Joel Aguirre · 26 de agosto de 2026
Por Miguel Canseco y Teresa Dávalos Navarro*
La reforma de 2025 a la Ley General de Vida Silvestre (LGVS) ha abierto un debate que va más allá de los delfines bajo cuidado profesional. En realidad, la discusión toca uno de los principios fundamentales de cualquier democracia moderna: si las políticas públicas deben construirse con base en evidencia científica o a partir de narrativas que, aunque socialmente atractivas, no necesariamente reflejan el conocimiento disponible.
Las decisiones públicas obtienen legitimidad de dos fuentes complementarias. La primera es democrática y proviene de la representación política y la deliberación social. La segunda es técnica y deriva de la calidad de la evidencia utilizada para fundamentarlas. Lasswell (1951, 1971) pionero en políticas públicas, sostenía que las sociedades modernas debían aspirar a una verdadera policy science, es decir, a procesos de decisión sustentados en conocimiento verificable. Décadas después, Stone (2012) advirtió que las políticas suelen construirse a través de relatos capaces de movilizar emociones y generar consensos, pero no siempre reflejar la complejidad de los hechos.
Esta tensión resulta particularmente visible en el caso de los mamíferos marinos. La reforma a la LGVS parte de una premisa categórica: que el cautiverio es incompatible con el bienestar de estos animales. Bajo esta lógica, las Instituciones Zoológicas Especializadas en Mamíferos Marinos (IZEMM) quedan sujetas a una presunción permanente de afectación al bienestar animal, independientemente de sus estándares de operación, acreditaciones o resultados observables. El problema es que la ciencia contemporánea del bienestar animal no ha llegado a una conclusión tan absoluta.
Durante años ha ganado terreno una narrativa según la cual animales tan inteligentes como los delfines inevitablemente sufren por encontrarse en instalaciones artificiales. De acuerdo con esta visión, cualquier entorno creado por el ser humano constituye por sí mismo un ambiente empobrecido. Sin embargo, la función de la ciencia consiste precisamente en poner a prueba aquello que parece intuitivamente cierto y verificar si realmente está respaldado por la evidencia.
Los datos muestran una realidad más compleja: uno de los esfuerzos científicos más importantes de los últimos años fue el Cetacean Welfare Study, desarrollado por Lauderdale y colaboradores (2021), que reunió información proveniente de numerosas IZEMM acreditadas. Sus resultados señalaron que las características físicas del hábitat tienen una influencia relativamente limitada sobre diversos indicadores de bienestar. En contraste, factores como el enriquecimiento ambiental, entrenamiento, interacción social y calidad del manejo profesional ejercen una influencia más relevante.
La pregunta científicamente pertinente no es si un hábitat es natural o artificial, sino si el animal recibe las condiciones necesarias para mantener estados positivos de bienestar. Esta conclusión coincide con la evolución de la disciplina. Durante décadas, las evaluaciones de bienestar se concentraron en describir instalaciones o dimensiones físicas. Actualmente, la tendencia internacional es evaluar resultados. Lo relevante es determinar qué efectos produce un entorno sobre el animal y no únicamente cómo luce desde una perspectiva humana.
Bajo esta lógica surgió el Modelo de los Cinco Dominios (2020), considerado hoy uno de los principales referentes para la evaluación del bienestar animal. Este marco integra nutrición, ambiente físico, salud, comportamiento y estado mental. Su aportación consiste en reconocer que el bienestar no depende exclusivamente de la estructura física de un recinto, sino de la experiencia integral del animal y de las oportunidades que tiene para desarrollar conductas apropiadas y estados afectivos positivos.
Ningún zoológico reproduce exactamente la selva alta chiapaneca. Ningún acuario recrea completamente un arrecife coralino. Ningún “delfinario” replica íntegramente el océano. La ciencia moderna no exige una copia perfecta de la naturaleza. Exige evidencia de buena salud, comportamiento adecuado, estimulación física y mental, interacción social positiva y ausencia de indicadores consistentes de sufrimiento.
La investigación reciente ha puesto especial atención en la cognición de los cetáceos. Jaakkola (2023) examinó la hipótesis de que los delfines bajo cuidado profesional viven, por definición, en ambientes empobrecidos. Su conclusión fue clara: la evidencia disponible no respalda esa afirmación para las Instituciones Zoológicas Especializadas en Mamíferos Marinos que operan bajo estándares profesionales. Por el contrario, el bienestar parece depender mucho más de la calidad de los programas de enriquecimiento, oportunidades de aprendizaje y desafíos cognitivos ofrecidos a los animales.
Esto no significa que todas las instituciones sean iguales, ni que cualquier forma de manejo resulte aceptable. La ciencia reconoce que existen diferencias entre instalaciones y que el bienestar animal debe evaluarse y mejorarse permanentemente. Pero una cosa es exigir estándares cada vez más altos y, otra, convertir en verdad jurídica una hipótesis que la evidencia científica converge a refutar.
Las sociedades democráticas tienen derecho a debatir el futuro de los mamíferos marinos bajo cuidado profesional. Lo que no deberían hacer es sustituir la evidencia por la emoción o el conocimiento por la percepción. La ciencia no reemplaza a la política, pero sí establece los límites de lo que puede afirmarse como cierto. Cuando una política pública ignora esa frontera y adopta como fundamento lo que el consenso científico actual rechaza no solo se pone en riesgo el bienestar de los animales que pretende proteger. También se compromete la legitimidad de las propias decisiones públicas. Y sin legitimidad científica, incluso las mejores intenciones, pueden producir resultados contrarios a los que desean alcanzar y puede que lo estamos viendo en tiempo real.♦
*Miguel Canseco es vicepresidente de Comunicación de la Asociación Mexicana de Hábitats para la Interacción y Protección de Mamíferos Marinos, A. C. (AMHMAR), y Teresa Dávalos Navarro es maestra en Ciencias y asesora científica de la misma organización.