Entre las reglas de FIFA y la resistencia del barrio: crónica de una euforia mundialista fragmentada

Eréndira Aquino · 10 de junio de 2026

Entre las reglas de FIFA y la resistencia del barrio: crónica de una euforia mundialista fragmentada

La primera vez que Javier López de Lerena tuvo en sus manos una estampa mundialista fue en 1974, a la edad de nueve años. Desde niño, aprendió de su padre el amor por el futbol y comenzó a coleccionar todo tipo de artículos en un acervo que hoy expone en grandes vitrinas, donde lo mismo hay mercancía oficial que curiosidades artesanales.

Con motivo del del Mundial 2026 —que tiene como una de sus sedes la Ciudad de México—, Javier fue invitado a exhibir parte de su colección en “La ciudad que no ha dejado de jugar”, una exposición y memoria colectiva que celebra la historia mundialista de la capital y se presenta en la sede de la Conferencia Interamericana de Seguridad Social (CISS) en San Jerónimo Lídice.

Desde niño, Javier López de Lerena aprendió de su padre el amor por el futbol
Desde niño, Javier López de Lerena aprendió de su padre el amor por el futbol. Foto: Eréndira Aquino

Participar en este proyecto representa una oportunidad  única para mostrar sus artículos y también para compartir anécdotas sobre su trayectoria como fanático, desde los partidos a los que logró  asistir en el histórico México ’86, hasta las peripecias que ha tenido que pasar para conseguir algunos de sus objetos más preciados.

“Ahorita, híjole, las cosas han cambiado de una manera muy extraña”, comenta sobre el encarecimiento de las entradas a los partidos y  las sanciones a quienes hagan uso indebido de las marcas de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA). Pero Javier no se confunde entre las polémicas del momento. El futbol para él es mucho más que entrar o no a un estadio. Lo que importa es el juego.

“Voy a estar en casa para poder disfrutar los partidos tranquilamente; analizarlos; ver las repeticiones y gozarlos en toda la extensión de la palabra”, asegura el coleccionista.

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Sobre la piratería y el endurecimiento de medidas del gobierno y la Federación contra la compra y venta de artículos falsificados, Javier confiesa: “no le vayas a decir a la FIFA, pero en las colecciones hay incluso artículos underground, porque vámonos al año 1970, cuando los derechos de autor y el respeto a la propiedad intelectual estaba empezando.”

En aquel entonces, “muchas personas por ganar algo de dinero hacían producciones en video domésticas con imágenes del Mundial. Se valía, era parte de la fiesta”, recuerda. “No me dedico a ver si las cosas tienen marca registrada; si es algo bonito y representa algo del torneo, ¿por qué carambas no tenerlo? Es parte de la vida de una sociedad y de la economía de la zona”, afirma.

Esa “economía de la zona”, a la que se refiere Javier, se observa actualmente en distintas plazas y calles de la Ciudad de México. Ahí, bajo el cielo rosa de las lonas de un tianguis, las restricciones de la FIFA no pesan tanto como la necesidad de ganarse la vida y el deseo de mantener viva la fiesta del barrio. 

Jorge: la gente busca sus playeras , pero no al nivel que uno esperaría
Jorge: la gente busca sus playeras , pero no al nivel que uno esperaría. Foto: Eréndira Aquino

Una euforia mundialista a medias

En ese ecosistema de réplicas, nostalgias de plástico y camisetas verdes, trabaja Jorge.

Tiene 41 años y atiende un puesto en la alcaldía Cuauhtémoc. Aunque las ventas se mueven y el flujo de clientes es constante, refiere que a diferencia de otras ediciones del Mundial de Futbol, este año la fiesta no se siente desbordada, sino más bien fragmentada.

“Fíjate que sí siento la euforia mundialista, pero no como si fuera aquí. Se siente un poco como un mundial externo, igual que cuando los partidos han sido en otro país”, explica Jorge mientras acomoda la mercancía. Desde su trinchera, el hecho de que la Copa del Mundo esté dividida entre tres naciones diluye la identidad del festejo local: “yo siento que si fuera todo aquí, ahorita la emoción ya estaría más desbordada. Sí hay entusiasmo, la gente busca sus playeras y el álbum Panini, pero no al nivel que uno esperaría por tener partidos en casa”.

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Esa mirada analítica sobre el torneo no es casualidad. Jorge estudió sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), una época en la que compaginaba lecturas teóricas con las canchas, jugando para un equipo local bautizado con ingenio universitario, como “Por Siempre Grifos” (el PSG de la UAM). 

Le apasiona el futbol, sobre todo, practicarlo. Lo que no le cuadra tanto es el modelo de negocio de la FIFA. Sin embargo, las dinámicas de la vendimia diaria lo obligan a dejar de lado el escepticismo corporativo: para sobrevivir en el tianguis, necesita estar siempre actualizado sobre fichajes, torneos y las plantillas de los equipos.

Coleccionar recuerdos, la otra pasión del futbol
Coleccionar recuerdos, la otra pasión del futbol. Foto: Eréndira Aquino

Comenzó a vender estampas de futbolistas hace tres mundiales, y antes de eso trabajó en el puesto de su hermano, abriendo sobres de estampas para ordenarlas y clasificarlas por equipo y por jugador.

“Este mundial hicieron el álbum más grande, con estampas de los equipos, otras conmemorativas y las de la refresquera que patrocina el evento. Dependiendo de lo que busque la gente, los precios varían; ahorita ya son pocos los que compran sobres, porque la mayoría de quienes están coleccionando ya van muy adelantados, entonces van específicamente por sus faltantes”, explica.

“Nosotros checamos sus listas y si tenemos alguna que estén buscando se las vendemos”. El negocio de intercambios y faltantes que Jorge domina a la perfección tiene este año un pequeño beneficiario en casa. Su hijo de seis años, ha comenzado a llenar su primer álbum Panini, contagiado por la misma mística con la que su padre manipula las estampas todos los días entre cajas y mostradores.

“Cada mundial vendemos un álbum con todas sus estampas, a veces compramos más de diez cajas para juntarlas todas”, detalla. Este año, además, su hijo está experimentando por primera vez la emoción de ver si le sale su jugador favorito al abrir un sobre. 

El pequeño siente el mismo asombro y emoción que el coleccionista Javier López de Lerena experimentó en 1974 cuando tuvo su primera estampa mundialista. 

En Bellas Artes, un tianguis improvisado para coleccionistas
En Bellas Artes, un tianguis improvisado para coleccionistas. Foto: Eréndira Aquino

La explanada de las estampitas

A unos kilómetros del puesto de Jorge, la explanada del Palacio de Bellas Artes se convierte cada fin de semana en una marea humana. El mármol blanco del recinto es el escenario de un tianguis improvisado donde cientos de aficionados se sientan en el piso y gritan al aire, los números de las estampas que buscan comprar o intercambiar para completar su colección.

En medio de esa multitud se encuentra Santiago, de ocho años, quien llegó acompañado de sus mamá y papá. Es su primera vez como coleccionista de estampas, y aunque le ha ido bien, decidió probar con el intercambio antes de seguir comprando sobres.

En Bellas Artes, el ritual del intercambio es un ejercicio de paciencia y agilidad mental. Familias enteras, jóvenes con mochilas al hombro y coleccionistas veteranos tapizan el suelo con bloques de estampas ordenadas por número, mientras una cacofonía de cifras inunda el aire. 

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Lo que ocurre sobre el mármol es apenas la superficie de una red mucho más amplia: de forma paralela, la fiebre se ha mudado a las pantallas. En Facebook y grupos de WhatsApp, miles de chilangos coordinan citas masivas, publican listas de “faltantes” en tiempo real y subastan las piezas más cotizadas. El algoritmo digital y el ingenio callejero se fusionan para desafiar la lógica del mercado tradicional.

En medio de esa doble marea —la virtual y la de carne y hueso—, Santiago sostiene su álbum con firmeza. A sus ocho años, ajeno a las complejidades del internet y a los debates sobre el encarecimiento de la justa deportiva, su atención está fija en los jugadores que le quedan por encontrar. Cuando se le pregunta cómo va su avance en esta selva de papel, el niño es escueto, pero regala una sonrisa de satisfacción que lo dice todo: “me está yendo bien“.

Cincuenta y dos años de distancia separan aquellas estampas que Javier guardó en sus manos, de las que Santiago busca hoy frente a Bellas Artes. En medio de ambos momentos. el puesto de Jorge, resiste bajo la lona rosa de la Cuauhtémoc, descifrando un torneo que se siente compartido y fragmentado, pero que la calle insiste en volver propio.