Dalila Sarabia · 1 de mayo de 2026
A las 12:30 horas el termómetro sobrepasa los 30 grados. Mucho calor. El gentío no se detiene. La estación Buenavista es un hormiguero. Quienes llegan para usar el tren se cruzan con quienes van a la plaza comercial. Van, vienen, se frenan, buscan su tarjeta para ingresar. No tienen saldo suficiente, hay que recargar. Las máquinas no dan cambio, unas no aceptan billetes. Hay que intentar en otra.
“¿Por dónde se entra?”, preguntan algunos usuarios. Arriba de los torniquetes hay un gran letrero rojo que distingue la entrada del Tren Suburbano que va a Cuautitlán del tren que va al AIFA. Comparten infraestructura, pero no se mezclan.

En los torniquetes aún hay trabajadores que afinan los detalles de su configuración, pero apenas logran avanzar porque los usuarios los llenan de preguntas. “¿Cuánto cobra?”, “¿Hay que pasar la tarjeta cuando me baje?”, “¿Cada cuánto sale el tren?”, “¿Puedo subir con estas bolsas?”.
Los trenes de pasajeros regresan de a poco a la Ciudad de México y con ellos la confusión.
“Deben apretar el botón amarillo”, instruye un policía que está en el anden y observa cómo los usuarios permanecen arremolinados en las puertas a la espera de que se abran para abordar. No, no es como el Metro, aquí es necesario presionar el botón para que las puertas se abran.
Aunque todos suben a prisa para ganar los lugares de la ventana —los más codiciados—, el tren no arranca. Hay que esperar a que le den al chofer la instrucción. Pasan casi 10 minutos. Nadie se desespera. Las expectativas del viaje son altas, además está encendido el aire acondicionado: sirve el aire acondicionado.
Algunos acomodan sus mochilas, bultos y maletas en las rejillas que están en la parte superior de los asientos, otros aprovechan para tomar fotos del tren o para la selfie. Conviven trabajadores, viajeros y curiosos que quieren conocer el AIFA o que sólo buscan acercarse a sus destinos.
Hace tres días la presidenta Claudia Sheinbaum inauguró el tren que ya no huele tanto a nuevo, pero brilla de limpio. ¿Por cuánto tiempo? Lo que aguanten los asientos claros, color beige, al paso de los días.

El tren arranca. Hay que cronometrar. Al inicio va lento. Por las ventanas se pueden observar cúmulos de cascajo —que no verán los visitantes del Mundial, nomás los que jugamos de locales— y otros desperdicios de construcción. Aún hay gente trabajando que es fotografiada —sin querer— desde las ventanas del tren. Los usuarios acumulan evidencias para compartir su experiencia. Nadie come. Tampoco llevan vasos con café. Las reglas, se cumplen. Por ahora.
“Por fin voy a conocer el AIFA”, dice la señora Ana, de 62 años; se muestra más animada por llegar al aeropuerto que por hacer uso del tren (a 45 pesos, promoción de inauguración).
Tomamos al fin velocidad hasta llegar a la estación Fortuna. Otra vez el gentío. Arremolinado en las puertas. Todos buscan un asiento. No faltan las caras de incomodidad: hay que encoger las piernas para permitir que otra persona se siente frente a uno/a. Las rodillas de ambos usuarios prácticamente se dan un besito. No hay forma de estirar las piernas.
En menos de dos minutos arranca el convoy. Ya no hay asientos. Algunos pasajeros, para que no pierdan la costumbre. Siguiente parada: Tlalnepantla.
Cargando una mochila negra, con un libro en mano, Alejandra López aborda rumbo al AIFA. Es la primera vez que se sube. Experiencia “positiva”. Su única angustia, que la vayan a bajar o porque no pagó. Quiso, pero no había máquinas que le cobraran. “El policía me dio la facilidad para dejarme pasar, pero viene uno con la angustia”. Antes le tomaba más de dos horas llegar al AIFA: debía trasladarse a la Central del Norte donde salía un camión que le cobraba 120 pesos.

Recorrido en tranquilidad hasta la estación Lechería, donde las vías se dividen: el tren que va al AIFA se separa del camino del que va a Cuautitlán. No hubo parada. Ni explicación. Se la brinca.
Decenas de personas se alistan para bajarse. Toman sus mochilas, se acercan a la puerta. Ven pasar la estación a la que iban. No hay reclamos. Sólo desconcierto. “Ayer sucedió igual, no paró”, comentó una usuaria. El tren baja la velocidad. Se puede bajar en Cueyamil, la siguiente estación. Sin opción.
El trayecto continuó sin otro inconveniente. Doce estaciones y 59 minutos exactos después, el tren arribó al AIFA.
Admirados con la estación terminal, los usuarios bajan. Jalan maletas, pero también toman fotos y graban video.
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En la salida, y previniéndose al regreso, Alejandra busca una máquina para recargar su tarjeta. Buena idea. Las seis que encontró, estaban apagadas. Blas y Luisa, dos personas adultas mayores que viven en Tenayuca, en el Estado de México, caminan sin prisa por los pasillos del aeropuerto inaugurado en 2022.
Cuentan que se alistaron temprano. Tomaron lo que necesitaban: un sombrero, una sombrilla para protegerse del sol, y una botella de agua. Viajan ligeros por la vida. El objetivo era uno: subirse al tren que inauguró la presidenta Sheinbaum el pasado domingo. Nomás, para conocerlo. Y también el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles. Donde se sientan a ver despegar el avión al que no se van a subir. O aterrizar ese otro, en el que no vienen.
La ilusión viaja en tranvía… era el título de aquella película de Buñuel. Que está vigente.