Andro Aguilar · 8 de julio de 2026
La euforia mundialista en México alcanzó su punto más alto en las últimas tres semanas. Sin embargo, tras la eliminación de la Selección Mexicana en el Mundial 2026, ese nacionalismo desbordado parece haberse evaporado de la noche a la mañana, tanto en las calles como en las redes sociales.
¿Cómo un fervor tan intenso se disipa con tanta rapidez? Luis Hugo Sánchez Gudiño, investigador de la UNAM, explica que la industria del entretenimiento y la mercadotecnia han perfeccionado la construcción de un nacionalismo efímero. Este fenómeno logra unificar temporalmente a distintas clases sociales a través de la fiesta, pero carece de raíces profundas.

De acuerdo con el académico, que entre otras líneas es especialista en participación ciudadana, globalización, cibersociedad, comunicación política y culturas juveniles, el torneo funciona en realidad como una válvula de escape colectiva ante problemas estructurales, como la desigualdad y la violencia. El Mundial permite a la población canalizar frustraciones cotidianas; sin embargo, esa energía social se disipó tras la derrota ante Inglaterra, devolviendo al país más pronto que tarde, a su realidad habitual.
A partir del 11 de junio, cuando se inauguró el Mundial de la FIFA en el Estadio Ciudad de México, las plazas públicas del país se abarrotaron en cada partido. Aunque México sólo albergó el 10 % de los encuentros, el Zócalo capitalino se transformó en el epicentro de la identidad nacional, tapizado con símbolos patrios fusionados con la cultura pop.
En el quinto partido de la selección, la afición demostró en el Fan Fest instalado en la principal plaza de la ciudad, cómo adapta la identidad nacional a sus propios códigos: camisetas de la selección personalizadas con figuras de Hello Kitty o seudónimos urbanos; símbolos tradicionales reinventados: sombreros de charro, penachos prehispánicos, máscaras de luchadores y mejillas pintadas con el tricolor; efigies de personajes de la cultura popular, como el cantante Valentín Elizalde, que cargan el mantra esperanzador del torneo: “¿Y si sí?”.
Incluso el alumbrado oficial del Zócalo reflejó este sincretismo. La iluminación del centro histórico mezcló balones, nopales, ajolotes, cabezas de Quetzalcóatl y réplicas de la Copa del Mundo. A pesar de los elementos identitarios, la paradoja del acceso siempre estuvo ahí.
En un Mundial que acentuó las brechas económicas debido al alto costo de las entradas, las plazas públicas se convirtieron en un retrato más fiel y diverso de la sociedad mexicana que los propios estadios.

Para muchas personas, el viaje al centro de la capital fue, cada vez, un acto de fe consciente de su propio desenlace. El señor Gregorio se trasladó con su esposa y sus cuatro hijos desde Valle de Chalco, en el oriente del Estado de México. Sabía que no le alcanzaba para pagar un boleto de estadio, pero quería que su familia viviera un Mundial en territorio propio.
“Sí creció el nacionalismo, pero a los que nos han tocado los otros mundiales sabemos que esto va a pasar. Sí está la ilusión, pero ya sabemos lo que va a pasar…”, sintetizó Gregorio, con una sonrisa resignada, el sentir de muchos aficionados veteranos.
A unos metros, Salvador González compartía una motivación similar. Condujo 180 kilómetros desde Atencingo, Puebla, solo para ver el partido contra Inglaterra en la pantalla gigante del Zócalo. Para él, el atractivo principal no era solo el futbol, sino la “libertad colectiva” donde la gente se une por una misma causa y, por noventa minutos, se olvida de todo lo demás.

Detrás de las caras pintadas y los sombreros de charro existe una estructura mediática muy ensayada. Sánchez Gudiño, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y de la FES Aragón de la UNAM, compara este fervor con el de las fiestas patrias de septiembre.
“Es un nacionalismo producto de la publicidad y la mercadotecnia”, señala el investigador. “Ocurre lo mismo que en el mes de la Independencia: la gente se viste de charro, toma bebidas locales y canta música mexicana, pero una vez que pasa la fecha, el mexicano guarda ese nacionalismo en el clóset hasta la siguiente ocasión y regresa a su realidad”.
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El académico advierte que esta movilización masiva —que llegó a congregar hasta 1.4 millones de personas en una sola noche en la Ciudad de México— funciona como una olla exprés para amortiguar los miedos y frustraciones de un país marcado por la pobreza y el crimen organizado, pero no genera conciencia social.
“No es una energía social que adopte causas justas. Tan es así que este millón de ciudadanos ha sido indiferente al dolor humano de las madres buscadoras, por ejemplo”, enfatiza Sánchez Gudiño.
Tras el silbatazo final viene el luto deportivo, el desmontaje de las pantallas y el regreso a las jerarquías de la rutina laboral. Como concluye el académico, con un clásico verso de José Alfredo Jiménez: “Los mariachis callaron”, y el engranaje cotidiano vuelve a girar.