Paula Paredes Solarte · 3 de octubre de 2026
En el negocio de tejidos de sus padres, en un pueblito llamado San Martín de los Andes en la Patagonia, Trucha encontró un escenario poco convencional para hacer música.
Entre los objetos del local y con su banda, convirtió el espacio familiar en una sesión en vivo que recuerda al formato de Tiny Desk, pero con una identidad profundamente ligada a sus raíces,
Asi, algo hecho en el sur, pronto se viralizó a través de redes sociales, abriendo una puerta para quienes aún no conocían su música.
La idea nació casi por casualidad. Según comenta, su madre, aficionada a las sesiones en vivo, le propuso grabar una en el negocio familiar.
Su padre se sumó con una respuesta sencilla: “Bueno, hagámosla”. Y así, entre amigos, músicos y equipo de producción, el local terminó transformándose en un estudio improvisado.
“Mi mamá es muy fanática de las sesiones en vivo, siempre en el negocio hay música. Yo de ahí es donde más escuche también como mi música de la infancia”, cuenta Trucha.
La elección del lugar no es solamente una anécdota curiosa. Para el artista, los espacios y las personas que los habitan forman parte de la construcción de su música.
Por eso también ha llevado sus canciones a otros escenarios poco habituales, como una galería de arte.
“Me gusta mucho lo surreal, soy muy fanático de eso”, explica. “Me gusta mucho eso, más que grabar en un estudio y ya. Si no el vamos y nos grabamos en, no sé, donde sea”.
Ese espíritu resume buena parte de la manera en que Trucha entiende su carrera: como un proyecto que cambia de forma constantemente y que pese a encontrar éxito en una de sus formas, él decide retar siempre ese resultado con más creatividad.
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Definir a Trucha por un género musical no resulta sencillo, él mismo reconoce que durante mucho tiempo no sabía qué responder cuando le preguntaban qué música hacía.
Con el tiempo encontró una forma diferente de explicarlo: no como un género, sino como un artista capaz de construir mundos distintos.
“No pienso mis discos como Trucha es este género, esta música, sino como un portal a diferentes mundos”, dice el artista argentino.
Cada álbum tiene sus propias reglas: una estética, un sonido, un color e incluso una personalidad.
“Cada disco tiene su personaje, su voz, su color, su estética, su sonido, sus géneros. Dentro de los discos puedo experimentar diferentes géneros también”, comenta
Por eso se define, más que nada, como un “proyecto de discos conceptuales”, esto le permite cambiar de dirección sin sentir que está abandonando lo que hizo anteriormente.
Esa búsqueda también implica resistirse a repetir una fórmula.
Después de que canciones como “No me quiero ver” conectaran con el público y alcanzaran las listas de canciones más virales de Argentina, Trucha pudo haber encontrado un camino que replicar.
En cambio, decidió moverse hacia otro lugar.
El contraste entre sus dos últimos trabajos muestra esa transformación.
‘A Ramiro’ que cumplió ya un año ocupa un lugar especial en su carrera y en su vida personal. Fue un disco en el que pudo convertir emociones en canciones y, al mismo tiempo, experimentar por primera vez con procesos de grabación en casa.
“Fue sin duda un disco muy importante a nivel personal y a nivel de mi carrera”, recuerda.
El álbum nació de una necesidad de darle forma concreta a sentimientos que estaban presentes en su vida.
“Pude materializar muchos sentimientos y muchas emociones en canciones y les puede encontrar como un sentido más concreto, más palpable”.
Un año después, Trucha escucha ‘A Ramiro’ como quien vuelve a mirar una fotografía de sí mismo. Las canciones todavía funcionan como una forma de regresar a quién era cuando las escribió.
“Hoy lo veo con mucho amor, la verdad. Creo que es una obra, un disco que me va a acompañar mucho tiempo”.
Pero si este disco estaba atravesado por la introspección, ‘Ilusiones de amor’, su último trabajo está marcado por el deseo, el enamoramiento, la noche y, sobre todo, por el movimiento.
“Las cosas que me estaban pasando en ese momento eran muy diferentes de las que me estaban pasando cuando yo hice ‘A Ramiro”, explica.
También cambió el lugar desde el que componía. Mientras ‘A Ramiro’ estuvo vinculado a un proceso más íntimo, ‘Ilusiones de amor’ fue creado en Buenos Aires, una ciudad cuya velocidad terminó filtrándose en las canciones.
“Es un disco muy atravesado por la ciudad”, dice. “Creo que eso se siente mucho en los ritmos acelerados, en cómo toda esa intensidad”.
La transformación entre ambos discos también puede verse en sus portadas.
En Ramiro, la imagen se concentra en sus ojos: un primer plano y una expresión casi meditativa que remite a la introspección. En Ilusiones de amor, en cambio, el cuerpo aparece en movimiento.
“La portada de Ilusiones de amor es como completamente otra cosa, mucho más fuerte, pero a la vez muy, muy sincera del cuerpo”, explica. “El cuerpo en movimiento y de la libertad”.
Ese cambio visual acompaña la evolución musical de Trucha. Si un disco invita a mirar hacia adentro, el otro invita a moverse.
La corporalidad también aparece en la estética del proyecto. Para algunas de sus presentaciones y sesiones, Trucha y sus músicos han utilizado pintura en el rostro, un recurso que conecta con una idea que atraviesa todo el álbum: jugar.
“Yo quería que sea un disco de mucho juego”, cuenta.
La pintura, explica, funciona como una manera de entrar en ese universo y dejar de lado, aunque sea durante unos minutos, las reglas externas.
“Volví mucho a mi infancia, como al jugar”.
En una industria marcada por los algoritmos y por la presión de encontrar aquello que funciona y repetirlo, Trucha encuentra en ese juego una forma de mantenerse curioso.
“Sin esto de repetir la fórmula, el buscar el éxito, el buscar la hegemonía, sino meramente placer de hacerlo y de jugar”.
La reinvención de Trucha, sin embargo, no significa alejarse de sus raíces.
Al contrario: buena parte de su propuesta está construida desde la comunidad.
El artista creció en San Martín, un lugar que describe como un pueblo con alma de pueblo, y esa experiencia todavía determina su forma de trabajar.
“Hay algo que se da en todos los pueblos que es el sentimiento de comunidad muy presente y siempre se me crió desde ese lado”, cuenta. “Me es muy natural hacer las cosas en comunidad”.
Sus amigos participan en el proceso creativo, opinan sobre las canciones y forman parte de los videos y sesiones. El negocio de sus padres se convirtió en escenario. Y sus raíces patagónicas conviven ahora con una audiencia que se extiende mucho más allá de Argentina.
El crecimiento ha sido difícil incluso de procesar para el artista. Este año apareció en Times Square y su música ha comenzado a encontrar oyentes en distintos países.
“Es una locura, me costó mucho tiempo procesarlo. Creo que sigo pensando que pasó en otro mundo”, reconoce.
Una de las imágenes que más lo sorprendió fue saber que personas en Italia estaban cantando sus canciones.
“¿Cómo puede ser que yo, viniendo del otro lado del planeta, estén cantando mi canción en Italia?”, se pregunta.
La tecnología y las redes sociales han permitido que aquella música creada desde un entorno pequeño llegue ahora a lugares que Trucha difícilmente habría imaginado cuando comenzó.
Por todo lo que atraviesa este proyecto, resulta complicado definir qué es exactamente Trucha.
“Te diría que es una experiencia”, concluye.
La respuesta resume una carrera construida a partir del cambio a la que él no parece interesado en encontrar una única respuesta sobre quién es como artista, sino que prefiere construir una nueva con cada disco.
Si aún no conoces a Trucha, te dejamos ‘Fast Car’, uno de los últimos lanzamientos.
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