Haidé Serrano · 2 de agosto de 2026
Son las seis de la mañana y ya hace calor. Amaneció hace rato en Playa del Carmen. Alejandra se alista para irse a Cancún. Tiene una entrevista de trabajo. La travesía desde su casa hasta las oficinas de la inmobiliaria le tomará casi dos horas y eso que tiene coche. Vive en una de las orillas de la ciudad, al sur, en la colonia Bellavista, donde renta un estudio a un precio módico, lo que le permite aguantar el desempleo por las temporadas bajas del turismo.
“¡Cómo me gustaría irme en el Tren Maya!”, suspira Alejandra mientras plancha su camisa. Piensa en la carretera hacia Cancún y se encomienda a todos los santitos que puede. Tiro por viaje le ha tocado ver accidentes mortales, una gran mayoría de ellos protagonizados por las Sprinters blancas de turismo esquivando a 140 km/h, rebasando por la derecha; los autobuses “Del Valle” cargados de trabajadores (“los autobuses de la muerte”, como se les llama mordazmente entre los locales) y las vans de pasajeros de rutas fijas entre Playa y Cancún echando carreras para ganar el pasaje. No por nada se ha ganado el mote de la “carretera de la muerte”.
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Trata de espantar esos pensamientos como moscas y se apresura a calentar el desayuno: un tamal colado. “¡Cómo me gustaría irme en el Tren Maya!”, insiste el anhelo mientras se sirve el café. Alejandra hace cuentas en su mente. Como no hay transporte público cerca de su casa, tendría que tomar un taxi para llegar a la estación del tren, que está en la orilla poniente de la ciudad, así que el taxi no baja de 100 pesos. Luego, otros 99 del boleto del tren, solo de ida; para salir de la estación de Cancún, aledaña al aeropuerto y en los márgenes de la ciudad, tiene que tomar un ADO que la lleve al centro de Cancún, otros 55 pesos. Más un taxi para llegar a las oficinas, otros 70 pesos. Multiplicado por dos, la ida y la vuelta suman 648 pesos: no hay manera, es demasiado dinero, es un mes de internet o la despensa de la semana. “Mejor me voy en mi carrito, con medio tanque voy y vengo”, se resigna.
Alejandra enciende su Pointer 2008. Le habla como a un hijo para que no se sobrecaliente y le acaricia el toldo, aunque más le preocupa que se le ponche una llanta. Se enfila hacia la Carretera Federal 307, y se enfurruña por los incontables baches de una de las principales arterias de Playa del Carmen, el Arco Vial (o Av. 115), que sirve para desahogar el tráfico de la carretera y por donde circulan los vehículos pesados. Logra incorporarse a la 307 y se encuentra con los miles que como ella transitan en esta arteria, la columna vertebral que divide en dos a Quintana Roo de norte a sur y por la que –como ella– transita un promedio diario de entre 50 mil y 60 mil vehículos.
Un frenón intempestivo detiene sus pensamientos, el claxon de una van turística roza su espejo. “¿Crees que llegarás antes por ir más rápido?”, le grita Alejandra al conductor como si este pudiera escucharla. El loco ahora rebasa por el acotamiento a la fila interminable de autos bajo el sol candente del Caribe.
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El volante está empapado de su nerviosismo. “No puedo llegar tarde”, piensa mientras esquiva un enorme bache en la vía por la que se transportan diariamente cerca de 200 mil personas que son la fuerza laboral y turística de la Riviera Maya. “Ya estoy haciendo corajes otra vez” se autoregaña al no dejar de pensar cómo la única ruta está en las peores condiciones, parches de asfalto, piel de cocodrilo, grietas, ampollas y señalización deteriorada; además de la escasa iluminación, lo que la hace aún más peligrosa por las noches.
“No debo llegar de malas”, se aconseja. Alejandra repasa en voz baja las mejores respuestas ante el próximo cuestionario. Lleva seis meses sin trabajo y no puede darse el lujo de fallar en esta oportunidad; esta ha sido una de las rachas más difíciles para ella y para miles; entre el sargazo y la inseguridad, la temporada baja se ha alargado de forma agobiante. Si hubiera algún percance en la carretera, perdería la cita. Y esta es la única forma de llegar a la ciudad. “Si se detiene el tránsito, no quiero ni pensarlo”. Y regresa machacón ese pensamiento: “¡Cómo me gustaría irme en el Tren Maya!”.
Ya se divisan los edificios altos de nuevos departamentos que anuncian la entrada a Cancún, lo mismo que el embotellamiento y Alejandra está otra vez andando a vuelta de rueda, lo que le da tiempo para calmarse. “Ni el nuevo puente Nichupté ha descongestionado la entrada a la ciudad”, se dice Alejandra en una conversación consigo misma que no logra explicar por qué el Tren Maya no resolvió la movilidad cotidiana de miles como ella.
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Llega a su destino con cinco minutos de anticipación. Después de casi sesenta kilómetros de vigilar el retrovisor, de esquivar frenones y de respirar el aire denso del carril de alta velocidad, apaga el motor y se siente a salvo. “Sobreviví”, suspira; una lúcida amargura la invade al imaginar cómo habría sido la travesía sin todo ese miedo y peligro en la carretera.
“¡Cómo me hubiera gustado llegar en el Tren Maya! ¿o tal vez no? Si hubiera llegado la prosperidad a Playa de la mano del tren, no tendría que venir a buscar chamba a Cancún.” De nuevo, se reprende: “Tengo que pensar positivo”. “Mejor repito mis meditaciones de Joe Dispenza para manifestar el trabajo de mis sueños”.