Eréndira Aquino · 2 de noviembre de 2026
Por cuarto año consecutivo, el Panteón Civil de Dolores —específicamente el área destinada a la fosa común— se convirtió en escenario de un acto que desafía el olvido institucional. Entre cruces anónimas, montículos de tierra y ramos de flores, familiares, activistas y autoridades se congregaron para levantar la ofrenda anual dedicada a quienes murieron como desconocidos y realizar una misa en su memoria.
Durante la inauguración del acto se recordó que la fosa común del camposanto más grande de México ha dejado de ser un agujero negro de la burocracia para convertirse en un espacio forense, con un plan desarrollado por el Gabinete de Búsqueda de Personas Desaparecidas de la Ciudad de México.
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Bajo este plan interinstitucional —que comprende fases de excavación profunda en puntos como la fosa 26— se han recuperado un total de 65 cuerpos de adultos y 417 elementos óseos aislados para su análisis pericial, logrando hasta el momento 12 identificaciones plenas y 25 casos con hipótesis de identidad en proceso de corroboración.

Citlalli Hernández Saad, quien acudió en representación de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México, comentó que frente al vacío que existe por la falta de derecho a la identidad de las personas que se encuentran en la fosa común, “la familia social que se ha venido reivindicando en los últimos años hoy se vuelve muy relevante para quienes estamos aquí”.
“El día de hoy que estamos hablando de la muerte, corresponde honrar también la vida y seguir defendiendo y exigiendo una vida digna, una vida justa y que esta última etapa que ya representa esta transición pueda hacerse también en condiciones de dignidad”, remarcó.
En la ceremonia resonaron las voces de quienes han vivido de cerca la tragedia de perder a un familiar en el anonimato. Mónica García, esposa de una víctima que terminó en la fosa común tras salir a trabajar sin identificación, relató la angustia de la búsqueda: “Desafortunadamente no sabemos buscar en lugares a donde llevan los cuerpos… y pues él se quedó ahí y ya después de ocho años, gracias a la asociación El Caracol pude reconocerlo. Ahora sí tiene nombre y apellido”.
A este testimonio se sumaron voces de poblaciones callejeras y defensores de derechos humanos. Enrique Hernández, director de El Caracol, subrayó que el sentido profundo de la ofrenda es la resistencia frente a la indiferencia social, pues “vivimos en una sociedad que frecuentemente mide el valor de las personas por lo que tienen, por lo que producen o por lo que ocupan, y desde esta mirada la población que vive en la calle no solamente sufre pobreza y exclusión, sino también vive el desprecio y el rechazo cotidiano”.
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Hernández recordó que el abandono de estas personas no comenzó al morir, sino mucho antes, cuando la sociedad normalizó la exclusión. Por ello, enfatizó que “el memorial que colocamos en la fosa común es un acto de resistencia frente al olvido, frente al abandono, frente a quienes todavía tienen que aprender a reconocer que todas las personas valemos lo mismo”.
La jornada realizada este sábado contempló también un espacio litúrgico, oficiado por el sacerdote Francisco Javier Osorio, quien vinculó el dolor terrenal con la esperanza de la fe católica y la dignidad inalienable de cada ser humano. Recordando el texto Dignitas infinita del Papa Francisco, dijo a los asistentes que “las personas hasta su muerte y posterior a su muerte, las veneramos siempre porque siempre están con nosotros”.
Asimismo, reflexionó cómo la muerte representa muchas veces una ruptura dolorosa de los vínculos afectivos, pero que los esfuerzos por encontrar, nombrar y dar digna sepultura a quienes terminaron en el anonimato restituyen el tejido social de una comunidad lastimada por la violencia y la desigualdad.
“Qué bueno que ya es el cuarto aniversario que se visibiliza esta necesidad de luchar por la dignidad de aquellos que han desaparecido y que sus familiares los siguen buscando, y de encontrar a aquellos que aunque sea ya en la fosa les podemos dar humana sepultura”, compartió el sacerdote.

La ceremonia también dio espacio para escuchar el testimonio de personas que viven en situación de calle. Julio González habló sobre la cruda realidad que enfrentan en el espacio público y las dificultades que surgen al despedir a alguien, pues “mucha gente no se da cuenta del dolor de uno, piensa ‘es de la calle, no vale nada, ¿para qué le haces caso?’, o nos ven ahí tirados y no quieren acercarse, cuando no saben si necesitamos ayuda”.
Por su parte, Citlali Hernández Saad sostuvo que ante ante las cruces sin nombre se debe recalcar “la importancia que tiene un derecho tan elemental y tan sencillo como el derecho a la identidad”.
Hacia el final de la ceremonia, el lema que guio toda la jornada resonó de forma constante: “la ausencia no es olvido”, una frase que forma parte de la campaña impulsada por El Caracol durante este año para visibilizar, nombrar y dignificar las muertes de personas integrantes de poblaciones callejeras.
“Nos encontramos aquí por cuarto año, regresamos a este lugar a poner una ofrenda para quienes han muerto, pero sobre todo para reafirmar una convicción que nos acompaña y es nombrar que la ausencia no es olvido. Aquí descansan personas que tuvieron un nombre, una historia, sueños, afectos y vínculos”, remarcó el director de la asociación.
Mientras las brigadas forenses continúan analizando perfiles genéticos y las familias de distintos puntos del país aguardan una coincidencia que devuelva la certeza, en este rincón de la Ciudad de México la tierra deja poco a poco de ser sinónimo de abandono e indiferencia.