de los mejores ejemplos sea el Sarasota Dolphin Research Program, considerado el estudio continuo más antiguo del mundo sobre una población silvestre de delfines nariz de botella (Tursiops truncatus), iniciado en 1970. Más de cinco décadas de seguimiento han permitido documentar seis generaciones de delfines, conocer su estructura social, biología reproductiva, salud, longevidad y respuesta a amenazas ambientales. Este programa ha generado cientos de publicaciones científicas revisadas por pares y ha sido financiado de manera importante por instituciones zoológicas como Dolphin Quest, además de contar con la colaboración de organizaciones zoológicas y acuarios de prestigio internacional.
De hecho, la población de T. truncatus de Sarasota se convirtió en la referencia científica utilizada para entender fenómenos tan graves como los impactos del derrame petrolero de Deepwater Horizon en el Golfo de México. Gracias a esa línea base de conocimiento fue posible identificar afectaciones severas en delfines expuestos al petróleo, incluidas enfermedades pulmonares, fallas reproductivas, alteraciones inmunológicas y aumentos en la mortalidad, especialmente en crías. A más de quince años del desastre, sus efectos siguen documentándose.
Otro ejemplo relevante es el llamado Cetacean Welfare Study, encabezado por Lisa Lauderdale y colaboradores en 2021, considerado el proyecto de bienestar animal más amplio realizado hasta ahora con delfines bajo cuidado profesional. Involucró decenas de instalaciones acreditadas en varios países y analizó información de cientos de ejemplares mediante tecnologías de monitoreo no invasivas. Sus resultados mostraron que variables de manejo, enriquecimiento ambiental y cuidado profesional tienen una influencia significativa en la actividad y comportamiento de los animales, desafiando algunos lugares comunes del debate público.
México no fue un espectador de estos esfuerzos. Diversas instituciones nacionales asociadas y no asociadas a la AMHMAR participaron aportando 45.8 % de los delfines que participaron en la muestra, así como experiencia técnica y personal especializado. Asimismo, miembros de la asociación colaboraron en VaquitaCPR, el esfuerzo multinacional impulsado por SEMARNAT y expertos internacionales para intentar evitar la extinción de la vaquita marina. Veterinarios y especialistas mexicanos participaron directamente en las labores de búsqueda, manejo y atención de ejemplares, aportando capacidades desarrolladas precisamente en instituciones bajo cuidado profesional.
El quid entonces no debería ser cómo desaparecer a las Instituciones Zoológicas Especializadas en Mamíferos Marinos, sino cómo aprovechar mejor su capacidad instalada. ¿Qué ocurriría si legisladores, autoridades y activistas canalizaran la misma energía que hoy se dedica a promover consignas destructivas como #CautiverioMata hacia la construcción de mecanismos para generar recursos desde las instituciones zoológicas en general y las especializadas en mamíferos marinos, destinados a la investigación y conservación de poblaciones silvestres mexicanas? ¿Qué pasaría si existieran fideicomisos público-privados para financiar la recuperación de la vaquita, estudiar los efectos acumulados de eventos como Deepwater Horizon en el Golfo de México o atender las recurrentes mortandades de manatíes registradas en Tabasco o los continuos reportes de ejemplares muertos en la Bahía de Chetumal?
El contraste con Sarasota es evidente. Mientras allá se construyó durante más de medio siglo un modelo de colaboración entre ciencia, instituciones zoológicas y conservación, en México seguimos atrapados en debates ideológicos que consumen tiempo y recursos. Si queremos avanzar hacia la sostenibilidad y, más aún, hacia la regeneración de nuestros ecosistemas marinos, necesitamos más evidencia y menos consignas. Porque al final parecería que, como mexicanos, seguimos atados a nuestros viejos dichos: “Ni para Dios ni para el diablo”, cuando podríamos estar trabajando, simplemente, para la conservación.♦
*Miguel Canseco es vicepresidente de Comunicación de la Asociación Mexicana de Hábitats para la Interacción y Protección de Mamíferos Marinos, A. C. (AMHMAR), y Teresa Dávalos Navarro es maestra en Ciencias y asesora científica de la misma organización.