Eréndira Aquino · 4 de julio de 2026
El aroma a masa madre y pan recién horneado que desde hace años impregna a la colonia Tránsito de la Ciudad de México corre el riesgo de disiparse. Por ello, “Las Panas”, una panadería social, ha hecho de la harina y el horno herramientas de resistencia y autonomía ante el fenómeno de la gentrificación.
Esta iniciativa, que más allá del oficio de la panadería ha construido una comunidad segura para mujeres, personas LGBT+ y en situación de vulnerabilidad, hoy enfrenta un desalojo inminente, ante lo cual han lanzado una campaña de recaudación para encontrar un nuevo techo donde seguir amasando.
Entre estas mujeres se encuentra Areli Alejo, una abogada de 48 años que encontró en el proyecto una forma distinta de ejercer justicia. Tras años de ser litigante, cuenta que se sintió agotada por un sistema judicial que describe como “ir contra una avalancha”, donde la burocracia y la corrupción asfixiaba la búsqueda de soluciones reales.
“Yo ya no quería ser parte de ese sistema”, señala.
Para Areli, “Las Panas” se ha convertido no sólo en un lugar de trabajo, sino también en un refugio. Tras haberse sumado a través de las “amasadas colectivas” —sesiones donde, entre harina y levadura, se discuten temas de violencia de género—, descubrió que podía aportar sus conocimientos legales desde un lugar más cálido. “No es que me hiciera ajena a los temas de justicia; simplemente los veo desde otro lugar”, explica.
Sin embargo, el riesgo de desalojo amenaza con fragmentar esa comunidad que han tejido junto a otras mujeres. Para Areli y sus compañeras, la búsqueda de fondos significa un esfuerzo por salvar el espacio donde el pan actúa como puente para reconstruir vidas.

Además de ser un refugio para personas que han vivido violencia, para Rosalía Trujano, fundadora de “Las Panas”, el proyecto es también un acto de “digna rabia”.
Psicóloga y trabajadora social, comenzó con esta iniciativa en 2017 con el objetivo de utilizar la panadería como un punto de encuentro para personas en situaciones de vulnerabilidad, aunque fue hasta 2022 cuando consiguieron establecerse en el local ubicado en la avenida del Taller número. 24.
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La idea de abrir una cafetería y diversificar sus actividades surgió tras la pandemia de 2020, un periodo en el que las organizaciones civiles enfrentaron recortes drásticos de financiamiento.
Ante la incertidumbre de no saber si podrían sostenerse de año en año, Rosalía y sus compañeras reflexionaron sobre la necesidad urgente de construir su propia autonomía económica para no depender exclusivamente de fondos externos.

“El pan es un pretexto”, dice Rosalía. “En el inter, mientras la masa reposa y se hornea, generamos diálogos y acompañamientos terapéuticos para reconocer violencias y fortalecer la conciencia de que somos sujetas de derechos”.
Hoy, ese tejido social enfrenta la gentrificación en la Ciudad de México. Según Rosalía, la llegada de cadenas comerciales y el encarecimiento de la zona —impulsados por el flujo de dinero tras megaeventos como el Mundial 2026— han transformado el barrio, y hace unos días “nos dieron la noticia de que el predio donde estamos fue vendido”.
“No sólo es el local, es el trabajo de años con la comunidad lo que está en riesgo de fragmentarse”, lamenta. Aunque aún con el impacto emocional mantiene una postura firme: “La vamos a hacer. Logramos establecernos una vez y lo volveremos a hacer, sólo esperamos que este proceso no sea tan difícil ni tan sufrido”.
La campaña que actualmente impulsan es, en palabras de Rosalía, un llamado a visibilizar que su caso no es aislado, sino parte de un fenómeno de desplazamiento que afecta a fondas, tiendas y vecinos de zonas de alto interés comercial.
“Tenemos unos meses para dejar este predio, hasta noviembre o diciembre, y aunque logremos mudarnos unas cuadras para allá, lo que hemos construido en cuatro años con la comunidad se pierde”, a lo que se suma la dificultad de “encontrar un local con las características que necesitamos para los talleres y dar acompañamientos, incluso el dinero que pusimos para adaptar este espacio… pero todo eso se va”, reflexiona.

Ilse, de 34 años, llegó a “Las Panas” tras conocer el proyecto de forma esporádica en la Tienda UNAM. Aunque inicialmente no dimensionaba la profundidad de la misión social, su experiencia diaria le ha permitido ver cómo el pan de masa madre y el café no son simples mercancías, sino catalizadores de la comunidad.
“Aquí no buscamos ganar dinero por ganar, el sentido social es lo que nos mueve”, comenta Ilse.
Desde su posición al frente de la cafetería en la que se comercializa el pan que hornean, ha sido testigo de cómo vecinos de la tercera edad, trabajadores de la zona y transeúntes han adoptado a “Las Panas” como un punto de referencia necesario.
Para muchos clientes, la panadería representa un espacio de pausa frente a una ciudad que, según Ilse, nos ha vuelto “insensibles” bajo una carga constante de estrés. “Al ver que nos vamos, muchos vecinos nos preguntan: ‘¿Cómo creen? Avísenos en cuanto tengan la nueva dirección’”, relata, reflejando la preocupación de una comunidad que siente el desplazamiento como una pérdida personal.
Para Ilse, trabajar en Las Panas ha significado “volverse más humana”, aprendiendo a escuchar y a empatizar con las historias de quienes llegan buscando refugio. Esa labor es, precisamente, la que la gentrificación amenaza con invisibilizar.

Ante la presión inmobiliaria que prioriza el capital sobre el tejido social, Ilse se mantiene optimista: “El dinero habla más actualmente, es difícil, pero vamos a encontrar el camino; nos vamos a reforzar”.
Para este colectivo, el objetivo de salvar el espacio va más allá de conservar un horno: es la convicción de que, ante una ciudad que expulsa a sus habitantes, la resistencia social debe seguir horneando otros mundos posibles.
Las personas interesadas en apoyar la campaña “El pan de cada día: resistir al desplazamiento desde y con la comunidad” pueden encontrar la información en las redes sociales de “Las Panas”.