Manu Ureste · 24 de septiembre de 2026
Primero empezó a fallar la luz. Después, Beatriz Uscanga cuenta que escuchó los golpes contra el vidrio de la puerta.
Era entre la 1:15 y la 1:20 de la madrugada del miércoles 23 de septiembre. La madre buscadora se había levantado a apagar los aparatos eléctricos para evitar que se descompusieran. Al salir de su recámara, narra, escuchó que alguien intentaba entrar a la casa donde vive con su familia, en un municipio de Veracruz que se reserva por motivos de seguridad.
Se acercó y trató de sostener la puerta. Del otro lado, calcula, empujaban dos o tres personas. Una logró meter la mano, sujetarla del cabello y golpearle la cabeza contra la pared.

—Duro, duro, duro, duro, duro —repite Beatriz durante la entrevista con Animal Político, en la que comparte fotografías de las agresiones.
Según su relato, dos hombres con el rostro cubierto con una especie de pasamontañas consiguieron entrar. La golpearon con los puños y le dieron dos navajazos en el abdomen que no fueron de gravedad. En medio del forcejeo, alcanzó el apagador y encendió la luz. Entonces, dice, los agresores salieron corriendo.
—Se supone que tengo protección federal. Entonces, ¿dónde queda la protección federal?
No es la primera agresión que denuncia. El 16 de noviembre de 2025, mientras buscaba a su hijo Sebastián Menéndez en Jalisco, un grupo de hombres la golpeó y amenazó para que abandonara el estado. Después de aquel ataque regresó a Veracruz. Ahora, relata, la violencia llegó hasta la puerta de su casa.
—Otra vez vuelvo a vivir encerrada en mi vivienda, que yo pensé que era segura.
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Beatriz cuenta que, después de la agresión, llamó al 911 para pedir ayuda. Sitúa las llamadas alrededor de la 1:45 y la 1:47 de la madrugada, y muestra capturas de pantalla de la llamada. Tenía heridas en el abdomen y, según describe, los golpes en la cabeza le provocaron náuseas, mareos y vómitos.
Del otro lado del teléfono, asegura, le respondieron que las unidades ya iban en camino.
—Que ya vienen las unidades y que ya vienen las unidades, me dijeron. Pero… es el día de hoy y aún las sigo esperando.
Dice que volvió a llamar sin que, hasta el momento de la entrevista, hubiera recibido la visita de las patrullas.

Cuando estaba en Jalisco, explica, contaba con un botón de pánico. En Veracruz no lo tiene: ante una amenaza debe llamar por teléfono y esperar a que llegue la policía más cercana a la comunidad donde vive. Calcula que las instalaciones de las autoridades a las que recurre están a unos treinta o treinta y cinco minutos de distancia.
La falta de protección ya había sido parte de sus denuncias. En diciembre de 2025, después de su regreso a Veracruz, el medio Al Calor Político informó que Beatriz seguía sin las medidas de resguardo que le habían prometido trasladar desde Jalisco.
Sebastián tenía 18 años cuando desapareció, el 4 de septiembre de 2025. Originario de Veracruz trabajaba como mesero en Querétaro y viajó a Jalisco por una supuesta oferta de empleo mejor pagado.
Aquella mañana llamó a su madre desde la central camionera de Tlaquepaque. Le dijo que un vehículo lo llevaría a una entrevista en Zapopan. Después perdieron la comunicación.
Beatriz se trasladó a Jalisco, se incorporó a las búsquedas y comenzó a dar entrevistas para exigir que las autoridades encontraran a su hijo. Con la difusión del caso llegaron también las amenazas, según ha relatado a Animal Político.
El 16 de noviembre, después de salir de misa, fue golpeada por varios hombres. Le advirtieron que debía irse del estado. Denunció el ataque y, por recomendación de autoridades ministeriales, abandonó Jalisco. La Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos también denunció aquella agresión y exigió protección para ella y su familia. “Me dijeron que era el último aviso”, denunció en aquel entonces.
Meses después, Sebastián fue localizado con vida. Actualmente está detenido y enfrenta un proceso penal. Beatriz pide no profundizar en su situación porque hay investigaciones abiertas y teme que sus declaraciones puedan perjudicarlo.
Su salida de Jalisco tampoco puso fin a las amenazas, asegura. Ya en Veracruz, cuenta, dejaron un papel en la puerta de su casa con advertencias dirigidas a su hija. La policía acudió, tomó fotografías y ella rindió su declaración.
En otro episodio, al regresar a casa encontró la puerta derribada. También relata que dejaron una corona de difunto en su ventanal con un mensaje:
—“Sigues tú, perra”. Literalmente son las palabras que me dijeron.
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Durante el nuevo ataque, dice Beatriz, los agresores no le dejaron un mensaje ni le dijeron por qué la golpeaban. Ella lo relaciona con su activismo y con la búsqueda de su hijo.
—Antes del caso de mi hijo, yo en ningún momento había tenido ningún problema absolutamente con nadie.
Explica que había reducido su exposición pública. Desde febrero trataba de no dar entrevistas, aunque los medios seguían buscándola. Cuando le pedían hablar, les decía que estaba amenazada y que no podía hacerlo.
Había dejado de conceder entrevistas, pero no de acompañar otras búsquedas.
—A pesar de que no daba entrevistas, yo seguía el activismo, lo seguía de todas maneras.
Ahora dice que necesita tomar más precauciones. En su casa hay dos personas que dependen de ella. Durante el ataque, cuenta, también pensaba en protegerlas. Después, el ruido de un automóvil basta para que se pregunte si alguien viene por ella. El miedo ya es cotidiano, asegura.
Aún no sabe si solicitará una escolta. Primero necesita hablar con su abogado. Lo que sí responde, cuando se le pregunta si continuará con su activismo, es que seguirá.
—Estamos viviendo en un país en donde nos quieren callar a como dé lugar. Pero yo voy a seguir.