"El pueblo construyó el futbol, las élites lo venden": Golpe de Estadio

Estefanía Veloz · 10 de junio de 2026

"El pueblo construyó el futbol, las élites lo venden": Golpe de Estadio

Bogotá. Sobre el piso hay varias resmas de carteles recién salidas de imprenta, todavía envueltas en papel café. Danny Claros abre una. Adentro hay decenas de copias del mismo diseño: el retrato de un hombre de pelo entrecano con un signo de dólar grabado en la frente, y debajo, en letras rojas: El pueblo construyó el fútbol, las élites lo venden. Ese hombre es Gianni Infantino, presidente de la FIFA desde 2016 — el mismo que en diciembre de 2025 le entregó a Donald Trump el primer FIFA Peace Prize — Football Unites the World mientras la sala del Kennedy Center miraba en silencio. Hay más resmas: una con la copa del mundo convertida en antorcha y el planeta derritiéndose adentro, otra con los rostros de Trump e Infantino juntos, otra que dice simplemente antifa FIFA. Todas llevan la misma firma al pie: Golpe de Estadio. 

Danny tiene 33 años, es periodista y es parte de Golpe de Estadio, el colectivo bogotano que diseñó e imprimió esos carteles. En internet existe un tipo de fanático del futbol al que le dicen “fifa” — de tanto jugar el videojuego — que sabe de memoria cuánto gana cada jugador, que sigue con obsesión cada compra y venta de jugadores entre clubes, que consume el futbol como producto. Danny no es ese. Le gusta el futbol porque es del barrio, porque se juega en el llano, porque cuando la gente lo ve junta pasa algo que no pasa en ningún otro lado. Y precisamente por eso le molesta lo que le están haciendo. “Lo importante es incomodar”, dice. “Hacer ruido y visibilizar. Muchas veces las personas no saben lo que está pasando.”

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El 31 de mayo Colombia esperaba los resultados de la primera vuelta presidencial, la que definiría si la segunda sería entre la izquierda y la ultraderecha. Esa noche, un grupo de jóvenes vestidos de negro recorrió las calles con brochas, engrudo y carteles recién impresos. Los pegaron en los postes del Estadio Nemesio Camacho, el lugar que los bogotanos conocen como el Campín: mandado construir por Jorge Eliécer Gaitán, el líder popular cuyo asesinato en 1948 desató el Bogotazo y abrió décadas de conflicto en el país, casa de Millonarios y Santa Fe, escenario de la final de la Copa América 2001. Al final de la noche había unas veinte personas ahí paradas, jóvenes de negro, sosteniendo frente a las luces del estadio un cartel que decía El pueblo construyó el fútbol, las élites lo venden.

El futbol popular está de regreso e importa una mierda lo que piense la FIFA
Antes del Mundial organizaron también el Torneo Mujeres y Diversidades AntiFIFA — Latinoamérica Unida. Foto: Estefanía Veloz

Los sábados juegan cascarita en Bogotá y el resto de la semana producen contenido político sobre futbol en redes. Para Danny, el futbol es un deporte de interés público que terminó en manos de quienes se llevan el beneficio. Un negocio, una plataforma electoral, un trampolín. Como el dirigente que hoy preside el América de Cali, dueño de cadenas de supermercados en el Valle del Cauca y candidato a la gobernación en las últimas elecciones, que llegó al club sin ser hincha. “Personas que llegan a las dirigencias que ni siquiera son hinchas del equipo”, dice. “Llegan a obtener capital político. Y a eso es a lo que nos oponemos.”

Cuando le pregunto si el futbol puede seguir siendo un espacio popular en medio de todo esto, no duda. “Yo creo que el futbol es un territorio en disputa. Y hay que salir a la calle y mirar que desde ahí podemos hacer algo.” Para él, lo que pasó en Barranquilla lo resume todo. La Selección dejó de jugar en Bogotá tras el Mundial de 2010 y el Metropolitano se volvió el escenario fijo de las eliminatorias. Tiene su lógica deportiva: el calor, la humedad, la cancha. Pero los precios subieron y la gente del barrio dejó de poder pagar. “Gente de Barranquilla que vive a diez minutos del Metropolitano ya no puede entrar al estadio en el que vive”, dice. “Es una micro representación de lo que pasa con el Mundial.”

La versión grande llegó en 2026. Por primera vez en la historia, la FIFA tomó el control directo de la boletería y aplicó precios dinámicos. El boleto más barato para la final ronda los cuatro mil dólares. En Qatar 2022 era seiscientos. El libro de candidatura del torneo prometía, en 2018, boletos desde veintiún dólares. Las federaciones de aficionados de Europa presentaron una denuncia formal ante la Unión Europea. Nada cambió.

Para Danny esto viene de lejos. El Mundial de 1978 en Argentina, cuando la dictadura de Videla recibió la Copa como cortina de humo sobre los centros clandestinos de detención. Las negociaciones de la FIFA con los regímenes del Cono Sur. El FIFAgate, donde los contratos de televisión se repartían con sobornos. Trump firmó un decreto ejecutivo para presidir personalmente la logística del torneo. A principios de 2026, Infantino le dijo a una sala de alcaldes estadounidenses que por primera vez en la historia serían “conquistados por el soccer.” La sala no aplaudió. “Quien está en esa posición tiene que ser parte del negocio”, dice Danny. “Si no, te van.” No lo dice como denuncia. Lo dice como quien lleva años viendo funcionar lo mismo.

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Ciudad de México. Otros colectivos hacen lo mismo con otras herramientas. Familias y colectivos en búsqueda de personas desaparecidas en Ciudad de México armaron un calendario de acciones que arranca el 6 de junio y llega hasta el 12. El 6, en el Ángel de Independencia, desplegaron una manta con más de 133 mil nombres — los desaparecidos en México — y ahí se queda, dijeron, hasta que termine el Mundial. El 10, los padres y madres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa se reúnen en el Hemiciclo a Juárez y por la noche caminan desde la estación Registro Federal hasta las puertas del Azteca/Banorte en una marcha que llamaron “Iluminemos la búsqueda”. El 11, día de la inauguración, hay una cascarita por la justicia en el Zócalo, otra de familias migrantes en Reforma frente al Antimonumento +72, y un mitin frente al estadio desde las seis de la mañana. La camiseta verde del Tri en la foto de la convocatoria lleva estampada una sola pregunta: ¿Dónde están? El 12, el Centro Cultural de España aloja un foro: “Mundial 2026 entre desigualdad y desapariciones.”

Ese mismo 11 de junio, desde las ocho de la mañana en el cruce de Av. del Imán y Gran Canal, hay una Mega Reta en la Última Milla: retas ‘antifas’, tianguis rebelde, gráfica anti-FIFA, taller de mecánica para bici. La playera del jugador en el cartel dice “Boicot total a la Copa Mundial.” El balón tiene una X donde debería decir FIFA.

futbol popular está de regreso e importa una mierda lo que piense la FIFA
Una red de colectivos en tres países pega carteles en la calle.Foto: Estefanía Veloz

Semanas antes, el 24 de mayo, las Morras Futboleras — que desde 2020 llevan el futbol al espacio público bajo una sola idea: futbol para todas — organizaron las Retas ‘Antifas’ para morras y morrxs contra el Mundial del Despojo en la Glorieta de las Mujeres que Luchan, la antigua glorieta de Colón recuperada por el movimiento feminista. El cartel era un dibujo de ositos de peluche -estilo Care Bears- vestidos con ropa de barrio: pasamontañas, gorras rojas, un balón en llamas con una bandera anarquista arriba. Al pie: Fucho sí, fachos no. Sin entrada, sin sponsors. Junto a ellas, Everyday futbol organiza bajo otro principio: futbol en la calle, en el barrio, en la tribuna, en canchas de potrero, de favela, la cascarita — everyday everywhere. Antes del Mundial organizaron también el Torneo Mujeres y Diversidades AntiFIFA Latinoamérica Unida, con olla comunitaria, radio comunitaria y serigrafía además del futbol, firmado por Morras Futboleras, Barricada Antifa 1927, Coordinadora Futbolera Colombia, Insurrectas Rojas y Fundación Sotavento.

Más al norte, a una semana del primer partido en Los Ángeles, los dos mil trabajadores de alimentos y bebidas del SoFi Stadium votaron 96 por ciento a favor de autorizar una huelga. Quieren salarios dignos y el derecho a abandonar sus puestos si el ICE entra al estadio. Si los obligan a irse, los palcos de cien mil dólares de la FIFA se quedan sin servicio. La campaña No ICE in the Cup convocó a ilustradores para responder al clima de represión migratoria que rodea el torneo en Dallas y Los Ángeles. Un dibujante retrató en rojo y negro a un jugador pateando a un agente del ICE uniformado como si fuera un balón. Otro cartel mostraba una bota aplastando un guante del ICE: ¡Fuera FIFA! ¡Fuera ICE! El futbol es del pueblo.”

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Bogotá, Ciudad de México, Los Ángeles. Distintas organizaciones, distintos países, la misma pregunta: ¿quién tiene derecho a estar en el estadio, y quién lo decide? Danny lo dice así: “El futbol al ser tan popular y de interés público, terminó siendo apropiado por quienes se llevan el beneficio. Un puñado de élites que ganan dinero alrededor de eso.”

Colombia tiene una capa más encima: las elecciones. El Mundial siempre coincide con las elecciones, dice Danny, siempre, desde siempre. El 17 de junio la Selección debuta contra Uzbekistán en Ciudad de México. Cuatro días después, segunda vuelta presidencial. “Estaría votándose tres días después del primer partido de Colombia”, dice. “El futbol también tiene una carga de patriotismo muy fuerte. Si Colombia gana el primer partido, quizás la gente sale a votar con más entusiasmo.” Abelardo de la Espriella, el candidato de la ultraderecha que recibió el endoso de Trump el 2 de junio, había convertido la camiseta amarilla en emblema de campaña hasta que un juez bogotano lo obligó a parar. Iván Cepeda, del Pacto Histórico, llamó al endoso “injerencista.”

Por eso la acción fue esa noche y no cualquier otra. Mientras Colombia esperaba resultados, eligieron los postes del Campín para decir lo que el futbol oficial no dice: que el espectáculo que se avecina tiene un precio que la mayoría no puede pagar, y que hay gente que no está dispuesta a callarse.

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No tienen una respuesta única para lo que debería reemplazar a la FIFA. Danny señala Argentina, donde el modelo de socios y elecciones internas en los clubes sobrevivió décadas, aunque hoy Milei lo amenaza. Señala Chile, donde una ley de principios de los 2000 abrió la puerta al capital privado y los hinchas llevan veinte años peleando para recuperar lo que perdieron. “Yo sí creo que en Colombia es muy difícil un modelo democrático actualmente como el que tiene Argentina”, dice. “Pero por lo menos miremos cómo acercamos a gente del futbol para que los clubes no pierdan el alma, no pierdan ese rumbo popular que han tenido históricamente.”

Hacia el final de la conversación habla del álbum de figuritas. La gente en los parques intercambiando stickers, los rituales que se repiten cada cuatro años. Los entiende, pero también son dos millones de pesos que entran al negocio y el álbum que nunca se completa. “Yo creo que hay otros rituales que no están mediados por el consumo”, dice. “Reunirse a ver el partido, salir a jugar una cascarita, compartir sin que todo pase por comprar algo.”

El 11 de junio el estadio que lleva el nombre de un banco, inaugura el Mundial. Los trabajadores del SoFi todavía no saben si van a entrar a trabajar. Los padres de los 43 de Ayotzinapa van a caminar hasta las puertas del Azteca con una pregunta estampada en la camiseta del Tri. Los paquetes en Bogotá ya están vacíos. Los carteles están en la calle, y Danny ya está pensando en los próximos. “Hay que seguir defendiendo un lugar de encuentro que no esté mediado por el consumo… por el dinero. Eso es lo más importante.” Importa una mierda lo que piense la FIFA, piensa.