Eréndira Aquino · 4 de noviembre de 2026
Con decenas de consignas como “tu voto es resistencia” y “ni una deportación más”, un memorial improvisado en Texas para recordar a Lorenzo Salgado Araujo —mexicano fallecido bajo custodia del ICE en julio pasado— no sólo reflejó la indignación acumulada frente a las políticas migratorias de Donald Trump, sino que se convirtió durante la campaña, en un símbolo del pulso de estas elecciones intermedias (midterms) que terminaron con un revés al presidente de Estados Unidos rumbo a sus dos últimos años de gobierno.
En Texas, considerado históricamente un bastión republicano, el clima electoral se vivió, por un lado, a través de la retórica de los discursos de Trump, quien en sus mensajes de cierre de campaña insistía en que los demócratas permitirían una supuesta “invasión fronteriza” si su partido perdía el control del Congreso, lo cual sucedió.
Al mismo tiempo, era palpable el descontento por las afectaciones directas que han sufrido las comunidades a causa de sus políticas. Una herida abierta se expresó en el memorial en Houston a Salgado Araujo, donde desde el pasado 19 de octubre, cuando inició la votación anticipada en el estado, vecinos, familiares y votantes empezaron a pegar calcomanías con la leyenda “Yo voté” (“I Voted”).

En la jornada electoral del martes, se jugó la reconfiguración del Congreso —con la renovación total de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado—; además, se eligieron cargos estatales decisivos como gubernaturas y fiscalías generales.
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En un proceso donde los contrapesos se definen voto a voto, los resultados ya son contundentes: el Partido Demócratas pintó de azul el Congreso, alcanzando mayoría sobre los republicanos en ambas cámaras, con lo que podrá ser contrapeso en la agenda Trump.
En Texas, el viraje es claro: en la elección al gobierno del estado, la demócrata Gina Hinojosa derrotó al republicano Greg Abbott, quien pretendía permanecer en el cargo. Con esto, Hinojosa será la primera mujer latina en gobernar el estado fronterizo y la primera demócrata en llegar al cargo desde 1990.
Por otra parte, el cantante Bobby Pulido venció a Mónica De La Cruz en el Distrito 15 de Texas.
El desenlace de estas elecciones intermedias, confirma el papel determinante de un actor clave: el electorado de origen latino, cuya movilización en las urnas terminó por reconfigurar y consolidar fuerzas políticas desde Texas hasta California.

El memorial intervenido sintetizó la compleja encrucijada de la comunidad hispana en Texas, un estado que se consideraba “bisagra” en las elecciones por la posibilidad de que ocurriera lo que al final sucedió: un cambio de partido en el poder.
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Por un lado, un sector joven y movilizado protestó en las calles e impulsó el voto de castigo contra las políticas de detención y deportación. Por otro, hubo personas que se quedaron cerca del conservadurismo como argumento para mantener sus derechos en Estados Unidos.
“El votante acude a las urnas impulsado por el ‘voto de la venganza’ sopesando si le gusta o no lo que ha vivido bajo este gobierno”, sostiene Iliana Rodríguez Santibáñez, profesora e investigadora del Tecnológico de Monterrey.
“El malestar es generalizado y las políticas migratorias de persecución, muchas de ellas ilegales, están molestando profundamente al electorado”, añade. Sin embargo, aclara, el electorado latino dista de ser un bloque único.

Por otra parte, la investigadora de la UNAM, Dora Isabel González Ayala, explica que en el comportamiento de este sector también influyen las divisiones internas y de clase dentro de la propia comunidad.
“La razón de que llegó Trump como llegó, con un voto duro minoritario, fue el latino, porque defendió al latino que ya está nacionalizado estadounidense, que ya no quería ver a otros latinos ingresar para que no les demeritaran su trabajo, tanto en ingresos como en oportunidades de empleo”, señala la internacionalista.
Las medidas migratorias “de mano dura”, insiste, han provocado un desgaste que, ya con los resultados a la vista, podemos deducir que impactó en las urnas.
Las encuestas y estudios de opinión en Texas reflejaron con claridad esta fractura. Sondeos de organizaciones como UnidosUS señalaron como el costo de vida, la inflación y los salarios fueron las mayores preocupaciones de las personas votantes hispanas, seguidas estrechamente por el rechazo a los abusos en detenciones y deportaciones.
Asimismo, más de la mitad de la población latina encuestada en el estado manifestó inquietud por sus derechos civiles y libertades fundamentales bajo las condiciones actuales de persecución migratoria.
A medida que el recuento avanza —tras una jornada cuyos resultados definitivos tardarán días o incluso semanas en definirse—, el comportamiento del electorado hispano demuestra que la comunidad ya no responde a lealtades partidistas automáticas, sino a una compleja negociación entre sus aspiraciones económicas, su arraigo comunitario y el impacto directo de las políticas de seguridad fronteriza.
Mientras los analistas evalúan el peso de este bloque demográfico en los condados del sur texano, el crecimiento de nuevas generaciones de votantes de origen latino con posturas más críticas frente a las redadas de ICE, redefine el mapa electoral.

Mientras en la frontera texana el pulso electoral se debatió entre el dolor de las redadas y el conservadurismo que atrae a sectores de la comunidad hispana, la costa oeste dibujó un panorama distinto.
En California, el proceso electoral de estas intermedias no solo movilizó al electorado frente a las directrices federales, sino que encumbró una aspiración histórica: que el demócrata Xavier Becerra —exsecretario de Salud federal e hijo de madre mexicana— alcanzara la gubernatura del estado.
Con su triunfo, Becerra se convertirá en el primer mandatario de origen latino en la historia moderna de esa entidad.
Este contraste geográfico expone las dos caras de la visibilidad latina en Estados Unidos: por un lado, Texas operó como el bastión de la confrontación directa; por el otro, California se consolidó como el epicentro del poder institucional demócrata, donde la representación política de los latinos trascendió el activismo callejero para llegar a las más altas esferas de ejecución de políticas públicas.
Para Iliana Rodríguez, estas divergencias demuestran que, a pesar de la diversidad de posturas, “la ideología de los partidos y la participación de las minorías obedecen a la lógica de conservar espacios de representación”, aunque con métodos y prioridades que varían drásticamente según el estado.
En este mismo sentido, Enrique Catalán, profesor e investigador de la UAM Xochimilco, advierte que este fenómeno se enmarca en una profunda fragmentación institucional y social en la Unión Americana, donde el movimiento MAGA y la radicalización de la actual administración han tensionado las reglas del juego democrático.
Sin embargo, señala Catalán Salgado, el contrapeso no proviene únicamente de las instituciones tradicionales, sino del desgaste generalizado y del incremento de la movilización ciudadana que buscan frenar los aires supremacistas y la violencia institucional.

El desenlace de estas elecciones intermedias deja un mensaje contundente para México: la presión geopolítica, económica y migratoria no cederá, independientemente de la correlación de fuerzas que domine el Capitolio.
George I. Gonzalez, estratega político y analista, considera que la relación bilateral se mantendrá bajo una dinámica compleja, ya que, aun con un posible contrapeso demócrata en el Congreso, el debate sobre el control fronterizo y la seguridad nacional seguirá siendo parte central del electorado estadounidense.
“Para México es una posición muy difícil, ya que incluso un bloque opositor no corre sobre una base de migración abierta, sino bajo una lógica estricta de seguridad”, advierte Gonzalez.
En esa misma línea, Iliana Rodríguez subraya que aunque la conformación del Congreso pueda frenar algunos decretos o entorpecer la revisión anual del T-MEC, la presión sobre el Estado mexicano se mantendrá constante.
“No importa qué pase dentro del Congreso, la presión sobre México no se va a solventar; lo que cambiará en todo caso es el tono y la velocidad”, explica la especialista, recordando que el gobierno estadounidense continuará utilizando los flujos comerciales y las exigencias de seguridad como herramientas de coerción.
Frente a este panorama, Enrique Catalán señala que la diplomacia mexicana se ha limitado históricamente a responder a las presiones de la Casa Blanca en lugar de anticiparse a ellas. Por ello, la reconfiguración de fuerzas en el Capitolio podría representar una ventana de oportunidad para pasar de una estrategia defensiva —enfocada únicamente en contener daños— a una postura de interlocución más firme que defienda activamente los intereses comerciales y los derechos de millones de connacionales en Estados Unidos.