Joel Aguirre · 11 de junio de 2026
Por Patricia López Rodríguez*
Con el inicio de la Copa Mundial de Futbol 2026, México vuelve a colocarse en el centro de la atención internacional. Por tercera ocasión en la historia el país será sede de un Mundial, pero esta vez bajo un formato inédito compartido con Estados Unidos y Canadá. El torneo más grande organizado por la FIFA reunirá 48 selecciones, 104 partidos y millones de espectadores en todo el mundo. En México se disputarán únicamente 13 encuentros, incluida la inauguración de hoy en el Estadio Azteca de la Ciudad de México.
Más allá de la pasión deportiva, el Mundial reabre una pregunta recurrente en economía: ¿qué tanto puede transformar un megaevento deportivo el desempeño económico de un país?
Las estimaciones disponibles coinciden en que la Copa Mundial tendrá efectos positivos sobre la economía mexicana en el corto plazo, particularmente vía turismo, consumo, comercio y servicios. Sin embargo, también existe consenso en que dichos impactos serán moderados y, sobre todo, temporales. El verdadero debate no es si habrá derrama económica —porque sí la habrá—, sino si México será capaz de convertir ese impulso coyuntural en beneficios estructurales de largo plazo.
Diversas instituciones financieras han estimado que el Mundial podría aportar entre 0.1 y 0.6 puntos porcentuales adicionales al crecimiento del PIB mexicano en 2026. La diferencia entre estimaciones refleja la incertidumbre sobre la magnitud del gasto turístico, el comportamiento del consumo privado y la capacidad de aprovechar el evento como plataforma económica.
El Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC), en colaboración con Oxford Economics, calcula que el impacto directo sobre el PIB turístico mexicano será de 2.4 por ciento. Este efecto sería superior al esperado para Estados Unidos (2.1 por ciento), aunque menor al de Canadá (6.4 por ciento). Asimismo, el organismo estima que el torneo impulsará el crecimiento turístico regional por arriba del 2 por ciento.
México llega además con un desempeño favorable en materia turística. De acuerdo con el WTTC, el país lideró Norteamérica en 2025 en crecimiento del gasto de visitantes internacionales y en llegadas de turistas extranjeros, superando tanto a Estados Unidos como a Canadá. El PIB turístico mexicano creció 1.8 por ciento en 2025, frente al 0.9 por ciento estadounidense y 1.2 por ciento canadiense.
En este contexto, el Mundial aparece como una oportunidad para profundizar esa dinámica.
Las proyecciones económicas son relativamente optimistas. Analistas de Monex estiman un impulso adicional de entre 0.2 y 0.3 puntos porcentuales al PIB mexicano. Banamex calcula un efecto cercano a 0.1 puntos porcentuales, mientras que Banorte anticipa el escenario más optimista: entre 0.4 y 0.6 puntos adicionales al crecimiento económico anual.
La lógica detrás de estas proyecciones es relativamente clara. El Mundial incrementará el flujo de visitantes internacionales, elevará el consumo privado y generará mayor demanda en sectores como hotelería, restaurantes, transporte, entretenimiento, comercio y servicios digitales. Además, impulsará proyectos de infraestructura urbana, conectividad y movilidad en las ciudades sede: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey.
A nivel agregado, algunas estimaciones internacionales señalan que el torneo podría inyectar entre 2,570 y 3,000 millones de dólares a la economía mexicana, equivalente aproximadamente a entre 0.14 y 0.2 por ciento del PIB nacional. También se prevé la creación de más de 100,000 empleos formales asociados al evento.
Sin embargo, estos números deben analizarse con cautela.
Uno de los principales errores al evaluar megaeventos deportivos consiste en confundir derrama económica temporal con desarrollo económico sostenido.
El economista Pau Messeger, de Banco Multiva, ha señalado acertadamente que el Mundial será positivo para el “ánimo económico” del país, pero no necesariamente implicará una transformación estructural de la economía mexicana. Desde su perspectiva, el impacto visible será transitorio y estará altamente concentrado en sectores y regiones específicas.
La experiencia internacional respalda esta idea. Históricamente, los Mundiales generan aumentos temporales en consumo, ocupación hotelera y actividad comercial, pero los beneficios de largo plazo dependen menos del evento en sí y más de las políticas públicas e inversiones que se desarrollan alrededor de él.
Incluso cuando México fue sede única en 1970 y 1986, el torneo no produjo cambios estructurales permanentes en el crecimiento económico nacional. Hubo visibilidad internacional, dinamismo turístico y entusiasmo social, pero no una transformación profunda de productividad, empleo o competitividad.
La razón es sencilla: los megaeventos deportivos por sí mismos no modifican automáticamente las capacidades productivas de una economía.
El legado económico depende de varios factores:
Cuando estos elementos no existen, el efecto económico suele diluirse rápidamente una vez concluido el evento.
Uno de los rasgos más importantes del Mundial 2026 será la fuerte concentración territorial de sus beneficios.
Las principales ganancias económicas se observarán en las tres ciudades sede: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Sectores como hotelería, plataformas digitales de alojamiento, restaurantes, movilidad, entretenimiento y comercio local serán los más favorecidos.
El resto del país experimentará impactos mucho más limitados.
Esto ocurre porque México albergará solo 13 de los 104 partidos del torneo. Estados Unidos concentrará 78 encuentros, mientras Canadá organizará otros 13. En términos económicos, esto implica que México captará únicamente una fracción del impacto total generado por el evento.
Aun así, las ciudades sede sí podrían beneficiarse significativamente si logran capitalizar la exposición internacional.
La Ciudad de México, por ejemplo, tendrá una vitrina global extraordinaria con el partido inaugural en el Estadio Azteca, uno de los recintos más emblemáticos del futbol mundial. Guadalajara y Monterrey también se posicionarán internacionalmente como destinos turísticos y de negocios.
Sin embargo, la pregunta relevante es si estas inversiones y mejoras urbanas tendrán utilidad posterior al torneo.
En muchas ocasiones, las obras vinculadas a megaeventos generan beneficios temporales, pero terminan convirtiéndose en infraestructura subutilizada o costosa de mantener. La rentabilidad social de dichas inversiones depende de su integración posterior al desarrollo urbano y económico local.
El turismo será probablemente el principal motor económico asociado al Mundial.
El gobierno mexicano estima la llegada de 5.5 millones de visitantes adicionales durante el torneo. Además de los asistentes a los estadios, millones de personas participarán en festivales oficiales, actividades culturales y consumo relacionado con el evento.
La Secretaría de Turismo ha buscado vincular el Mundial con rutas culturales, pueblos mágicos y proyectos como el Tren Maya, intentando ampliar la derrama más allá de las sedes deportivas.
No obstante, diversos analistas internacionales han advertido sobre el llamado “FIFA Premium”, es decir, un modelo donde gran parte de los ingresos directos del torneo son capturados por FIFA y grandes corporativos globales, mientras los gobiernos locales asumen importantes costos de operación, seguridad e infraestructura.
Esto significa que no toda la derrama permanece necesariamente en las economías locales.
Además, buena parte del empleo generado suele ser temporal, concentrado en actividades de baja productividad y con limitada permanencia después del evento.
Desde una perspectiva económica, el Mundial puede interpretarse como un choque positivo de demanda agregada de corto plazo. Incrementa el gasto privado y el flujo turístico, pero no necesariamente mejora la productividad total de los factores ni la capacidad estructural de crecimiento de la economía.
Por ello, su impacto macroeconómico suele ser moderado.
El Mundial también tiene una dimensión política y social que frecuentemente queda fuera de los análisis económicos tradicionales.
En México, el torneo ocurre en un contexto marcado por desigualdad, violencia, tensiones laborales y demandas sociales persistentes. Diversos colectivos han aprovechado la visibilidad del evento para señalar problemas estructurales, desde desapariciones hasta precariedad laboral.
La experiencia internacional muestra que los megaeventos deportivos suelen coexistir con procesos de exclusión social, aumento de costos urbanos y desplazamientos económicos en determinadas zonas.
Por otro lado, también generan cohesión simbólica, identidad colectiva y proyección internacional.
El futbol tiene una capacidad extraordinaria para producir narrativas nacionales y reforzar imaginarios de pertenencia. En ese sentido, el Mundial puede convertirse en un mecanismo de promoción cultural y diplomática relevante para México.
Sin embargo, nuevamente, el beneficio de largo plazo dependerá de la capacidad institucional para traducir esa exposición global en inversión, turismo recurrente y fortalecimiento de capacidades locales.
El reto central no es organizar exitosamente el torneo durante unas semanas, sino construir un legado económico posterior.
Para ello, México necesita aprovechar el Mundial como plataforma de desarrollo en al menos cinco dimensiones.
Primero, fortalecer la infraestructura turística y urbana de manera sostenible. Las inversiones deben responder no solo a necesidades del torneo, sino a demandas permanentes de movilidad, conectividad y calidad urbana.
Segundo, impulsar encadenamientos productivos locales. El gasto asociado al Mundial puede beneficiar más ampliamente a pequeñas y medianas empresas si existen estrategias de integración económica regional.
Tercero, consolidar una estrategia internacional de promoción turística de largo plazo. El torneo ofrece una oportunidad excepcional para reposicionar la imagen internacional de México.
Cuarto, aprovechar la digitalización y el comercio electrónico vinculados al turismo y entretenimiento, sectores que han ganado enorme relevancia tras la pandemia.
Y quinto, fortalecer la seguridad y la gobernanza urbana, aspectos fundamentales para la competitividad turística internacional.
Sin estos elementos, el impacto económico tenderá a disiparse rápidamente.
La Copa Mundial 2026 será, sin duda, una buena noticia para sectores vinculados al turismo, consumo y servicios. También representará una oportunidad simbólica importante para México en términos de visibilidad internacional.
Pero conviene evitar expectativas exageradas.
La evidencia económica disponible sugiere que el efecto sobre el crecimiento nacional será positivo, pero moderado. El Mundial difícilmente modificará el escenario de crecimiento estructural limitado que enfrenta la economía mexicana.
El torneo puede generar entusiasmo, dinamismo comercial y un aumento temporal del consumo. Puede incluso mejorar temporalmente ciertos indicadores económicos regionales. Pero no sustituye reformas productivas, inversión de largo plazo ni políticas de desarrollo.
En otras palabras, el Mundial probablemente será un gol para el turismo y el consumo, pero no necesariamente para el crecimiento estructural de largo plazo.
El verdadero legado económico no depende solamente del espectáculo deportivo. Depende de lo que el país sea capaz de construir alrededor de él.
Y esa historia apenas comienza. ♦
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*Patricia López Rodríguez es profesora de Economía en la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Cuenta con un doctorado en Economía por la UNAM, una maestría en Economía y Análisis de Política Social por la Universidad de York, y una licenciatura en Economía por el ITAM. Profesora del Tecnológico de Monterrey, Campus Santa Fe. Redes: [email protected]