Manu Ureste · 12 de junio de 2026
A las 12:55 del mediodía, cinco minutos antes del arranque del Mundial 2026, cuando los jugadores de la Selección Mexicana aparecen en las pantallas y comienzan a sonar los primeros acordes del Himno Nacional, un rugido recorre la calle Río Lerma de la capital mexicana.
Las estridentes vuvuzelas responden primero. Luego las chirriantes matracas. Después los gritos.
—¡Viva México!

Las terrazas de los restaurantes están llenas. Las mesas también. No queda espacio para quienes llegaron tarde buscando una pantalla donde ver al Tri enfrentar a Sudáfrica. Algunas personas observan el partido de pie desde las jardineras de la calle. Un niño de no más de cinco años agita una banderita tricolor y le anuncia muy convencido a su padre que México ganará 3-1. De los balcones cercanos cuelgan banderas verdes, blancas y rojas.
La ciudad, al menos en este rincón del paseo de la Reforma, parece entregada al futbol.
Pero apenas unos metros más allá, junto al Ángel de la Independencia, otras voces llevan horas intentando hacerse escuchar.
—Las madres no se van. Nos falta un hijo y lo venimos a buscar.
Es la otra inauguración.
La de las madres buscadoras que llegaron a protestar entre fichas de desaparición, mantas y fotografías de personas ausentes. Mientras cientos de aficionados se toman selfies para inmortalizar la jornada histórica del arranque mundialista, ellas recuerdan que México también es campeón en otra estadística: la de los desaparecidos.
Durante varias horas, ambas escenas conviven a pocos pasos de distancia.
Una mujer de 29 años llamada Brenda observa el ir y venir de aficionados con el rostro serio. Viste de negro. No lleva ninguna playera de futbol.
—Es un contraste muy fuerte, muy doloroso —dice mientras señala primero a los grupos de aficionados y luego a las decenas de mujeres que pegan fichas de búsqueda sobre las vallas metálicas—. Hay una parte de México que está feliz porque regresa el Mundial y otra que sigue esperando que regresen sus hijos.
La contradicción atraviesa toda la ciudad.
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Desde temprano, la fiebre mundialista comenzó a sentirse sobre Río Lerma, paralela a Reforma; una larga calle famosa por su cantidad de restaurantes de todo tipo. En uno de los puestos de playeras pirata instalados cerca de la Diana Cazadora, el señor Julio comenta que la versión blanca de la selección mexicana se agotó días antes del partido inaugural.
Un argentino pregunta por la camiseta de Messi. Queda una sola, pero no es su talla. La bolsa negra donde Julio guarda la mercancía está casi vacía.
—Hoy nos ha ido muy bien. En un par de horas vendimos lo de varios días —celebra mientras pide más mercancía por teléfono.

A su alrededor, hombres y mujeres hacen fila buscando tallas XL. Turistas europeos preguntan por modelos de sus países. Las vuvuzelas suenan antes incluso de que ruede la pelota.
Para muchos, el Mundial es negocio.
Para otros, no.
En la esquina de Lerma y Mississippi, doña Martha ya está recogiendo su puesto de desayunos poco después de las once de la mañana. Trae el gesto serio.
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—Hoy hubo muy pocas ventas por lo del jom ofis —explica contrariada.
El gobierno capitalino pidió a muchas empresas facilitar el trabajo remoto para evitar complicaciones de movilidad durante la inauguración. La medida redujo el tránsito habitual de oficinistas y con ellos desaparecieron muchos de los clientes habituales de los pequeños negocios que se extienden por Lerma.
Del otro lado de la avenida, una mujer que vende mercancía pirata toca una vuvuzela y levanta ambos brazos celebrando las ventas, como si acabara de anotar un golazo.
Dos puestos separados apenas por unos metros muestran las dos caras económicas de la jornada.

La misma historia se repite más adelante.
Los restaurantes con pantallas están llenos y tienen mesas reservadas desde semanas previas. Los que no transmitirán el partido lucen solitarios y vacíos como lunes por la mañana.
En una cantina familiar sobre el cruce de Lerma y Nilo, un mesero con playera de la selección sonríe mientras acomoda a un grupo de extranjeros. Todos lucen la elástica mexicana.
—Hoy estamos llenos.
A pocas cuadras, un restaurante japonés tiene sus puertas abiertas pero permanece completamente vacío.
También hay ganadores y perdedores del Mundial.

Entre los aficionados, la expectativa tiene acentos distintos. Hay colombianos vestidos con playeras amarillas y el 10 de su estrella, James Rodríguez, buscando desorientados pantallas gigantes. Hay turistas uruguayos haciendo fila para entrar a los restaurantes. Hay una ecuatoriana, llamada Fernanda, sentada junto a su hija, ambas vestidas con la segunda camiseta azul de su selección.
—Ya estoy deseando que empiece el partido —dice Fernanda mirando su reloj.
También está Nadia, acompañada por su perro Coffee. Dice que no sabe demasiado de futbol, pero salió a caminar para sentir el ambiente.
—Ya merecemos un poco de felicidad.
Quizá esa frase resume bien el ánimo de la jornada. Porque alrededor del Ángel abundan las personas que buscan exactamente eso: una tarde de alegría.
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María, que lleva puesta la camiseta de España y carga una playera mexicana recién comprada, recuerda lo que le contó su madre sobre el Mundial de 1986.
—Desde entonces el país ha avanzado mucho, pero también ha avanzado mucho en cosas malas. Sin embargo, hoy creo que es un día para disfrutar un poco.
Por su parte Jacob, un solitario turista sudafricano rodeado de personas que le piden fotografías, repite una y otra vez la misma frase:
—Mexicans are beautiful people.
Vestido con la camiseta de su selección, pronostica un empate 1-1. Igual que en Sudáfrica 2010.

Mientras habla, de fondo suena una canción de Lefty SM:
“Yo soy mexicano, esta es mi bandera, yo la levanto por donde quiera”.
La música se mezcla con los cánticos futboleros, con el ruido del tránsito, con los gritos de las madres buscadoras y con las pruebas de sonido del escenario instalado frente al Ángel.
Todo ocurre al mismo tiempo.
La fiesta y la protesta.
La euforia y el duelo.
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Las ganancias récord de algunos comerciantes y las ventas perdidas de otros.
La pasión por el futbol y la herida abierta de los desaparecidos.
Dos Méxicos compartiendo la misma avenida durante unas horas.
Y cuando finalmente el Himno Nacional Mexicano termina y el árbitro está a punto de señalar el inicio del partido, el ruido de las vuvuzelas termina por imponerse sobre todo lo demás.
Al menos por noventa minutos.

El triunfo de México por 2-0 sobre Sudáfrica terminó de desatar la euforia mundialista. Si durante la mañana las inmediaciones del Ángel de la Independencia y Paseo de la Reforma lucían menos concurridas de lo habitual por el home office y los cortes a la circulación, tras el silbatazo final miles de personas salieron a las calles rumbo a la glorieta. No importó que apenas fuera el primer partido del torneo. Los mexicanos no quisieron esperar a posibles gestas mayores: bastó una victoria en el debut para convertir al Ángel en punto de encuentro de la celebración.
La fiesta, sin embargo, tuvo un rival inesperado. Apenas diez minutos después del final del partido, un súbito aguacero acompañado de fuertes rachas de viento oscureció el cielo sobre Reforma. Por momentos, el Ángel desapareció detrás de una cortina gris de lluvia y nubarrones.
La multitud corrió en estampida para refugiarse bajo los soportales de restaurantes y comercios, pero ni el temporal logró apagar los festejos. Empapados, miles de aficionados siguieron agitando banderas tricolores, tocando vuvuzelas y cantando bajo la lluvia para celebrar el primer triunfo del Tri en el Mundial 2026.