¿Vale la pena ir a una sala de escucha? Spoiler: si

Paula Paredes S. · 22 de agosto de 2026

¿Vale la pena ir a una sala de escucha? Spoiler: si

Seguramente, mientras buscas planes para hacer en la CDMX o navegas entre TikTok e Instagram, te has encontrado con alguna experiencia relacionada con la escucha de discos. Pero, ¿realmente vale la pena pagar por sentarte a escuchar un álbum?

Nos lanzamos a Sona, un espacio dedicado a la escucha profunda, y aquí te contamos cómo fue la experiencia para que decidas si te animas a probarla.

La banda sonora de Amores Perros

Antes de ir a Sona me preguntaba si realmente podía cambiar la experiencia de escuchar música cuando, en teoría, lo único que tienes que hacer es sentarte y darle play a un disco. Para salir de la duda, fui a una sesión especial que se realizó el 15 de agosto, en el marco del Día Nacional del Cine Mexicano.

Para la ocasión, Sona en alianza con MUBI sumó a su cartelera la banda sonora de una de las películas que cambiaron el cine mexicano: Amores Perros, de Alejandro González Iñárritu.

Ese día había tres horarios de escucha. Yo elegí el de las 19:00 horas y llegué a Sona, ubicado en Cuernavaca 134, en la colonia Hipódromo Condesa.

Un lugar donde nada busca alterar tus sentidos

Al entrar te encuentras con una sala en la que se escuchan sonidos de la selva tropical: aves, lluvia y todo un ecosistema que parece estar ocurriendo al otro lado de la pared.

Se trata de la escucha en vivo de la reserva natural del Santuario de Macaw, una instalación permanente que te transporta hasta Costa Rica y que está relacionada con uno de los proyectos de conservación más importantes de la región.

“En los últimos 30 años, este proyecto transformó antiguos terrenos de pastoreo en una selva tropical llena de vida que alberga más de 350 especies de aves, 30 de anfibios y casi 70 de murciélagos”, explica la ficha técnica del lugar.

Después, al bajar, encuentras una barra de té donde te reciben con una taza de hōjicha, un té japonés elaborado a partir de los tallos y hojas que normalmente se descartan de la primera cosecha, esta vez en lugar de desecharlos, se tuestan.

Así, algo aparentemente simple e ignorado se transforma en una bebida hecha para calmar. Todo responde a una intención.

Y aquí va un dato importante: si buscas una chelita, un cafecito o algo más fuerte, no lo vas a encontrar, pero después de vivir la experiencia entiendes la razón.

Mientras esperas, por cierto hay 15 minutos de tolerancia,  puedes recorrer el espacio, que está lleno de libros relacionados con el sonido y la música, además de visitar la galería. En esta ocasión había una exposición enfocada en aves.

Mientras terminaba mi taza de té, se escuchó un sonido que funcionaba como una especie de primer llamado, se trata del aviso para comenzar a prepararnos para la sesión: ir al baño, terminar el té y dejar listo todo lo necesario.

Pasaron unos cinco minutos y volvió a sonar. Esta vez era la señal definitiva.

Todo un ritual para la escucha

Antes de entrar, el equipo de Sona te pide dejar tus zapatos en unos casilleros. Incluso existe una especie de código de vestimenta: la ropa que lleves no debe producir demasiado ruido. Una vez que dejas los zapatos, también debes entregar tu teléfono.

Confieso que, pensando en escribir esta crónica, durante unos segundos consideré no hacerlo; incluso imaginé tomar algunas fotografías casi que de manera clandestina para poder documentar la experiencia.

El hecho de que no encuentres fotos de la sesión en este texto tiene una explicación: al final decidí dejar el celular, y fue la mejor decisión.

Foto: Sona.mx

Dentro de la sala de escucha

Una vez que dejas tus cosas, recorres un pasillo en el que puedes tomar cojines, antifaces y cobijas; todo lo necesario para ponerte cómodo. El cupo por sesión de escucha es limitado y los grupos son pequeños, por ejemplo, en esta sesión éramos aproximadamente 11 personas.

La sala es oscura y está cubierta por una alfombra. Hay algo que llama especialmente la atención: nunca ves las bocinas, —más adelante me explicarían la razón—.

Coninuando, en el centro del lugar  hay una luz muy tenue que cambia de acuerdo con el disco que se va a escuchar, por ejemplo, la sesión anterior había sido  de Amor Amarillo de Gustavo Cerati, por lo que la iluminación era amarilla. Para Amores Perros, en cambio, el color elegido fue el rojo.

Y entonces sí: llega el momento de escuchar.

Antes de que empiece el disco se escucha una voz

Antes de contarte qué dice, una aclaración: esto es un parafraseo. Como ya se menconó previamente, en Sona no puedes entrar con el celular, así que tuve que confiar en mi memoria, y, curiosamente, eso también terminó formando parte de la experiencia.

La voz explica algo que, en mi opinión, es una de las razones por las que vale la pena visitar Sona: cuando no queremos ver algo, podemos cerrar los ojos; con el oído es mucho más complicado desconectarnos completamente. Todo el tiempo estamos escuchando algo: el tráfico, las conversaciones, el ruido del celular, la televisión, los videos, los reels, la música que suena de fondo.

La introducción continúa con las reglas del lugar, la más importante es es evitar interrumpir la experiencia de los demás, por ello no se permite hablar dentro de la sala. También explican que, dependiendo del lugar en el que te sientes, vas a percibir diferentes sonidos.

Después hablan de la escucha profunda como una especie de meditación y luego llega la información sobre el disco. En esta ocasión se habla de Gustavo Santaolalla y el ronroco, uno de sus instrumentos característicos y una pieza fundamental de la banda sonora de la película.

También aparecen algunos datos curiosos sobre la creación de la música. Por ejemplo, se cuenta que Meme del Real vio la película una sola vez y, a partir de ella, creó “Áviéntame”, una de las canciones que forman parte de la banda sonora.

Y entonces comienza el disco: la gente se acomoda. Algunos se acuestan, otros permanecen sentados. Algunos, como yo, optamos por ponernos un antifaz y simplemente dejarnos llevar.

Cada persona seguramente vivió la experiencia de una manera distinta, y más  aún tratándose de una banda sonora tan diversa, que pasa de las baladas a los instrumentales y al rap; pero estoy segura de algo: durante esa media hora, todos nos desconectamos del mundo y solo estuvimos escuchando.

De vuelta al mundo real

Cuando termina el disco, el equipo de Sona te recibe de vuelta “al mundo real” con otra taza de té. Mientras las personas se ponen los zapatos y recuperan esa extensión de nuestra vida que es ahora el celular, comienzan a escucharse algunos comentarios:

Hay quienes descubrieron sonidos que nunca habían notado, otros dicen que no recordaban cómo era la banda sonora. También estamos quienes salimos gratamente sorprendidos por lo que acababa de ocurrir.

Yo llegué preguntándome si realmente podía cambiar la experiencia de escuchar un disco y la respuesta fue sí.

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Sona: un espacio para escuchar de verdad

Sona es un espacio diseñado alrededor de una idea sencilla: cuando prestamos atención al sonido, este puede conectarnos con nosotros mismos y con los demás.

El proyecto fue fundado por un grupo de amigos y está inspirado en los Jazz Kissa japoneses de los años 20 que eran espacios dedicados a reproducir vinilos con equipos de alta calidad. En su sitio web explican:

“En las meditaciones sónicas de Pauline Oliveros, vemos la escucha no como ruido de fondo, sino como una experiencia activa.”

La intención de Sona es justamente esa: construir un lugar donde las personas puedan escuchar con el asombro y la atención de la primera vez, y como te habrás dado cuenta, no es un listening bar. Aquí el ruido de fondo se minimiza.

Tampoco es un centro de relajación: el objetivo no es simplemente descansar, sino conseguir una presencia sensorial completa. Y eso es precisamente lo que hace interesante la experiencia.

Desde la decisión de no ofrecer bebidas que puedan alterar los sentidos hasta la desconexión del teléfono, la ausencia visible de bocinas para no distraerte y la idea de escuchar a oscuras, todo está pensado para que el protagonista sea el sonido.

En una ciudad caótica como la CDMX, espacios como Sona puede convertirse en una especie de pequeño oasis. Un lugar donde, por un momento, recuerdas una pregunta que quizá hacía mucho no te hacías: ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste un disco realmente? Sin hacer nada más.

Y sí, la calidad del audio importa

Y claro, no podiamos no hablar de la calidad del audio que fue construida por dos arquitectas de audio. Hay dos opciones dependiendo del disco que se escuche:

  • Por un lado está la inmersiva, un arreglo calibrado de Dolby Atmos codiseñado con Genelec, que ofrece audio espacial e imagen sónica de alta precisión.
  • Por otro está la análoga, con un sistema estéreo de OJAS, conocido por su textura cálida y un sonido natural y realista.

Así, Sona puede pasar del audio espacial digital al vinilo análogo, con sistemas pensados para reproducir cada pieza de la manera en que fue concebida.

¿Vale la pena ir a Sona

Si después de leer esto se te antojó probar la experiencia, puedes revisar su cartelera y reservar tu lugar directamente en su sitio: Sona.mx

Próximamente tendrán la discografía de Rosalía, aprovechando sus conciertos en la CDMX, aunque su programación es muy amplia, puedes encontrarte con artistas como Air, Radiohead, Pink Floyd o Daft Punk, e incluso existe la posibilidad de sugerir un disco.

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