Carlos Díaz-Barriga · 27 de abril de 2026
Nada más puntual que la salida de un tren, que siempre llega tarde. A veces, hasta cuatro años. La Presidenta hace el recorrido inaugural que va de Buenavista al Aeropuerto Felipe Ángeles, con su marido, miembros del gabinete involucrados y 150 acreditados de prensa. Hora y media antes de salir, esperamos el gafete de acceso. Somos un montón. Ya parece la cena de anoche de corresponsales de la Casa Blanca en el Washington Hilton, nomás que en la banqueta de Insurgentes Norte. Y sin smoking. Y sin desayunar. Y muchos sin bañar. Quién sabe de dónde salieron.
Entrando a la estación se alcanza a ver al excanciller y ahora Secretario de Economía, Marcelo Ebrard, acercándose a la gente-curiosa que ya no puede pasar más allá. Saluda, se saca algunas selfies. Como famoso-curioso antes del estreno. Como paseando por alguna alfombra roja que no existe.
Los andenes de la estación Buenavista son exactamente los mismos que usamos en la niñez, cuando los trenes además de existir, hacían clac-clac… clac-clac… clac-clac, giro tras giro de sus ruedas de acero. Desde el arranque y hasta Nuevo Laredo o hasta Veracruz.
Impecable. Asientos claros que navegan entre el color Champán y el color marfil. Y el piso que asemeja en su diseño una olla de peltre azul. Por fuera el tren brilla y por adentro tiene el olor del perfume más caro del mundo: huele a nuevo.
De pronto viene caminando la Presidenta del República con su marido. De la mano… por el andén… junto al tren… con destino al AIFA. Serrat podría hacer otra canción. Ella nos saluda, ventana por ventana, a quienes a su espera, ya llevamos en el vagón 45 minutos presos… presos del ansia de empezar el anhelado primer viaje del convoy prometido para 2022. Pero que llega ‘rayando’… casi en el último minuto… 46 días antes de la inauguración Mundial. Bendito sea. El Mundial.

A las 10:27, se arranca sin avisar. Sin silbato. Da el silencioso jalón como lo da cualquier chofer debutante del metro. El recorrido será de unos 50 minutos. Nos vamos a brincar las paradas de todas las estaciones. Nadie más se puede subir. Somos excluyentes involuntarios. Seguridad nacional. Por la ventana, a lo largo del recorrido se ven convoyes del Ejército o la Guardia Nacional, armados hasta los dientes.
Pero también se ve la gente parada a la orilla de la vía, junto a sus casas de lámina y madera carcomida, viendo el espectáculo que marcha ‘sobre rieles’. De ida, saludos que tienen una sola destinataria. Y en otros tramos, pancartas (“¡queremos drenaje!”) como en la colonia La Aurora. Y una multitud congregada cuando pasamos por Tultepec, capital de la pirotecnia en México. Le tiene preparado un gran espectáculo, con fuegos artificiales que de pronto se convierten en los colores de la bandera. El tren no se detiene, ni baja la velocidad para aparentar cortesía. Sigue de frente, a lo que va. Y aquello queda atrás tan rápido como surgió.
Llegando al angelical destino, a instalarnos para la ceremonia. Unas 120 sillas blancas de boda con fundas guinda color Morena. Son para los políticos, empresarios, ejecutivos de la obra… very important people. Unas 5 filas de atrás se quedan vacías. La prensa, atrasito de la raya. Presentaciones del presidium. Clara Brugada —jefa de gobierno de la CdMx— Delfina Gómez —gobernadora del Estado de México—, Julio Menchaca —gobernador de Hidalgo—.
Rosa Icela Rodríguez, Secretaria de Gobernación; el General Trevilla, Secretario de la Defensa, el Almirante Morales, Secretario de Marina, Jesús Antonio Esteban, Secretario de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes; el ingeniero residente de la obra, General Iván Hernández; Andrés Lajous, Director de la Agencia de Trenes y Transporte Público Integrado; y legisladores federales y locales y etcéteras. A Ebrard lo sientan de público y ni lo mencionan. Quiera eso decir lo que quiera decir. ¡Qué hongo, carnal!
Discursos. Se enredan muy simpáticamente Delfina, Menchaca y Claudia Sheinbaum en un intento de beso del gober al terminar su rollo, para una que cree que es para ella, pero era para la otra… sketch involuntario del Chavo del Ocho.
Cuando comienza a hablar la Presidenta, un poderoso grupo se oye con eco que viene de algún lado… llega por el techo. No los podemos ver. Es un saludo constante para ella, desgañitado, que la obliga a interrumpir… ella también grita: “¡les mando un saludo a todos los que están afuera!”. Se ríe. Llegan de allá los gritos “¡Presidenta, Presidenta, Presidenta!”. Saludo que proponiéndoselo o sin proponer, termina por ser el durísimo reclamo que es: ‘nos dejaron afuera’.
Serán lo trabajadores, los obreros… esos de los que no hay ni uno en la ceremonia. Esos que reprochan a los políticos que jamás sudaron ni se ajaron las manos y que están haciendo caravana con sombrero ajeno. Otra vez.
Una, dos tres… listón cortado. Por la ventana, de ida, saludos, reclamos, cuetes y pobreza. De regreso, nomás pobreza. Nada que se pueda esconder. La vía pasa ya junto a ella. La ve. Ojalá la ayude. Ya no viene Claudia arriba. Nos quedamos detenidos en un mismo punto unos 10 o 15 minutos. Frente a una casa humilde. Dos pequeñas niñas se trepan a la azotea. La reportera Andrea Meraz les hace un corazón con la mano y besos. Aquéllas devuelven el gesto. Todos conmovidos a través del cristal. Ternura que duele un poquito. Y que ahí se queda cuando… nos lleva el tren.

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