Santuarios para mamíferos marinos: oportunidades, contradicciones y desinformación

Joel Aguirre · 13 de agosto de 2026

Santuarios para mamíferos marinos: oportunidades, contradicciones y desinformación

Por Miguel Canseco y Teresa Dávalos*

En el complejo escenario de las políticas públicas ambientales contemporáneas, pocas arenas son tan emocionales y, a la vez, tan carentes de rigor científico como la gestión de mamíferos marinos bajo cuidado profesional. En años recientes, una ola de reformas legislativas en países como Canadá (junio de 2019), Francia (mayo de 2017 y ratificada en 2021) y, más recientemente, México (junio de 2025), ha prohibido la reproducción y exhibición de estas especies.

Impulsadas por un activismo animalista de alta visibilidad y adoptadas por sectores políticos ávidos de una narrativa “progresista”, estas leyes presentan una alternativa aparentemente ética: los “santuarios”. Sin embargo, tras el velo de la benevolencia se esconde una peligrosa combinación de desinformación, negación de la ciencia y una inviabilidad económica que condenará a los animales y, a quienes dependen económicamente de esta actividad, a un futuro incierto.

El espejismo del “santuario”

El concepto de “santuario” evoca imágenes de libertad y retorno a la naturaleza, pero como bien ha señalado el Dr. Jason Bruck, biólogo especializado en comportamiento y cognición de cetáceos de la Universidad Stephen F. Austin, el término es más una estrategia de marketing emocional que una realidad biológica o técnica. En sus análisis sobre el tema, Bruck advierte que los santuarios son, en esencia, una forma de cautiverio gestionada bajo criterios que a menudo carecen de los estándares de bienestar validados por décadas de práctica zoológica profesional. Resulta profundamente irónico que el activismo haya pasado años “satanizando” el concepto de cautiverio para ahora proponerlo bajo un nombre distinto, pretendiendo que al cambiar una etiqueta se alterarán las necesidades biológicas de los ejemplares, lo que demuestra más un pensamiento mágico y no un análisis basado en las condiciones materiales de los animales y de las personas que los cuidan.

En México, la figura legal del santuario para mamíferos marinos ni siquiera existe formalmente en la Ley General de Vida Silvestre para este propósito, lo que deja a estos proyectos en un limbo normativo frente a las instituciones actuales que operan bajo estrictos planes de manejo autorizados por la SEMARNAT. Los llamados “santuarios” en México son registrados ya sea como Unidades de Manejo para la Conservación de Vida Silvestre (UMA) o Predios o Instalaciones que Manejan Vida Silvestre (PIMVS), lo que legalmente los clasifica igual que cualquier otra institución zoológica en México, con las mismas obligaciones a nivel nacional, pero sin los estrictos estándares internacionales en bienestar, educación, investigación y conservación, que muchas instituciones, como zoológicos, acuarios y parques con mamíferos marinos, deciden adoptar de manera voluntaria.

No existe ningún “santuario” para mamíferos marinos exitoso

La viabilidad de estos espacios se ve aún más comprometida cuando se analizan los parámetros internacionales. Los estándares existentes para los santuarios como los de la Federación Global de Santuarios Animales (GFAS) o la Asociación Americana de Santuarios (ASA), establecen reglas sin ninguna justificación o consideración por la ciencia actual del bienestar animal en mamíferos marinos. En la actualidad, no existe ningún “santuario” para mamíferos marinos o cetáceos exitoso, por lo que estos estándares fueron creados sin poder ser basados en datos observables de comportamiento, medicina veterinaria, socialización, alimentación, entre otros, de mamíferos marinos en estas condiciones. Por otra parte, los estándares que han sido creados para zoológicos, acuarios y parques con mamíferos marinos han sido creados con estudios científicos llevados a cabo en estas mismas instalaciones, por lo que son más completos y mucho mejor justificados.

 Por ejemplo, uno de los requisitos fundamentales para que un santuario sea considerado como tal, es la ausencia de contacto directo con los animales y la prohibición de cualquier forma de interacción pública o comercial. Si bien esto responde a una filosofía purista, en la práctica genera una situación imposible: al eliminar la interacción y la exhibición, se anula una parte importante de la estimulación física y mental de los animales y la fuente de ingresos necesaria para sostener la operación. 

Aquí reside la mayor contradicción de la política pública actual: el bienestar de un mamífero marino es extraordinariamente costoso, pues requiere toneladas de alimento de grado humano, sistemas de ultracongelamiento y soporte de vida masivos, mantenimiento constante, así como un equipo humano de veterinarios y cuidadores altamente capacitados y con una vocación de servicio por el cuidado de los animales que debe estar disponible las 24 horas. Sin un flujo de recursos constante, la operación se vuelve insostenible, lo que inevitablemente deriva en el deterioro de la calidad de vida y cuidados para los animales.

Negligencia inducida 

La historia reciente registra ejemplos donde la retórica del santuario ha fallado claramente. En México, el caso de “Black Jaguar White Tiger” demostró cómo un proyecto nacido bajo la bandera del rescate y el “no cautiverio” terminó en una crisis de negligencia y abandono por falta de sostenibilidad financiera. De igual manera, en Estados Unidos, la mediática disputa entre “Joe Exotic” y “Big Cat Rescue” puso de manifiesto que, al final del día, muchos de estos llamados santuarios operan bajo condiciones de cautiverio simple y llano, a menudo con menos transparencia y supervisión que un zoológico acreditado. 

Estas experiencias subrayan que la buena voluntad de los activistas no es una moneda de cambio válida para pagar suministros médicos, alimento o nóminas de especialistas. De acuerdo con cálculos basados en los gastos operativos de asociados de la AMHMAR, la manutención anual de un solo delfín, incluidos alimentación, medicina veterinaria y cuidadores, implica al menos 1.5 millones de pesos, esto sin contar la inversión inicial de la planta física.

Al prohibir la exhibición y la interacción con el público, las instituciones pierden su única fuente de ingresos. Sin estos recursos, el mantenimiento de los ejemplares se vuelve imposible. Es aquí donde surge el fenómeno de la “negligencia inducida”: los mismos grupos que presionaron para asfixiar económicamente a los recintos son los que, meses después, denuncian “abandono” ante la previsible falta de fondos para el mantenimiento. La solución que proponen entonces es el santuario, financiado —teóricamente— por donaciones que rara vez llegan a cubrir los costos operativos a largo plazo.

Cuando los santuarios son más un riesgo que una solución

Esta inviabilidad ha sido reconocida incluso por autoridades regulatorias en niveles internacionales. A pesar de la intensa presión de grupos activistas para trasladar a las orcas de Francia a proyectos de santuarios marinos a Canadá, o más recientemente en junio y julio de 2026, la urgencia de reubicar belugas de instituciones canadienses que llegaron a advertir sobre la posibilidad de aplicar la eutanasia ante la quiebra financiera provocada por las prohibiciones, las autoridades canadienses que habían mantenido una postura de cautela tuvieron que acceder a reubicar los animales en acuarios e instituciones zoológicas especializados en mamíferos marinos acreditados de los Estados Unidos. Es sintomático que no se haya autorizado dicha mudanza hacia proyectos de santuarios en mar abierto precisamente porque se consideran propuestas inviables que no garantizan la supervivencia de los animales a largo plazo. Los riesgos de contaminación, patógenos silvestres, ruido antropogénico y la falta de una estructura de soporte vital robusta hacen que estos traslados sean vistos más como un riesgo, que como una solución.

Cuando la política pública ignora la evidencia técnica y se rinde ante el populismo ambiental, el resultado es el desastre. El cierre de instituciones zoológicas no solo detiene la investigación científica —vital para conservar especies en peligro como la vaquita marina (Phocoena sinus), el delfín franciscana (Pontoporia blainvillei) y los manatíes (Trichechus manatus)—, sino que genera una crisis de bienestar para los animales que ya viven en entornos profesionalmente manejados.

La realidad es cruel: los santuarios requerirán, al menos, la misma planta física y operativa que las instituciones actuales. Si estas últimas son inviables por la falta de ingresos generados por visitas o interacciones, los santuarios nacerán en bancarrota. Si se prohíben las actividades que generan los recursos para pagar esos servicios, se está legislando hacia un callejón sin salida. Los mismos activistas que hoy presionan por el cierre de los recintos son los primeros en escandalizarse por el “abandono” de los animales cuando las instituciones, asfixiadas económicamente, ya no puedan cumplir con sus planes de manejo. México y el mundo necesitan entender que el bienestar animal se construye con ciencia y presupuesto, no con promesas de utopías que, en la práctica, solo ofrecen un cautiverio precario y sin futuro.

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*Miguel Canseco es vicepresidente de comunicación de la Asociación Mexicana de Hábitats para la Interacción y Protección de Mamíferos Marinos, A. C. (AMHMAR, A.C.). Y Teresa Dávalos Navarro es asesora científica en la misma asociación.