Israel Fuguemann · 20 de agosto de 2026
En la ciudad fronteriza de Tijuana en Baja California, habitantes e inversionistas intentan calcular los efectos que traerá el acuerdo renovado. A punto de entrar en una cuarta ronda de negociación, México, Estados Unidos y Canadá encaran la revisión del T-MEC, bajo el peso de un discurso cada vez más hostil desde el gobierno de Donald Trump.
El debate rebasa los aranceles y las reglas de origen. En los parques industriales, las garitas y los comercios de ambos lados de la línea, las decisiones empresariales comienzan a tomarse con una cautela que contrasta con el dinamismo de los años recientes.
Jorge Eduardo Santa Cruz me cuenta que ha visto repetirse este ciclo durante más de medio siglo. A sus espaldas no cesa el zumbido mecánico de una contadora electrónica que devora fajos de dólares y pesos mexicanos. Estamos en una de sus tres casas de cambio, ubicada en el barrio de La Mesa. Para entrar hay que atravesar un par de diminutas puertas que recuerdan más el acceso a una bóveda de seguridad que a un negocio abierto al público. Las paredes están cubiertas de fotografías. Algunas han perdido el color, pero no la fuerza de la historia que cuentan: la de una vida entera transcurrida en esta frontera.

A sus 67 años, Jorge pertenece a una minoría poco común en una ciudad levantada por migrantes que ya supera los 2 millones de habitantes: nació en Tijuana. Su padre era originario de Los Altos de Jalisco; su madre, de la Ciudad de México. Ambos llegaron durante la década de los cincuenta atraídos por la promesa de una vida mejor, igual que miles de familias que hicieron de esta frontera su nuevo hogar.
La infancia de Jorge transcurrió en el negocio de tortas que su padre abrió frente a la antigua Central Camionera y a las primeras oficinas de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo (Canaco). Desde ahí veía descender a los pasajeros que terminaban un largo viaje desde el sur del país.
—Llegaban con costales con maletas de cartón, con lo que podían cargar —recuerda.
Muchos tenían la vista puesta en California. Soñaban con trabajar en los campos agrícolas del otro lado de la frontera. Bastaba descubrir una ciudad que también ofrecía oportunidades para cambiar de destino. Tijuana terminaba convirtiéndose en el lugar donde muchos decidían quedarse.
—Veían las oportunidades que había de este lado y hacían su vida aquí.
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Hacia mediados del siglo XX, la ciudad comenzaba a desprenderse de su pasado como un pequeño asentamiento semidesértico surgido al amparo de la geopolítica del siglo XIX. El horizonte no estaba en el centro del país, sino en California. Esa vecindad terminaría definiendo su carácter.
La Ley Seca aceleró la transformación. La prohibición del alcohol en Estados Unidos convirtió a Tijuana en un destino para miles de visitantes atraídos por los casinos, los hoteles, los restaurantes y la vida nocturna. Después llegaron mujeres y hombres procedentes de distintos rincones de México. Venían persiguiendo empleo y terminaron echando raíces en esta ciudad.
El Tratado de Libre Comercio (TLC), como se llamaba antes, todavía no existía, pero los tijuanenses llevaban décadas viviendo del intercambio con California. La Avenida Revolución era el escenario más visible de esa relación. Los fines de semana era habitual ver a familias californianas cruzar para cenar, comprar artesanías o recorrer los bares y comercios que dieron fama internacional a la ciudad.
—No había muro —dice Jorge. Era una malla de alambre de púas. La gente se brincaba por arriba o por abajo.
El viejo Puente México, conocido por todos como La Marimba debido al estruendo que producían los vehículos al atravesarlo, unía el centro de Tijuana con San Ysidro.

—Las filas eran de cien carros, cuando mucho. En una hora ya habías cruzado.
La frontera existía, pero tenía otra escala. No estaba dominada por murallas de acero ni cámaras térmicas. Cruzar formaba parte de la rutina.
Jorge no idealiza aquellos años. La desigualdad, la pobreza y la violencia ya formaban parte del paisaje de una urbe que siempre vivió al margen y al límite de lo permisible. Lo que rescata de su memoria es la capacidad de la ciudad para convertir el límite en una oportunidad y construir a partir de esa condición, una forma de vida.
El alambre de púas fue sustituido por una muralla de acero que recorre los cerros desde el Pacífico hasta perderse en el desierto. El antiguo Puente de La Marimba dio paso a una de las garitas más transitadas del planeta. Los pequeños comercios conviven ahora con parques industriales, centros logísticos e industrias de exportación que sitúan a la región entre los corredores económicos más importantes de Norteamérica.
Las luces del salón descienden de intensidad poco antes de que comience la ceremonia. En las mesas conviven varias generaciones de comerciantes y propietarios de pequeños negocios que han acompañado el crecimiento de Tijuana. Todos comparten la misma celebración: el centenario de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo (Canaco).
La institución nació el 26 de julio de 1926. Treinta empresarios, representantes de treinta y dos negocios, decidieron organizarse para dar voz al comercio de una ciudad que apenas comenzaba a delinear su identidad. Resulta difícil separar la historia de la cámara de la historia de Tijuana. Crecieron juntas, atravesaron las mismas crisis y aprendieron a leer una frontera que nunca permaneció inmóvil.
Cuando toma el micrófono, el presidente de la Canaco, Olivaldo Paz, propone dejar por unos minutos los números de lado.
“Piensen en un abuelo que abrió un changarro en la Revolución con lo poco que traía. En una madre que levantó la cortina de su negocio todos los días, con crisis o sin crisis, porque de esa cortina comían sus hijos. En un afiliado que ya no está esta noche con nosotros, pero que le entregó a Tijuana años de su vida. Todos ellos están aquí. En estas paredes. En esta mesa. En nosotros.”
La ovación ya no reconoce únicamente a una institución. También celebra a miles de comerciantes que, generación tras generación, hicieron del pequeño negocio familiar una forma de construir ciudad.
—¿Cómo sería Tijuana si la Canaco no hubiera existido? —pregunta.

La cuestión apunta hacia quienes han sostenido la vida comercial de la ciudad durante un siglo. Detrás de cada negocio abierto hay familias, trabajadores y una decisión que vuelve a repetirse cada mañana: levantar la cortina y apostar por permanecer, por seguir adelante.
El centenario llega en un momento especialmente delicado: la revisión del T-MEC, la posibilidad de nuevos aranceles y el endurecimiento del discurso político en Estados Unidos vuelven a poner a prueba a una comunidad empresarial acostumbrada a vivir los cambios. A pesar de la incertidumbre, entre los asistentes prevalece una confianza construida durante generaciones: la frontera siempre termina encontrando una nueva manera de seguir adelante.
La oficina de Cecilia Ortega ocupa un pequeño espacio sobre la calle Tercera, en el centro de Tijuana. Las paredes están cubiertas por diplomas, certificaciones y reconocimientos acumulados durante décadas de trabajo. Un ventilador permanece encendido para aliviar el calor de la tarde. Una mascada anudada al cuello rompe discretamente los tonos sobrios de su vestimenta.
Después de trabajar en las aduanas mexicanas, participar en el desarrollo del puerto fronterizo de Otay y dedicar buena parte de su trayectoria al análisis del comercio internacional, hoy dirige la Organización para la Competitividad y el Desarrollo Económico de Baja California (OCEGA). Desde ahí, ha seguido la transformación de una ciudad cuya economía comenzó a mirar hacia California mucho antes que hacia el resto del país.
—Baja California fue zona libre por necesidad, recuerda.
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Durante buena parte del siglo pasado, abastecer Baja California desde el resto del país era lento, costoso y en muchos casos, inviable. La distancia, el aislamiento geográfico y la limitada infraestructura de comunicación obligaban a resolver buena parte de la vida cotidiana mirando hacia el vecino más cercano. La frontera ya funcionaba como un espacio de intercambio permanente cuando los tratados comerciales todavía no existían.
Aquella condición terminó por crear una economía distinta. Mientras el resto del país consolidaba sus mercados internos, Baja California encontró su vocación en el comercio exterior y la manufactura de exportación. Hoy, el estado aporta cerca del diez por ciento del valor total de las exportaciones mexicanas y se mantiene entre las entidades con mayor peso manufacturero, de acuerdo con cifras del INEGI.
—Compartimos familias, compartimos clima, compartimos contaminación, compartimos oportunidades. No somos dos ciudades vecinas; somos una comunidad binacional.
Miles de personas viven en Tijuana y trabajan en Estados Unidos. Empresas diseñan un producto en California y lo manufacturan en Baja California. Estudiantes, pacientes, proveedores y transportistas cruzan todos los días una línea que hace mucho se convirtió en parte de la rutina.
Los registros de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CBP) y diversas investigaciones académicas estiman que más de 44 mil personas realizan ese trayecto diariamente sólo para ir a trabajar.

La misma lógica sostiene el movimiento de mercancías: por la garita de Otay circulan alrededor de un millón y medio de camiones de carga al año, un flujo constante que mantiene unidas las cadenas de producción de ambos países.
Cecilia usa un ejemplo para explicar esa integración.
—Una camioneta Toyota Tacoma ensamblada en Baja California puede cruzar varias veces la frontera antes de salir terminada de la línea de producción. Una pieza metálica nace en un país, viaja al otro para integrarse a un componente distinto, regresa para continuar el ensamblaje y vuelve a cruzar antes de incorporarse al vehículo final.
La frontera ya no marca el final de un proceso. Forma parte del proceso.
La integración económica también modificó el tipo de industrias que llegaron a la región. Ya no bastaba con ofrecer mano de obra disponible. Se necesitaban proveedores especializados, experiencia técnica y una logística capaz de operar sin interrupciones entre ambos lados de la línea.
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La industria de dispositivos médicos resume esa evolución. Baja California concentra más del 70 % de las exportaciones nacionales del sector y genera más de 100 mil empleos directos en sus plantas de producción.
Hay una palabra que Cecilia evita utilizar: crisis; en cambio prefiere: incertidumbre.
Las crisis irrumpen de golpe. La incertidumbre actúa con mayor discreción. Los presupuestos se revisan una y otra vez, las inversiones esperan y los proyectos permanecen detenidos hasta que alguien decida cuáles serán las nuevas reglas del juego comercial.
Ese tiempo suspendido termina afectando la vida de una región cuya economía depende de decisiones tomadas simultáneamente a ambos lados de la frontera.
La oficina de José Luis Contreras se levanta en la colonia Buena Vista. Ocupa la cresta de una colina desde la cual Tijuana se despliega como un mapa. La ciudad avanza sobre una sucesión de cerros que se pierden en el horizonte.

Más abajo, un distribuidor vial conecta la ciudad desde Playas de Tijuana hasta las inmediaciones del aeropuerto. La obra intenta ordenar el crecimiento de una metrópoli que hace tiempo rebasó los límites para los que fue diseñada.
Economista de formación, ahora funge como presidente de la Asociación de Industriales de la Mesa de Otay (AIMO), José Luis lleva décadas siguiendo la evolución de uno de los polos manufactureros más importantes de América del Norte. Su diagnóstico es sencillo: la industria avanzó mucho más rápido que la ciudad.
La manufactura de exportación genera 56 por ciento del empleo formal del municipio. Es el motor económico de Tijuana. Sin embargo, el crecimiento industrial nunca encontró un equivalente en la infraestructura pública. Las vialidades siguen siendo prácticamente las mismas de hace décadas; el suministro de agua y electricidad opera al límite, y el sistema de drenaje acumula rezagos que terminaron desbordando las fronteras de la propia ciudad.
Las aguas residuales descienden por el río Tijuana, cruzan la línea internacional y contaminan las playas del sur de California. Un problema de infraestructura urbana que terminó instalándose en las agendas de salud pública, turismo y diplomacia de ambos países.
El Congreso de Estados Unidos ha destinado recursos extraordinarios, a través de la Agencia de Protección Ambiental (EPA), para contener la contaminación transfronteriza. Legisladores de California presionan para que el saneamiento del río forme parte de las discusiones ambientales vinculadas al T-MEC. En esta frontera, incluso el drenaje terminó convirtiéndose en un asunto de política internacional.
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José Luis encuentra el origen de esa contradicción en la manera en que evolucionó el modelo maquilador. El programa de industrialización fronteriza nunca pretendió limitarse al ensamble de productos. Aspiraba a construir una red de proveedores nacionales capaz de incorporar valor agregado a lo que se fabricaba en México. Esa transición quedó inconclusa.
Las plantas instaladas en Baja California apenas incorporan entre cinco y siete por ciento de insumos nacionales. La expectativa era mucho mayor. La industria médica, aeroespacial y electrónica trajo procesos sofisticados y formó una fuerza laboral altamente especializada, pero la dependencia de componentes importados continúa siendo muy elevada. Cualquier alteración en las reglas del comercio repercute casi de inmediato sobre las líneas de producción.
Las amenazas arancelarias provenientes de Washington son sólo una parte del problema. Del lado mexicano se acumulan obstáculos que afectan la operación cotidiana de las empresas. Los permisos del programa IMMEX pueden retrasarse durante meses; las inspecciones federales se multiplican y las recientes reformas laboral y judicial han abierto nuevas dudas entre quienes deben tomar decisiones de inversión.
Cuando una ampliación industrial se pospone, también se suspenden empleos, contratos de transporte, compras de insumos y servicios especializados. La desaceleración avanza lentamente y termina alcanzando la vida cotidiana. Hace apenas tres años, las empresas instalaban módulos de reclutamiento en plazas comerciales y paradas de autobús para atraer trabajadores. Hoy la escena es otra: filas de personas esperan desde la madrugada la apertura de una convocatoria para disputar unas cuantas vacantes.
La transformación no obedece únicamente a la incertidumbre. También responde a un cambio profundo dentro de la propia industria. Los nuevos proyectos privilegian procesos automatizados que requieren menos operadores de línea y más ingenieros, programadores y técnicos especializados capaces de controlar sistemas robotizados. El perfil del trabajador fronterizo también está cambiando.